Un año más, este 10 de mayo se celebra el Día del periodista en Bolivia. Un año más se observa en el periodismo un marcado posicionamiento dentro del panorama político, consciente o no de ello; también el habitual posicionamiento respecto a otro aspecto transversal y hegemónico: el patriarcado; y, finalmente, una postura respecto a algo que marca a la sociedad boliviana: el racismo.

Esta triada, lo político, lo patriarcal y el racismo, se difunde en el periodismo desde posturas ideológicas concretas, a veces muy firmes y en muchos casos planteadas como muestra de “objetividad” o “independencia”.

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Muchas de las personas que ejercen el periodismo dirán: “Yo no soy militante ni simpatizante de algún partido y ni tengo postura política alguna en mi trabajo, no soy machista porque respeto a las mujeres y mucho menos soy racista, porque mi abuela era chola”. No se trata de tocar algo personal, de sentir ofensa por lo que aquí se dice, aunque lo personal es evidentemente político.

Respecto a posiciones políticas, hay una pregunta simple que nos posiciona: ¿Defiendes la propiedad privada? La respuesta parece obvia ya que negarlo resulta, cuanto menos, inquietante, además, dirán, atentar contra la propiedad privada es ilegal. Se trata de un pensamiento político hegemónico, que quiere decir que ha penetrado tanto que hasta se ha legislado y se han creado instituciones en defensa de esa propiedad privada. En ese sentido, hay una hegemonía política global (casi).

Las expropiaciones, la eliminación de la herencia, el buscar una sociedad más igualitaria donde toda la gente parta en igualdad de condiciones y desde allí se busque la vida en base a su esfuerzo y capacidades… es otra opción, pero como no es hegemónica es demonizada y es así como los medios suelen presentar a esta opción. No hay una crítica desde el periodismo a un sistema hereditario que crea oligarquías sin méritos cuya riqueza no refleja su esfuerzo.

En Bolivia, como en mundo, este debate no se da de forma abierta y la lucha política es más partidista y con posiciones menos transgresoras de lo hegemónico, no por ello menos encarnizadas y los medios participan activamente dando gran cobertura a una de las partes y minimizando a la otra posición. Así se posicionan.

Respecto del patriarcado hegemónico, instituido, normado y naturalizado, es lo mismo. Los medios suelen dar sólo cobertura a la violencia machista extrema, como las violaciones y los feminicidios, y generalmente lo hacen sin un criterio adecuado, revictimizando y con sensacionalismo. No se habla, sin embargo, del patriarcado ni de sus múltiples formas de hacerse presente en todos los aspectos de la sociedad.

Para prácticamente el conjunto de medios, un periodismo feminista resulta ser “militante” o “extremista”, cuando en realidad es el justo medio ya que en derechos, obligaciones y responsabilidades plantea la igualdad entre hombres, mujeres y personas LGTBI. Por ello, no hay periodismo independiente ni objetivo si no es feminista.

En los medios se mantiene el lenguaje sexista, se huye de evitarlo para respetar las normas de la Real Academia de la Lengua que, en lo que respecta a mujeres, no es más que el patriarcado institucionalizado, y en lo que toca al territorio es un resabio vivo de la colonia.

Aquí llegamos al racismo que se muestra de maneras infinitas y cotidianas en la labor diaria de relacionamiento entre periodistas y con sus fuentes de información. También se muestra con publicaciones y posturas concretas en los medios, donde, por ejemplo, se atribuye una reivindicación de poblaciones indígenas, como es saber cuántos son o se identifican, a posturas político partidarias y por ello se rechazan.

En fin, el periodismo como gremio no es ajeno a su realidad social y los y las periodistas no están lejos de verse también afectadas, con explotación, con múltiples muestras de machismo cotidiano y violencias patriarcales y con racismo. Es vital ser conscientes de ello y trabajar, en lo posible, para contrarrestarlos.

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