La guerra en la filigrana de la paz

Raúl Prada Alcoreza

Publicado el: 5 agosto, 2021 193 min.    + -   

La guerra en la filigrana
de la paz


Raúl Prada Alcoreza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La guerra permanente

Aproximaciones a las estructuras y ciclo largo de la guerra en Colombia

 

 

 

Dedicado a Lepoldo Múnera, profesor crítico de la Universidad Nacional de Colombia, intelectual libertario; a Carolina Jiménez, docente comprometida de la misma universidad, combatiente por la paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A modo de introducción

 

Este ensayo comienza una secuencia que busca conformar un bloque de reflexiones, basadas en descripciones, algo así como el Acontecimiento Brasil y el Acontecimiento México, que ya escribimos y publicamos. Esta secuencia de ensayos correspondería, entonces, al Acontecimiento Colombia. Cada acontecimiento histórico-político-social-cultural es singular. En el caso de Colombia su singularidad se teje a partir del acontecimiento de la guerra larga. En este ensayo intentamos proponer una interpretación prospectiva, que ayude en la comprensión del tejido espacio-tiempo-territorial-social colombiano desde la perspectiva del pensamiento complejo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Consideraciones conceptuales

 

No parece ser la guerra un fin en sí mismo, tampoco un principio; algo así como si estuviéramos condenados a una matriz inicial.  La guerra parece ser, mas bien, un instrumento o una maquina armada con instrumentos. ¿Esto la convierte en un conjunto de instrumentos de la política, por así decirlo? En un escrito anterior dijimos que no se puede sostener ninguna de las hipótesis o tesis contrastantes; la de que la guerra es la continuación de la política; la de que la política es continuación de la guerra[1]. Dijimos que ambas se dan juntas, entrelazadas e integradas. No se deja de hacer política en la guerra, no se deja de hacer la guerra en la política. Como se puede ver tampoco se puede convertir a la política en un fin ni en un principio. Más parece ser un medio, aunque también un ambiente, si consideramos su raíz, polis. Pero, en todo caso, aunque no estemos de acuerdo con esto de fin y de principio, que responde al imaginario histórico y linealista, también al imaginario pragmático; ¿de qué serían instrumentos o medios, la guerra y la política? ¿Del Estado? Dejemos el tema de las guerras en sociedades sin Estado; si se las puede llamar guerras o no, también el tema de si hay sociedades sin Estado. Quedémonos en esta hipótesis, sin discutirla todavía, de que el Estado tiene fines, se planea fines, entonces recurre a la guerra y a la política para lograrlos. ¿Cuáles serían los fines del Estado?

 

¿La dominación? ¿El control? ¿La conquista? ¿El territorio, los recursos, los bienes, las riquezas, las poblaciones? ¿La expansión? ¿La victoria en una competencia, por los mercados, por las tecnologías, por el excedente? Por ahí se mueven las tesis de las teorías del Estado, de la guerra y de la política. Empero, esto es como proponer la tesis de una guerra permanente. La guerra sería como una condición permanente, pues hay que mantener la dominación, el control, la expansión; preservar los territorios, los recursos, los bienes, las riquezas, defender o mantener las poblaciones, no perder la victoria. ¿No es esto desgastante a la larga?

 

La guerra sería desgastante y costosa para el Estado y para la sociedad que sostiene a ese Estado. ¿Tiene sentido algo como la guerra permanente? Visto de esta forma no parece tenerlo. Sin embargo, los estados atrapados en geopolíticas parecen apostar por este sinsentido, creyendo encontrar en la guerra su sentido. ¿Por qué lo hacen?

