“No ha logrado entender el valor fundamental de la creación literaria, plástica, arquitectónica como la argamasa fundamental de nuestras cultura”, responde Mesa en torno al cuestionamiento de García Linera  a la “estética elitista, correspondiente a la clase social que gobernaba” en el periodo republicano del país. Ambos criterios muestran cómo cada clase dominante impone su estética mientras ejerce el poder.

 

El vicepresidente Álvaro García Linera y el expresidente Carlos Mesa se enfrascaron en una polémica pública en la que Mesa le pidió ilustrarse sobre la historia de la arquitectura nacional y el segundo mandatario dijo que Mesa se apega y defiende una “estética republicana, racista, clasista y excluyente”.

García Linera sostuvo que la apreciación de Carlos Mesa es de una “estética muy personal y estrecha” y le pidió no olvidar que cada revolución deja símbolos duraderos que reflejan los espacios de democratización. El reporte de Erbol agrega:

“Cuando la sociedad republicana era elitista sus espacios públicos tenían toda la estética elitista, correspondiente a la clase social que denominaba.  Las democratizaciones como las del 52, hoy  como el proceso de cambio, dejan otros espacios de mayor participación y una estética. Nunca olviden que toda ciudad siempre se ha ido construyendo en sus estéticas superando y desplazando antiguas estéticas. La republicana a la se aferra Carlos Mesa, fue una estética construida sobre espacios indígenas y sobre la expulsión y la destrucción de la estética indígena”, declaró al indicar que si los nuevos edificios afectan el sentido individual estético del exmandatario “es su problema, lo importante es que la vida es así”.

A través de su cuenta twitter, Mesa respondió que el vicepresidente -es habitual en alguien que no ha logrado entender el valor fundamental de la creación literaria, plástica, arquitectónica como la argamasa fundamental de nuestras culturas- cree que el uso de frases hechas y lugares comunes bastan para justificar sus acciones.

¿Cree el Vicepresidente que un par de adornos inspirados en las culturas andinas resuelve el carácter y la tipología de una construcción? ¿Estética Plurinacional? Sería adecuado que el segundo mandatario se ilustre a propósito de la arquitectura nacional que ha buscado recobrar elementos de nuestro pasado indígena desde que en 1918 Arturo Posnansky construyó su residencia, hoy Museo de Tiwanaku, acotó.

Sostiene que el gran problema de algunos políticos es la idea equivocada de que son los descubridores y creadores de un nuevo momento en la historia, como si –para el caso que nos ocupa- la Revolución de 1952 nunca se hubiese producido.

En su respuesta cita a varios arquitectos como Emilio Villanueva que recuperó la tipología ornamental de Tiwanaku, el viejo estadio Hernando Siles (1930), el edificio central de la Universidad Mayor de San Andrés (1948). En los cincuenta Hugo Almaraz con el notable Monumento a la Revolución en Miraflores encargado por el Presidente Paz Estenssoro en un lugar adecuado y lejos del centro histórico, o Franklin Anaya y Gustavo Medeiros en los edificios de la Universidad Técnica de Oruro (1970), o más recientemente Juan Carlos Calderón, que recuperó formas inequívocas del arte indígena andino.

“Mal que le pese a Álvaro García Linera, la búsqueda de valores estéticos transformadores que recobra la integralidad de nuestra pasado comenzó mucho antes de su nacimiento. Si el Vicepresidente quiere encontrar ejemplos de arquitectura democratizadora y transformadora no tiene más que dar un paseo por la ciudad de La Paz. ¿Es tan difícil de entender?, preguntó el prestigioso periodista e historiador.

En su réplica el Vicepresidente enfatizó en que “cada revolución que transforma las condiciones de vida de un país deja un conjunto de símbolos duraderos que reflejan los nuevos espacios de democratización”:

https://www.vicepresidencia.gob.bo/Vicepresidente-cada-revolucion-que-transforma-las-condiciones-de-vida-de-un

¿Por qué se Construye “La Casa del Pueblo”?

-Carlos Mesa, ex presidente de Bolivia, tomado de https://carlosdmesa.com/

Nada se da por acaso. La construcción de dos gigantescos edificios en el centro de La Paz, el nuevo Palacio de Gobierno -mal llamado “La Casa del Pueblo”- y el nuevo Palacio Legislativo, responde a una lógica y tiene un propósito muy claro.

