En El lado oscuro del poder dijimos que las genealogías del poder han mostrado, desde sus nacimientos, un lado luminoso y un lado oscuro[1]. El lado luminoso corresponde a la malla institucionalizada del Estado, también a las mallas institucionales de la sociedad; en tanto que el lado oscuro corresponde a las formas paralelas no-institucionales del poder; concretamente, a lo que hemos denominado economía política del chantaje. En esta perspectiva analítica, dijimos que, en la etapa del capitalismo tardío y de la decadencia de la civilización moderna, el lado oscuro del poder invade y atraviesa la malla institucionalizada del poder, ocasionando, primero, sus variaciones perversas, sus deformaciones, sus corrosiones; después, subsumiendo la malla institucional del poder a las formas paralelas no-institucionales del poder. Ahora, queremos concentrarnos en las composiciones del lado oscuro del poder.

Se trata de una red o, mas bien, redes, de entramados, de las formas paralelas de poder. La economía política del chantaje tiene una estructura basada en concomitancias y complicidades; entonces,  estamos hablando de una composición o composiciones mutantes. Es difícil situar un centro de la estructura; pues en un periodo puede ser o parecer ser una de las formas paralelas del poder; para en el siguiente periodo, mas bien, colocarse como en el centro otra forma paralela de poder. Lo sugerente es que se trata de la imbricación de varias formas de la economía política del chantaje. Por ejemplo, las formas de corrosión institucional, entre ellas, la corrupción, se vincula con otras formas de poder paralelas, no necesariamente internas a las mallas institucionales, sino, mas bien, externas, como la economía política de la cocaína. Las vinculaciones pueden extenderse a los circuitos de los tráficos, ya no solo de la cocaína, sino también extenderse al tráfico de armas, al tráfico de cuerpos y de órganos, así como al contrabando. En este contexto, las vinculaciones de las empresas trasnacionales aparecen institucionalmente como contratos, concesiones, proyectos, que pueden convertirse o ampararse en leyes. Sin embargo, por debajo de la mesa, se dan también otras vinculaciones no visibles, obviamente no-institucionales, que se las puede tipificar como parte de la corrosión institucional y la corrupción. Aunque quizás sea mejor clasificarlas aparte, pues estos sobornos, de las empresas trasnacionales, suponen los monopolios de estas empresas; por lo tanto, suponen otros espacios de movimientos, de producción y circulación y consumo, también otros espacios de acuerdos. En este sentido, posemos decir, que las empresas trasnacionales se mueven tanto en el espacio luminoso del poder, como en el espacio monopólico de los mercados, que no deja de ser visible, pero, lo es de manera diferente a la luminosidad del poder, y en el espacio gris de la economía política del chantaje. Esto equivale a situarlas en la geopolítica del sistema-mundo capitalista; por tanto, en las estructuras de poder vigentes. Abarcando a las máquinas económicas, a las máquinas extractivistas, a las máquinas de guerra.

Cuando un gobierno, en un periodo dado, conserva todavía cierta iniciativa, incluso en lo que respecta a los compromisos con el lado oscuro del poder, se puede decir, que el centro de la economía política del chantaje parece ser el de la corrosión institucional y el de la corrupción. Teniendo a las otras formas paralelas de poder como adyacentes; ciertamente apoyando y complementando esta economía política del chantaje.  En cambio, cuando el gobierno pierde incluso esta cierta iniciativa y se deja subsumir por otras formas paralelas de poder, el centro de mando ya no corresponde al gobierno corroído, sino al lado oscuro mismo del poder. Por ejemplo, cuando la economía política de la cocaína absorbe las mallas institucionales del Estado, el gobierno no cuenta con iniciativa propia, solo obedece a los requerimientos de la economía política de la cocaína. Esto parece ocurrir en México; ¿pasa lo mismo en Bolivia?