 

Antes de intentar responder esta pregunta, debemos también aclarar que no solamente los estados recurren a la guerra, sino también las sociedades o parte de las sociedades, cuando consideran que hacen la guerra contra el opresor. Aunque sean menos los casos evidentes o patentes; también aquí se tiene algo parecido a una guerra permanente, cuando la guerra se prolonga contra el Estado. ¿No ocurre lo mismo que le ocurre al Estado: una guerra permanente desgasta? Hay sociedades donde no parece ocurrir esto; se encuentran décadas guerreando contra el Estado. ¿Se desgastan o se fortalecen? ¿Por qué no pueden terminar la guerra? ¿Acaso en el anterior caso, el de la guerra permanente del Estado, y en el caso posterior, el de la guerra permanente de la sociedad contra el Estado, no se convierte la guerra en un fin en sí mismo?

 

Es tan larga la guerra, que aparecería como un antecedente del mismo Estado; no solamente como fin, sino como una manera de ser Estado. Lo mismo, aparecería como una manera de ser sociedad. La guerra no solo como el acontecimiento que hace inteligible a la sociedad, sino la guerra como lo que hace a la sociedad misma, la constituye[2].

 

No parece factible recurrir a la teoría de la conspiración para explicar este fenómeno de la guerra permanente. Hay algo en el Estado que lo hace recurrir a la guerra permanentemente, hay algo en esa sociedad singular que la hace recurrir a la guerra permanentemente. Hay también algo en la guerra que consolida al Estado, hay algo en la guerra que cohesiona a la sociedad.

 

Este algo parece tener que ver con que el Estado se apropia de la heurística y hermenéutica de la guerra, que es como un habitus de los nómadas, por así decirlo; mejor dicho una technénómada. Gilles Deleuze y Félix Guattari decían una máquina de guerra nómada[3]. Al estatalizarse la guerra se transforma, se militariza, se institucionaliza; incluso se fija, se vuelve sedentaria. Se puede también atribuirle un carácter jerárquico de mandos, de distinciones entre oficiales y soldados. Ya no se trata de la iniciación ni del prestigio del cazador, sino del servicio obligatorio, del deber, de la profesionalización de los oficiales, de la ceremonia institucional de las órdenes y las obediencias. Ya no se trata del saber territorial de los nómadas, sino de la geopolítica, una pretensión de ciencia del espacio, con el objeto de su dominación.

 

El Estado moderno, el Estado-nación, han capturado, por así decirlo, la máquina de guerra nómada, después que el Estado despótico lo ha hecho. Ciertamente, la guerra ya no es la misma, que cuando los nómadas; la guerra que era para las sociedades nómadas parte de su movimiento, de su desplazamiento, continuo, también intermitente, incluso, se puede decir cíclico. Movimiento y desplazamiento que inventa el espacio con sus recorridos, que hace que la sociedad forme parte de los espaciamientos, de los ciclos territoriales, de los circuitos geográficos. Que respecto a las ciudades de donde emerge el Estado, las ocupa de manera sorpresiva; de repente aparecen, llegan, acampan; al principio son unos grupos dispersos; después se suman más; para luego ser multitudes, que se apoderan de la ciudad. La guerra es un juego, una artesanía y arte lúdico para los nómadas. En cambio, cuando el Estado aprende las técnicas de la guerra de los nómadas, convierte a la guerra en una formalidad; deja de ser un juego para convertirse en un conjunto de dispositivos institucionalizados, con el objeto de las dominaciones. Si los nómadas destruían a veces las ciudades o las fortalezas del Estado, aunque no siempre ocurría esto, pues las ciudades para las sociedades nómadas, son lugares de intersección, lugares donde se hace intercambio y se consiguen bienes. No tenían por qué destruirlas, salvo tomarlas provisionalmente, dado el caso. En cambio, el Estado, planifica la destrucción sistemática, pues para el Estado su ocupación es de conquista.

 

Entonces, la guerra tiene un sentido diferente para las sociedades nómadas que para el Estado. El Estado requiere de la guerra institucionalizada para vencer a los nómadas, que forman parte de sus preocupaciones paranoicas. El Estado se siente rodeado, sitiado, acechado, por los nómadas. Tiene que vencerlos, si es posible destruirlos, hacerlos desaparecer de la faz de la tierra; son su pesadilla. El Estado requiere de la guerra para conquistar, expandirse, someter a otros estados o destruirlos. Requiere de la guerra para someter a su propia sociedad institucionalizada, para mantenerla subordinada.

