Lo que se quiere demostrar.

El comportamiento humano siempre será motivo de investigación y curiosidad, pero sobre todo de enorme sorpresa, en vista de la increíble como inagotable capacidad que tenemos para sorprendernos a nosotros mismos, e ingeniarnos modos de reacción y respuesta frente a lo que sucede.
Si bien es cierto que el título del artículo (muy lejos de insinuar un contenido político), puede inducir a imaginarnos un análisis centrado en el comportamiento y los trastornos que sufren algunas personas; sea oportuno precisar que no siendo nuestro interés indagar causas o motivos subjetivos o sicológicos que lo expliquen (tarea que muy bien podría interesar a sicólogos o siquiatras); en este caso abordaré el fenómeno desde otra perspectiva. Me refiero a la perspectiva de los hechos y los datos que se producen en la realidad, pero que extrañamente producen y provocan una incorrecta como equivocada percepción y apreciación sobre los mismos, para terminar dando como resultado también, un equivocado posicionamiento y respuesta frente a esa misma realidad.
Es decir, trataré de explicar cuál es el tipo de lectura de la realidad que hace el gobierno de Evo Morales por una parte, y por otra, algunos sectores progresistas, plataformas ciudadanas y hasta movimientos sociales preocupados por el estado de cosas en el país; con el objeto de explicar primero cómo se produce este síndrome de lo que llamo el autoconvencimiento errado y, segundo, cuáles son las consecuencias de esta distorsión en el campo social, económico y político. Ya decía Marx que no siempre (y casi nunca) los hechos son como se presentan, porque si así fuese no habría necesidad de una ciencia que se ocupe de desentrañar los acontecimientos.
Para el efecto, hay que señalar que el síndrome del autoconvencimiento errado lo entendemos como un fenómeno por el cual el sujeto (en este caso político), termina autoconvencido de que la lectura que hace de la realidad es la única correcta, pero que además aplica (esa misma interpretación) como fórmula de acción y respuesta ante los acontecimientos y la realidad. A partir de ello, se entenderá que lo que se busca desentrañar son dos aspectos. Por una parte, por qué el gobierno de Evo Morales no representa ninguna alternativa de izquierda, y mucho menos encara tarea alguna de transformación y cambio, a pesar de su incansable adscripción discursiva y verbal con la izquierda y el socialismo. En segundo lugar, por qué algunos sectores sociales progresistas (muchos de los cuales sintiéndose escaldados por lo que hizo y representa el llamado socialismo del siglo XXI, y que por eso mismo no quieren y hasta rechazan denominarse como izquierdistas, menos socialistas), tampoco muestran ninguna posibilidad para ofrecer una alternativa postpopulista y, menos, postcapitalista, a pesar de que también están empeñados en mostrar un rostro nuevo, frente al descontento que representa el gobierno de Evo Morales, como el rechazo generalizado que provoca la antigua derecha neoliberal.
En el caso del gobierno de Evo Morales, dicho síndrome se traduce en las políticas públicas y el modelo económico que aplica; y en el caso de los sectores que identificamos como progresistas, se traducen en las propuestas y la forma de encarar la oposición política frente al estado de cosas y ante el próximo periodo de transición democrática del 2019.
Es claro que en este análisis no se contempla en absoluto lo que hace o podrían intentar aquellos sectores tradicionalmente derechistas y conservadores, por la completa irrelevancia que tienen, no solo por razones de desinterés y rechazo que provocan en la mayoría del pueblo, sino por su propia incompetencia, incapacidad y falta de todo sentido de ubicación frente a los acontecimientos nacionales.

El gobierno del MAS.

En vista de los innumerables ejemplos evidenciados y conocidos públicamente, es ya un hecho incontrovertible y ampliamente divulgado, la descarada incongruencia entre discurso y práctica que aqueja al gobierno de Evo Morales.
Tanto es así, que los ejemplos se remiten a los más diversos campos que van, solo como ejemplo, desde lo que sostienen respecto a los derechos de la naturaleza y lo que hacen con ella, pasando por lo que ocurre con los derechos de los pueblos indígenas y la supuesta identidad indigenista del gobierno, hasta la desvergonzada actitud machista y patriarcal de la que el propio presidente ha hecho gala (con el respaldo de sus propias ministras y otras altas autoridades que se desgarran las vestiduras en otros casos conocidos, pero que no dicen nada cuando los mismos tienen origen en el propio gobierno), sin mencionar casos de violencia, agresión, violaciones y hasta feminicidios en las que no faltan autoridades y personalidades vinculadas al oficialismo, nada menos que en un contexto de transformaciones y cambio que el propio gobierno dice abanderar.
