Las fabulosas máquinas de la ideologia y del poder


Raúl Prada Alcoreza



 

 

El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress

Miserias de la ideología nacionalista e imperial

 

 

El mundo es sistema mundo desde la conquista de Tenochtitlán. Emerge el sistema mundo moderno, el sistema mundo capitalista globalizado. No hay Occidente ni tampoco Oriente, así como no hay Norte ni Sur, salvo como invención del orientalismo, por parte de la ideológica imperialista europea, a decir de Edward Waidie Said. El occidentalismo es también un invento imperialista, después de los delirantes fundamentalismos. Norte y Sur, referencias geográficas relativas, dada la condición esférica de la Tierra, también son elucubraciones intelectuales, en pleno acontecimiento complejo de las modernidades heterogéneas.

 

En la contemporaneidad la seudoteorias conservadoras hablan de guerra de las civilizaciones, como lo hace Samuel P. Huntington. Posteriormente, de manera imitativa y con un discurso menos elaborado y más místico, lo hace Aleksandr Dugin, influencia “intelectual” de Vladimir Putin. Se trata de ideologías ultraconcervadoras y nacionalistas, anacrónicas y trasnochadas, que justifican pretensiones de propensiones racistas. Emergencias de antiguos imperios en plena decadencia de la civilización moderna, del sistema mundo capitalista, del que estos discursos anacrónicos son versiones ultramontanas.

 

Frente a la decadencia del sistema mundo capitalista, los pueblos del mundo tienen la responsabilidad de parar toda guerra, absurda y desentonada, deben detener la locomotora desbocada de la historia, y asumir en propias manos, la democracia plena, el autogobierno, la Confederación de Pueblos del Mundo. Salvando así al planeta de su destrucción y al mundo de su muerte, destrucción y muerte llevada a cabo por los señores de la guerra y el capital, que juegan a la geopolíticas con armas de destrucción masiva.

 

 

El fetichismo del Estado nación

No hay relaciones entre las instituciones porque éstas no tienen vida propia, la vida es transferida por las dinámicas sociales. Las instituciones se apropian de las fuerzas sociales, las capturan y las hacen funcionar como si pertenecieran, desde siempre, a la “vida” institucional.

 

La máquina institucional funciona por capturas; las fuerzas sociales son atrapadas en las redes institucionales. Se produce un fetichismo institucional; ocurre como que las dinámicas sociales se redujeran a las relaciones institucionales. Entonces desaparecen las fuerzas efectivas de las dinámicas institucionales y son sustituidas por las composiciones institucionales. Las dinámicas que hacen a la sociedad, que hacen al pueblo, compuesto por conglomerados de multitudes, de colectivos, de grupos, de individuos, desaparecen para dar lugar a composiciones sociales, sin vida propia, cada vez más monstruosas y fabulosas. Se llega, de esta manera, al Estado nación, que es una fabulosa composición maquínica institucional.

 

Es cuando la fabulosa máquina de la fetichización, que es la ideología, interviene magníficamente, otorgado contenido narrativo a la invención de la nación por parte de Estado. Entonces la nación ya no aparece como producto estatal sino como orígen del Estado. El mito del origen del Estado es la nación, que se convierte, imaginariamente, en un sujeto transhistórico. El espíritu nacional es, en esta narrativa, la esencia metafísica que se transforma en Estado, después de seguir un decurso dramático, el de la formación de la cultura nacional y de la constitución de la consciencia nacional.

 

En consecuencia, en el imaginario social, sobretodo estatal, el Estado nación aparece como un sujeto vivo, que tiene nombre propio, al que se convoca para defender al pueblo extraviado y a la sociedad perdida en sus laberintos. La convocatoria nacionalista habla de una civilización que hay que recuperar, incluso llega a configurar esta civilización inhibida o arrinconada como referida a la edad de oro del imperio perdido, que hay que revivir.

