Jiwasa

La Mariscala Azurduy y los silencios de la historia

Chryslen M. Barbosa G.

En “El libro de la risa y del olvido”, Milan Kundera, quién nos dejó el último 11 de julio, demuestra de qué modo las narrativas históricas son tergiversadas a partir de los intereses de los poderosos de turno.

El libro explica un suceso ocurrido en Praga, en 1948, cuando estaban en un balcón de un palacio barroco el líder comunista Klement Gottwald (posterior primer Ministro y luego Presidente de Checoslovaquia) y varios camaradas del Partido Comunista, entre ellos Vladimír Clementis, a su lado. Debido al frío, Clementis se sacó su gorra y la puso en la cabeza de Gottwald. La fotografía de este momento histórico, según el autor, fue muy difundida hasta que Clementis fue acusado de traición y colgado. Desde entonces, Clementis fue borrado de la fotografía manteniéndose a Gottwald y la gorra. Kundera nos presenta una premisa importante (que muchos otros y otras también lo han dicho): la historia es la narrativa de los vitoriosos y sus registros son pasibles de cambios.

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Mariscal Juana Azurduy

Juana Azurduy nació en Toroca (norte de Potosí) un 12 de julio de 1780, mientras las luchas por la liberación contra los abusos de la colonización tenían lugar en muchos puntos de los Andes de la mano de personas como Tomás Katari, Julián Apaza, Bartolina Sisa y Gregoria Apaza. Las referencias antimonárquicas eran parte de su historia de vida desde muy niña. Hija de una mujer quechua, Eulalia Bermúdez, y de un padre blanco-mestizo, Matías Azurduy, ella aprendió a hablar las lenguas que existían en este territorio (quechua y aimara), ampliando sus modos de comunicación con las personas que, más tarde, serían sus compañeras de lucha.

En 1805 se casó con Manuel Ascencio Padilla, padre de sus cinco hijos y compañero de la lucha hasta que él fue asesinado por el ejército realista (1816). En 1809, durante la Revolución de Chuquisaca, ambos se unieron a la revolución independentista del Virreinato del Río de la Plata. Su fuerza en las batallas fue tan expresiva que en 1816 Juana recibió el nombramiento de teniente coronel.

Como en este contexto las luchas contra la monarquía española juntaban los territorios que después serían conocidos como Bolivia y Argentina en la Republiqueta de la Laguna, Azurduy quedó conocida como libertadora en los dos territorios, ganando muchos reconocimientos póstumos.

En diversos textos sobre la trayectoria de Juana Azurduy hay informaciones acerca de los años posteriores a la independencia (6 de agosto de 1825), considerando que cuatro de sus hijos murieron por enfermedades y, en ese momento histórico, ella vivía con su única hija viva (Luisa) en condiciones extremas de pobreza, llegando a pedir limosnas. En 1825, Simón Bolívar la reconoció como coronel y le concedió una pensión vitalicia, pero ella luchó por mucho tiempo para recibir un sueldo de oficial, lo que fue negado por la burocracia machista de la República de Bolívar.

Juana Azurduy murió un 25 de mayo de 1862 y enterrada en una fosa común. Sólo cien años más tarde sus restos mortales fueron exhumados y ella fue homenajeada por su lucha independentista. En 2009, doscientos años después, Juana Azurduy recibió el grado de Mariscal de la República y fue reconocida como libertadora. En este mismo año, ella dio nombre al bono direccionado a las mujeres bolivianas gestantes y a sus hijos menores de dos años. De igual modo, Azurduy es rememorada en la historia argentina, ganando distinciones con grados militares y una estatua en la ciudad de Buenos Aires.

La narrativa histórica

La primera atracción histórica del Museo Casa de la Libertad en la ciudad de Sucre es el Salón de la Independencia, donde se “creó” la República de Bolivia. En las partes superiores de la sala es posible ver cuadros majestuosos con marcos gruesos de tres figuras determinantes para la fundación de esta República según la narrativa histórica: Simón Bolívar al centro, el Mariscal Sucre a la derecha y el General Ballivián a la izquierda. Sobre estos cuadros marcados por el tiempo están dos otros visiblemente más actuales y que, quizás, no recibían el reconocimiento en la historia de la libertad hasta poco tiempo atrás: Tupac Katari y Bartolina Sisa. En la sala, un poco más alejados, pero con las mismas marcaciones del tiempo que los últimos, están las figuras de Tomás Katari y Juana Azurduy.

De manera diferente a la sala que cuenta la historia de las revoluciones andinas de 1780, en la visita guiada en este museo se ingresa a una sala que cuenta, en iconografías y pocas palabras, la historia que cuenta quien hace de guía presenta a la heroína como “Doña Juana”, aunque tenga el grado de Mariscala y, en vida, haya sido reconocida como Coronela ¿Los grados militares se mantienen para los hombres mientras que para las mujeres sólo se llega a ‘doñas’?

En la misma sala, también, es posible ver una pequeña y sencilla urna de madera con los restos de la Mariscala y lo que sería una maqueta de la posible estatua de ella que sería construida en su memoria, una estatua aún inexistente y que lleva un tiempo de espera.

Me quedé pensando en la importancia que se da a la mariscala Azurduy (así lo diré, ya que hablamos de Mariscal Sucre, Mariscal Santa Cruz…) para ser considerada como “Doña Juana” en la narrativa histórica del Museo, ya que ella además es, supuestamente, la arquitecta de las luchas por la libertad del territorio. Quizás sea un reconocimiento mayor que el recibido por los Katari – el silencio –; pero, todavía así, es insuficiente para Juana Azurduy.

Al salir del Museo me quedé pensando en Milan Kundera, en la gorra de Clementis en la cabeza de Gottwald. Imaginé en qué periodo pusieron las imágenes de estas personas y por cuánto tiempo se quedarán en la narrativa del Museo. La gorra, quizás, es el arquetipo de libertad sobre la cabeza de otros, las manos de Clementis sacándose la gorra son las miles de historias silenciadas o sub-contadas en estas paredes, en unos momentos están presentes, en otros desaparecen.

Me quedo con el proverbio africano: “Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”.

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Chryslen M. Barbosa G.

Chryslen Mayra Barbosa Gonçalves es antropóloga, doctorante por la Universidad Estatal de Campinas (Brasil) e investigadora invitada en la Universitat de Barcelona (UB). Es parte del Colectivo indianista-katarista La Curva en la ciudad de El Alto. Trabaja temas de economías de mujeres indígenas, movimientos políticos andinos y teorías anticoloniales.
El nombre JIWASA, de su columna, viene del aymara, es una de las formas de decir “nosotros”, un modo que incluye al interlocutor. Este nosotros inclusivo construye puentes posibles de luchas, de conocimientos y de historias entre diferentes pueblos y territorios. El Jiwasa es un thaki (camino o ruta) posible en la diversidad de pueblos que somos.

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