Depende de cada uno. Decir frontera puede evocar muchas cosas: el poder o la libertad, la propiedad o la transgresión, la autoridad o la rebeldía, el fin o el comienzo, el afuera o el adentro, lo estéril o lo magnífico.

Laberinto o espejo, frontera es una palabra que a pesar del desgaste y la pauperización que sufrió el lenguaje atrapado entre las garras de la tecnología, aún conserva su brillo magnético, su lirismo, su furia, su íntima gloria.

Siempre habrá una frontera —una frontera donde ampararse u olvidarse, una frontera para llegar o para fugarse, una frontera que crear o desmitificar/se—, siempre habrá una frontera mientras el ser humano no pierda su carácter y su sensibilidad, no pierda la temperatura de su espíritu, ese que buscan enfriar las máquinas y los aparatitos, esa que hizo al ser humano, lo que es y no un robot, no un sistema programado, no un baboso zombi secuestrado por la tele.
Grietas, fisuras, boquetes, atajos: hoy la vida busca anclarse allí donde el poder se aleja de su centro y de sus redes virtuales pero que son tan reales que lo controlan todo, y la frontera deviene el imperio de la fractura, el reino de la rajadura por donde escaparse y soñar, por donde atreverse y encontrar otra imagen, otro sentido, otra vivencia del mundo, otro mundo…

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Estarse en la frontera, tiene algunas ventajas inesperadas. Una de ellas es a la que aludiré en este escrito. Hay dos obras consagradas en el ámbito planetario de la literatura de viajes, de la literatura en suma, que narran hechos y situaciones vividas por sus autores en Villazón, la capital de la provincia Modesto Omiste del Departamento de Potosí, y uno de los extremos emblemáticos de Bolivia.

No sé si será tal cual, pero cómo me gusta la conjetura, la anoto y dice así: el concepto de “frontera” nació en América del Sur a comienzos del siglo XVII. Sucede que un protector del mismísimo Cervantes, el conde de Lemos, el año de 1604 elaboró un cuestionario donde procura caracterizar los “subespacios” al interior del espacio poblado.

Ciudad, villa, pueblo, aldea, pueblo de indios, provincia, comunidad, son algunas de las categorías de Lemos, contrapuestas al despoblado, que empieza a llamar la atención en términos histórico-jurídicos. De esa dualidad poblado-despoblado y la necesidad de delimitarla, surge una nueva categoría: la frontera.

Siglos después esta idea de frontera se teñirá de sangre, de mucha sangre: así sea una formalidad burocrática, la frontera entre lo habitado y lo desierto, la frontera entre lo civilizado y lo bárbaro/lo salvaje, esa dicotomía justificó genocidios en regla.

El extenso cuestionario de Lemos aludió también a la dinámica y movilidad entre ambos espacios, a los grupos que se desplazan por el territorio, a los itinerantes: caminantes, guías, trajinantes, comerciantes, mineros, buscadores, andariegos.

Aunque ni Villazón ni su hermana argentina La Quiaca existieran, Lemos estaba describiendo a los moradores de la frontera, a los que merodean por esos lados.

Que dos de los más conocidos escritores de viajes de la literatura contemporánea formen parte de la lista, casi es un hecho natural, pero no por ello, menos destacable: no conozco de una concentración textual así en otras localidades fronterizas.

Paul Thoreux arribó desde el norte; Luis Sepúlveda lo hizo desde el sur. Ambos terminaron teniendo algo en común, además de la escritura: fueron amigos de Bruce Chatwin, tal vez el más emblemático de los escritores viajeros contemporáneos. Bruce Chatwin nunca estuvo en Villazón. Theroux y Sepúlveda, sí, y en circunstancias de vida diametralmente opuestas, aunque ambos escribieron sus memorias de viaje y las bautizaron casi-casi igual. El libro de Thoreux se titula El viejo expreso de la Patagonia. La obra de Sepúlveda es Patagonia Express. La obra más conocida de Chatwin, publicada antes que las dos anteriores, también tiene nombre patagónico y la verdad es que las coincidencias, en este caso, no existen.

