La historia demuestra con evidencias que un hecho en el tiempo y en el espacio no se repite dos veces, la historia en su infinito devenir se presenta como una interminable serie de desafíos a superar. Sin embargo, esto no parece existir en la cabeza de don Ivan Finot que dice que la propuesta del PDES 2021-2025 iría al fracaso ya que luego del boom de los precios de las materias primas se viene la deuda externa para financiar empresas públicas deficitarias y, luego, aparecerá la crisis; infiere que esta cadena de hechos están determinados por la “ejecución parcial” en Bolivia de las recomendaciones de la CEPAL sobre el modelo de sustitución de importaciones y que se constituyeron en la génesis de la crisis de los años ochenta.

La crisis de los ochenta tuvo su origen en la década de los setenta y, paradójicamente, en el periodo de mayor bonanza económica, pues, tuvimos la mayor magnitud de excedente económico que pudo ser utilizado para revertir la situación y que podría haber cambiado el patrón de acumulación. El régimen de Banzer despilfarró el excedente económico desaprovechando la oportunidad y nos llevó a la catástrofe de los ochenta.

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Pero, veamos la secuencia de los hechos. Desde 1970 hasta 1976 se registraron los mayores niveles de crecimiento del país: el año 1973 registró 6.9% de tasa de crecimiento del PIB real, en 1976 fue de 6.8%; a partir de 1977 empieza a caer hasta llegar en 1980 con 0.8%. ¿Qué paso? ¿Cuáles fueron las causas de este desplome?. Consideraremos inicialmente el aspecto de la circulación de las mercancías, constataremos que no fue el financiamiento externo, como ser la deuda externa, puesto que en 1970 fue de 524.4 millones de dólares, en 1976 de 1.123 millones de dólares y en 1980 de 2.312 millones de dólares. En una época de altos precios de las materias primas no fue necesario recurrir al financiamiento externo, no había por qué hacerlo. El endeudamiento externo vino después, a partir de 1976.

La explicación lo encontramos en la apropiación y el uso del excedente económico que se generó en el país. Previamente es preciso dotarnos del elemento político de la época. A inicios de los setenta se dieron cambios políticos en el Cono Sur con la implantación de regímenes autoritarios que tuvo su resultado principal en la relación del Estado con la economía, podemos resumir indicando que fue prioridad el sector privado y no el sector público; en Bolivia tuvo su correlato en la dictadura de Banzer. La magnitud del excedente económico fue grande, se conformó por un PIB alto, precios elevados de las materias primas y la política de congelamiento de los salarios. El excedente económico fue mayoritariamente al “sector privado, principalmente al desarrollo agropecuario de la zona oriental, con el objetivo de mejorar y diversificar su producción, sin obtenerse los impactos deseados” (UDAPE, AE v. 20; 65), también Grebe indica el “excedente apropiado por el estado fue privatizado en lo esencial” y se trasladó casi en su totalidad al sector privado (Grebe, 1983;108) a través de la instrumentalización de diferentes políticas económicas. Pero, resulta que este excedente ya distribuido no fue utilizado productivamente sino que fue utilizado al gasto de consumo, iniciándose de esta manera el uso del excedente en gasto improductivo y a la especulación financiera; al analizar la formación bruta de capital fijo, que es la acumulación del capital, constatamos el hecho de que la utilización del excedente económico fue a favor del sector privado y no se tradujo en acumulación de capital. Este hecho fue el germen de la hiperinflación de los ochenta porque se desalineó la oferta de la demanda, ya que se abandonó la regularidad de la producción que tiene que ir de acuerdo al consumo de los hogares y el consumo productivo.

Todos estos hechos desembocaron en una crisis de producción en lo inmediato, que sumada a la caída de los precios de las materias primas, del pago del servicio de la deuda externa y de la crisis política y social, se manifestaron en una hiperinflación, que es lo que afloró con más fuerza en la crisis de los ochenta.

La CEPAL, a mitad de los noventa, propuso un modelo económico en su documento  “Transformación productiva con equidad”. Tiene como punto de partida, una generalización para toda Latinoamérica y el Caribe, un retroceso en la década de los ochenta y argumenta que “[l]a década de los ochenta constituyó, en términos históricos un punto de inflexión entre el patrón de desarrollo precedente en América Latina y el Caribe y una fase, aún no completamente perfilada pero sin duda diferente, que marcará el futuro de la región”. El modelo está basado en la inserción internacional y propone abiertamente exportar.

Esta generalización no encaja con un caso particular, con lo que sucedió en Bolivia como ya lo vimos; más bien la aplicación de las recomendaciones de la CEPAL, por parte de la elite neoliberal, trajeron consecuencias desastrosas para Bolivia.

Todos estos hechos indican que el modelo de sustitución de importaciones no fue llevado de la mejor manera en Bolivia; y el desconocimiento de la realidad económica de lo que sucedió en ese entonces, lleva a sostener que ese modelo, pues, no funcionó, y, por lo tanto, no puede ser aplicado en una economía que necesita industrializarse para mejorar las condiciones de vida de la sociedad boliviana.

El camino que toca recorrer ahora es el de una industrialización por sustitución de importaciones que no está reñido con la educación en tecnología, sino que todo lo contrario, puesto que todo proceso de trabajo tiene como elemento central, indisoluble, el desarrollo tecnológico que permita reducir el tiempo de trabajo en su producción y, obviamente, su precio en el mercado; el modelo de industrialización por sustitución de importaciones tiene como objetivo, en una primera fase, la producción interna que sustituya importaciones que compita dentro de nuestras fronteras con los precios de las mercancías de otras latitudes y, en una segunda fase, competir en los mercados internacionales con las mercancías de la aldea global.

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