 

Se ha hablado de Estado nación subalterno y de nacionalismo antiimperialista, atribuyéndole a este nacionalismo un carácter revolucionario, a diferencia de los nacionalismos imperialistas e imperiales, que despojan a los pueblos sometidos y subyugados de sus identidades. Empero, ha bastado que estos nacionalismos antiimperialistas tomen el poder, se hagan cargo del Estado, para que muestren sus profundos conservadurismos, inclusive reaccionarios, pareciéndose a los otros nacionalismos, imperialistas e imperiales.

 

El problema radica en el fetichismo de Estado nación, en este sujeto imaginario, que subsume a los pueblos en la vorágine del mito nacionalista, convirtiéndolos en corporeidades disciplinadas y militares. Arrastrándolos a la tragedia de la guerra. Si no ocurre esto, en la filigrana de la paz, los pueblos, capturados por las máquinas institucionales y por la fabulosa máquina de poder del Estado nación, se embarcan en confrontaciones menores, que favorecen la reproducción ficticia del Estado nación, de los imperios e imperialismos.

 

Los pueblos atrapados en estas redes institucionales no controlan sus vidas, porque no les pertenecen; le pertenecen al Estado. Esta fabulosa máquina institucional decide sobre la vida y la muerte de los pueblos. Decide sobre el destino de las sociedades. En plena decadencia de la civilización moderna, del sistema mundo capitalista, en plena crisis múltiple del Estado nación y del orden mundial de las dominaciones, el Estado arrastra al abismo a las sociedades y los pueblos.

 

Para lograr la sobrevivencia de la humanidad, de las sociedades y los pueblos, éstos tienen que liberarse de la ideología, deconstruir la máquina fabulosa de la fetichización, diseminar la máquina fabulosa del poder, recuperar la espontaneidad del substrato efectivo de las dinámicas sociales, liberar la potencia creativa de la vida. Entonces hacerce cargo de sí mismo, asumiendo la responsabilidad autogestionaria y de autogobierno, conformando Confederaciones de Pueblos continentales y del mundo.

 

 

Genealogía de la consciencia desdichada y del revanchismo

¿Dónde emergen los nacionalismo reaccionarios, en qué momento de las historias de los Estado nación? A diferencia de los discursos histórico políticos, que situan la tragedia de los pueblos en la guerra de conquista, efectuada por los conquistadores, los nacionalismo reaccionarios parecen emergen en un momento de crisis profunda, de desasosiego, de humillación nacional, de derrota. La nación humillada cobra consciencia de su profunda depresión y poco a poco, busca reivindicarse, hasta que encuentra el momento de hacerlo, cuando emerge populosamente el nacionalismo conservador, convocando al pueblo humillado a vengarse de los vencedores. Este momento de reclamo, de convocatoria a la revancha, de movilización populista, coincide con la articulación perversa entre clases medias empobrecidas, clases medias todavia privilegiadas y burguesías, convocadas por el dicurso nacionalista altisonante, agresivo y violento de la venganza. Para contrastar con la humillasión, se declara la superioridad o la antigüedad del pueblo, unido a una cultura nacional, regional e imperial.

 

Los nacionalismos reaccionarios no son homogeneos, aunque contengan analogías, suponen historias singulares, si se quiere, nacionales. Una de sus expresiones históricas, quizás la más conocida, es el nacional socialismo, la expresión ideológica y partidaria nazi; otra, anterior, corresponde al fascismo italiano; por ese recorrido europeo tenemos al falangismo español. Sin embargo, hay más, como no podría ser de otra manera, pues los nacionalismos reaccionarios corresponden a la historia política de la modernidad, particularmente a los periodos de crisis profunda, económica, social y cultural. Sobre todo, crisis del Estado nación. Se trata, en los casos mencionados, de potencias seciundarizadas o derrotadas, marginadas del reparto imperialista, aunque, en lo que respecta a España, sufre su decadencia, después de haber sido un imperio, uno de los más grandes, que tenia, en sus administraciones extraterritoriales, nada menos que al conquistado continente de Abya Yala.