 

Las sociedades que entran en guerra con el Estado, se llame guerra civil, insurrección, guerrilla, teniendo cada una de estas formas su propia singularidad, en parte retornan a la guerra nómada y en parte retoman la forma de la guerra institucionalizada. En la medida que ocurre lo primero, se convierte la guerra en una guerra no solamente contra-estatal, sino de contra-poder, generando alternativas al Estado, a partir de las prácticas alterativas nómadas. En la medida que ocurre lo segundo, la guerra institucionalizada contiene al Estado como realización, entraña un proto-Estado. En este sentido, la guerra no sale del círculo vicioso del poder. Si vencen los sublevados, en este caso, instauran un Estado y repiten la historia anterior, de otra manera, con otros personajes, con otros discursos, quizás con otras características.

 

Se entiende entonces, que la guerra se vuelve permanente para el Estado, en tanto y en cuanto el Estado está en permanente guerra contra las sociedades nómadas, contra la sociedad alterativa; no solamente contra otros estados. Se entiende que la guerra se vuelve permanente para la sociedad que entra en guerra con el Estado; empero, apunta a un nuevo Estado, privilegia este aspecto de la guerra. Se trata de la misma guerra permanente, solo que no siendo todavía Estado. Si fuera diferente, si la guerra de la sociedad contra el Estado, privilegiara la alteridad contenida en la sociedad, los nomadismos contenidos en la sociedad, si optará por la guerra nómada, la guerra volvería a ser constitutiva de la sociedad nómada. La guerra volvería a formar parte de los continuos movimientos y desplazamientos, de las constantes invenciones, composiciones, asociaciones y combinaciones, que teje la sociedad alterativa. La guerra volvería a ser el juego lúdico de la sociedad en constante devenir.

 

Ahora trataremos de proponer hipótesis interpretativas de la larga guerra colombiana, que no se la puede entender como guerra prolongada, pues es más larga que la guerra prolongada; se trata de un ciclo de larga duración, que comprende sus estructuras de larga duración. Antes, haremos un repaso descriptivo del cronograma de esta guerra larga.

 

Descripción de la guerra larga

 

 

Se dice que el Estado-nación de Colombia fue inestable entre 1839 y 1885, lapso cuando se dieron lugar a unas secuencias de guerras civiles, inscribiendo su huella perdurable.  Estas guerras civiles respaldaron cambios constitucionales, cambios de régimen, incluso cambios de nombres. Un golpe político militar llevó al poder a José María Melo, en 1854; gobierno de facto que duró solo algunos meses. Derrocado Melo, se promovió el reajuste del ejército; lo que parecía ser la condición necesaria para instaurar el federalismo establecido en 1858. Sin embargo, esta situación no duró mucho; al poco tiempo estalló la quinta guerra civil, con una rebelión en el estado de Cauca. Desde entonces se hizo patente la inestabilidad, hasta 1876, en todo el periodo de legalidad de la Constitución de Rionegro; Constitución que otorgaba autonomía a los estados, así como permitía la organización de ejércitos regionales, que hacían de contrapeso al gobierno central. En este panorama regional, estallaron cerca de cuarenta guerras civiles regionales, solo una nacional. Los liberales radicales, insatisfechos ante este equilibrio inestable entre regiones y gobierno central, se levantaron en armas, intentando derrocar al presidente Rafael Núñez, en 1884, empero, el levantamiento fracasó.