Producto de este fenómeno de disonancia entre lo que se dice y lo que se hace, se explica tanto el abandono y traición al mandato popular y la propia Constitución que emergió como resultado de la Asamblea Constituyente; como la usurpación, el apropiamiento desvergonzado y el envilecimiento de los postulados populares a los que se adscribieron inicialmente, pero que posteriormente solo utilizaron como un discurso que pretende ser asociado a un ideario de izquierda y socialista, cuando en realidad representa los intereses más reaccionarios y conservadores de la derecha y el capitalismo neoliberal en la práctica.
No es necesario ahondar más en este campo, que a su turno constituye una de las principales causas del rechazo y el desencanto popular respecto del gobierno, porque son los propios hechos y noticias que surgen del accionar gubernamental, los que se encargan de evidenciar cotidianamente esta flagrante como reincidente incongruencia.
El perverso legado político de esta impostura sin embargo no es despreciable; porque equivocadamente suele ser asociada (y malintencionadamente generalizada), como si se tratase de una característica propia o inherente a la izquierda, y porque también le facilita argumentos a la derecha y los intereses reaccionarios, para que ésta efectúe su tarea de descalificación y critica, y así mismo capitalice en su favor dichos despropósitos, siendo que se trata del mismo tipo de mañas, solo que reproducidas por un sujeto político (el gobierno del MAS), que pretende adoptar una identidad que no le pertenece.
Lo más grave del asunto no se reduce a dicha incongruencia de la que por lo demás ya se han realizado varios análisis. Debe llamarnos también poderosamente la atención, la disonancia que se produce entre las medidas prácticas que adoptan, y lo que el gobierno cree que es el referente ideológico y político que lo identifica como de izquierda y socialista. Nada más falso.
Es decir, que no solo existe una incongruencia entre el discurso y su práctica, sino también entre su práctica y lo que ellos creen (y muy astutamente reclaman) que es su referente ideológico. En el primer caso se trata de una flagrante disonancia entre el mandato popular y constitucional, y las medidas gubernamentales puestas en práctica que implican su traición y abandono. El ejemplo más importante es la imposición de la Agenda 2025, que sustituye y tergiversa completamente el mandato programático contenido en la Constitución Política del Estado. En el segundo caso, la incongruencia se produce entre las medidas y políticas públicas que adoptan fundamentalmente a partir del segundo mandato presidencial (2009), y lo que el gobierno considera y cree que se trata de un ideario de izquierda y socialista. Frente a semejante situación, es imposible dejar de sospechar de un sórdido oportunismo y una maquiavélica astucia.
Veamos con más detenimiento el segundo caso, porque lo que se encuentra en juego no es meramente un posicionamiento falso y equivocado (del que finalmente nadie está exento y hasta podría ser razonablemente justificable), sino el futuro y el destino final de la Nación.
Un ejemplo emblemático (en tanto puede ser entendido como un hito que resume al conjunto de pasos previos, entre los que se encuentran por ejemplo las conferencias internacionales de Nueva York -promovida nada menos que con el Financial Times- y Londres -con el mismo propósito- de convencer y convocar a la inversión extranjera internacional para que se localice en Bolivia), es el reciente IV Foro Internacional de Países Exportadores de Gas que se reunió en Santa Cruz, y donde Bolivia (a puertas cerradas), subastó 80 áreas de exploración hidrocarburífera entre 27 empresas internacionales acreditadas.
Más allá del inaudito acto de entreguismo antinacional y neocolonial con el que se firmaron diversos contratos con las transnacionales (que por supuesto se encuentra en la antípoda del discurso antiimperialista gubernamental), el mencionado Foro Internacional sintetiza un conjunto de medidas y disposiciones previas que son sustancialmente procapitalistas y responden a un modelo extractivista y neoliberal propio de la derecha. Dichas medidas han ido desde la concesión y ampliación de facilidades, incentivos y garantías (que inclusive afectan y nos quitan ingresos nacionales propios provenientes del IDH para entregárselas a las corporaciones transnacionales), pasando por la flexibilización de normas y procedimientos (entre las que se encuentra por ejemplo la realización del proceso de consulta a los pueblos indígenas), con el objeto de facilitar la entrega y concesión de extensas zonas de exploración y explotación de los recursos naturales; hasta la apertura indiscriminada de áreas protegidas y territorios indígenas (de alta biodiversidad y estratégicos servicios ambientales como la producción y conservación de lluvia y agua, de la que varios departamentos del país se quejan y padecen por recurrentes y cada vez más críticos periodos de sequía), y que tienen el mismo propósito extractivista y explotador.
