En Bolivia vivimos una situación política “ambigua”; lo que no se reduce a que las elecciones nacionales (2020) favorecieran al MAS y las subnacionales (2021), a la oposición; hechos que, desde luego, no dejan de tener relevancia en la correlación de fuerzas. Hay una especie de “resultado diferido”. Además, esta situación ambigua condiciona la predominancia de perspectivas y acciones reducidas a lo inmediato y al corto plazo, en tanto el largo plazo queda en suspenso.

Hay un gran contraste con lo que pasaba entre los años 2000 y 2005 o con las dos primeras gestiones de Evo Morales y Álvaro García Linera. La “guerra del agua” y los bloqueos que dirigió la CSUTCB el año 2000 abrieron un tiempo en el que la voluntad de cambio, que tomaba cuerpo en distintos sectores, se fue articulando en acciones colectivas, en lucha. Las protestas en calles y carreteras, sean como bloqueos o como marchas, se daban contra medidas del gobierno de entonces; pero, surgían desde condiciones de vida que eran lo que se quería cambiar.

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Las privatizaciones eran identificadas por grandes segmentos poblacionales como políticas que enriquecían a “los de siempre”, mientras la mayoría, que sufría el empobrecimiento, debía seguir esperando, paciente e indefinidamente, los resultados positivos de esas medidas. Pero, la paciencia se fue agotando y el malestar pasó a ser movilización, dando lugar a la vez a un gran movimiento de ideas más allá de los reducidos círculos intelectuales y académicos, y donde explicar lo que pasaba, lo que podría pasar y lo que debía pasar eran discutidos apasionadamente.

Se daba una disputa que sobrepasaba por mucho la confrontación en el parlamento, pues amplios sectores fueron asumiendo que la política no era cosa ajena a ellos y que también podían definir cuál debía ser el rumbo del país. En esa situación, la nacionalización de los hidrocarburos fue convirtiéndose en idea fuerza predomínate (2003) y poco después se le sumó la propuesta de Asamblea Constituyente (2005). Se fue generando una perspectiva de futuro generalizada en la que el Estado debía tener un papel preponderante en la economía y en el que las diferencias jerarquizadas que se encubrían con la etnicidad oficial fueran superadas.

La fuerza social que se había desplegado en las calles compartía, con distintos matices, una perspectiva general de futuro, que también le permitía interpelar a otros sectores menos propensos a la movilización. Estas fueron condiciones que permitieron que el Movimiento Al Socialismo (MAS) llegue al gobierno. Por su parte, quienes pasaron a ser oposición, en la primera gestión del proceso de cambio, buscaron desesperadamente las maneras de “sacar al indio de la presidencia” y en ese afán exhibieron pomposamente su racismo, lo cual cohesionó más aun a los sectores que apoyaron al MAS.

Las ideas fuerza que fueron parte de la situación histórica que abrió las puertas al “proceso de cambio” encontraron aun posibilidades de “funcionamiento” con la aprobación de la nueva Constitución, en 2009, y la estabilidad económica que se fue generando. Sin embargo, y a pesar de la retórica culturalista que se propalaba, se formaban al mismo tiempo condiciones que las erosionaban. La situación económica de muchas familias mejoró (no pasó de negro a blanco, pero no era la misma de años atrás). La inversión en construcción, en adquisición de vehículos y la apertura o ampliación de negocios fueron muestra clara de ese cambio, lo que al mismo tiempo implicaba un proceso amplio de diferenciación en los “sectores populares”, diluyendo, no totalmente, la articulación que antes se había generado.

En la precariedad, los lazos de origen rural operan para soportar esa situación; sin embargo, en el ascenso social, esos mismos lazos van perdiendo fuerza y la individualización avanza. Ante este último fenómeno, las ideas fuerza de antes pierden eficacia. Para los sectores donde esto se vive con mayor intensidad, la nacionalización o la Asamblea Constituyente representan el pasado y ya no les ofrecen una perspectiva de futuro. Si bien el MAS enarboló esos cambios, no fue capaz de renovar su discurso para interpelar a los mismos sectores beneficiados. Por eso, no es de extrañar que en las elecciones de 2019 se haya limitado a ofrecer estabilidad económica, es decir, asegurar lo que había logrado, pero sin ir más allá. Perdió la perspectiva de largo plazo.

Por su parte, la oposición al MAS ya había perdido, mucho antes, la iniciativa de ofrecer una perspectiva; pero, tampoco ha sido capaz de reinventarse. El 2019 se atrincheró en el antimasismo; no ofrecía una perspectiva de futuro a largo plazo. Proponía un rechazo visceral a todo lo que representaba el MAS, relacionándolo con todo lo que “huele a indio”. No es casual que ante ese vacío, y contra lo que rechazaban, enarbolaran fanáticamente la biblia como símbolo de su anhelado retorno a la situación anterior a cuando “la sacaron del palacio de gobierno”. No se trataba de proyectar algo nuevo, sino de “volver al pasado”.

En las elecciones de 2020, el MAS aglutinó su voto duro y el rechazó a Jeanine Añez y a quienes fueron sus aliados. Pocos meses después, en 2021, en las elecciones subnacionales, la oposición se vio fortalecida. Sin embargo, no ha emergido ninguna perspectiva de futuro que rebase los límites de pequeños grupos y quedamos ante un horizonte difuminado, cosa que, al parecer, no inquieta a la mayoría de la población, que está más bien ocupada en rehacer su economía tras los efectos de pandemia del Covid-19.

No parece ser que esta situación de ambigüedad respecto al rumbo del país y las condiciones desde la que se genera se diluyan en el corto plazo. Empero, lo cierto es que el MAS aun representa para varios sectores la ampliación de sus posibilidades de ascenso social, aunque no en la misma medida de sus “años de gloria”. La oposición, por su parte, ni siquiera se ha planteado ser una opción ante esas aspiraciones y sigue atrincherada en el antimasismo. En general, aún no se percibe que se estén generando perspectivas que vayan más allá de lo inmediato o el corto plazo y que tengan la capacidad de articular a amplios sectores; pero emergerán, tarde o temprano, y serán parte de un proceso de redefinición en la correlación de fuerzas, incluso de renovación de actores, que marque el cómo se entiende el futuro y así serán un elemento de orientación en el accionar general de las personas.

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