Quieren emular a la burguesía clásica y solo son su caricatura. Quieren sobresalir y marcar tendencia, y solo exteriorizan su disponibilidad de dinero, sin otorgarle otra o mejor función que el despilfarro y los gastos en megaobras generalmente inútiles.

La burguesía nacional, para llamarse tal, debería tener la capacidad de desarrollar la economía, crear prosperidad y construir un sistema productivo fuerte; capaz de sostener una ideología e impregnar a la sociedad con su pensamiento y sus ideas. Sin embargo, como no es capaz de crear un modelo propio y diferente del capitalista neoliberal y financiero imperante (del que depende y tiene como único referente), entonces solo se limita a reafirmar su dependencia  y sometimiento al sistema hegemónico predominante.

Por eso es una burguesía dependiente y colonial. Y lo es en doble sentido, porque al margen de su dependencia y sometimiento al capitalismo global, en el caso de nuestro país (por circunstancias que todos conocemos), ha debido ceder su protagonismo y su papel al Estado y al gobierno. Es el Estado boliviano, denominado plurinacional, el que vía las nacionalizaciones y, especialmente, la constitución de diversas empresas y proyectos estatales, que se ha dado a la tarea de emprender un capitalismo de Estado en el que la burguesía criolla (tradicional y emergente), juega un rol supeditado, expectante y pendiente de las migajas, las obras y los emprendimientos que el Estado esté dispuesto a concederles subsidiariamente.

En el plano político, esta esterilidad se manifiesta en su consabida incapacidad para crear un ideario, para constituirse en un referente acorde al sistema predominante que representa en la sociedad, y para impregnar la sociedad con su huella.

Más allá de circunstanciales manifestaciones rimbombantes que suelen tener algún tipo de repercusión pública o mediática (como sucede por ejemplo con la arquitectura de los llamados “cholets” que se construyen en El Alto, o los desfiles de modas y los carnavales que se organizan con inusitado despliegue y tiempo en diversos departamentos), no es posible afirmar que estas expresiones hayan logrado trascender el espacio y tiempo concretos donde se realizan, y mucho menos crear una base cultural e ideológica acorde a su despliegue económico. Es decir, que su volumen económico y la enorme erogación de dinero que suponen (inversión dicen), estén a la misma altura y se refleje (se impregnen), en el plano del pensamiento, la cultura, el arte y otras manifestaciones colaterales.

En otras palabras, el único correlato que existe entre la clase dominante procapitalista (incluida la nueva élite mestiza emergente) y su influencia sobre la sociedad, es el tamaño de sus obras y la cantidad de dinero que puede acumular. No tienen capacidad para crear un proyecto nacional, para marcar su huella en la sociedad. Y como los valores y principios de la burguesía capitalista y liberal (que ya se han impuesto en el mundo hace varias décadas), ya le ha hecho su tarea y la ha dejado rezagada, no le queda otra que repetir y copiar (generalmente de una manera deficiente, porque busca aplicar mecánicamente lo que ha aprendido, en realidades como la boliviana que son muy dinámicas y principalmente abigarradas y complejas). Lo hace sin mayor capacidad innovativa, porque se encuentra en el límite impuesto por el desarrollo de la sociedad, que ya reclama otro actor protagonista y transformador, y porque además no tiene otro horizonte que no sea su dependencia.

Estas consideraciones permiten afirmar que hemos llegado tarde para emprender la tarea del desarrollo capitalista industrial al estilo occidental. Sin embargo el actual gobierno (desdeñando y traicionando lo que la propia Constitución le manda y establece), se empeña tercamente en seguir los pasos extractivistas y desarrollistas para emular el supuesto “progreso” y “crecimiento” de esas economías en crisis que han llegado al límite de provocar el cambio climático (y todos los desastres y graves daños globales que sufrimos), cuando lo que debería hacerse es evitar semejante situación y marcar el nuevo camino para construir aquella relación armoniosa con la naturaleza para Vivir Bien, que el pueblo había propuesto e incluido en la Constitución.