Para responder esta pregunta, no bastan las estimaciones cuantitativas, sean o no sobrevaloradas o subvaluadas; por ejemplo, el referente de la estimación de que en Bolivia se producen 295 toneladas de cocaína al año – siendo ya el segundo productor, debajo del Perú y encima de Colombia -, no implica necesariamente que la economía política de la cocaína se ha convertido en el núcleo del lado oscuro del poder. Esto no depende de cantidades sino de cualidades; de las estructuras de relaciones de poder que atraviesan el Estado.

Tampoco, ya en la descripción de la información, es suficiente contar con que la policía y las fuerzas armadas han sido penetradas por las redes de la economía política de la cocaína; por lo menos en parte; dejemos si es una gran parte o relativa mediana parte o pequeña parte. Pues se requiere saber si  el Estado ha sido atravesado por las redes de la economía política de la cocaína, de tal manera, que lo ha sometido a sus propias reproducciones perversas, y en qué magnitud; además, en qué profundidad cualitativa. ¿Cómo se puede contar con esta información? Sobre todo, cuando la economía política del chantaje, en este caso, la economía política de la cocaína, funciona clandestinamente. Es difícil contar con esta información, a no ser que se logre ésta desde adentro. ¿Se puede lograr un diagnóstico por procedimientos indirectos? Por ejemplo, diagnosticando los síntomas del acontecimiento de la economía política del chantaje.

Cuando toda una región, cuando toda una organización de representación social, está no solo comprometida con los circuitos ilegales de la hoja de coca excedentaria, sino también con la producción de cocaína –  se oculta esta situación conocida por muchos, como si no se diera; es decir, cuando calla el gobierno, incluso, lo más sorprendente, soslayan los organismos internacionales, encargados del control de la disminución de los cultivos de la hoja de coca; además, claro está, de la misma DEA, que, en realidad, nunca combatió al narcotráfico, sino que, pragmáticamente, optó por una guerra de baja intensidad, conteniendo, controlando y participando, desviando esta economía política del chantaje hacia el monopolio que ejerce el imperio –, entonces, el síntoma es preocupante, pues connota no solamente atravesamientos de lado oscuro del poder en la malla institucional, sino incluso cierto control sobre los dispositivos estatales.

Sin embargo, tampoco podemos aseverar que el Estado ha sido subsumido por la economía política de la cocaína. Se requiere observar otras zonas donde se manifiestan los circuitos de la economía política de la cocaína; por ejemplo, el blanqueo. Cuando hay grandes inversiones, que notoriamente no son rentables, por lo menos, como se esperaría, debido a la magnitud de la inversión, es muy probable que sean inversiones de blanqueo o lavado. ¿Qué importancia tiene en el funcionamiento de la economía, por lo menos comercial? Si esta proporción y el lavado son de magnitud, en extensidad e intensidad, ocasionando un mundillo artificial de aparente riqueza, que en todo caso es banal, entonces el síntoma es alarmante.

Otro síntoma corresponde a las formas y niveles de la violencia no estatal; por ejemplo, la del crimen, usando este término jurídico conocido, aunque no lo compartamos. Cuando las formas de violencia se empiezan a parecer a formas desmesuradas de la violencia, a los mensajes del terror, a lo que se manifestó abiertamente en Colombia y en México, es muy probable que la violencia de los carteles recorra las calles, los caminos, ciertas regiones y ciertas ciudades. Los carteles recurren al terror para dominar poblaciones o parte de ellas, para someterlas; así mismo para manejar por el miedo a autoridades, a policías, a jueces, también a sus propios miembros comprometidos hasta el tuétano. En algunos casos el terror de los carteles se suma al terror de Estado. Lo más grave es cuando otras bandas, no necesariamente vinculadas, de manera directa, a la economía política de la cocaína, imitan los procedimientos violentos desbordantes de los carteles. Mucho peor es la situación cuando ciertas organizaciones sociales, en la consecución de sus demandas, no necesariamente imitando, sino haciendo escalar la espiral de la violencia, expresan también desmesuras de la violencia descarnada. Es cuando, como dice la canción, la vida no vale nada.