 

En América Latina y el Caribe, en el Africa, en el Asia y en el Medio Oriente, se han desatado nacionalismos antiimperialistas, en pleno contexto de las posguerras mundiales. Estos nacionalismos antiimperialistas, a diferencia de los nacionalismos reaccionarios, se situan, en principio, en la formación discursiva histórico politica, la que interpela a la historia oficial, la que reivindica la historia de los vencidos, la que interpela la legitimidad de los Estados y de los gobiernos, dispositivos de la dominación imperialista. Antes, durante las guerras de la independencia en el continente de América, emergieron los primeros nacionalismos, a decir de Benedic Anderson, en Comunidades imaginarias, construyeron un discurso criollo de convocatoria contra las élites coloniales. Usaron el periodico como medio de difusión, además de los pasquines, adaptaron el liberalismo a su proyecto intependentista y terminaron constituyendo repúblicas, aunque con coracteristicas gamonales, es decir, restringidas a las poblaciones minoritarias criollas, con cierta apertura a las poblaciones mestizas, dejando fuera de los derechos políticos a las mayorías de las poblaciones indígenas y las mujeres.

 

Ambos nacionalismos están, de alguna manera conectados, por lo menos imaginariamente, en la narrativa, pues los nacionalismos aniimperialistas reivindican los nacionalismos independentistas, forman parte de su herencia; es más, incluso llegan a ser indigenistas, como en el caso de México y Bolivia. Sin embargo, cuando estos nacionalismos llegan al poder, por así decirlo, toman el Estado, se hacen gobierno, poco a poco se van desplazando, sufren una metamorfosis perversa, y se convierten en dispositivos ideológicos de las dominaciones ejercidas desde el Estado. Corresponden a las nuevas élites gobernantes, también a las nuevas oligarquías, a los nuevos estratos de las burguesías. Entonces, emplean el Estado, los dispositivos de emergencia del Estado, para reprimir y o para prolongarse en el poder. De este modo se van pareciendo a los nacionalismos reaccionarios. El peronismo es un ejemplo de este fenómeno, pero no es el único, de una u otra manera los nacionalismos antiimperialistas en el poder comparten, mas o menos, estas transformaciones políticas.

 

A fines del siglo XX y principios del siglo XXI en América Latina se han vuelto a dar fenómenos políticos parecidos o análogos. Se vuelve al discurso animperialista, aunque vaciado de sus contenidos, emitido, mas bien, fragmentariamente y de forma barroca, mezclado con otros discursos fragmentarios, el socialista o lo que queda del mismo, como eco, por ejemplo, el discurso del socialismo del siglo XXI. También se incorporan, como en el caso boliviano y ecuatoriano, fragmentos del discurso indigenista. En el caso brasilero el nacionalismo aparece de una manera matizada, empero conectado a una herencia socialista, la dada por el Partido de los Trabajadores, con ribetes marcados de critica al neoliberalismo, como ocurre con casi todos los discursos del progresismo latinoamericano. En todos estos casos, el nacionalismo antimperialista deriva en el conservadurismo, una vez convertidos en administradores del poder, ejerciendo el gobierno y haciendose del Estado.

 

Recientemente, en la historia política moderna, se han vuelto a dar también nuevas expresiones del nacionalismo reaccionario. Esta vez en el mismo centro del sistema mundo capitalista. La expresion discursiva es la de la guerra de la civilizaciones; se habla de un Occidente que enfrenta a otras civilizaciones persistentes en el Oriente. A su vez, como eco, se dan discursos correspondientes a la guerra de las culturas, una Euroasia enfrentando al Occidente decadente. En este contexto, se puede tomar a los discursos fundamentalistas como variantes de esta guerra de civilizaciones, aunque en este caso se trate de una guerra santa, de una guerra religiosa contra los demonios occidentales.

