Es sabido que la metapolítica es un saber interdisciplinario que tiene por objeto el estudio de las grandes categorías condicionan la acción política concreta. En este sentido la corrupción se ha instalado dentro de la actividad política como un condicionante principal de la acción de los agentes políticos.

En filosofía cuando uno no sabe algo lo primero que tiene que hacer es averiguar el sentido etimológico del término que designa al problema a estudiar. Así, corrupción proviene del verbo latino corrumpere, y acá encontramos dos interpretaciones: una, que el término está compuesto por el prefijo con=junto, en conjunto, más el infinitivo rumpere=romper, hacer pedazos. Y dos, en una etimología romántica tipo Nietzsche, que proviene de cor= corazón más rumpere= romper.

De modo tal que tenemos para todos los gustos. O bien, la corrupción nos rompe el corazón o bien, junto con otro alteramos algo por descomposición. En las dos interpretaciones la corrupción antes que nada “rompe algo”.

Al mismo tiempo vemos que, al menos, se necesitan dos: el corruptor y el corrompido, el funcionario y el empresario, el delincuente y la policía.

Como sinónimos de corrupción encontramos envilecimiento, perversión, putrefacción, podredumbre, alteración, descomposición. En definitiva, modos que se emplean para hacer obrar a alguien contra su deberes y conciencia.

Pero la corrupción en política es más grave que esto último, que se aplica a todo el obrar, pues hoy los agentes políticos (ministros, secretarios de Estado, directores de empresas públicas, etc.) actúan contra sus deberes creyendo que actúan bien. La afirmación “se necesita dinero para hacer política y conservar el poder” es un ejemplo paradigmático.

Es decir, la corrupción trastocó la conciencia del deber en el funcionario público. Así, el no aceptar coimas, regalos, prebendas, canonjías está visto como la actitud de un imbécil, de un políticamente inservible.

La corrupción hizo desaparecer de la escena política el actuar por convicciones profundas de transformación, por valores a intentar, en definitiva, por ideales mayores. Rompió, destruyó la megalopsigía= la grandeza de alma que se necesita para hacer auténtica política.

La palabra revolución desapareció del discurso y el lenguaje político. Hoy el pueblo es la gente como público consumidor. La acción política se judicializó transfiriéndola a los jueces, mientras que la decisión ante una situación de excepción, que es la decisión soberana por antonomasia, no es tomada por los gobernantes. Éstos, los del ejecutivo, se limitan a administrar los conflictos pero no a resolverlos. Es más, en Argentina, incluso delegan en organizaciones de la sociedad civil – sindicatos, piqueteros, comedores, etc.- las resoluciones de los problemas diarios.

Así, la vigencia de la corrupción como un gran paraguas que cubre toda la actividad política nos permite afirmar que se convirtió en una categoría metapolítica, y como tal hay estudiarla.