Imágen del estreno de Utama en Barcelona, con su director presente ante un numeroso público. Foto: Irene Mamani Tenorio

El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress

Tras su estreno, la película Utama ha logrado generar un conjunto de apreciaciones y comentarios de distinta índole, siendo así que desde una vista más técnica y en ocasiones superficial, críticos especializados en cine elogian continuamente la parte estética y la naturalidad de los actores principales, mientras que otro tipo de críticos celebran el surgimiento de una “nueva etapa” del cine boliviano, un cine que ya no convoca a la lucha violenta, que deja de lado el odio y el resentimiento de antaño para entrar en una etapa muda de empatía y resiliencia. Y, también, los hay aquellos que sostienen, en base a lo ya señalado, que esta sería una de las mejores películas del cine boliviano simplemente por los premios y reconocimientos obtenidos en distintos festivales internacionales.

Surge la pregunta entonces ¿la crítica solo debe abordar ese tipo de temas y nada más?

Hay quienes consideramos que no y apuntamos a una crítica como la que se presenta a continuación, que se desenvuelve en un elemento distinto, desde una perspectiva de izquierda que propone un giro a la crítica sobre la película Utama.

Puede parecer algo peculiar al lector el tratar de hacer una valoración política de un trabajo artístico, pero en realidad, ya sea que se trate de una pintura, una fotografía o de cualquier expresión artística, en este caso una película, lo cierto es que toda forma de representación de la realidad social en la que vivimos conlleva, consciente o inconscientemente, una toma de posición respecto a lo que se representa y, por ende, propone, sugiere o interpela al público a asumir una determinada posición a través de dicha representación. En otras palabras, no hay arte por el arte o arte en estado puro, ajeno a problemas económicos, políticos e ideológicos de la sociedad en donde dicho arte se produce.

En ese sentido, una valoración que pretenda ser lo más amplia posible, no solo puede o debe limitarse a la forma en que la se presenta un determinado producto cultural sino también a abordar su contenido, el concepto que nos plantea, es decir, su propuesta de fondo:

Utama, o “Nuestro Hogar” en castellano, es una película dirigida por Alejandro Loayza Grisi que en 87 minutos narra la situación de una comunidad agraria del altiplano boliviano que se ve azotada por una fuerte sequía, el abandono por las autoridades gubernamentales y una profunda pobreza, en medio de las que una pareja de ancianos de origen quechua intenta sobrevivir a la Bolivia del siglo XXI.

Muestra a través de gestos, miradas y silencios de los protagonistas (Virginio, Sisa y Clever), con una gran pericia en el uso de la imagen y los recursos fotográficos por parte de la producción del film, la cotidianidad de una vida agraria sin posibilidades de prosperar, una cultura “originaria” en su ocaso, el choque intergeneracional y cultural entre “lo nuevo y lo viejo” y la negativa de los ancianos a abandonar la comunidad para ir a vivir a la ciudad, a pesar de las precarias condiciones en las que viven. En ese escenario, a pesar de todo aquello, la película propone cómo el amor profundo que siente la pareja entre sí, su relación con la tierra en donde viven y sus tradiciones milenarias, las cuales se encuentran en un sincretismo con la religión católica, son más fuertes que cualquier adversidad, en otras palabras: un amor eterno, en el agreste altiplano boliviano. Motivo por el cual, tras la muerte de Virginio, serán Sisa y Clever junto a un grupo reducido de mujeres de la comunidad en duelo, sosteniendo una cruz y acompañando al humilde ataúd donde reposa el cuerpo sin vida de Virginio a su último destino, cantan: “No hay en el mundo, ya nadie más como tú”.

Sin duda alguna, ese ha sido uno de los elementos que ha logrado captar el interés y enternecer al espectador, tal vez incluso sacar a más de uno alguna lágrima. Pero ahí radica el problema, pues quienes se han quedado solamente enternecidos por la historia de amor y penurias, a quienes ha encantado la película por la manera en que muestra aquellos tremendos paisajes del altiplano boliviano, en donde más de uno quisiera ir a “pueblear” y sacarse una selfie junto a una llamita (lindo lugar para ver pero no para vivir) o en quienes ha surgido un sentimiento de lástima o pena de las personas que aún viven en aquellas condiciones, denota que la película provoca una actitud pasiva del espectador frente a un problema material concreto; pues al salir de la sala de cine –seguramente después de haber dado un fuerte aplauso al terminar la película–, la mayoría de los espectadores volverán como si nada a la normalidad de sus vidas en las ciudades.

De esta manera, temas más complejos que plantea la película, como la resignación a la muerte a través del “mito del cóndor” por parte de Virginio, que sostiene la idea absurda de una muerte digna encubriendo un hecho violento (tener que morir sin la mínima atención médica en pleno siglo XXI); o el conflicto intergeneracional y cultural, ahondados por los efectos de la migración a la ciudad, que se revela en las imposibilidades de comunicarse en quechua entre el abuelo y su nieto; la diferencia de opiniones y valoraciones sobre lo que es una “vida digna” terminan volviéndose algo simplemente anecdótico y folclórico en la trama, no un tema central como en “Chuquiago” (1977) de Antonio Eguino, “ La Nación Clandestina” (1989) de Jorge Sanjinés e incluso en el “Gran Movimiento” (2021) de Kiro Russo, que hacen de la crítica política una herramienta artística para cuestionar nuestra sociedad e interpelar al público sobre la realidad en la que viven.

Seguramente el lector podrá cuestionar que se exija a esta película cosas que no tiene la finalidad de decir y es que, evidentemente, una película, al igual que toda narrativa o discurso, no puede decirlo todo y tampoco se le puede exigir aquello; pero, sobre lo que sí llega a decir y a mostrar debemos cuestionar ¿Qué nos plantea? ¿Cuál es la propuesta de fondo? ¿Qué efectos tendrá sobre el público? ¿Qué es lo que omite y por qué lo hace?

La crítica no debe ser formulada para dejarnos satisfechos, sino para producir en nosotros la duda suficiente para seguir discutiendo.

 

*Este artículo fue presentado como capsula informativa en el segmento “Con Perspectiva de Izquierda” en el programa No. 37 de Abriendo Brechas (21/10/2022), trasmitido por La Izquierda Diario Bolivia.

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