 

 

Si consideramos al conjunto de estas genealogías nacionalistas podemos vislumbrar su esfuerzo ideológico de convocatoria y de legitimación. La nación, la cultura, la civilización, la religión, son los referentes de la mitología moderna que explica la crisis civilizatoria, la crisis política, la crisis económica, la crisis social y la crisis cultural, como olvido de la nación, de la cultura, de la civilización y la religión. De lo que se trata, para resolver la crisis, es de reivindicar la nación perdida, la cultura arrinconada, la civilización inhibida, la religión agraviada. El eje concervador de esta formación enunciativa ideológica radica en la fetichización del Estado, de la nación, de la cultura, de la civilización y de la religión, concebidas abstractamente y ahistóricamente, como si fuesen entidades transhistóricas eternas. En realidad hablan desde el mito de la nación, desde el mito de la cultura, desde el mito de la civilización, desde el mito de la religión.  Son incapaces de comprender la historia moderna, que se caracteriza por la invención de las naciones, la historia empotrada de museo de las culturas y las civilizaciones, la historia exaltada del fundamentalismo religioso. De este modo desaparecen las dinámicas sociales, las dinámicas culturales y las dinámicas de integración de la civilización moderna. Asi, se fragmentan las culturas efectivas y son absorvidas por el sistema mundo cultural de la banalidad.

 

Claro que los pueblos, en sus resistencias, no pueden renunciar a la creatividad cultural concreta; empero, esto implica la interpelación y la deconstrucción del sistema mundo cultural moderno, así como también implica la interpelación de la cultura folclorizada por los nacionalismos, así como la cultura convertida en mito, apta para fosilizarse en los museos de la contemplación. La potencia de la creatividad cultural no es asimilable a las estrategias estatales, tampoco a las estrategias geopolíticas. Es contraria a estas formas de dominación institucionalizadas.

 

 

La lucha anticolonial y descolonizadora de las naciones y pueblos indígenas no es asimilable a la institucionalización estatal, salvo como mediaciones impuestas que adulteran, deforman y usurpan las reivindicaciones de los pueblos nativos del continente de Abya Yala. La lucha por la democracia plena, el autogobierno del pueblo, por parte de los pueblos y sociedades, los conglomerados de multitudes, colectivos, grupos, asociaciones e individuos, que los constituyen, no es asimilable a la institucionalización estatal, salvo si esta proyección, inmanente a los pueblos, es destruida y sustituida por la democracia formal o, peor aun, es desconocida incluso como democracia formal, sustituyéndola por formas del despotismo, la tiranía y el totalitarismo. La inherencia histórica política y cultural de las naciones y pueblos indígenas es la asociación complementaria y la confederación, la filiación territorial y la alianza política territorial. El Estado, como tal, como máquina administrativa, política, jurídica y de guerra, ha sido impuesto desde la conquista y por la colonización. Toda estatalización de las reivindicaciones indígenas implica la continuidad colonial por las vías institucionales del Estado. La latencia de autogobierno de los pueblos es abruptamente desconocida e inhibida por las usurpaciones e intervenciones estatales, subsumiendo las fuerzas de esta latencia a la reproducción de las dominaciones impuestas.       

 

 

 

Volviendo al tema de la consciencia desdichada , el epíritu de venganza, basado en el resentimiento y la acumulación de frustraciones, que es el substrato de los nacionalismo reaccionarios, se puede constatar históricamente que estos fenómenos son posibilidades perversas en todas las sociedades modernas; basta que se den ciertas condiciones de posibilidad y circunstancias, vinculadas a la crisis social, económica, política y cultural, para que se desarrollen peligrosamente estos nacionalismos reaccionarios. En consecuencia, el nazismo, el fascismo, el falangismo son solo alguna de las formas de estos nacionalismos reaccionarios. El uso del discurso político de estigmatización que califica de nazismo y fascismo a toda expresión de derecha, por así decirlo, usando un término tan usual y esquemático como el de izquierda, es una distorsión polémica que afecta a la comprensión del problema. El nazismo no es el núcleo de este fenómeno conservador y reaccionario en política, mas bien, es una de sus expresiones, quizás una de las más violentas y demoledoramente destructivas, pero no la única. Hay que ir al fondo del problema, como intentó hacerlo Wilhelm Reich, cuando escribió Psicología de masas del fascismo. Como hemos dicho, la matriz de los nacionalismos reaccionarios parece encontrarse en las situaciones donde las composiciones sociales son mermadas, corroídas, derrumbándose en crisis y depresiones marcadas. En estas situaciones las subjetividades se desequilibran, se descomponen, padecen de profundas contradicciones, llegando a esa característica que Hegel definió dialécticamente como consciencia desdichada.