 

La llamada Guerra de los Mil Días da comienzo al siglo XX. La crisis estatal se agrava con la pérdida de Panamá; separación instigada por las potencias imperialistas, que necesitaban el canal para ahorrar recorridos y tiempo, además de costos, en los viajes del Atlántico al Pacífico.  En una coyuntura aciaga el presidente Rafael Reyes se ve presionado a renunciar (1904-1909). De todas maneras, en 1930, culmina la hegemonía conservadora despuntada en 1886. Un liberal ganó las elecciones presidenciales, poniendo fin a casi medio siglo de gobiernos conservadores. La presidencia de Olaya Herrera (1930-1934) comenzó el periodo denominado de la República Liberal; los liberales se sucedieron en el poder durante un poco más de una década y media; desde 1930 hasta 1946.  

 

Después vino el dramático periodo denominado de “La Violencia”; se trata de los doce años, que se extienden de 1946 a 1958. Hablamos de guerra civil prolongada entre liberales conservadores; se dice que esta guerra arrojó más de 300 mil muertos. Como consecuencia de esta guerra civil, se ocasionó el desplazamiento de miles de campesinos, trasladándose a las ciudades, desalojando el campo, buscando refugio. Esto cambió la composición demográfica, la población dejó de ser rural, transformándose en urbana. En 1946 el 42% de la población de Colombia ya vivía en la ciudad; siguiendo esta tendencia, en 1959 la proporción urbana alcanzó al 53%; en el año 2005 la población urbana constituía ya el 74,3%.

 

En las regiones y zonas desalojadas y despobladas, las tierras fueron compradas a bajo precio por la burguesía industrial. Hablamos de regiones como el Valle del Cauca, la sabana de Bogotá, Tolima y Meta. Las haciendas establecidas se dedicaron a la producción agraria capitalista. Los campesinos migrantes se transformaron en el proletariado agrario.

 

Los conservadores retomaron el poder; sin embargo, en otras condiciones que antaño; no lograron las mayorías en el Congreso. Además no fue nada tranquilo su periodo de gobierno. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, desencadenó la revuelta y la insurrección popular, conocida como el Bogotazo. Volvió el fantasma, el espectro y el cuerpo martirizado de la guerra civil; la misma que se dilató hasta 1960. Los conservadores permanecieron en la presidencia hasta 1953; momento en el cual se dio un golpe de Estado, haciéndose cargo del gobierno de facto el General Gustavo Rojas Pinilla.

 

El gobierno de Rojas Pinilla hizo propuestas de paz para terminar con la guerra civil; un grueso de las guerrillas entregó sus armas; sin embargo, al poco tiempo varios de los guerrilleros que lo hicieron fueron asesinados. Ante estas circunstancias, liberales y conservadores se pusieron de acuerdo, poniendo fin a la dictadura de Rojas Pinilla. Se conformó una Junta Militar provisional; en ese panorama político se organiza el Frente Nacional, buscando garantizar el retorno a la democracia electoral, acordando la alternancia en la presidencia entre liberales y conservadores.

 

Se puede decir que el acuerdo entre liberales y conservadores, la conformación del Frente Nacional puso fin a la guerra civil de estas dos corrientes políticas, una guerra civil que atravesó el país durante un siglo. Culminaron las guerrillas liberales. Sin embargo, se estaba lejos de acabar con el conflicto armado, cuyas raíces se encuentran en la lucha de clases, en la dominación y la exclusión social, en la explotación y subordinación social, también racial. Emergieron de este contexto y de sus espesores sociales otros proyectos guerrilleros. En 1964 nacen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el 7 de enero de 1965 el Ejército de Liberación Nacional (ELN), en julio de 1967 el Ejército Popular de Liberación (EPL), en 1984 el movimiento indigenista Quintín Lame (MAQL) y el 19 de abril de 1970 el M-19.

