Breve genealogía de la crisis múltiple del Estado-nación

Raúl Prada Alcoreza

Publicado el: 24 octubre, 2019 10 min.    + -   

Un caudillo déspota a la altura de una masa elocuente de llunk’us, sumisos y sin soberanía, apegados a sus miedos y prejuicios, a su deseo de ser amos. La dialéctica del esclavo. No llegan a comprender que la libertad se encuentra cuando se desligan de los mitos, la ideología, sobre todo, en este caso, la relativa al milenarismo de la espera del mesías, que popularmente adquiere su deformación en el mito del caudillo. Todo este drama o comedia se realiza en el ámbito de la decadencia misma de la política y la política misma de la decadencia. Lastimosamente la rebelión ha sustituido un amo por otro, porque la masa elocuente de eunucos no cree en sí misma, no creen, cada uno, en sí mismos. Prefieren, subordinarse a una nueva imagen simbólica encarnada en el caudillo, que no es más que la concentración del imaginario esclavo, amante de sus miedos o del objeto de sus miedos, que se entrega al Gran Déspota, al amo y señor de todos los territorios del imperio o de la imitación de imperio, el Estado-nación. El Gran acreedor, propietario absoluto de todos los bienes y riquezas del país, apropiadas y administrada por su burocracia de funcionarios serviles.

Hay que diferenciar entre el guerrero y la víctima, diferenciar entre el que combate y el que muestras sus heridas como demanda de conmiseración o chantaje emocional. El primero es temido por las estructuras de las genealogías del poder, el segundo es cómplice de los amos de turno, de la oligarquía, de la burguesía, de la burocracia, de los sátrapas que acompañan al caudillo déspota. El camino del guerrero o thakhi lleva a la liberación, incluso más allá, a la soberanía, en términos políticos, a la autonomía, autogestión, autodeterminación y autogobierno. En cambio, el camino de la víctima lleva a la subordinación, a la sumisión a las formas de poder y a las formas de gubernamentalidad recurrentes en las genealogías del círculo vicioso del poder.

Las historias políticas de la modernidad nos han mostrado una gama de formas recurrentes del círculo vicioso del poder, incluso si se presentan opuestas y hasta antagónicas. En el contexto espacio-temporal-territorial-social de las genealogías, las oposiciones y los antagonismos se complementan, pues se trata de la reproducción del poder, de la máquina fabulosa de las dominaciones. En los transcursos de estas reproducciones, las formas pueden variar, incluso oscilar, esquemáticamente, de expresiones conservadoras a expresiones progresistas, de expresiones liberales a expresiones socialistas, de expresiones neoliberales a expresiones neopopulistas. Sin embargo, forman parte de los mismo, de la fabulosa maquinaria de las dominaciones. También de la fabulosa máquina de la fetichización, la ideología. Por lo tanto, en consecuencia, forman parte de las máquinas concretas de poder, las máquinas económicas, las máquinas extractivistas, las máquinas de guerra.

El caudillo déspota es una síntesis morbosa del poder, una síntesis barroca; mezcla estratificaciones antiguas, relativas al milenarismo misionero, con estratificaciones modernas de las promesas políticas. Se trata de una oferta política asombrosa que mezcla la esperanza de salvación con la figura del padre político, el perfil de hombre del Estado. Convierte al pueblo en masa delirante de creyentes y en público de espectadores del teatro político. Entonces, lo que se desenvuelve es la densa comedia de un mesías político exaltado por apologistas, monjes modernos de una narrativa mítica, aunque desgastada.

Las comunidades originarias eran sociedades sin Estado; se organizaban en Confederaciones, que es la forma dinámica de las asociaciones colectivas y territoriales. A lo largo del continente de Abya Yala se han desenvuelto y desplegado variadas formas de comunidades originarias y de Confederaciones, dependiendo de los tejidos eco-sociales-culturales que se dieron lugar. Cuando comenzaron a aparecer formaciones de poder, ligadas a la supremacía de un clan, que se convirtió en dinastía, superponiéndose a la asociación acordada de clanes, a los mandos rotativos, a la confederación social y territorial, las comunidades originarias entraron en conflicto con esta superposición dinástica. El poder se erigió sobre la base de la encarnación simbólica del hijo del sol, por lo tanto, ungido de lo sagrado o cosmológico, el poder se edificó sobre la narrativa del gran acreedor, el déspota, que era propietario absoluto de la deuda inoculada en los cuerpos y los territorios. El primer acto de dominación es precisamente el nacimiento de la deuda, si se quiere de los vasallos del gran dador de tierras. El clan dominante se convirtió en endógeno, por lo tanto, en incestuoso. La excepción de la prohibición del incesto se permitió en el clan supremo.

Las comunidades originarias, bajo la exigencia del clan supremo, la dinastía, adquirieron obligaciones impuestas, basadas en la deuda inicial, inoculada por el naciente poder. Entre los compromisos con el supremo se encontraba el control y la circulación de mujeres; el hijo del sol tenia derechos consuetudinarios y potestad sobre las mujeres. Las comunidades adquirieron un nombre: Ayllu, que deriva de ullu, que quiere decir pene. En otras palabras, se nombra Ayllu porque connota que esta entidad forma parte de la diseminación del semen del hijo del sol. Sin embargo, a pesar de esta denotación, las comunidades originarias preservaron su facultad de asociación en formas confederadas, incluso enfrentando a la administración burocrática y de sacerdotes del poder del clan supremo.