 

 

Perfiles de los nacionalismos reaccionarios

El concepto de nación, si bien tiene una arqueología del saber anterior, que tiene que ver con su etimología, con la raíz lingüística, con el núcleo verbal de nacer y la metáfora de nacimiento, si bien tiene que ver con la consanguinidad ancestral, comprendiendo las filiaciones territoriales, en la modernidad el concepto de nación adquiere connotaciones estatales, vale decir, que la nación es un constructo estatal. Incluso cuando la nación, en tanto convocatoria política, es lanzada con anterioridad al Estado; es un constructo pues se va a convertir en Estado nación. Esto ocurrió con los nacionalismos criollos en el continente de América; estos nacionalismos continentales construyeron la imagen de nación y el imaginario nacional, para distinguirse de la administración colonial y de los colonizadores extranjeros, que conquistaron el continente. Sobretodo porque impedían el libre desenvolvimiento económico y el ascenso social, en el transcurso de la movilidad social; es decir, inhibían las dinámicas sociales y las circunscribían a la estratificación social jerarquizada por la administración colonial.

 

 

No se puede decir, obviamente, que este nacionalismo criollo es reaccionario, de principio, de ninguna manera, mas bien, todo lo contrario, pues se opone a la administración colonial y busca la independencia. Condición histórico-política y jurídico-política que va a ser conseguida a través de la guerra de independencia. Lo que debe quedar claro, en este caso, es el origen del nacionalismo en el contexto de los procesos de estatalización; procesos que dan lugar a la conformación y configuración del nacionalismo, a la genealogía del nacionalismo y a la ideología del nacionalismo. Según Benedict Anderson, el nacionalismo va a cruzar el Atlántico y va a sembrarse y cosecharse en Europa, en un contexto diferente, en una modernidad más desarrollada y en un capitalismo más desenvuelto, en otro tiempo de la civilización moderna. Después de conformar los Estados nación, que particularmente tienen su origen en una genealogía más larga, una genealogía que se remonta al oriente, al oriente antiguo y al medio oriente, al periodo de las civilizaciones mesopotámicas, así como también comprende a la civilización egipcia. Por estos recorridos llegamos al extremo oriente donde el Estado tiene un desarrollo expansivo.

 

En esta remota historia, cuando hablamos de Estado, exactamente de qué hablamos, para evitar atribuirle las connotaciones modernas que tiene el concepto de Estado. Ciertamente tenemos que reconocer que aquí tenemos un problema de uso de lenguaje, incluso de connotación conceptual. No son lo mismo el Estado moderno y el Estado antiguo, no sólo porque corresponden a contextos temporales históricos distintos, sino porque el sentido de Estado es diferente, a pesar del uso del mismo término para definir esas administraciones fabulosas públicas. Para resumir, diremos que el origen del Estado es antropológico y antropocéntrico, además de patriarcal; tiene que ver con la dinastía, entonces con la ruptura de pacto entre clanes, entre jefaturas rotativas de mando, cuando un clan se impone a los demás clanes. Cuando esto ocurre construye el mito del origen de esta imposición arbitraria, que aparece simbólicamente en la figura del déspota, en el sentido antropológico político del término, es decir, figurativamente, al imponerse el primer incestuoso o al aceptar al único incestuoso posible, si hacemos caso la prohibición del incesto, de la que habla Lévi-Strauss. Entonces, para que haya este Estado antiguo tienen que haberse cumplido ciertas condiciones de posibilidad históricas, así como culturales. ¿Cuáles son estas?