 

Se puede catalogar como historia reciente la temporalidad comprendida desde 1960 hasta nuestros días, que nombramos como presente. En el presente estamos ante los llamados Diálogos de Paz, que se llevan a cabo en la Habana, entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC; así como entre el gobierno colombiano y el ELN, en Ecuador; sin embargo, esta mesa todavía no se ha instalado oficialmente.  Cada cuatro años entre 1982 y 2002, los llamados Diálogos de Paz, las negociaciones involucradas, han variado de acuerdo con el perfil del gobierno y los criterios asumidos. Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos fueron los presidentes sucesivos desde el 2002 hasta las últimas elecciones nacionales. En este periodo se han desvinculado cerca de 54,000 guerrilleros y paramilitares. En contraste, las Fuerzas Armadas regulares se han venido fortaleciendo continuamente. También, en el periodo, se ha implementado el conocido Plan Colombia, plan diseñado entre el gobierno colombiano y el gobierno de los Estados Unidos de Norte América. Uno de los puntos de este plan tiene que ver con la disminución progresiva de cultivos ilícitos, principalmente de la hoja de coca. El incremento de las prácticas para erradicar los cultivos ilícitos, han ocasionado el descenso de Colombia al tercer lugar de producción mundial de cocaína – actualmente, durante el gobierno de Iván Duque ha recuperado, otra vez el primer lugar -, dejando de ser el principal productor; sitio que ocupó por décadas. Otro de los puntos, quizás el más importante, por su incidencia, es considerar el plan como contrainsurgencia; en otras palabras, un dispositivo de guerra contra la llamada insurgencia; en términos claros, contra el pueblo colombiano. Sin embargo, con la desmovilización de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que son los paramilitares, a mediados de 2006, las denominadas bandas criminales (BACRIM) se han hecho cargo de las actividades realizadas por los paramilitares.

 

El gobierno del presidente Juan Manuel Santos promueve, desde 2012, en los Diálogos de Paz, un proceso de paz con la guerrilla de las FARC-EP en La Habana, Cuba, buscando encontrar una salida política al conflicto armado. Por otro lado y paralelamente, viene efectuando otro proceso de paz con la guerrilla del ELN en Ecuador. Ambos procesos son dificultosos y delicados; han dibujado un recorrido difícil y sinuoso. De todas maneras, parecen avanzar. Sin embargo, la gran ausente en estos Diálogos de Paz es la misma sociedad colombiana, la gran afectada por la larga guerra[4].

 

Se puede decir que el conflicto armado en Colombia corresponde a una guerra asimétrica de baja intensidad[5]. Las fuerzas involucradas en el enfrentamiento son el ejército regular de Colombia, los ejércitos irregulares de las guerrillas, los destacamentos paramilitares y los brazos armados del narcotráfico. El conflicto armado ha pasado por varias etapas de agravación de la conflagración múltiple, por así decirlo[6]. A pesar de haber adquirido características singulares, un perfil y estructuras singulares, el conflicto armado, en la historia reciente, el mismo tiene sus nacimientos en los espesores de la matriz histórica-política del periodo de “La Violencia”. Guerra civil entre liberales y conservadores, que tiene, a su vez, sus emergencias, en la entonces llamada Nueva Granada, que, posteriormente se independizó de la Corona española[7]. Es cuando se inicia una querella sobre la forma de Estado[8].

 

La pregunta que vamos a hacernos es: ¿Cuál es la complejidad del conflicto armado? Responder esta pregunta requiere no solo de aproximaciones a la experiencia social y a la memoria social colombiana, sino de la perspectiva del pensamiento complejo. Por de pronto, partiendo de algunos hilos del tejido espacio-temporal-social-cultural-político, de algunas miradas rutilantes, que hacen como iluminaciones de linterna, intentaremos proponer hipótesis interpretativas prospectivas.

