El “tío” y el carnaval

J. Osvaldo Calle Quiñonez

La palabra carnaval está ligada a una celebración, una fiesta popular en la que -disfraz mediante- uno puede quitarse la carne, ser otro. Esta fiesta, cuyos orígenes algunos la sitúan en Sumeria, se ha extendido y es celebrada hoy en día en varios lugares del mundo cristiano, donde tiene características jocosas, excepto en Bolivia, lugar que probablemente es el único lugar donde el carnaval es sagrado, una característica ligada no al cristianismo, sino a las tradiciones precolombinas y al sincretismo cultural que es común en Latinoamérica.

El carnaval en Bolivia es una representación de la sempiterna pelea entre el bien y el mal, y su celebración es una práctica tradicional que es transmitida de generación en generación.

En las antiguas historias de los pueblos del altiplano boliviano se dice que hace muchos años la gente de esa región vivía regida por los mandatos de su dios, uno de cuyos nombres es Viracocha, aunque otros le llaman Pachacamac.

Este dios estaba presente en todo y los hombres lo simbolizaban con el sol. Por su mandato, los hombres debían decir la verdad, practicar la bondad y evitar la flojera, la mentira y el robo. Esos pueblos vivieron felices, mientras acataron esos principios.

Pero Wari, un ser que vivía en las montañas de occidente, quería competir con Viracocha. Wari era el dios de la maldad, era como un monstruo que dormía en las montañas.

Un día Wari decidió acumular, con su poder y su fuerza, el fuego de las montañas para enfrentarse a Viracocha que controlaba la luz del radiante sol. Wari quiso apoderarse una hija de Viracocha y quien la persiguió con columnas de humo y fuego que se extendían como si fueran brazos. Así, cuando el dios quiso atraparla, la tierra fue estremecida por un atronador estruendo. Pero el padre de la joven acudió en su ayuda y la joven fue escondida en una cueva.

Wari había sido vencido, pero él juró venganza.

En ese entonces en las cercanías del lago Uru-Uru vivía un pueblo de pastores que había sido uno de los más atentos en su culto a Viracocha. Entre ellos Wari comenzó a predicar una nueva religión.

Pero el nuevo culto contradecía los principios que hasta entonces los pastores habían respetado. En lugar de paz espiritual, Wari ofrecía bienes materiales, riquezas que ellos sólo tendrían si seguían sus mandatos; el afirmaba que Viracocha era injusto con ellos, porque a ellos les había dado campos estériles mientras que otros pueblos, como los asentados en los valles, tenían tierras fértiles.

Los urus, como se llamaban los habitantes de ese pueblo, cayeron en las intrigas de Wari. De a poco se convirtieron en envidiosos, esquivos y comenzaron a dañar a sus vecinos. Poco después vientos helados, sequías y tormentas de granizo asolaron la región. Al mismo tiempo el pueblo comenzó a sufrir las consecuencias de plagas y desastres. La gente comenzó a enfermarse, y algunos comenzaron a tomar formas monstruosas.

Para los pueblos vecinos los urus se habían convertido en una señal de mal agüero.

Un día apareció entre ellos una mujer joven, hermosa y blanca, de la cual nadie sabía ni quién era ni de dónde venía. Ella irradiaba luminosidad. Su vestimenta, sin faja alguna en la cintura, era diferente a la de las mujeres de la época. Al no conocer su origen, la población creía que era una hija del sol.

La mujer habló con los urus y predicó entre ellos el retorno al camino del bien y del amor. Ella, con ejemplos y parábolas, les recordaba el pasado en el que con la bendición de Viracocha habían vivido en paz y felicidad. Así, después de un tiempo, la predicadora logró la conversión de los urus. Entonces retornó la paz, la tranquilidad y el bienestar a ese pueblo.