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El norteamericano Thoreux partió de Boston en un tren urbano, de puro excéntrico y por seguir la huella que ya había abierto traqueteando editorialmente por el Transiberiano, y se propuso llegar hasta el extremo sur del continente, del mismo continente americano donde se ubica Massachusetts, de una sola manera: cruzando las fronteras de tren en tren. Así pasó por Villazón. El chileno Sepúlveda salió expulsado de su patria, tras haber sido un prisionero político y haber sobrevivido a la dictadura asesina de Pinochet. Buscando un lugar en el mundo, dejando atrás el desarraigo y la muerte, arribó a Villazón. Ambos escribieron copiosas páginas de su visita a la población altiplánica.

Thoreux escribe con una minuciosidad desquiciante aunque elegante, cada detalle de su arribo a Villazón y de su tránsito a La Quiaca. Se queja de todo, o de casi todo, línea a línea, pero especialmente del frío. La solución heroica que encuentra el gringo es tan simple como consecuente con su carácter: se mete en el camarote del tren, se abriga bien y se duerme. Uno puede pensar que Thoreux es un ave rara, pero Michaux escribió también desde toda la pesadumbre y el desasosiego que le producían los Andes. No es país para burgueses aburridos.
Sepúlveda atesora un relato entrañable que pinta la desgracia que se vivían esos años de Plan Cóndor pero en contrapunto con las ganas de vivir que, en la mayoría de los casos, fue la única arma de la que pudieron disponer los exiliados.

El mago de la intertextualidad sentimental llega a La Quiaca y cruza al otro lado donde le dicen que no hay boletos para el tren a La Paz. Cualquiera que haya vivido los días de vino y rosas cuando había trenes, y haya llegado a Villazón en esos mismos afanes, sabe que eso –que no te vendieran el boleto hasta último momento- era religiosamente así. Entonces, Sepúlveda se vuelve a La Quiaca, a seguir con los ritos: comerse un buen pedazo de carne asada y tomarse un amable litro de vino. La puna, con un pingüino de tinto encima, es encantadora. Pero le sucede algo que suele sucederte por esos lados, algo que podemos llamar como “la fraternidad de las fronteras”: conoce a un ferroviario jubilado, alguien que se desenganchó del vagón de la vida ordinaria, otro paria como él. Y celebran el encuentro, aullando tangos y boleros, tomándose todo el vino de la vida mientras afuera hace un frio de puñales y los milicos son los crueles Señores de la Muerte.

Esa noche, el bueno de Sepúlveda no duerme. Bien temprano, vuelve a Villazón y acude a la boletería. Lo mismo que ayer. Pero esta vez, la tragedia irrumpe: una razzia militar lo detiene, lo despoja de sus cosas —su mochila, sus libros, una cantimplora llena de jugo de uvas—, lo estaquea al sol inclemente de la altipampa por horas. Su compañero de infortunios era un Hare Krishna, flaco, pelado, túnica naranja, jurando que tenía un pasaje de avión directo a la India… ¡desde La Paz!

Mientras esto ocurre, el tren se va, la esperanza parece marcharse con el humo de la locomotora. Final: escritor izquierdista y devoto del mantra (¡hare-hare!) son expulsados de Bolivia, sello rojo, indeseables, ¡fuera de aquí vagos de mierda! Vuelven a cruzar el puente, el límite internacional: del otro lado de la raya, los espera, ¿quién si no él?, el ferroviario jubilado, el Rey de los Parias, como ellos, con un bidón de agua fresca y la sonrisa de saberlos vivos. El pelado raja con su pandereta. Mr. Tambourine man les jura, mientras se despide: ¡llegaré a Calcuta, aunque tenga que ir nadando! Sepúlveda se va con el viejo, vuelven al bar: otro asado de tira, otra catarata de emociones compartidas, otra secuencia entrañable.

Amo el relato de Sepúlveda tanto como detesto el de Theroux. Para el yanqui —rey/centro del mundo— es imposible sentir las delicias de una frontera. Nosotros, los de este rincón del planeta, los parias, los buscadores de márgenes, nosotros los que seguimos soñando y por eso mismo las queremos tanto, sabemos que en las fronteras todo puede sucederte —todo el desgarro pero también todo lo mágico— y sucede, claro que sucede.