Cuando llegaron los españoles, iniciando las oleadas de conquista y las oleadas de colonización, se asentaron y afincaron en la malla institucional inca. Se puede decir, que se aposentaron en la cúspide de la pirámide administrativa y burocrática de poder, con lo que sustituyeron colonialmente al Inca, empero, ocasionando un trastrocamiento descomunal del imaginario cultural, subsumiéndolo a la religión monoteísta cristiana; ocasionando lo que se puede nombrar privatización de riquezas, bienes, territorios y “almas”. En consecuencia, las mallas institucionales precoloniales fueron subordinadas al régimen colonial o fragmentadas para ser incluidas a la genealogía de poder colonial. El poder colonial, toda la administración política colonial, se centraba en la Corona, extraterritorial, visto desde el continente, distribuyendo una extensa cartografía yuxtapuesta a las territorialidades precoloniales, a las territorialidades de Ayllus y comunidades originarias, a los espacios desterritorializados del incanato.

La nobleza incaica, descabezada, fue incorporada a la estructura de poder colonial, aunque de una manera subordinada a la geopolítica racial colonial, hasta el levantamiento de Tupac Amaru y Tupac Katari. Cuando se dominó y controló el levantamiento pan-andino del siglo XVIII, incluso esta nobleza subsumida al poder colonial cayó en desgracia. La borbonización de la administración colonial implicó una segunda privatización de territorios, de comunidades, de cuerpos, de riquezas, llevándolas a la monetización. La modernización de la incipiente revolución industrial llegó a los inmensos territorios del continente de Abya Yala, bautizada como América.

La victoria de la guerra de la independencia convierte a la administración de la Audiencia de Charcas, primero dependiente del Virreinato del Perú, cuando se la conocía como Alto Perú, después dependiente del Virreinato del Río de la Plata, en la República de Bolívar, cambiando el nombre a República de Bolivia. El Estado-nación nace con la declaración constitucional, siendo, en principio un Estado-nación en el ámbito jurídico-político, sin lograr todavía una materialidad institucional como tal. La condición de materialidad institucional comienza a adquirir forma después de la guerra federal (1899-1900), cuando se muñe de las primeras instituciones propiamente liberales; sin embargo, la condición de posibilidad de materialidad institucional solo lo logra con la revolución nacional de 1952.

Con la independencia nace una república oligárquica, que, aunque tiene una Constitución liberal, se excluye taxativamente a las mayorías poblacionales indígenas. Esta república oligárquica se consolida con la victoria liberal de la guerra federal, después se populariza con la revolución nacional, mediante la nacionalización de las minas, la reforma agraria, el voto universal y la reforma educativa. El Estado-nación nació con su propia crisis orgánica de manera congénita, esta crisis estructural no se resuelve con la república liberal del siglo XX; en gran parte se dan las condiciones para comenzar a resolver la crisis orgánica del Estado-nación con la revolución nacional, que incorpora al campo político a las mayorías indígenas y a las mujeres, además de ocasionar efectos estatales, es decir de consolidar la construcción efectiva del Estado, con la nacionalización de las minas, e incorporar a la economía a la población campesina con la reforma agraria. Sin embargo, la crisis múltiple del Estado-nación no termina de resolverse; la revolución nacional populariza la república oligárquica, otorgándole un contenido nacional-popular, pero las estructuras sociales y culturales de la colonialidad persisten, aunque se modifican y mutan, abriéndose a una amplia gama abigarrada.

Con la victoria de la movilización prolongada (2000-2005) se abre un proceso constituyente, que se plasma en la Constitución de 2009. Sin embargo, las transformaciones estructurales e institucionales no llegan, el Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico queda trunco. El gobierno de Evo Morales Ayma solo barniza al antiguo Estado-nación, dándole el nombre de “Plurinacional”, sin que tal condición se realice y se materialice. Tampoco se plasma institucionalmente el sistema de gobierno establecido por la Constitución que es el de la democracia participativa. Al contrario, lo que se afinca es la forma de gubernamentalidad clientelar, que adquiere un perfil desmesurado y demoledor, sobre todo debido a la extensión de las prácticas del ejercicio de formas paralelas del poder, ligadas al clientelismo, a la corrosión institucional y a la galopante corrupción. En este caso, se puede decir dos cosas, que se “indianiza” la república oligárquica, después de haberse popularizado, y que se completa la consolidación del Estado-nación, ampliando su convocatoria a la amplia gama de las tonalidades “indígenas”, sosteniendo también la amplia gama del mestizaje.

La crisis constitucional de la coyuntura presente (2016-2019) se dilata desde el referéndum de febrero de 2016, cuando pierde la consulta del gobierno que pretende modificar la Constitución para habilitar a Evo Morales Ayma a la reelección, prohibida por la carta magna, hasta la crisis electoral de las elecciones apócrifas de 2019, cuando, mediante un fraude escandaloso y craso el TSE trucho impone, en la práctica, una dictadura a secas, adornada torpemente con ribetes seudo-democráticos. En el contexto histórico-político se puede decir que la crisis múltiple del Estado-nación se manifiesta, en la coyuntura, como crisis constitucional.

Raúl Prada Alcoreza

Escritor, artesano de poiesis, crítico y activista ácrata. Entre sus últimos libros de ensayo y análisis crítico se encuentran Anacronismos discursivos y estructuras de poder, Estado policial, El lado oscuro del poder, Devenir fenología y devenir complejidad. Entre sus poemarios – con el seudónimo de Sebastiano Monada - se hallan Alboradas crepusculares, Intuición poética, Eterno nacimiento de la rebelión, Subversión afectiva. Ensayos, análisis críticos y poemarios publicados en Amazon.

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