Pero Wari, enfurecido ante esa conversión, decidió castigar a ese pueblo por haberle dado las espaldas. Con ese propósito envió plagas para exterminar a los urus. La primera fue una monstruosa serpiente que llegaba desde el oeste. Cuando los pobladores creían que les había llegado la hora del fin, apareció la joven. Ella vestida de blanco blandía una espada resplandeciente con la que dividió a la serpiente en dos. Al morir el cuerpo de la serpiente se convirtió en rocas que se confundía con las colinas por las que se acercó al poblado.

Entonces Wari envió un gigantesco sapo que debería atacar y luego engullir a los que antes habían seguido al dios de los desastres. Pero la mujer volvió a aparecer, esta vez armada con una honda. Desde lo alto de una colina lanzó con la honda una piedra que golpeó al sapo en la boca y al que instantáneamente lo convirtió en piedra.

Furioso Wari envío, esta vez desde el este, un monstruoso lagarto, que parecía un dragón por sus dimensiones. Sin embargo, la mujer otra vez con su honda logró matar al reptil. La sangre del monstruo formó una laguna y su cuerpo quedó también convertido en piedra sobre el cerro de Cala Cala, a unos 15 kilómetros al este de la actual ciudad de Oruro.

Vencido, Wari envió una cuarta plaga contra el pueblo de los urus. Esta vez fue un ejército de millones de hormigas gigantes que salieron de la boca del lagarto petrificado y que amenazaban al pequeño poblado. Pero una vez más la mujer apareció y con su honda lanzó piedras a las hormigas que se convirtieron en arena.

Esta vez la joven clavó en la cabeza del lagarto petrificado una cruz de madera para ahuyentar a Wari.

Después la mujer desapareció, pero los urus comenzaron a venerarla. Para eso en sus fiestas ellos se vestían como demonios que se rendían a los pies de la mujer luminosa.

Por su parte, derrotado el dios buscó morada en lo más profundo de la tierra. Pero también quedaron rituales para honrar a Wari. Ese dios era considerado el protector de las riquezas que la naturaleza encierra en sus entrañas.

Representación del Tío en el museo de la Iglesia de la virgen del Socavón en Oruro. Foto: Osvaldo Calle

 

***

Mucho tiempo después, cuando a esas zonas llegaron los conquistadores españoles, para los habitantes de la zona comenzó una nueva etapa de sufrimientos, hasta ese entonces no conocido. Nunca antes se había visto tanta codicia en las personas y tanto desprecio por la vida. Los conquistadores saquearon pueblos, destruyeron ciudades, asesinaron a los hombres, esclavizaron a las mujeres y obligaron a los niños a trabajar para ellos.

Los conquistadores obligaron a los hombres que sobrevivieron a la matanza a trabajar en las minas; debían extraer de la tierra los tesoros que luego serían trasladados a España.

Los maltratos eran tan crueles que hasta el mismo Wari, a quien también llamaban Supay, se horrorizaba al verlos. A él le indignaba el disfrute que tenía Satanás con el desprecio a la condición humana. Al lado del diablo, Supay no era más que un duende, quien de vez en cuando se divertía provocando problemas entre los hombres. Satanás, quien había llegado con los españoles, era el diablo en persona. Wari, quien por años se había regocijado con las dificultades humanas, pero ahora quería ayudar a los que él consideraba su gente. Él les dijo a los habitantes del lugar: “Vengan a mí, en las profundidades de la tierra, yo les ayudaré”.

La aparición de Supay en los socavones inicialmente provocó desconfianza, pero como esta vez mostraba una nueva actitud, los habitantes de la región comenzaron a visitarlo y después le llevaban ofrendas para agradecerle por los favores recibidos. Así, ayudando a los mineros, Supay se había asegurado el culto que años atrás sin éxito había intentado tener. El señor de los tesoros del subsuelo regalaba a sus visitantes los minerales que él tenía. Supay comenzó entonces a ser llamado “Tiw”; ese nombre en el idioma de los urus significa protector. Después, cuando el nombre fue castellanizado, los mineros le llamaron “el Tío”. Otros dicen que en realidad es el mismo Viracocha, el creador, a quien los indígenas urus veneraron como Itwu, un nombre anterior a Tunupa, que también es otro nombre de Viracocha.

