El chantaje emocional forma parte de los movimientos, procesos y desplazamientos de la economía política del chantaje[1]. El chantaje emocional recurre al chantaje al situarse como víctima o como referente primordial, crucial o, si se quiere, sustancial, en el contexto de relaciones, no solamente sociales, sino basadas en la exigencia emotiva de reconocimiento. Soy la “víctima”, mírame las heridas, ten conmiseración de mí;  reconoce en mí, la “verdad”; la verdad sustantiva, pues soy el “sufrimiento” mismo. Entonces, a quien se le debe atribuir toda razón, toda justicia; devolviéndole todo lo que ha perdido, según la narrativa dolorosa del Gólgota. Este discurso cristiano, con todo el patetismo afligido y demostrativo, es el que prepondera en ciertos discursos políticos, que exigen no solamente reconocimiento, sino legitimidad de todos sus actos. El problema no radica en la demanda, de ninguna manera; hasta ahí el papel esclarecedor de la denuncia; sino en que esta formación discursiva emotiva termina encubriendo los conservadurismos recalcitrantes, que refuerzan las dominaciones y las estructuras de poder.

Para ilustrar con ejemplos, recurriendo a tipos de discursos emitidos, podemos citar a los discursos reclamantes del chantaje emocional. En resumen parco, dicen más o menos: Somos las “víctimas”, tenemos el derecho a ser los nuevos amos; es la única manera de reivindicar los “sufrimientos” padecidos. Variantes del enunciado se conocen en afirmaciones conocidas, presentadas de manera resumida, como: Soy proletario, entonces, contengo la verdad histórica; soy indio, entonces contengo la verdad de todos los tiempos y más allá de la historia, soy la legitimidad suprema, merezco  el poder genuino; soy mujer, entonces, tengo la verdad de género. Todos estos discursos corresponden a los discursos simétricos del poder, que dicen, más o menos: Soy burgués, entonces tengo la verdad económica; soy la civilización moderna, entonces, tengo la verdad del desarrollo; soy hombre liberal, entonces, tengo la verdad democrática. Como dijimos, en otros ensayos, la víctima es cómplice de la dominación, cómplice del poder del amo; la otra cara, opuesta a la cara del amo; empero, la imagen en el espejo. A esta concomitancia y complicidad dual, a esta simetría perversa del poder, se opone la figura del guerrero y de la guerrera; que se niegan a ser víctimas, es decir, cómplices de sus dominaciones. Optando por la lucha abierta contra las formas de poder, las formas de dominación; desafiando toda legitimad del poder; ya sea la institucionalizada como legalidad, ya sea la que pretende comportarse como dadivosa y condescendiente con las víctimas.

La historia política de la modernidad puede ser figurada como la historia del despliegue de las dominaciones por los dos caminos o estrategias del poder; la de la institucionalidad legal, estructurada como poder ungido; la de la dulcificación de las dominaciones, acompañada de figuras de amos y patrones condescendientes y comprensivos, que tienen conmiseración. También aparecen como figuras mesiánicas y milenaristas, figuras míticas de consoladores, que vienen a desagraviar a las víctimas; figuras acompañadas por toda la ceremonialidad y la ritualidad sagrada, con toda la parafernalia religiosa o política. Entonces, el poder transcurre y se reproduce con la condescendencia y aceptación de los y las víctimas, los y las afectadas por las dominaciones; incluso las víctimas llegan a ilusionarse con un poder que las reivindica.

Las figuras del rey jurista, que responde a la ley, del rey mesías, que responde a la promesa, son no solamente figuras concomitantes y complementarias, sino que lo son respecto a la figura del rey déspota, que responde a la violencia despiadada, a la desmesura del poder. Figura, esta última, que es usada como referente de la denuncia, de la interpelación, de la acusación. Las tres figuras son figuras variantes de lo mismo, de la reproducción del poder, del círculo vicioso del poder.

Lo que no se puede obviar ni olvidar es que el poder, el poder como acontecimiento, configurado y conformado por multiplicidades singulares, como ámbitos estructurados de relaciones de dominación, supone composiciones, que abarcan distintos planos de intensidad. La articulación especifica de estos planos de intensidad, es decir, su composición, hacen a la forma de poder singular, en un contexto y coyuntura determinada.  Como se puede ver, el poder no puede reducirse a un tipo de relaciones en un campo dado de la composición; por ejemplo, el campo político, sino que se realiza y efectúa tocando, por así decirlo, distintas tonadas, en los diferentes campos desplegados, que lo atraviesan y componen. El poder aparece como estructura estatal, pero también, al mismo tiempo, aparece como ideología; ambas tonalidades o modalidades no pueden separarse, pues forman una composición. Estas tonalidades, modalidades y connotaciones, forman parte de un conjunto mayor de perfiles del aparecer del poder. Podemos citar las formas y estructuras institucionales del Estado, así como los sistemas de leyes, de normas de reglas, dadas, al mismo tiempo, que las figuras políticas individualizadas, personificadas, encarnadas; ya sea en el partido, expresión organizada, ya sea en el personaje carismático, que funge de líder convocativo. Estos planos de intensidad, de efectuación distribuida del poder, vienen acompañados por otros planos de intensidad de la composición estructurada del poder; por ejemplo, los espacios económicos, de producción, distribución y consumo, donde las relaciones de dominación, adquieren una aparente funcionalidad espontánea.

El poder se expresa en formaciones discursivas, que le otorgan narratividad a la ideología, que le da sentido al poder; estas narrativas, desenvuelven tramas, en las que los dramas adquieren lugar y significación en la estructura y despliegue narrativo. Las figuras de la trama aparecen en su diferencia, variedad; incluso como si fuesen contradictorias y antagónicas. Empero, un tejido profundo, por así decirlo, casi invisible, mas bien, tenue, cose sus conexiones y concomitancias. Figuras aparentemente opuestas son, mas bien, en la composición del tejido sutil, simétricas; conformando la paradoja, que es una integralidad, una síntesis disyuntiva. La víctima es cómplice del amo.

Es una ilusión de la víctimas creer reivindicarse, incluso liberarse, si deja de ser víctima, si deja de ocupar este lugar de sufrimiento, para desplazarse y ocupar el lugar del amo. La relación de dominación no desaparece, mas bien, se preserva; la distinción es que la víctima ahora es amo y el amo la víctima. La estructura de dominación se ha mantenido, demostrando su fortaleza, su capacidad de permanencia y reproducción; se patentiza el círculo vicioso del poder.

Para destruir la relación de dominación, es decir, para salir del círculo vicioso del poder, es menester dejar de ser amo y de ser víctima; abandonar esta dualidad del poder de la víctima y el amo. Destruir el poder implica desmantelar la economía política del poder, que diferencia poder de potencia; valorizando el poder, que es abstracto, es decir, idea, y desvalorizando la potencia, que es concreta, es decir vida.

NOTAS

[1] Ver Cartografías políticas y económicas del chantaje. https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/08/cartografias-politicas-y-economicas-del-chantaje/.