¿A quién incomoda el homenaje póstumo que recibió Xavier Albó?

Fernando Molina

Xavier Albó era un intelectual, así que su sepelio sólo habría sido un acontecimiento social en Francia, donde el culto a los intelectuales es masivo. Las condolencias por su fallecimiento sí fueron muy extendidas y plurales: provinieron de todos los sectores políticos. Un polo reconoció la labor científica del antropólogo y lingüista; el otro, su aporte político a la ideología de lo plurinacional.

En cuanto a la diversidad de sectores sociales que expresaron su pesar, no es verdad, como se ha dicho, que los indígenas estuvieran ausentes. Leí a varios en las redes que agradecieron el ingente trabajo de Albó por visibilizar a los pueblos indígenas. Lo que sí es cierto es que los intelectuales indígenas más conocidos no se expresaron, lo hicieron con reticencias o, uno, incluso, se estrelló contra el pasado político de Albó.

El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress

Esta incomodidad para reconocer a alguien de fuera que se empapa de la lengua y la cultura propias y que las convierte en un conocimiento prestigioso es bastante natural. En una sociedad históricamente racista, los capitales simbólicos indígenas tienen pocos espacios en los que hacerse valer. Si esos espacios, además, son ocupados por extraños, por los mismos “k’aras” que acaparan también los espacios de valoración de los capitales simbólicos criollos, entonces se producen comprensibles reacciones de rechazo.

Un poco menos legítima es la tendencia de los grupos académicos en general —indígenas y no indígenas— a considerar un determinado tema de investigación como su “propiedad” y entonces no querer “compartirlo” con nadie que no sea parte del grupo (incluso si es uno de los fundadores del tema en cuestión). Son aún más generales e ilegítimas la envidia y la mezquindad que envenenan la consideración de los logros intelectuales por parte de los propios intelectuales. Esta mezquindad se envuelve a menudo con el manto de la pereza: desgano de leer a los demás, de valorarlos públicamente o de hacer algo para expresarles agradecimiento, cuando se les debe algo. “Nunca hagas que un hombre se sienta en deuda contigo”, dicen los sentenciosos, “pues te decepcionará”. Tal vez la actual exigencia académica de tachonar cada escrito con referencias a las obras de otros es una forma de asegurar a los académicos un reconocimiento que de otra manera, en otras condiciones de producción, no obtendrían.

En fin, los motivos para no haber manifestado aprecio por Albó tras su fallecimiento en Cochabamba pudieron ser tan múltiples como los motivos para sí haberlo hecho. Razones de amistad y enemistad, religiosas, étnico-raciales, de nostalgia del pasado o encono con este, que algunos no logran superar, y, por supuesto, de conveniencia política. ¿Pero cuál podría ser la causa de que algunos fueran más allá y lo criticaran tras sus funerales, y que además traslucieran cierta molestia por el sonado homenaje póstumo que recibió?

En Bolivia está muy bien implantada la costumbre de no hablar mal de los muertos, en especial de los que acaban de ser sepultados. Es una costumbre que proviene simultáneamente de nuestras raíces católica e indígena; ambas vertientes profesan culto a los ancestros.

Pese a ello, un grupo político que tiene como referente a Pedro Portugal no ha hesitado en romper esta costumbre con un par de estocadas periodísticas a Albó. Como suele ocurrir, se trata de un pleito dentro de una pequeña capilla, de esos que son los más urticantes.

Se sabe —el propio Portugal lo ha dicho en sus escritos— que el indianismo boliviano nació en una relación muy estrecha con el cristianismo. En el pasado, mientras los criollos civiles veían a los indígenas mayormente como (indolentes) pongos y (malos) soldados, los religiosos eran menos racistas y se ocupaban de sus almas. En los años 60 del siglo XX el catolicismo ya casi no cumplía este rol, aunque el Concilio Vaticano II (1959) había dado un nuevo impulso al mismo, más “materialista”, a la luz del cual puede entenderse buena parte de la vida de Xavier Albó (véase su autobiografía “Un curioso incorregible”, escrita con Carmen Beatriz Ruiz). En cambio, en esas fechas recién se desplegó la actividad misionera de los metodistas y otros protestantes, que también tuvo un enfoque social. El resultado de ambas cosas fue la forja, en las fraguas cristianas, de varias camadas de líderes que se convirtieron simultáneamente en creyentes y en dirigentes indianistas. Hasta ahora, dicho origen, digamos “teológico” del indianismo, sigue impregnando esta corriente política.

