Desde hace casi una década, en varias partes del planeta lo “políticamente correcto” constituye el blanco de la crítica de una variopinta constelación derechista, que se estrella contra las políticas y la narrativa de los “progresismos” orientadas a favorecer grupos étnicos racializados, la equidad de género y la justicia social.

La “ideología de género”, el “marxismo cultural”, la “neo-lengua del progresismo” y “el totalitarismo socialista” constituyen, hace ya unos buenos años, lugares comunes donde abreva una buena parte del sentido común de derecha y de extrema derecha, que se configura en defensa de la familia, la religión, la libertad individual, los valores republicanos y una idea excluyente de nación.

Bolivia constituye una importante avanzada de aquel movimiento socio-político contra-cultural. Precisamente, una de sus principales expresiones fueron las movilizaciones sociales de octubre-noviembre de 2019, vanguardizadas por jóvenes, procedentes principalmente de las universidades, y profesionales de las clases medias, que denostaban contra el indigenismo, el “socialismo”, reivindicaban los valores de la Bolivia mestiza, cristiana y la restauración de la Republica.

La crisis de octubre-noviembre de 2019 fue, por derecha, un resquebrajamiento del imaginario progresista. El ascenso del gobierno de Jeanine Añez llevó consigo la biblia a Palacio, borró la wiphala de los certificados de nacimiento y bautizó su mandato con la sangre de los campesinos y trabajadores vecinos indígenas masacrados en Sacaba y Senkata, en noviembre de 2019; acciones que contaron con el apoyo entusiasta de amplios sectores de las clases medias mestizas de las ciudades.

Durante casi un año de dicho gobierno, los valores y los símbolos multiculturalistas y progresistas fueron ultrajados, la prensa internacional prohibida, centenares de manifestantes procedentes de las clases subalternas fueron encarcelados, e inclusive torturados, según lo evidenció un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Si bien el gobierno de Jeanine Añez se desprestigió rápidamente por varios escándalos de corrupción y fue sucedido por una nueva administración del MAS, esta vez bajo la dirección de Luis Arce Catacora, las condiciones político-culturales que favorecieron el ascenso de la ultra-derecha siguen vigentes. El propósito de este artículo es argumentar algunas hipótesis sobre las condiciones culturales de la crisis ideológica del progresismo, puesta de manifiesto por los movimientos socio-políticos contra-culturales de octubre-noviembre de 2019 y por su ascenso a Palacio Quemado.

La “dictadura de la corrección política” y la condición de la crisis ideológica del progresismo

Hipótesis: el caldo de cultivo, donde tomaron forma los sentimientos de agravio y los argumentos de derechas contra “el socialismo” y la “ideología de género”, fue atemperado por las tentativas de los gobiernos progresistas de regular las contradicciones socio-culturales de clase, étnico-raciales y de género del capitalismo tardío.

El multiculturalismo exige la tolerancia y el reconocimiento de la dignidad de los diferentes, la unidad en la diversidad, en un mundo donde las diferencias se encuentran íntimamente enhebradas con las desigualdades. En vista de ello, precautela el derecho al reconocimiento de la dignidad de un otro que no sólo es diferente, sino también, la mayor parte de las veces, un desigual.

Las sociedades tardo-capitalistas, patriarcales, jerarquizadas racialmente, renuevan de modos diversos las desigualdades entre los diferentes, tornando la exigencia multiculturalista de reconocimiento de sus derechos en una utopía y en una fuente de renovadas contradicciones.

Tomemos como ejemplo la ley contra el racismo y contra toda forma de discriminación. Entre otras cosas, dicha ley establece penas que privan de libertad a personas que han proferido insultos de contenido racial. Desde que se aprobó la nueva ley, la abrumadora propaganda contra el racismo y la discriminación, sumada al riesgo de ser penado, censuró el empleo de expresiones racistas, pero no eliminó la percepción racializada del otro. La ley y el discurso antidiscriminador pudo inhibir las expresiones racistas, pero no suprimir el habitus enclasante, machista y racializante que tiene sus causas más profundas en el capitalismo neo-colonial y patriarcal.

El discurso de ultraderecha reivindica finalmente el derecho de los grupos privilegiados en líneas de clase, de etnia y de género a oprimir sin cortapisas: los libertarios reclaman el derecho de los capitalistas a acumular capital de modo irrestricto, sin ninguna regulación “socialista”; los supremacistas blancos reivindican su derecho a no mezclarse con inmigrantes y otros colectivos racializados, es decir, que “sus barrios”, “su país”, “su ciudad” – como decían los motoqueros de la Resistencia Juvenil Kochala- no sean invadidos por “las hordas” de los condenados de la tierra de siempre; los movimientos pro-vida reivindican el histórico derecho consuetudinario del patriarcado a decidir sobre los cuerpos de las mujeres.

Desde esta perspectiva, la arremetida derechista contra el progresismo, en el plano político es un movimiento en pos del ejercicio pleno de la dominación – una dominación que detentan, pero con cortapisas progresistas. En el terreno discursivo, las categorías dominantes exigen que se respete su derecho a expresar libremente el desprecio que sienten por los oprimidos. Precisamente, en esta experiencia de las categorías dominantes, de no poder expresar libremente su menosprecio, se configuró el discurso de la “dictadura de la corrección política”.