Desde el punto de vista de la ciudad se trata de una agresión sin precedentes, que destruye lo poco que quedaba de coherencia en su casco histórico. Para ser justos, sin embargo, no está demás subrayar que a pesar de los esfuerzos ímprobos de especialistas y activistas en defensa de nuestro patrimonio, la normativa referida a lo que se puede y no se puede hacer en el perímetro de lo que denominamos como “ciudad vieja” ha sido cambiante, errática y contradictoria desde hace ya varias décadas.

El resultado, antes del último y demoledor atentado que comentamos, ha sido el de la construcción de edificios que desnaturalizaron la zona. Los dos ejemplos más evidentes son el Banco Central (1981) y el Mercado Lanza (2010), en ambos casos (y otros varios que han ido “bombardeando” otras calles de la zona), el criterio dominante tuvo que ver con una peculiar idea de “desarrollo”, “progreso” y “modernidad”, que de manera inexorable dañó la imagen urbano-arquitectónica de la sede de Gobierno.

Es frecuente escuchar que las ciudades son cuerpos vivos y dinámicos en plena transformación y que el cambio es parte inherente de esa realidad. Sin duda es así, de lo que se trata es de establecer con claridad lo que cada ciudad espera de sí misma. Pensemos en París, Washington, Venecia, Cusco o Quito. Está claro que todas esas urbes crecen y viven la realidad del siglo XXI, pero lo está también que a ninguno de sus habitantes se le ocurre proponer un rascacielos al lado de la Torre Eiffel o del Arco del Triunfo, o del Capitolio, o de la Iglesia de San Marcos, o de la Plaza Mayor, o del Templo de San Francisco. La sola idea sería no sólo desechada, sino que se reputaría de insano al político o al arquitecto que pongan siquiera a consideración tal despropósito.
El argumento esgrimido por nuestros gobernantes es que los actuales edificios que albergan al Ejecutivo y al Legislativo han quedado pequeños y están desbordados, lo que es rigurosamente cierto. Pero queda claro que la ampliación de ambos espacios no consideró ni por un segundo adecuarla a dos premisas: la armonía arquitectónica con el entorno y el respeto a la proporción de las edificaciones existentes en su contexto urbanístico. ¿Por qué? ¿Porque quienes ejercen el poder carecen de sensibilidad artística? ¿Porque desconocen la importancia de preservar un legado que es además un fuente potencial de atractivo turístico?

No, la respuesta es ideológica. El Palacio de Gobierno fue construido en 1847 por el presidente José Ballivián e inaugurado en 1852 por el presidente Manuel Isidoro Belzu. El Palacio Legislativo fue construido en 1900 por el presidente José Manuel Pando e inaugurado en 1905, por el presidente Isamel Montes. Sus estructuras y su representación arquitectónica son eminentemente republicanas, ligadas a los cánones de su tiempo, con la evidente influencia greco-latina que se usó en toda América en los edificios públicos, en estos dos casos particulares con un atractivo tono ecléctico en el contexto de sus modestas proporciones.

Las dos nuevas construcciones, verdaderos engendros especialmente por su desmesurado tamaño, no son sólo una respuesta a necesidades funcionales, son la afirmación de una idea. El Estado Plurinacional será recordado “por siempre” a través de los dos símbolos físicos de su paso por la historia y del poder que los representa. Lo será además por comparación con la “República derrotada”.

ARTICULO RELACIONADO

http://www.paginasiete.bo/gente/2016/11/5/nuevo-palacio-irrumpe-paisaje-paceno-115907.html

Ambos monstruos de concreto serán la sombra permanente colocada literalmente encima del pequeño Palacio gubernamental y la catedral, y en la otra acera aplastando la cúpula de la sede del Legislativo. No ha sido casual ni el tamaño, ni la forma, ni el lugar. Sólo así se puede entender la irracionalidad de una mole de 29 plantas para albergar al presidente y al Ministerio de la Presidencia y otra de 20 plantas para los asambleístas. En realidad nos dicen: “¡Aquí estamos y aquí nos quedaremos representados en estos gigantes para que no se olviden nunca que este modelo político aniquiló y sustituyó al viejo régimen!”.

La realidad física de semejantes estructuras le da la razón a sus autores. Por si hubiera alguna duda del ejercicio arbitrario de ese poder, a pesar de la norma municipal que prohíbe construcciones de tal magnitud en un lugar tan sensible, el Gobierno vulneró la norma y construyó, luego “arreglaría” esa vulneración en los tribunales más bien dóciles a sus requerimientos. La Paz -una vez más- tiene que pagar el incalculable precio de lo que es una combinación de imposición y megalomanía que infiere una herida de muerte a nuestro centro histórico, probablemente sin antecedentes en América.