La dependencia es la condición subordinada, que se refiere o se remite a la condición incumplida de no haber logrado la autonomía, la independencia y la soberanía. Se ha trabajado, por así decirlo, la condición de la dependencia económica; la más lucida exposición al respecto es la Teoría de la Dependencia. Sin embargo, no se puede circunscribir el fenómeno de la dependencia solamente al campo económico, incluso tomando en cuenta sus connotaciones en el campo social, también en los campos político y cultural. La dependencia es una condición abarcadora y comprometedora; absorbe distintos planos de intensidad, que se conectan al definir la complejidad de la realidad efectiva; incluso en sus recortes sociales, económicos, políticos y culturales; sin tocar todavía la complejidad dinámica e integral ecológica, donde los campos mencionados se encuentran articulados. La dependencia compromete, por decirlo en lenguaje ontológico, al ser mismo. Se puede decir, entonces, de manera directa y resumida, que el ser no es, en su condición de dependencia.

Este no-ser de la condición histórica-política-económica-social de la dependencia, define de manera categórica e ineludible los alcances y los límites de una composición social, atrapada en el campo gravitatorio de la dependencia. Siguiendo a la Teoría de la dependencia, éste fenómeno de subordinación no se explica sino en la estructura de poder y en la geopolítica del sistema-mundo capitalista. No se trata, entonces, solo de la convocatoria a la decisión autonomista, independentista y soberana; sino de dejar de ser dependiente, en la integralidad de los distintos planos de intensidad, que componen la complejidad social y política. La consecuencia de la Teoría de la dependencia es que no se sale del campo gravitatorio definido por la geopolítica del sistema-mundo capitalista solo por desplazarse hacia otra forma de Estado; por ejemplo el Estado socialista; mucho menos por desplazarse a una forma de Estado de menor transgresión anti-sistémica, el Estado-nación correspondiente a la forma de gubernamentalidad populista. No basta efectuar nacionalizaciones, materialidades políticas constitutivas del Estado-nación, sino que se requiere romper con el mismo campo gravitatorio que genera la dependencia, es decir, con la geopolítica del sistema-mundo capitalista.

Los denominados estados del socialismo real no rompieron con el sistema-mundo capitalista; continuaron en la geografía estructurada por la geopolítica de la dominación mundial del capital. De manera menos intensa y ambiciosa, con menor proyección, los Estados-nación del nacionalismo revolucionario tampoco atinaron a romper con las condicionantes impuestas por el orden mundial, a pesar de la incidencia en la economía mundo de las nacionalizaciones efectuadas. En el siglo XXI, los llamados “gobiernos progresistas”, están más lejos de la ruptura con el orden impuesto por el imperio mundial, que lo que estuvieron los gobiernos del nacionalismo-popular de mediados del siglo XX.

Se podría sugerir, comparativamente, solo de manera ilustrativa, de ninguna manera, explicativa,  un cuadro de  ubicación de donde se encontrarían las diferentes formas de Estado que se rebelaron al sistema-mundo. De la variable menor dependencia a la de mayor dependencia, podríamos situar, en primer lugar a los Estados del socialismo real; después vendrían, con una distancia determinante, los Estado-nación del nacionalismo revolucionario, en todas sus versiones; continuando, sin obviar la distancia que los separa de sus antecesores, con los denominados “gobiernos progresistas”. En esta secuencia, los “gobiernos progresistas” serían los más dependientes y subordinados de esta triada.  Su única ventaja, serían los gobiernos neoliberales, formas concretas de Estado, que se habrían entregado casi completamente a la condición subordinada de la dependencia.

No interesa, en este análisis, la jerarquía y, por lo tanto, ponderar a los menos dependientes, sino de señalar la gravitación determinante de la dependencia, en toda esta lista de formas de Estado. No fue suficiente la transformación del Estado, en el caso de las revoluciones socialistas, para salir de la condición dependiente respecto a la composición estructural del sistema-mundo; pues al no ser capaces de romper, salir, fugarse el campo gravitatorio de la geopolítica del sistema-mundo capitalista, solamente lograron, por así decirlo, órbitas privilegiadas en el sistema orbital de sistema-mundo. Este hecho no puede ocultarse por el despliegue de la más esforzada difusión ideológica. No se trata de demostrar la verdad de la ideología socialista, sino de efectivamente construir, por lo menos, un mundo alternativo.  El fracaso del proyecto socialista conocido, partidario, consiste en esto, en no haber podido construir otro mundo alternativo. Solo se mantuvieron en el mismo sistema-mundo que combatieron, bordeando sus perímetros, sin cruzar sus límites y umbrales.