La plétora de expresiones racistas después de la caída de Evo Morales en noviembre de 2019, los festejos a través de las redes sociales manifestados después de las masacres de Senkata y de Huayllani en noviembre, pusieron en evidencia el resquebrajamiento del imaginario multiculturalista que la derecha llama “dictadura de la corrección política”: la clase media mestiza y la “gente bien,” liberadas de la censura que representaba el gobierno del MAS-IPSP, después de la caída de Evo Morales pasaba a manifestar abiertamente todo el desprecio y repulsión que sentían por “el indio”, por “el cholo”, por los oprimidos.

 La crisis ideológica del progresismo

Durante una conversación con un antiguo consultor abogado, antiguo militante y funcionario de varios gobiernos del MAS, salió a relucir una anécdota referida a los riesgos que corrían los obreros motoqueros que entregan encomiendas a pedido, y que según las noticias eran víctimas de al menos el 58% de los accidentes en Cochabamba. “Cuando conduzco el carro, siempre que los veo les cedo el paso” decía mi interlocutor, expresando su consideración con la premura de estos proletarios a destajo, manifestada durante sus arriesgadas maniobras en la carretera.

Me parece que la expresión del abogado expresa cabalmente el espíritu progresista de la época: señalaba que hay que respetar y ceder el paso al trabajador. No atropellarlo, como era el caso en al menos un 58% de los accidentes de tránsito.

Metafóricamente, podemos argüir que la posición de un conductor derechista reclama el derecho prioritario de ocupar el amplio espacio de la avenida con su movilidad, frente al obrero motoquero. Si esto se traduce en un accidente que sacrifica al obrero de delivery, el progresista defenderá el derecho prioritario que en la carretera tiene el más indefenso.

Tanto en el caso del progresista como en el del conductor de derechas, el supuesto del cual parten sus posiciones es dar por sentada la desigualdad de clases. A nuestra manera de ver, este presupuesto doxico constituye el talón de Aquiles de la sensibilidad progresista.

La principal contradicción del progresismo consiste en propugnar la convivencia armónica entre los diferentes-desiguales, en un mundo que cotidianamente niega dicho principio, profundizando las desigualdades y antagonizando así a los diferentes.

Muchos recuerdan aquel episodio en un ómnibus en Santa Cruz: la policía detuvo a una “dama” que en el transporte público osó insultar a una mujer quechua de pollera gritándole “chola de mierda”. Si bien la mujer se vio obligada a pagar una multa, la medida no cambia el hecho de que las familias, las escuelas, los medios de comunicación, las empresas, las universidades, entre otras son instituciones que clasifican y jerarquizan cotidianamente a las personas en líneas étnicas y de clase. El insulto “chola de mierda” es simplemente la expresión discursiva de toda una formación de clases-etnias, apenas la punta de iceberg.

Podemos profundizar nuestro análisis recurriendo a una figura del film de Stanley Kubrick La naranja mecánica. La política progresista se asemeja bastante a la ilusión de los médicos de una correccional que recetaron una medicina a un joven pandillero y crimina, para “curarle” de sus impulsos violentos. Dicha medicación inhibía los impulsos libidinales del paciente. Cada vez que los sentía y tenía el impulso de ejercer violencia, sentía convulsiones, vómitos y un dolor que impedían llevar a cabo sus deseos. Después de meses de “tratamiento”, los especialistas de la correccional asumieron que el paciente había sido “curado” y lo liberaron. La película concluye con el joven criminal sintiendo el deseo de actuar violentamente de un modo desenfrenado, pero esta vez sin los accesos de dolor, tampoco las convulsiones, ni los vómitos. “Estoy curado”, se dijo.

Una “medicina” similar creó el progresismo. Las leyes y los gobiernos progresistas básicamente fustigan a las categorías dominantes por comportarse del modo en que todo su mundo social se lo ha inculcado. Aspiran a regular las relaciones de opresión y dominación, mitigando sus expresiones violentas, en sociedades cuyo fundamento son precisamente relaciones violentas. Esto les ha abierto un enconado frente por derecha, que pone de manifiesto el fracaso de la vía reformista de superación de las contradicciones étnico-raciales – el “colonialismo”- y de avance rumbo al socialismo. Todo lo contrario, dicha “medicina” ha contribuido en gran medida a atizar la llama del neo-fascismo, el neo-clericalismo y el libertarismo radical.

Esta experiencia muestra los grandes límites de la vía reformista de cambio gradual y progresivo señalado por los progresismos de distinto cuño, y vuelve a poner sobre el tapete de discusión la necesidad de atacar los fundamentos materiales y sociales sobre los cuales se basan las distintas opresiones (racial, de género y de clase) donde tomaron forma estos movimientos contra-culturales de ultraderecha, a saber, la dominación doméstica, la gran propiedad privada sobre los grandes medios y condiciones de producción material (los bancos, la tierra, las grandes empresas) y la lucha por la hegemonía cultural (los grandes medios de comunicación, las escuelas privadas y confesionales, entre otras instituciones).

La crisis ideológica del progresismo pone de manifiesto que la disyuntiva “Reforma o Revolución”, hace más de un siglo planteada por Rosa Luxemburgo, vuelve a ser plenamente actual.

 

*Foto: Imagen de los cabecillas de la Resistencia Juvenil Cochala, grupo de choque aliado de Jeanine Áñez. ABI

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