Es muy delicado lo que ocurrió en Brasil con la destitución por parte del senado de la, ahora, ex presidente Dilma Rousseff.

Lo primero que tenemos que decir es que no fue un golpe de Estado como afirman los medios comprometidos ideológicamente con izquierda progresista, sino que se trató de un juicio político a la ex presidente que la destituyó por su mal manejo de la cosa pública.

Este juicio político denominado en Brasil impeachment= impedimento cumplió con todas las formalidades jurídicas y se atuvo formalmente a derecho, pero la polémica surge en cuanto a su origen, pues se origina por una lucha interna por el control del poder en Brasil.

Lo más grave, parece ser, que el juicio político tiene su causa última en los lobbies internacionales del dinero.

El reconocido analista brasileño Moniz Bandeira afirmó que existen fuertes indicios de que el capital financiero internacional, Wall Street y Washington, fortaleció la crisis institucional en Brasil. Y el dinero que corrió en la campaña por el impeachment fue impresionante y grave, incluso la mayoría de los legisladores no sabía ni que votaba.

Cabe recordar que sobre esta institución del impedimento, el presidente Getulio Vargas, quien fuera obligado a renunciar, denuncio en su carta testamento, antes de suicidarse: “La campaña subterránea de los grupos internacionales se alió a la de los grupos nacionales sublevados contra el régimen de libertad y garantía del trabajo”.

En la destitución de Dilma convergen, por un lado, errores garrafales por parte de la ex presidente de mal manejo de la cosa pública y, por otro, los intereses concretos del capitalismo internacional del dinero para usufructuarlos.

Alguna vez el general Perón dijo: la única política es la política internacional y en este aspecto hay que señalar que Brasil venía teniendo una política internacional con rasgos propios, que con seguridad debe de ser un motivo más que convergió en la destitución de Dilma.