Se dice que la intervención del estado en la economía puede solucionar problemas o causarlos, y no hay una receta ideal puesto que cada país tiene su propia realidad y la política económica siempre está dominada por la ideología política, intereses y objetivos del gobierno de turno.

Varios economistas están de acuerdo en que el Estado debe al menos cumplir los roles que destacaba Adam Smith como: defensa, seguridad y justicia, y excepcionalmente la construcción de las grandes obras públicas. Asimismo, Smith también reconoció que existe fallas en el mercado y falta de competencia y lo llama como un problema ese aspecto.

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Otro gran economista como John Maynard Keynes, escribió en medio de la gran depresión de 1929, donde concluye que el Estado no solo debía intervenir para hacer frente a las depresiones económicas sino también que podía hacerlo. Keynes señalaba que los mercados tienen fallas, y que para hacerles frente debe intervenir el Estado, y la herramienta es la Regulación Económica.

El Nobel de Economía de 2001 Joseph E. Stiglitz, defiende la “opción pública”, la posibilidad de que el Estado ofrezca una serie de servicios que implique más competencia e innovación, baje precios y haga más fácil la vida a los ciudadanos. Asimismo, asegura que al sector privado le gustan “los monopolios y la explotación” y teme a la competencia, y está convencido de que se puede “domesticar al capitalismo”.

Ahora bien, trasladándonos al caso Boliviano, hasta el 2005, se adoptaba una corriente de libre mercado (economía de mercado), donde el Estado adoptaba un carácter neutro o nulo en la economía y el mercado era el asignador de recursos y el que restablecía en forma automática el equilibrio del mercado de factores y recursos (Ley de la oferta y demanda).

Por otro lado, a partir del 2006, el Gobierno de turno, a través del Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP) adoptó la otra corriente que establece que la intervención del Estado en la economía (economía plural) es importante y determinante para restablecer el equilibrio y el crecimiento económico, cuando la economía de mercado se debate en crisis.

Para medir el nivel de crecimiento de una economía, utilizamos el Producto Interno Bruto (PIB) como un indicador que -mide la actividad productiva en unidades monetarias de todos los bienes y servicios finales producidos en un país-, el cual se utiliza desde los años 30 como indicador de crecimiento y bienestar de un país. Se reconoce al premio nobel de economía Simon Kutznets como el creador de este indicador.

Según datos de nuestro Instituto Nacional de Estadística – INE, la tasa de crecimiento del PIB promedio entre los años 1992 al 2005 (14 años) era del 3,43%, equivalente a 6.724 millones de USD, mientras que entre el 2006 al 2019 (14 años) la tasa de crecimiento del PIB, en promedio fue del 4,67%, equivalente a 27.364 millones de USD, es decir en los últimos 14 años hubo un incremento del 36% en tasa de crecimiento y 307% en el tamaño de la economía Boliviana. Para la gestión 2020 se tuvo una tasa decreciente del PIB, llegando a -8,83%.

De los datos anteriormente descritos, se puede señalar que la aplicación de una economía plural con intervención del estado a través del MESCP, generó resultados positivos en nuestro País, los cuales incluso fueron reconocidos en varias oportunidades por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), entre otros, y por tanto deberíamos sentirnos orgullosos.

Finalmente, en el análisis macroeconómico de cualquier Estado, la interpretación del valor del PIB es fundamental para conocer el grado de desarrollo económico y sus tendencias. Se puede concluir que entre más y mejores bienes y servicios se generen, más trabajo y riqueza habrá para redistribuir entre la población y por lo general, cuando se habla de un aumento en el nivel de vida, éste viene acompañado de bienestar y crecimiento económico.

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