Futuro democrático y partidocracia

Arturo D. Villanueva Imaña

Publicado el: 9 septiembre, 2020 8 min.    + -   

¿Qué explica que los partidos y candidaturas de oposición estén como están?. Veamos.

Si existe una constante inclusive antes del 21F de 2016, es el rechazo y la falta de confianza que los partidos tradicionales y la oposición electorera despiertan y provocan en la mayoría de la población nacional.

Prácticamente no existían y de no ser porque en algunos casos todavía fungen en alguna alcaldía o gobernación que alimenta una subsistencia figurativa precaria (pero económicamente ventajosa gracias a los negociados y la corrupción); solo jugaban un papel marginal, casi imperceptible o, en el mejor de los casos, regional.

A pesar de lo que pudiese parecer, dicho rechazo no se origina en sentimientos de odio o desprecio, sino como reacción y respuesta a su propio desempeño, modo de gobernar y/o las mañas que los caracterizan. Son ellos mismos que han generado esa desconfianza.

Lo paradógico de dicha repulsa es que (apalancada por la imprevisible dinámica de las circunstancias que siempre ha caracterizado a la realidad nacional), es esa misma población ciudadana y popular que los rechaza, la que los ha visto renacer, usurpar y adueñarse de su lucha y la prolongada resistencia para recuperar la democracia y las libertades; gracias a la maliciosa aprobación e imposición de la ley partidocrática y colonial de organizaciones políticas propiciada por el MAS. Dicha norma, de un día para otro y cuando ya habían emergido nuevas e innovadoras formas de organización, participación, decisión e incidencia; de pronto convirtió a los partidos en los únicos referentes reconocidos para ejercer los derechos políticos en el país. A contramarcha de una iniciativa absolutamente legítima (de autoconvocatoria y organización), y contraviniendo todo principio democrático; cualquier otra forma (individual o colectiva) de representación y participación política, fue anulada.

Por eso se explica en gran medida que desde entonces no logra atraer, convencer y menos conquistar una mínima adhesión electoral que les permita fincar esperanzas para ganar las elecciones. La gente no se identifica ni se siente representada en los partidos políticos. Peor aún, cuando en vez de acercarse al pueblo y sus organizaciones para entender e internalizar sus más profundas preocupaciones y demandas, lo que hacen es priorizar sus apetitos de poder, propiciar reacomodos y decepcionantes acuerdos electorales entre círculos de afinidad excluyentes y generalmente sectarios.

De ahí que siempre, e inclusive muy a pesar de la sistemática caída de respaldo que ha tenido el MAS (producto de sus propias tropelías y barbaridades cometidas); los candidatos de oposición no han logrado alcanzar la más mínima expectativa que los aleje de esa deshonrosa como humillante situación de tener que conformarse (en el mejor de los casos), con una eventual segunda vuelta, como si se tratase de un aplazado que desquita, nada menos que para disputar el derecho de in-gobernabilidad que supone tener una Asamblea Legislativa en contra.

Por ello, irónicamente, mientras el país claramente se dispone a confirmar y cerrar el ciclo autocrático aun sin tener ninguna alternativa que no sea restaurar el neoliberalismo y corrientes conservadoras; los partidos y sus candidatos electoreros de oposición sólo piensan en el poder y cómo aferrarse a él. No hay desprendimiento, sensibilidad política, ni propuesta que responda al verdadero sentir del pueblo. La oposición prefiere dar las espaldas a la realidad y a las profundas y recurrentes eclosiones de racismo, desigualdad, exclusión, pobreza extrema, etc., para apoltronarse en sus círculos de confort y clientelismo, generalmente de carácter señorial, sectario y elitista.

Para comprobarlo, basta ver las sucesivas encuestas que una y otra vez dan cuenta de un elevado porcentaje de indecisos que hasta último momento se resiste a expresar su respaldo a ninguna de las candidaturas de oposición, a pesar del intrínseco deseo de confirmar y deshacerse del riesgo autocrático (que a pesar de haber fugado, insiste en su obstinación por recuperar el poder).

Es como si el desprecio que sienten sectores populares por parte de estos partidos (que por si fuera poco les indilgan y dan por supuesto que se trata de sectores afines al MAS), fuese respondida en reciprocidad con la negativa a ceder sus votos para cerrar el ciclo. No es resentimiento, solo reacción y respuesta a lo que ellos mismos se encargaron de sembrar insistentemente.