No entraremos, en este ensayo, a la dramática historia de los estados socialistas, sus terribles contradicciones, sus crímenes, a pesar de los alcances de justicia social; pues no es este el referente del análisis. En todo caso, nos remitimos a anteriores ensayos y otros análisis e investigaciones. Lo que importa, en el contexto del ensayo, es señalar la condición de dependencia de la que no salieron los estados del socialismo real. Alguien puede cuestionar lo que decimos, refiriéndose a la República Popular de China; la primera economía del sistema-mundo-capitalista. Sin embargo, al señalar la evidencia del “desarrollo” abrumador de la República Popular China, del “socialismo de mercado”, no hacen otra cosa, que patentizar  que este logro de revolución tecnológica y  científica, sea la demostración de que solo se puede lograr “desarrollo”, crecimiento económico, convertirse en la primera potencia emergente económica, en la medida que se respeta la composición estructural del sistema-mundo capitalista. Para decirlo, en tono coloquial, el salto de la “China comunista” a primera potencia económica solo fue posible en las condiciones de posibilidad impuestas por la geopolítica del sistema-mundo capitalista.

Los líderes del Partido Comunista Chino, el comité central, no parecen darse cuenta que su triunfo económico, incluso, tal vez, militar,  que supone las revoluciones industriales, tecnológica, científicas y cibernéticas, es una victoria a costa del proyecto comunista. La gran revolución socialista china, que fue como la continuidad expansiva y profunda de la revolución bolchevique, que se convirtió, en el mundo pedestre de la postguerra, en la posición radical de los no alineados; revolución que transformó al mundo más que la revolución rusa;  terminó en la deriva de el “socialismo de mercado” y la derrota de la revolución cultural de los guardias rojos, en una asombrosa revolución científica y tecnológica, restringida a la razón instrumental, dejando avergonzados a los países de la colonización interminable. China ha ganado la competencia capitalista, pero ha perdido, inutilizando el proyecto comunista y la utopía universal, por la que todos y todas las combatientes dieron su vida; desecho su condición revolucionaria. Ya no lo es; de esta pérdida irremediable, de esta muerte del espíritu comunista, no la puede salvar el impresionante e inmenso Partido Comunista de la China.

Si algo queda con los miembros de los partidos comunistas, los que podemos nombrar como tales, por haber sido máquinas de guerra, militares y políticas, que enfrentaron a las máquinas de guerra hegemónicas del capitalismo y las vencieron,  es la comunicación respecto al sentido de lo que se hace. Por más que se haya burocratizado el Partido Comunista Chino, por más que el realismo político y el pragmatismo lo haya llevado a una estrategia política, económica y militar, que  aparece como eficaz, frente a la desorientación estructural de la OTAN, a la compleja estructura máquina del vigente capitalismo, no hace otra cosa que revivir el sistema-mundo capitalista contra el que combatió.

La pregunta al Partido Comunista Chino es: ¿Cuánto de comunista le queda? No se trata de juzgarlo, tampoco de interpelarlo;   el desafío ha sido inmenso, se han desplegado todas las herramientas que se creían pertinentes. A diferencia del Partido Comunista de la Unión Soviética,  el Partido Comunista Chino gobierna no solamente sobre la geografía china, sino sobre la geografía del mundo; sin embargo, esta forma de gobernar no es de los condenados de la tierra, no es de los campesinos y proletarios, que conformaron el ejército rojo, que ingresó triunfante a Pekín en 1949.

La responsabilidad del comunista – que entiende de manera inmediata el militante comunista, de lo que está lejos de vislumbrar el detractor del comunismo, que nunca se ha dedicado a entenderlo, incluso para criticarlo – es para con los y la explotadas de la tierra. El asombroso salto de la China Popular como primera potencia económica, es portentoso para los economistas; hasta puede ser para los condenados de la tierra, pero no es un logro del comunismo; la sociedad sin clases.

Dicho de manera traviesa, que no pierde la forma transgresora y provocadora, podría enunciarse de la manera siguiente: ¿comunistas chinos qué están haciendo?  ¿La guerra al capitalismo o la demostración de ser los primeros en la competencia capitalista? Si todavía son comunistas, tendrían, en el sueño inocente del militante, responder honestamente a las preguntas. Si el término comunista se ha convertido, reductivamente, en un logo, que sirve para vender la producción industrial china, entonces han ganado a la competencia, frente a las conformaciones sin ingenio de las burguesías europeas y norteamericanas. Ese no es un tema que preocupa a los condenados de la tierra. Lo que preocupa es si lo que hicieron en la larga marcha se convierte, ahora, en liberación y realización de las demandas humanas postergadas. Haciendo más simple y más maravillosamente infantil el discurso, la pregunta es: ¿camaradas chinos siguen siendo comunistas?