A la primera luna llena, después del equinoccio de marzo, las antiguas comunidades pastorales y agrícolas festejaban el paso de la muerte del invierno a la vida de la primavera: por lo tanto, en esa fecha se puso, incluso, el legendario paso de los hebreos de Egipto.

Es precisamente una fiesta milagrosa: el renacer de la vegetación, y el renacer de las fuerzas vitales de todos los vivientes del planeta. En Europa del Norte, la fiesta aún conserva el nombre de Easter, que viene de Ostara, la diosa pagana de la fertilidad y no debe sorprender que incluso en la historia del Cristianismo, esta base vital tenga una larga trayectoria.

Pasión, muerte y resurrección tienen, evangélicamente, un significado real, no fisico  sino espiritual, por lo tanto la resurrección es renacer como espíritu, que surge de una dimensión eterna.

“Les aseguro que antes que Abraham existiera. Soy Yo”, dijo Cristo a los judios (Jn. 8, 58) exprimiendo la experiencia fundamental de cualquier tradición espiritual y es un hecho, que las primeras comunidades cristianas se contituyeron en base a las expectativas apocalípticas, por lo cual las apariciones de Cristo despué de su muerte fueron interpretadas como una resurrección. Pero esta es una reconstrucción teológica más que un hecho real. La resurrección de Cristo no ha tenido testigos. Antes del amanecer se aparece a las mujeres y a los apóstoles ya “resucitado”. (Mt. 28, Lu. 24, Jn. 20)

“Noli me tangere” le dice a María Magdalena como para distanciarsi de cualquier fisicalidad y de mostrar que no hay recuperación real de la corporalidad. Cristo ha aparecido después de muerto, solo a sua amigos y sólo por ellos es reconocido.Tomás cree solo después de haber visto la marca  de los clavos en sus manos, no cree en el “Cristo resucitado”. Jesús le responde que beatos los que creen sin haber visto, porque solo ellos han experimentado interiormente la resurrección y sotanto en ellos está el conocimiento del espíritu y sólo en ellos hay felicidad.

Se comprende entonces cómo engañosa es la idea de la resurreción de Cristo como signo definitivo de su divinidad, verdad exclusiva de la fe cristiana.