Y como si todo ello fuese poco, a ese importante porcentaje poblacional indeciso, ahora se suma otro contingente que se desgaja del MAS, expresando desencanto y distanciamiento (quizás no rompimiento); mismos que se originan en los despropósitos y hasta delitos de lesa humanidad que ha propiciado su referente político y caudillo mandamás.
Ello sucede, mientras la oposición electorera sigue pensando en el poder y cómo ganarle al MAS en las elecciones, y sólo les sale desprecio. No entienden que no es un asunto de votos (o al menos no exclusivamente); que se trata de profundos problemas nacionales, deudas históricas y tareas nacionales que continuarán persistiendo e interpelando a la sociedad y el Estado mientras no se los atienda y resuelva.

En fin, que ni siquiera se les ocurre atisbar que por eso sistemáticamente sube la cantidad de indecisos que se resiste a respaldar sus “brillantes” ofertas, sin caer en cuenta que no es el pueblo que debe acercarse y caer rendido (o convencido) a sus pies, sino que deberían ser ellos quienes hagan el esfuerzo por traducir e incorporar sus demandas y profundas necesidades que seguirán agitando la agenda y la conciencia nacional.

Ahora bien, para terminar, desde el punto de vista estrictamente electoral, el problema radica en que al incrementar y tratarse de una elevada proporción poblacional que deja flotando hasta último momento su decisión final, resultaría francamente insólito que se decida apostar (léase dejar librado) por ejemplo al voto “útil”, “inteligente”, “conciente” (o lo que quiera llamarse), sabiendo perfectamente que una buena parte de ese electorado muy bien podría volcarse en favor del MAS (muy a pesar del incipiente distanciamiento ya expresado).

Pensar o reclamar “unidad” a estas alturas, cuando resulta absolutamente claro que siempre han preferido dar(se) las espaldas al país, el bien común y sus verdaderas demandas, ya resultaría completamente absurdo (o sencillamente muy candoroso, como improbable). Entonces la pregunta es: ¿qué harán para revertir tan grave situación que ya no solo entraña sus egoístas apetitos individuales y minoritarios?. Es decir, implican afectar el futuro y el propio destino del país (¿!).

Un apunte final. El país y los sectores populares llevan años sometidos a la imposición de circunstancias fortuitas o las que resultaron del largo régimen de la autocracia caudillista fugada, y no ha logrado madurar la capacidad de hacer prevalecer el intrínseco rechazo a las opciones en juego. Es decir, que no se quiere ni el progresismo populista autocrático de pseudo izquierda representado por el MAS, ni tampoco el neoliberalismo privatizador y antinacional encarnado en los partidos tradicionales y sus candidatos de oposición (que actualmente se están disputando la atención del electorado).

Es un asunto extraño, habida cuenta que ese mismo conglomerado social (a pesar de sus diferencias), es el mismo que en forma pacífica, autoconvocada pero consistente, ha logrado éxitos y triunfos indiscutibles (como el 21F, la anulación del Código Penal, la resistencia contra la carretera por medio del TIPNIS, los paros nacionales contra el prorroguismo, e inclusive la -aún inconclusa- recuperación de la democracia y las libertades), que han demostrado inapelablemente que existe la fuerza y potencia necesarias para emprender luchas y vencer.
El drama consiste en que a pesar de las conquistas conseguidas, no se ha logrado cerrar el ciclo, ni culminar el desafío mayor emprendido, que consiste en abordar y resolver los problemas y deudas históricas nacionales pendientes.

Salvo las excepciones mencionadas, ha prevalecido un carácter sectorial, aislado (y muchas veces solo corporativo) de movilizaciones que generalmente quedaron huérfanas de respaldo (a pesar de la justeza de sus causas), o sencillamente acalladas con la represión y la violencia. Esta especie de vacío, falta de conciencia respecto de los problemas de fondo de la nación, o incapacidad para articular y cohesionar otras fuerzas (que una vez abordados bien podrían ser el mejor camino para resolver, pacificar y encontrar aquel tan ansiado entendimiento e interculturalidad en la diferencia y diversidad que los bolivianos reclamamos), quizás no los sintamos ahora ni en lo inmediato, pero con seguridad será cuando suframos las consecuencias de no haberlas abordado. Es decir, cuando nuestra propia falta de valor, ausencia de solidaridad, el conformismo, o la impavidez se hagan evidentes. No hay peor basura que la que se deja escondida debajo la alfombra. Peor cuando implica ocultar o desentenderse de los asuntos que permitirían avanzar históricamente y como sociedad, resolviendo los problemas de fondo.

(*) Sociólogo, boliviano. Cochabamba, Bolivia; Septiembre 9 de 2020.

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