 

 

Primero se ha tenido que pasar de unas formaciones sociales primarias, que tienen que ver con las comunidades iniciales, sobre todo con sus vínculos territoriales, además de sus recorridos itinerantes; por lo tanto, se ha asistido a la invención del espacio debido a los recorridos nómadas. En esta situación inaugural de las sociedades humanas, tenemos la configuración de lo que más tarde va a llamarse el matriarcado. Si esto es o no correcto, si este término es o no válido, no lo vamos a discutir aquí; lo que nos interesa es remarcar la característica de matriz social de la mujer en la comunidad, en estas sociedades iniciales. Podemos decir que en este contexto inaugural las mujeres son protagonistas, juntamente con los hombres comunitarios. Las mujeres, el entramado comunitario, su función articuladora e integradora de los tejidos comunitarios tienen que ver con el origen del lenguaje, con el origen del fuego, el origen de la agricultura. Los hombres desaparecían al dedicarse a la caza, en largos periodos. Aunque había hombres que se quedaban en el lugar de la comunidad para apoyar las gestiones de las mujeres.

 

 

Hablamos de otro perfil de sociedades sin Estado, sin dominación y jerarquización masculina, sociedades, por así decirlo, más democráticas, si es que este término no estuviera cargado por toda la semántica y el sentido conceptual que le ha otorgado la política moderna. No importa, por el momento, no vamos hacer una disquisición sobre la pertinencia o no de estas apreciaciones, que pueden considerarse hipotéticas; lo que importa es anotar la diferencia o las diferencias, en todo caso, la diferencial, en la composición de la formación social entre estas sociedades iniciales y las posteriores, que tienen que ver con la genealogía de las civilizaciones.

 

La hipótesis histórico política cultural, que tiene que ver con el nacimiento del Estado, es qué a partir de determinados puntos de inflexión se producen desplazamientos en la composición social. Una vez que los hombres cazadores disminuyen y se dedican, mas bien, a otras labores, por ejemplo, el intercambio, el control del intercambio, si ustedes quieren, el comercio, el control del comercio. Cuando ocurre esto habría que imaginarse la formación de asentamientos, en lugares de interjección de recorridos itinerantes y nómadas, donde se producían encuentros múltiples y se realizaban intercambios, inclusive trueques; estos asentamientos, en principio provisionales, se fueron conformando como estables, convirtiendo su permanencia en el lugar que conocemos como ciudad. Es en estas ciudades donde se dan las condiciones de posibilidad de lo que vamos a llamar el nacimiento de las civilizaciones, propiamente dichas, lo que quiere decir que las formaciones anteriores son, mas bien, transcivilizatorias; para decirlo de algún modo, son anteriores y posteriores a las eras de las civilizaciones.

 

Es en la ciudades donde los hombres van a adquiriendo cierto protagonismo, debido al control del intercambio del comercio y también del espacio de esta ciudades iniciales. Desde esta situación privilegiada, localmente, en estas ciudades, los hombres terminan estableciendo diferencias jerarquizadas respecto a las mujeres; no solamente en el interior de las ciudades, sino respecto al control comunitario o al entramado comunitario, que tienen las mujeres, fuera de las ciudades. Se puede o no situar el nacimiento del patriarcalismo en estas ciudades, esto está en discusión, puesto a debate por las investigaciones históricas. Por el momento, no nos interesa quedarnos en este debate, lo que importa es remarcar la distinción espacial, territorial y de configuraciones sociales en estas distintas formaciones sociales, que entran en contradicción. En la medida que las ciudades crecen y se desarrollan van a dar lugar a administraciones públicas estables. La pregunta aquí es: ¿Cómo se pasa de esa condición de control del intercambio del comercio a lo público, a la administración pública, a la necesidad de la administración pública? Para decirlo de alguna manera, la pregunta se transforma de la manera siguiente: ¿Cómo coincide la conformación de la dinastía, es decir, la ruptura del pacto entre clanes, con la formación de las ciudades y con el nacimiento de la dominación masculina o, por lo menos, de la diferenciación jerárquica masculina?

