Eternización en el poder atizando el enfrentamiento y los estigmas hacia la clase media

La iniciativa viene desde las regiones, decrece la fuerza moral del MAS. La crisis está dejando en evidencia un modo de organización diferente y que podría expresarse en un modo federal: son los territorios, los departamentos, con sus liderazgos quienes están construyendo una agenda nacional.

 

 

El vicepresidente y la clase media.

El vicepresidente del Estado, cuya familia pertenece a la clase media tradicional, ha atribuido la escalada de conflictos con los que empezó 2018 a una “asonada de la clase media decadente”, lo que muestra una lectura preocupante y estigmatizadora del delicado momento que vive Bolivia debido a la promulgación de un resistido Código Penal y a la insistencia del MAS de postular a Evo Morales como presidente, pese a su derrota del 21-F, dice el editorial de El Deber y sigue:

Alvaro García Linera pretende justificar una vez más la imposición de la polémica norma y de la repostulación presidencial en base a su argumento de que la pugna por el poder tiene una marcada motivación de lucha de clases y de encono racial y regional. Su lectura regresa al pasado, cuando dejó entrever que en Bolivia había un empate catastrófico que se debía resolver más allá del voto, o sea, probablemente en una peligrosa disputa callejera. Su mirada actual también deja en suspenso su pronóstico optimista de que en  Bolivia terminó la polarización y solo quedaban tensiones internas creativas, lo que auguraba una larga era de paz, de unidad y de pleno desarrollo con el Gobierno de Evo Morales.

Sin embargo, como ideólogo del MAS no esperaba, al parecer, una conclusión tan rápida de la era de la felicidad. La inestabilidad social a la que hemos llegado en las últimas semanas no tiene otra causa que la ruptura del contrato de confianza que suscribe el gobernante con sus gobernados. Ese contrato de confianza no lo ha interrumpido unilateralmente el ciudadano. En realidad, lo ha despedazado el propio Gobierno cuando decidió desconocer los resultados del referéndum del 21-F y cuando insistió en conseguir rápidamente que el Tribunal Constitucional le permita a Morales postularse de por vida a la presidencia, cuando 51 por ciento de los electores le había ya dicho No.

Desde entonces, hay un decrecimiento de la fuerza moral del MAS y, por lo tanto, lo que haga estará bajo la constante sospecha de los ciudadanos, a no ser que el presidente desista de candidatear, cumpla el mandato de la Constitución y rectifique algunos importantes errores de su gestión. Solo así podrá recuperar la significativa confianza y la alta aprobación que tuvo durante una parte de su mandato.

No hay otra explicación del malestar social que la ruptura de la confianza, por lo que la intención de reactivar la estrategia de la confrontación de clases, de razas y de regiones implica retroceder peligrosamente al pasado, en vez de mirar hacia delante para consolidar la estabilidad y la convivencia pacífica de los bolivianos. La clase media tiene su lugar bien ganado en la historia del país, más allá de las intenciones maquiavélicas de satanizarla y de echarle la culpa de los errores propios cuando se gobierna.

 

“El que se mueve, no sale en la foto”

La frase le pertenece a Fidel Velázquez, el mítico dirigente sindical mexicano. Y parece apropiada para recordarla esta semana con una agenda que continuará con movilizaciones en varios departamentos, el Dakar que condiciona una acción de fuerza por parte del Gobierno por sus impactos internacionales, la crisis de gabinete y la elección de las directivas camarales. Los dos únicos datos estables son el presidente y el vicepresidente, remeora desde Santa Cruz el intelectual Carlos Hugo Molina y agrega:

Sin embargo, la crisis está generando una inflexión discursiva y de actitudes en esta nueva defensa de la democracia. No se esperaba que fuera desde Santa Cruz ni de los sectores que están encabezando las movilizaciones, el remozamiento de una ‘agenda nacional’ con posiciones que han superado el espacio de lo local calificadas de conservadoras y han adquirido la calidad de vanguardia nacional causando sorpresas, en propios y extraños.

La crisis está demostrando la irrupción de unas variables cada vez más nítidas: la vida en ciudades, los jóvenes, las clases medias y las redes. Y contra ellas arremete sin misericordia el vicepresidente con un discurso cada vez más desvelado, dejándolo como el campeón de la violencia verbal y la confrontación. La última joyita, que las clases medias están en decadencia, es una burla a sus propias palabras que el proceso ha sacado a varios millones de bolivianos de la pobreza.

La respuesta a la crisis que se desbordó desde el martes 28 de noviembre hoy ofrece la posibilidad de construir una línea ordenadora sobre la base de tres propuestas:

1) Crítica radical al fallo del Tribunal Constitucional que pretende habilitar la reelección indefinida del presidente Morales; 2) la defensa nacional de la soberanía popular expresada en el referéndum del 21-F y, 3) la demanda de abrogación del Código del Sistema Penal.

Y siguen los despropósitos con características de chantaje que expresan que si el presidente Morales no continúa después de 2020, habrá inestabilidad social y política.

La crisis está dejando en evidencia un modo de organización diferente y que podría expresarse en un modo federal: son los territorios, los departamentos, con sus liderazgos quienes están construyendo una agenda nacional… Los tiempos, las palabras, las acciones, son diversas y creativas.

Todas suman y enriquecen. Es posible que sea más difícil de organizar, pero la experiencia señala que es más inclusiva, más sólida y más respetuosa con la libertad. Estoy pensando en Andrés Ibáñez, en el jueves 11 de enero con la creativa convocatoria de las promociones de los colegios que sumó una multitud, además del viernes con el paro cívico y la suma de transportistas y otros sectores. Son situaciones nada agradables, pero señal de un cansancio social frente a una actitud de atropello.

La crisis está dejando en evidencia que casi todo sería distinto si se respeta la voluntad ciudadana del 21-F. Si se quitara esa variable distorsionadora del debate, el conflicto sería manejable con otros instrumentos de negociación. La crisis y el estilo del presidente terminaron de agotar a los negociadores, con fotos de rostros patéticos.

La ‘ruta crítica’ lleva a las elecciones de octubre de 2019 y la posesión del nuevo presidente en enero de 2020. Y nadie se mueve de ella. Nadie.

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