En ese tiempo los conquistadores iniciaron la forzada evangelización de las poblaciones indígenas y reprimieron todo lo que les parecía pagano. Los españoles también habían llevado la inquisición a América. Los conquistadores católicos expandieron el culto mariano en Sudamérica y como los agustinos que llegaron a la actual Bolivia eran fieles de la virgen de la Candelaria, su culto también fue impuesto en los territorios conquistados.

En aquellas condiciones el culto a la mujer luminosa y al “Tiw” (Protector) estaba proscrito. Pero eso no significaba que su culto, pagano a los ojos españoles, fuera erradicado. En la profundidad de las minas el “tiw” era venerado por los mineros. Era un secreto casi por todos conocido, que pronto iba a ser popularizado.

A fines del siglo XVIII vivía en Oruro Anselmo Belarmirno; él era un malhechor que robaba a los ricos y luego entregaba lo robado a los pobres. El hombre, quien también fue conocido como Nina-Nina, tenía su escondite en un socavón de la serranía del Pie de Gallo. En ese entonces el paraje estaba abandonado, debido a que la minería no tenía su mejor momento.

Nina-Nina estaba enamorado de una joven llamada Lorenza, hija de un comerciante de la región. Después de haber conquistado el amor de la muchacha, el Nina-Nina le propuso escapar; pero cuando se preparaban para la fuga fueron descubiertos por el padre de la joven, quien luego de una pelea hirió de muerte al ladrón.

El agonizante Nina-Nina fue socorrido por una mujer hermosa y desconocida, quien llevó a Belamirno hasta el hospital y pidió que se llame a un sacerdote que debía oír la confesión del herido. Cuando el párroco acudió al hospital, Belarmino declaró que él era Nina-Nina, y que en su refugio tenía una imagen de la Virgen de la Candelaria quien, según él, la llevó al hospital. Cuando por órdenes del párroco mineros fueron al socavón, encontraron la imagen descrita por Belamirno.

Desde entonces en Oruro se comenzó a rendir culto a la virgen del Socavón, a quien los mineros nombraron su patrona. En ese lugar fue edificado un santuario. Aunque la “virgen” es una advocación mariana de la Candelaria, en su culto se reprodujeron todos los elementos con los que los urus rendían culto a la joven que los había salvado de las plagas de Wari. En las celebraciones en su honor se disfrazaban de demonios, de diablos, que se rendían ante una mujer.

Con el paso de los años, el sincretismo cultural generó la danza conocida como la diablada y más tarde, sumada a otros bailes, derivó una fiesta que coincide con el festejo de carnaval en el mundo cristiano. La diablada incorporó después al arcángel Miguel, quien, según las tradiciones cristianas, echó a Lucifer del cielo. Al principio en la danza no participaban mujeres, porque los mineros creían que su participación provocaba desgracias.

El tío todavía hoy en día es honrado por los mineros al interior de las minas y por casi toda la población en el martes, llamado de ch’alla (ofrenda). Ese mismo día la gente entrega ofrendas a la Pachamama (la madre tierra), pensando que todo lo que nos rodea tiene sed y hambre. La ch’alla es una práctica en la que se da de beber al otro. Ese día es casi sagrado.

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J. Osvaldo Calle Quiñonez

Periodista especializado en economía. Trabajó en el Semanario Aquí, los periódicos, La Razón, Ultima Hora, Hoy, La Prensa y el semanario Pulso. En 2000 incursionó en el periodismo electrónico organizando el sitio report-e.com y en la actualidad dirige el periódico por Internet www.bolpress.com.
Ha escrito libros sobre los procesos de reforma económica y es colaborador de publicaciones en México, España y Bélgica. En la actualidad reside en Alemania.

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