 

 

Ha tenido que haber un periodo de convivencia entre una formación social y otra, una formación social preponderantemente comunitaria y otra formación social citadina; empero, esta convivencia y equilibrio entre ambas formas sociales no podía perdurar, pues los contrastes estaban marcados, las diferencias proyectaban distintas evoluciones, por así decirlo, las contradicciones no esperaron en hacerse visible. La ciudad requería convertir a su entorno campesino en un espacio subordinado a los requerimientos de la administración pública, del intercambio y del comercio; en consecuencia, el espacio de las comunidades, sus territorialidades agrícolas debían ser subordinadas a la administración pública. Con esta interpretación provisional, de alguna manera, respondemos circunstancialmente con esta hipótesis al problema planteado. La administración pública emerge desde la necesidad de institucionalizar el control de los intercambios y del comercio, pero también de la necesidad de legitimar el dominio de un clan como dinastía; este es el comienzo de estructuración del poder abstracto del déspota y del despotismo, en el sentido antropológico político del término.

 

 

Antes, en otros escritos y ensayos, marcamos la diferencia entre lo común y lo público; lo común no es lo mismo que lo público. Lo común corresponde al entramado de comunidades, basadas en la complementariedad, en la coexistencia, en la convivencia, no sólo entre comunidades, sino también respecto a las otras entidades del entorno ecológico. En cambio, lo público corresponde a una cualidad otorgada por el Estado, por la administración pública, en consecuencia, corresponde a una expropiación de lo común; más tarde se va a asistir a la expropiación privada de lo común. Entre la expropiación pública y la expropiación privada de lo común hay complicidades y concomitancias institucionales. Desde esta perspectiva podemos decir que la civilización se desprende y se desenvuelve a partir de la expropiación de lo común y de la destrucción de las comunidades, sobretodo del entramado comunitario. Trayendo otra consecuencia desde nacimiento de lo público, del Estado y de la civilización, estas composiciones institucionales y culturales se desarrollas en contraposición a las mujeres o en guerra contra las mujeres.

 

 

 

Volviendo al tema de la genealogía de los nacionalismos, podemos decir, que, en esta etapa de los primeros periodos y genealogía de las civilizaciones, no es posible el constructo conceptual de nación, en el sentido atribuido por el Estado; el concepto de nación es más bien moderno, corresponde al despliegue y desenvolvimiento de la política en la modernidad. Las concepciones imaginarias mitológicas y narrativas de la antigüedad son distintas, tienen que ver con la legitimación de las dinastías, de la administración pública y con las regulaciones del control del comercio. Podemos decir que, en estos casos, ya en etapas más avanzadas de estas civilizaciones antiguas, la religión va a jugar un papel primordial en la legitimación de estas conformaciones y estructuraciones del poder antiguo. Refiriéndonos a la expansión de la ciudades-Estado o de estas conformaciones y estructuraaciones de las dominaciones inaugurales, la figura del imperio es altamente expresiva, pues desarrolla las posibilidades y los contenidos de estas composiciones y conformaciones históricas y culturales, estructuradas institucionalmente, del poder.

 

 

Esta parte de la exposición es la más difícil, en la medida que contamos con menos información, aunque podemos acudir a la historia; sin embargo, la historia, en tanto que se presume universal, no ha desplegado miradas más específicas, no se ha pluralizado, lo que le permitiría evaluar distintos ritmos, distintas composiciones históricas, distintos recorridos espaciotemporales, en lo que corresponde a las civilizaciones. Sin embargo, como no se trata de este punto exactamente, sino, mas bien, usando este punto como apoyo a la argumentación vertida, podemos decir que las ciudades, a partir de la relación con el entorno, a partir de la consolidación de los regímenes basados en las ciudades, que han dado lugar a distintos perfiles de civilización, a partir de las urbes lo que ha devenido son las formaciones imperiales, así como los reinos, en otras geografías, señoríos, quizás, en el caso de Aby Ayala, a confederaciones. En ninguno de estos casos hablamos de naciones. Podemos hablar de mapas geográficos de las lenguas, de las culturas, de las prácticas, de los comportamientos y las conductas, incluso mapas geográficos de las religiones, pero no podemos hablar de naciones, como se habla en sentido moderno, aunque se hablen de lenguas, de territorios y de formas organizativas complejas, como los imperios, los reinos, los señoríos y, en otro caso, las confederaciones.