Claro que la trayectoria de muchos dirigentes indígenas ha sido más compleja. Portugal, que se ha acordado del marxismo de Albó en los años 70 y 80, también tendría que reconocer que esta corriente ejerció una importante influencia sobre todos los bolivianos politizados de esta época, inclusive sobre él mismo. No lo hace, claro, ni tampoco valora el aporte del cura a la lucha por la reconquista de la democracia, porque le interesa presentar una imagen determinada de este: un personaje sin convicciones claras que, por “error”, se pliega a las modas intelectuales de cada momento. Una crítica de este tipo necesariamente implica una concepción ingenua de la verdad, a la que se ubica más allá de los debates y las inclinaciones temporales; como algo que hay que CONSERVAR frente a las opiniones pasajeras dictadas por los tiempos.

Para esta “verdad” fija y constante, nada hay peor que la corriente ideológica a la que —según denuncia Portugal— saltó Albó tras su incursión marxista: el “posmodernismo” y el “pachamamismo”, es decir, el relativismo filosófico (que es también moral) y el culturalismo, el cual subraya la diferencia étnica indígena respecto de una matriz cultural nacional y cristiana que Portugal defiende y, a la vez, pretende proyectar hacia el futuro.

Parte muy importante de la aversión de Portugal al “posmodernismo”, como lo llama él, es el aspecto moral de la cuestión. Él cree en los viejos valores familiares y un cura como Albó, que admitía ser tolerante con gays y relaciones extramatrimoniales, seguramente le caía mal, como trasluce el obituario que firmó. En el conservadurismo siempre existe este componente de miedo al desbarajuste social, a la Babilonia contemporánea, y una aspiración a un orden fuerte y tradicional, que Portugal coloca en el futuro más que en el pasado, esto es, en la construcción de la nación en la que fracasaron los criollos, pero que, en su opinión, pueden realizar los indios. Los “pachamamistas”, en cambio, ubican su utopía en el pasado precolombino. De las dos perspectivas, la de Portugal es, si se quiere, la más “marxista”.

Una vez que Portugal abría esta rendija, por ella se colaba Rafael Archondo, seguidor del primero, que extremaba aún más las cosas. Como le resulta inevitable a este autor, usaba la marrullería para hacerle cobrar a Albó, póstumamente, su cercanía al MAS en la misma época en que también la tuvo Archondo, pero que Albó conservó por más tiempo, convirtiéndose, entonces, en una suerte de “traidor”. No necesito decir que nunca antes habíamos oído a Archondo atacar al “Pajla”, como se le decía cariñosamente a Albó, pero que en el artículo del primero aparece con una connotación despectiva. No estamos ante una acción de rebeldía ante el elogio del establishment a una “vaca sagrada”, sino de algo más indefinible y retorcido: algo así como indignación por que un “masista” se fuera del escenario del mundo tan aplaudido, sin que nadie subrayara su falla política, que también debe ser, necesariamente, una falla moral.

Albó nunca fue mi amigo, es más, yo diría que nunca me cayó muy bien las pocas veces que coincidimos en alguna reunión o conversación. Me parecía demasiado central y quizá me molestaba el hecho de que no sabía muy bien quién era yo. Además, cuando lo conocí, a través de su gran amiga Noni Arauco, yo comenzaba a girar —todavía muy lentamente— hacia el neoliberalismo, mientras que él resistía el creciente consenso neoliberal. En 2006 o 2007 escribí, como he reconocido en el obituario que le dediqué, un artículo para zaherirlo por relativizar la toma de la casa de Víctor Hugo Cárdenas por parte de su comunidad (la de Cárdenas). Pasaron años antes de que comenzara a leerlo y descubriera todo lo que le debemos. La obra de Albó está por encima de los chismes sobre el autor, en los que solo se pueden concentrar aquellos a quienes el odio político ha obnubilado.

Todos somos imperfectos, contradictorios, incoherentes, egoístas. Cualquier evaluación de una persona debería partir de eso; debería, con empatía, aceptarlo, para poder encontrar en ella aquello que sea distintivo y singular. Yo lo llamo “compasión”. Por cierto, es una virtud exaltada por el cristianismo. No solo capacidad de sufrir con/por los otros, sino de compartir plenamente esta vida y sus adversidades con ellos. Reconociéndonos en ellos. Quienes carecen de compasión son por definición malos biógrafos. Albó, requiesce in pace.

Atrás