Si para los organismos internacionales, para la policía y los destacamentos especializados de lucha contra el narcotráfico, para el Estado, para las instituciones encargadas, como el poder judicial, el tráfico de cocaína es un problema moral – forma de asumir que más se parece a una postura doble e hipócrita, pues, efectivamente no hay tal lucha o, si se quiere, matizando, no es efectiva ni tiene resultados -, visto desde otra perspectiva, mas bien crítica, no se trata de problema moral, sino de ilusión, de fetichismo, de decadencia. El ilusionarse con el acceso a la riqueza fácil es un autoengaño; olvidando que, como en toda economía política, la estructura es piramidal; sólo ganan los de la cúspide, mientras los demás sostienen la pirámide; además de ser los que caen, la excusa carnal enclaustrada en las cárceles. Por otra parte, la economía política de la cocaína no es una economía sostenible; es decir, a largo plazo, sino, mas bien, es de corto plazo. En tercer lugar, es altamente costosa en múltiples planos de intensidad; depreda el medio ambiente, descohesión a las familias, comunidades y sociedades; destruye las culturas, las memorias, la capacidad de experiencia; sobre todo, la capacidad de lucha por una vida digna. La gente comprometida con la economía política de la cocaína es la gente más devastada por el despojamiento, la desposesión y la de-constitución de sujetos y subjetividades, por parte de las formas del capitalismo extractivista y especulativo. Son la muestra del vaciamiento de humanidad, quedando sin ella, sino con barrocas subjetividades grotescas e infelices. Personas que consideran que la vida no vale nada, sino solo el poder, que lo entienden en la reductiva forma descarnada de poder, la violencia atroz, no son humanas, sino el bodrio que ha esculpido en sus cuerpos el capitalismo más banal, el de la economía política del chantaje, el especulativo, el extractivista, el financiero.

Contando con las descripciones de la corrosión institucional, con la expansión del lavado, con los niveles desbordantes de la violencia, se ha avanzado a bosquejar un conjunto de síntomas alarmantes, que apuntan a aproximaciones a la situación de subsunción del Estado por la economía política de la cocaína;  empero, todavía no se puede aseverar que esto ya ha ocurrido. El dato que parece podría ser definitivo, para poder argumentar en el sentido de la subsunción y el sometimiento del Estado a la economía política de la cocaína, corresponde a cuando el Estado, su estructura institucional, por lo menos la parte estratégica de ella, no solamente está comprometida con el narcotráfico, sino que el Estado mismo ya es ejecutor, operador, en esta economía política de la cocaína.

En este punto, no estamos en condiciones de responder, ni hipotéticamente. No podemos dejarnos llevar por rumores, por acusaciones, incluso por sospechas. En este caso se requieren investigaciones; no hablamos de investigaciones policiales, sino de investigaciones sociológicas, económicas, políticas o antropológicas; mejor si se puede efectuar una investigación genealógica; mucho mejor si se puede intentar una investigación desde la perspectiva de la complejidad.

Antes de concluir, quisiéramos detenernos en otros síntomas, de carácter de efectos; uno de estos, es el que se refiere a la mutación del autoritarismo gubernamental a formas de despotismo. Ciertamente esta mutación puede tener varias y distintas causales, por así decirlo. Sin embargo, cuando de por medio, se encuentra, lejanamente o cercanamente, la economía política de la cocaína, el despotismo puede ser un síntoma de la incidencia de las formas de poder paralelo; sobre todo, de esta forma del lado oscuro del poder, que tiene que ver con el narcotráfico.

Si en las políticas del gobierno no se nota coherencia, tampoco conexiones estructurales estratégicas; dicho de otra manera, si no aparece en la conducta del gobierno una estrategia política, aunque lo pretenda discursivamente, sino una constante improvisación, encubierta apenas con discursos estridentes y demagógicos, es muy probable que haya incidencia fuerte del lado oscuro del poder. Incidencia en el contexto de la situación que nos ocupa, la de la economía política de la cocaína, cuando esta forma de la economía política del chantaje es de significativa proporción en el país.