 

 

Hipótesis 1:

 

Como en todo el continente de Abya Yala, los nacientes Estado-nación, lo hacían, es decir nacer, primero en el marco jurídico-político liberal; como si fuera la palabra de la ley la que diera vida a las flamantes repúblicas. Sabemos que no es así, que es al revés, si se puede hablar así, por lo menos para ilustrar, que es la materialidad histórico-política, que son las condiciones de posibilidad históricas-sociales-políticas-culturales las que posibilitan la edificación de la república. Al nacer en la ilusión jurídica, las flamantes repúblicas, ingresaron inmediatamente en una crisis estatal, de carácter institucional. Estaba la Constitución; sin embargo, la misma se aposentaba sobre un vacío institucional. En este contexto y coyuntura de Estado endeble, estallan los conflictos entre las fuerzas concurrentes y en competencia por el dominio político. Se puede decir que las fuerzas conservadoras eran como las fuerzas realistas, que basaban su derecho a gobernar sobre la base de la materialidad de sus propiedades latifundistas; en tanto que las fuerzas liberales basaban su derecho a gobernar en la Constitución liberal. Estas últimas eran, mas bien, fuerzas encargadas de cumplir las tareas pendientes, sobre todo de realizar la Constitución.

 

Los liberales han tenido un perfil, una composición, una convocatoria, mas bien, popular. Esto se explica porque su liberalismo apuntaba a la defensa de los derechos consagrados en la Constitución, beneficiando con esto a las mayorías. En tanto que los conservadores, mantuvieron una convocatoria, mas bien, elitista; sostenida en el poder, en el peso del dinero y de la riqueza, en la jerarquía de las familias. Aunque, lo que decimos tiene que ser matizado o regionalizado, pues también estamos ante la presencia de fuerzas centrífugas, que convertían a las regiones en países, hasta estados regionales, separados y en competencia; con sus propias jurisdicciones.

 

Se puede adivinar las ventajas comparativas, en términos de monopolio de violencias regionales, de las que gozaban los conservadores, pues ejercían un poder jerárquico, de abolengo, familiar, de intimidación, copando el ejército con la oficialidad ligada. También incorporaban a parte de los subordinados por coacción a las filas de sus ejércitos. Sin embargo, estas ventajas comparativas, heredadas, no pueden durar mucho tiempo, ante el fortalecimiento en crecimiento de la convocatoria liberal, mas bien espontánea, con adherentes y simpatizantes voluntarios, inclusive masivos, contando con la inclinación popular. Esta larga guerra civil entre liberales y conservadores no tuvo, en términos claros, un ganador; por eso, se explica el acuerdo al que llegan para gobernar mediante alternancia.

 

Si se puede decir, con toda la relatividad del caso, que el conflicto político, en torno a la forma de Estado, que alimentó la guerra civil, se resolvió, en los términos perentorios; esto no quiere decir, de ninguna manera, que los otros conflictos, sobre todo sociales, se resolvieron. No tardaran, estos conflictos, en prender de nuevo la mecha de la guerra. El conflicto social, que alimenta el decurso de la guerra larga, no ha llegado a ninguna resolución, hasta ahora. En los Diálogos de Paz se intenta encontrar acuerdos y mecanismos que coadyuven a esto. Sin embargo, parece más difícil encontrarlos, comparando con el conflicto político entre liberales y conservadores. La problemática social requiere tratamientos distintos a los procedimientos y negociaciones habidas entre liberales y conservadores. No está fácil llegar a acuerdos mientras persistan las problemáticas sociales. Si se quiere realmente llegar a resoluciones, aunque sea en forma de procesos, es menester abordar ampliamente estas problemáticas sociales. Si se las soslaya se está encaminando los Diálogos de Paz por un camino muy angosto, donde no cabe la complejidad de los tópicos y temáticas sociales; creyendo que se puede avanzar solo tratando el tema político. Es esta una equivocación. Aunque se llegue a feliz término en lo que respecta a la problemática política, que incluye la problemática militar, dejando pendiente las problemáticas sociales, no tardara de prenderse nuevamente la mecha de la guerra, en una sociedad que lleva la lucha de clases a la intensidad de la lucha armada. Mucho más aún cuando las clases dominantes pretenden dar en concesiones los territorios ocupados por las FARC a empresas trasnacionales extractivistas, buscando desalojar a las poblaciones que los habitan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Descripciones de coyunturas dramáticas

 

El conflicto armado exteriorizó una vertiginosa escalada durante la década de 1980. La presencia de la guerrilla en varias regiones del país[9], los asesinatos selectivos de miembros civiles de la izquierda a manos de los grupos paramilitares, la aparición de tramos del narcotráfico, que chocan con la guerrilla, en el propagación de sus actividades delictivas, el secuestro extorsivo de familiares de capos del narcotráfico por parte de la guerrilla, todo esto coadyuvó a la escalada en el incremento y la intensificación del conflicto.

