Después del tercer y último debate en vivo en las pantallas televisivas de medio mundo entre los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos Hillary Clinton y Donald Trump, nos viene a la mente una frase; en este caso: “¿Quién salvará al candidato Trump?” de su ego enfermo, de su soberbia, del creerse el hombre más amado por los electores, del salvador de los EE. UU. amenazando, incluso, no reconocer el resultado de las votaciones. No reconocer la majestad incuestionable del Tribunal Supremo americano significa tener poco conocimiento de las leyes estadounidenses.

Su grito de dolor por los supuestos fraudes en las votaciones, según él, lleva a imaginar lo que sucederá en términos de órden público en un País ya en mal estado por su propia cuenta, después de esta horrible campaña presidencial siempre más violenta y racista.

Es interesante observar que entre los republicanos de un cierto espesor, casi todos han abandonado el “círculo trumpista”. A este punto, es imposible salvar al ”candidato Trump” como es imposible salvar el partido del elefante, silenciado y violado por él.

Los políticos del Partido Republicano de los Estados Unidos no merecen en realidad mucho respeto. Durante la presidencia de Obama han sido capaces de decir solamente “NO” al Congreso y han tratado satisfacer únicamente la placentera sociedad animados por la inefable Sarah Palin con sus “tea party”. Han tratado de remar siempre contra corriente hacia cualquier progreso del mundo moderno: no a los derechos humanos no a la libertad de las mujeres, no a todo ostentando siempre una hipócrita devoción cristiana. Un espíritu pío incapaz de luchar contra la proliferación de las armas en el mundo que tantos pecados han cometido o contra las armas de la potente “lobby” de la “Rifle Association”.

Ciertamente, para hacer funcionar bien la democracia americana, es oportuno que el partido republicano sea siempre vigilante y fuerte, sin su habitual arrogancia delante de una presidencia poco transparente como la anunciada por Hillary Clinton.