Otro de estos síntomas, tiene que ver con las formas de articulación con el sistema-mundo capitalista, su ubicación en la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Sobre todo, en este enfoque, respecto al lado oscuro del poder, se trata no de los acoplamientos institucionales, tampoco de las bisagras estructurales con el orden mundial, el imperio. Sino con esos dispositivos secretos, clandestinos, camuflados, que son los servicios de inteligencia del imperio; dados de manera directa o, mas bien, de manera indirecta. Al respecto, la pregunta, sin mucha vuelta, sería: ¿cuán infiltrado está el gobierno por los servicios de inteligencia del imperio? En el sistema-mundo, donde juegan un rol geopolítico, por así decirlo, las máquinas de guerra, los servicios de inteligencia – que cuenta con información abundante, aunque no manejada del todo, mucho menos interpretada adecuadamente, aunque usted no lo crea;  tampoco analizada adecuadamente, salvo el uso de modelos esquemáticos, que los servicios de inteligencia usan recurrentemente – constantemente “conspiran” o intervienen, de uno u otro modo, llegando a extremos delirantes. Como, recientemente, la invención del ISSIS; antes el financiamiento a yihadistas para combatir al ejército rojo, que ocupaba Afganistán. Así como el apoyo a dictadores militares como Manuel Antonio Noriega en Panamá o Sadam Hussein en Irak. ¿Qué proyectos han desplegado en el país, hace un buen tiempo, no solo en las gestiones del “gobierno progresista”? Esta pregunta es problemática, pues supone eso, la “conspiración” de los servicios de inteligencia del imperio, sin contar con información fidedigna y corroborada; aunque la hipótesis sea plausible. Sobre esta debilidad conjetural, se pregunta ¿qué proyectos se han implementado y están en marcha? A pesar de esta debilidad, la pregunta no deja de tener su importancia; incluso a pesar de que no compartimos las teorías de la conspiración, pues nos parecen ingenuas, extremadamente esquemáticas y débiles. Aunque aceptamos que hay conspiraciones y conspiradores; empero, estos no controlan todas las variables en juego. Tampoco están a la altura de la complejidad de la realidad social efectiva, menos de la praxis de la política. La importancia radica en el alcance de los juegos de poder de estos dispositivos conspiradores.

Si, en caso hipotético, en un escenario supuesto, ocurriera esto, estaríamos, por cierto, ante una grave situación y peligrosa condición, expuesta y vulnerable, no solamente respecto de la soberanía, sino incluso respecto del funcionamiento de los engranajes del Estado y de las prácticas políticas, abarcando el recurso a los montajes políticos,  en los decursos de las manifestaciones rutinarias del Estado. Se asistiría no solamente a una tramoya, sino a una absoluta dependencia, a la subordinación total del manejo, como se manipula a los títeres, de los dispositivos de poder del Estado.

Repasando la perspectiva de los escenarios, si otro escenario fuese el descrito como posibilidad más arriba, el de la subsunción del Estado a la economía política de la cocaína, la situación sería mucho más grave; pues no solamente asistiríamos a la des-funcionalización del Estado, sino, mucho peor, a la descohesión generalizada de la sociedad. La sociedad habría caído no solamente en la pusilanimidad más estúpida, sino en el terror, en el miedo, más paralizante, dejando que sus lazos se disuelvan.

Estos dos escenarios son indudablemente desoladores. ¿De qué depende no caer en ellos? No del Estado, que se encontraría en plena decadencia, marchando sinuosamente a este destino, por así decirlo; no de los organismo internacionales encargados, pues estos están sumergidos en la hipóstasis, en el discurso hipócrita moralista y en toma de medidas ineficaces y hasta condescendientes. Está en manos de la sociedad, de los pueblos. Son las fuerzas sociales las únicas que pueden cambiar el curso de los acontecimientos; pues también son estas fuerzas, mejor dicho, parte significativa de estas fuerzas, la que sostiene la reproducción del poder, la que sostiene estos juegos de poder, estas combinaciones escabrosas entre formas de poder luminosas y formas de poder del lado oscuro.

[1] Ver El lado oscuro del poder. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-lado-oscuro-del-poder/.