 

No hay que olvidar que es también durante la misma década, cuando Colombia experimentó transformaciones económicas; la transición de país cafetero a país minero y cocalero, contando con la participación económica de nuevos sectores de la agroindustria, así como de la economía extractivista, de la minería del carbón, el petróleo y el oro. Quedaría coja esta breve descripción si no se anota que se añade a esta descripción económica el suroriente del país, donde se expandió rápidamente la economía política de la cocaína

 

Entre 1988 y 2003 es el lapso de mayor acentuación de la violencia[10].  Es en la segunda mitad de la década de 1990, cuando se presenta la mayor perversión del conflicto; se generalizan la toma armada de poblaciones, las desapariciones forzadas, las masacres indiscriminadas de civiles, el desplazamiento forzado masivo y los secuestros colectivos de civiles, militares y políticos[11]. La cima de esta intensificación beligerante aparece durante el lapso comprendido entre la presidencia de Andrés Pastrana y el gobierno de Álvaro Uribe; es cuando convergen explosivamente la movilización punitiva estatal, las acciones de las guerrillas, las violencias descarnadas de grupos de narcotraficantes y paramilitares.

 

Analistas creen que a partir de la desmovilización de los grupos paramilitares, entre 2003 y 2006, añadiendo un notorio decaimiento de la guerrilla, se da lugar un descenso de la intensidad del conflicto armado[12]. Sin embargo, a pesar de estas apariencias, las organizaciones paramilitares no cesaron su actividad amenazante y de terror; continuaron sus labores destructivas en su condición de carteles de droga, equipadas con gran arsenal militar; estos paramilitares, ahora, son llamados BACRIM.  La guerrilla preservó su capacidad de combate y ocupación territorial en determinadas regiones[13].

 

Conmensurando la huella de la guerra larga, un estudio, realizado en el 2013, cifró en 220,000 las muertes causadas por el conflicto desde 1958[14]. Esta cifra queda chica, cuando se abarca al resto de personas que han sufrido otros crímenes de guerra; la cantidad sobrepasa los 6 millones de víctimas estimadas. Hablamos de las personas que fueron desaparecidas, amenazadas, secuestradas, víctimas de algún acto de terrorismo, personas afectadas por el asesinato de un ser querido, víctimas de minas antipersonal, tortura, reclutamiento forzado de menores de edad y violencia sexual[15].

 

 

 

Hipótesis 2:

 

Para comprender estas sucintas descripciones es menester salir del discurso jurídico-político, de sus artículos, de sus enunciados, de sus principios legales, de sus representaciones. Es necesario situarse en los espesores de los juegos de fuerzas, que atraviesan cuerpos, e inscriben en ellos la intensidad de sus descargas. Es indispensable entender que estamos ante estados de situaciones que no pueden circunscribirse al concepto de Estado, incluso al mismo concepto de conflicto, así como al concepto de guerra institucionalizada. Estamos ante la elocuencia desenfrenada de fuerzas que usan toda la violencia posible para lograr sus objetivos. En pleno sentido de la palabra, no hay exactamente gobierno, sino administración de la guerra; las instituciones del Estado son dispositivos y engranajes de la guerra, destinados a ganar la guerra. En el mismo sentido, el ejército de liberación, las fuerzas de liberación, supuestamente al servicio de la lucha de clases, se convierten en dispositivos absorbidos a la vorágine de la guerra, descargando también toda la violencia posible para ganar la guerra. Y estamos ante destacamentos armados de las economías políticas del chantaje, de los tráficos, de la economía política de la cocaína. Estos destacamentos no pretenden ser otra cosa, estar al servicio del orden o de la liberación, como ocurre con el Estado o la guerrilla, sino de manera descarnada son lo que son, destacamentos armados para apoyar los recorridos de los tráficos y proteger a los carteles.