Ahora bien, cuáles son los argumentos que justifican y fundamentan semejantes medidas del gobierno boliviano?. El propio presidente Evo Morales ha señalado que lo que se busca es otorgar todas las garantías para atraer la inversión internacional que permitirá incrementar la producción actual de hidrocarburos, mejorar los ingresos y garantizar el crecimiento económico del país. Es decir, unas razones y unos propósitos que no podían ser más capitalistas y burgueses (salvo, claro está, que detrás de ello se crea que no existe ninguna contradicción entre este tipo de iniciativas económicas promovidas y su carácter empresarial, capitalista y de derecha).
El gobierno de Evo Morales está convencido de que una vez superado este corto periodo de crisis y drástica reducción de los precios internacionales de las materias primas (especialmente de los hidrocarburos), y que produjeron la drástica reducción de ingresos nacionales que afectó tanto a la economía; se puede volver a crecer. En su desesperación por continuar alentado un desarrollismo salvajemente extractivista que le ha permitido “sembrar cemento” (como él mismo dijo) y persistir en esa afiebrada rutina de construir e inaugurar mega obras generalmente inútiles como innecesarias, no se da cuenta que ese corto periodo de reducción de los precios internacionales, NO es pasajera, sino que es mundial y corresponde al conjunto del sistema capitalista (que él se empeña en sacarlo de la terapia intensiva en la que se encuentra, ofreciéndole nuevas áreas de explotación y extractivismo).
El gobierno de Evo Morales lo que hace es enfrentar la declinación económica y el decrecimiento, ahondando los factores que agudizarán el problema. Con tal de recuperar la vitalidad de la economía, ofreciendo una estabilidad que irremediablemente depende de lo que sucede con la dinámica del sistema capitalista global (y no como él se imagina de las medidas que adopte su gobierno); lo que hace (además de entregar y someter la soberanía del país a la voracidad de los intereses capitalistas transnacionales), es entregarse al sistema y formar parte de su lógica capitalista y de un extractivismo salvaje de los recursos naturales. Es decir, se hace parte del problema y NO de su solución.
Llegado a este punto como se podrá advertir, ya no se trata únicamente de la cruda inconsistencia que demuestra que el gobierno de Evo Morales no es de izquierda y socialista (como se quiere hacer pasar); sino algo más grave. Que la lógica y el modelo económico que sustenta no solo es procapitalista, neoliberal y de corte burgués (en el sentido más conservador y reaccionario), sino que es parte y aplica un modelo que atenta contra las bases de sustento mismo de La Vida (en su sentido más integral y completo), así como contra la posibilidad de establecer una relación armoniosa con la naturaleza, respetar sus derechos y los derechos de los pueblos indígenas (que se han constituido globalmente en el baluarte indispensable para resguardar los últimos y únicos medios para que el planeta pueda alentar un mínimo resquicio antes de su completa destrucción).
Se trata de una nueva fase, una etapa diferente de la decadencia del sistema capitalista que no ha logrado ser asimilada por el gobierno de Evo Morales, sino que por el contrario ha sido fagocitado por él, convirtiéndolo en parte y engranaje de la declinación y de su propia crisis. Por eso puede sostenerse que el gobierno de Evo Morales es un gobierno impostor, pero además es un gobierno que de prorrogarse (como también quiere desesperadamente), llevará al desastre al país.

Una izquierda conservadora que quiere fungir como oposición “progre”.

Sin lugar a dudas podría decirse que se trata de una izquierda trabalenguas, porque acoquinada e insegura como está, pero sobre todo persuadida de que el debate izquierda-derecha pertenece a la prehistoria; entra en cólera y rechaza toda posibilidad de identificarse como de izquierda, y menos socialista (porque entre otras cosas la “modernidad” habría dado lugar a novedosas ideas y diferentes posicionamientos, y porque además el socialismo del S. XXI habría demostrado hasta el agotamiento sus límites).