 

 

Esta disquisición y esta diferenciación teórica nos permite apreciar mejor lo que implica hablar de nación, en sentido moderno, hablar de nación como constructo estatal. Claro que hay teorías que hablan de nación, de Estado-nación, a partir del cumplimiento de esas condiciones de posibilidad, que se refieren a la lengua, al territorio y al mismo Estado; sin embargo, estamos hablando de teorías provisorias y poco sustentadas, mas bien se trata del discurso ideológico. Por cierto, estas elucubraciones no son objetivas, tampoco científicas, ni teóricamente consistentes. Lo que se tiene que tener en cuenta es el momento constitutivo de la nación como Estado-nación, como legitimación del Estado. Distinguir este acontecimiento histórico-político de su propio mito, que supone imaginariamente la preexistencia de la nación, antes del Estado, incluso mucho antes de la conformación estatal, atribuyéndole antigüedad, incluso ancestralidad, y dando lugar con esta narrativa a la irradiación del mito.

 

 

Por otra parte no hay que olvidar que en los imperios se da lugar a la coexistencia y convivencia de distintas lenguas. De esta manera podemos imaginar que la ciudades imperiales tenían perfiles multiculturales, quizás de una manera distinta a lo que hoy las ciudades y las metrópolis modernas tienen como multiculturalidad. Entonces podemos destacar esta diferencia entre el mito de la nación y su historia efectiva; el pasado, por así decirlo, de la historia efectiva, no corresponde a lo que narra el mito de la nación.

 

 

Estamos en condiciones de lanzar una hipótesis no solamente interpretativa sino operativa, en el sentido de que nos puede no solamente ayudar al interpretación, sino a apreciar de mejor manera lo que implica y significa la ideología nacionalista. La ideología nacionalista imagina un mundo homogéneo, una nación pura, un origen de la nación, un desarrollo de esta nación hasta la contemporaneidad, cuando la nación es convocada por el Estado. La narrativa nacionalista invirtie los términos de la realidad efectiva, coloca la historia de la nación antes de la historia del Estado. En consecuencia, estamos ante la invención de una realidad histórica, por parte de la ideología nacionalista, ideología que hace una limpieza de los espesores, de las rugosidades, de los accidentes, de las mezclas, de la condición abigarrada y  barroca, para contar una historia que nunca ha ocurrido, empero que requiere el Estado-nación, como legitimación y, sobre todo, requiere la casta política nacionalista, también la burguesía nacional, para legitimar sus dominaciones, el control de los monopolios de los recursos naturales, de los mercados y de los circuitos económicos y cadenas productivas.

 

 

La ideología nacionalista se traslada a una dimensión abstracta, limpia y vacía de contenidos, imponiendo una representación esquemática, donde los personajes estereotipados aparecen fantasmagóricamente, donde los protagonistas de la historia nacional se presentan monumentalmente, como si hubieran nacido para eso, como si el destino se haya inscrito desde sus nacimientos, para dar lugar a los protomartires, a los fundadores de la nación y del Estado; todo esto forma parte de la narrativa nacionalista.

 

La ideología no solamente es de legitimación sino también de convocatoria. Se trata de una convocatoria integral policlasista, donde no importan las diferencias de clases sociales, de localidades y regiones, si no lo que importa es que todos pertenecen a la nación. Todos están llamados por la nación; en caso de guerra todos tienen que dar su vida por la nación. Los símbolos y las ceremonias y los ritos estatales sirven para corroborar dramáticamente la narrativa nacionalista, darle apoteosis a este discurso de convocatoria del mito de la nación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Raúl Prada Alcoreza

Escritor, artesano de poiesis, crítico y activista ácrata. Entre sus últimos libros de ensayo y análisis crítico se encuentran Anacronismos discursivos y estructuras de poder, Estado policial, El lado oscuro del poder, Devenir fenología y devenir complejidad. Entre sus poemarios – con el seudónimo de Sebastiano Monada - se hallan Alboradas crepusculares, Intuición poética, Eterno nacimiento de la rebelión, Subversión afectiva. Ensayos, análisis críticos y poemarios publicados en Amazon.

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