En este caso el problema también es digno de análisis. Sucede que más de 11 años de gobierno no han pasado ni pesado en vano. Han marcado tanto la posibilidad de construir alternativas, que el solo hecho de saber lo que se ha sucedido a nombre de izquierda y socialismo, ya de por sí genera una resistencia que tiende a desmarcarse completamente de tal identidad, pero además de no reconocerse con una corriente que representaría todos los antivalores y los peores principios. No es poco (y hasta podría decirse que es razonablemente lógico: nadie en su sano juicio se identificará con lo que se desprecia). A su turno (efectuando una digresión marginal), eso mismo explica y sucede con una buena parte de la población nacional, que rechazando y repudiando completamente la otra cara de la medalla que representa aquella derecha neoliberal y tradicional que fue expulsada –revueltas populares de por medio-, también se pregunta: y entonces qué elijo?.
Pero volviendo al tema central del acápite, lo que se desea destacar es ese mismo fenómeno de autoconvencimiento errado al que hicimos referencia al inicio, por el cuál este sector (buena parte del cual se ha adherido y participa en diversos colectivos, plataformas, grupos de ciudadanos autoconvocados, etc., que se han organizado con diferentes propósitos), y que tratando de distanciarse de aquella derecha tradicional y del propio masismo, se ha dado a la tarea de buscar un candidato y una figura (nueva y no contaminada), y en algunos casos a plantear algunas innovaciones programáticas que puedan servir de gancho para atraer el enorme descontento popular que existe contra el gobierno, así como el rechazo que provoca aquella derecha neoliberal expulsada.
En este caso, sin desdeñar la adopción de poses “progre”, pero que expresa y desesperadamente quieren desvincular de cualquier relación que pudiese tener con la izquierda y el socialismo, no terminan de comprender que al plantear únicamente reformas (o inclusive el cambio de régimen gubernamental), lo único que favorecen es precisamente la perpetuación del sistema y el modelo (procapitalista, extractivista y neoliberal), que supuestamente rechazan en la figura de Evo Morales y su gobierno.
Es decir, también se adhieren a la lógica y el modelo imperantes, privándose de la oportunidad de plantear una alternativa post populista y post capitalista como corresponde, si efectivamente quisiesen constituir una real alternativa política. En otras palabras, no son ni constituyen una alternativa diferente como quieren mostrarse; pero además convalidan y forman parte de una lógica y un modelo que, en el mejor de los casos, lo que podría conseguir es la optimización y perfeccionamiento de los mecanismos y procedimientos del mismo sistema (de explotación, extractivismo, dominación, enriquecimiento de minorías, etc.), pero que cada vez más tienen el plus de destruir la naturaliza, el medio biótico y las condiciones de vida de todos los seres del planeta. En fin, nada nuevo a pesar de las sesudas disquisiciones que efectúan.
Una mención aparte merecen aquellos movimientos sociales que entrañan importantes conquistas y que, de hecho, han planteado serias interpelaciones al gobierno, pero sobre todo a la posibilidad de construir un mundo diferente. Es el caso de los pueblos indígenas, los movimientos feministas, antipatriarcales y contra la violencia hacia las mujeres en todas sus manifestaciones, los movimientos obreros, y todos aquellos otros sectores sociales que han protagonizado luchas y resistencias de gran envergadura en el país.
En ningún caso se cuestiona o relativiza sus luchas y conquistas (todo lo contrario), pero en honor a un sano criterio crítico, hay que señalar su encapsulamiento y el excesivo celo para concentrarse casi exclusivamente en la defensa de su causa y los asuntos que les incumben; lo que les ha impedido en gran manera articularse y construir movimientos de alcance más holístico y antisistémico, que propiamente sectorial como se dieron.
Mientras estos movimientos se limiten a luchar por conquistas específicamente sectoriales que además se encuentran encorsetadas por los límites que le establece el propio Estado, entonces difícilmente se podrá articular luchas de transformación y cambio más global, y solo podrán conformarse con avances puntuales, constreñidos al régimen imperante.
Estos son los desafíos que quedan en lo inmediato. Se trata de un panorama sombrío, qué duda cabe, puesto que tal como está encaminada la situación, sólo es previsible la reedición y/o instalación de un régimen derechista, reaccionario y cada vez más brutalmente extractivista en Bolivia.

(*) Sociólogo, boliviano. Cochabamba, Noviembre 27 de 2017.