 

En esta cruda realidad, no se puede buscar su comprensión y su inteligibilidad, en las representaciones estatales, tampoco en las representaciones “revolucionarias”, mucho menos en donde no hay representaciones, sino, mas bien, un imaginario perverso de la riqueza y de la violencia, asumida como el paraíso de los violentos. Esta cruda realidad solo puede ser descifrada por la deconstrucción de los discursos, que encubren las apariencias, por la deconstrucción de las pretensiones institucionales, que se sustentan en principios categóricos, en el deber ser, así como en las promesas de los derechos.  En la diseminación de las estructuras institucionales, estructuras de poder, que son las materialidades donde se edifican las violencias descomunales.

 

Estamos ante un Estado-nación que se comporta, efectivamente, como una máquina de guerra institucionalizada. Máquina de guerra de un capitalismo dependiente, extractivista, reforzado con las formas del capitalismo especulativo, financiero, coactivo de las economías políticas del chantaje. Una máquina de guerra, articulada a las máquinas de guerra del imperio, que se ocupan del control policial mundial, del cuidado de los circuitos financieros especulativos, los circuitos de las materias primas, los circuitos de las mercancías, los circuitos de los capitales golondrinas, los circuitos de los tráficos. Si hay una economía nacional, hay que situarla como parte de esta singularidad compleja, que expresa el sistema-mundo capitalista en una localización desmesurada, por la violencia, agobiante por las coacciones contra la población, destructiva por la larga guerra dilatada en el espacio de los desacuerdos y las desigualdades, perversa por la administración rentista y el negocio creciente de la guerra.

 

Estamos ante una guerra, donde parece borrarse los perfiles contrastados, antagónicos, en lucha. Pues los perfiles tienden a parecerse, en la medida que ignoran a la sociedad sufriente, a las poblaciones afectadas, coaccionándolas, obligándolas a apoyos forzados. Esta ausencia de democracia, mucho más si se trata de democracia participativa, este descarte taxativo de consensos para la acción, esta imposición de verdades discursivas, desgastadas en el transcurso de las desafiantes singularidades complejas de los tejidos sociales, termina convirtiendo a unos y otros, en enemigos cómplices del poder, de la reproducción del poder, del circulo vicioso del poder, que solo puede marchar, capturando las fuerzas vitales de la vida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capitalismo especulativo, extractivismo y guerras de laboratorio

 

 

 

Dedicado a Víctor Ávila, maestro de generaciones de jóvenes críticos, rebeldes, heterodoxos e iconoclastas, intelectual comprometido con la guerra anticolonial de las naciones y pueblos indígenas, activista en las luchas liberadoras del presente.

 

 

¿Qué es lo que articula el capitalismo especulativo, el extractivismo y las guerras de laboratorio? ¿O, mas bien, esta articulación, qué mundo configura? ¿Se trata de la era de la simulación llevada al extremo? ¿Se trata de la cultura-mundo[16] de la banalidad llevada a la decadencia absoluta? El capitalismo especulativo es el capitalismo de las burbujas especulativas, que corresponde a la dominancia del capitalismo financiero en el ciclo largo del capitalismo vigente[17]. El modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente corresponde a la geopolítica del sistema-mundo capitalista que distribuye centros de acumulación de capital y periferias de despojamiento y desposesión de recursos naturales[18]. Las guerras de laboratorio son los montajes bélicos locales y regionales, de alcance proyectado como irradiación mundial; guerras experimentales efectuadas por los servicios de inteligencia de las potencias y del imperio[19]. Parece que estos tres recortes de realidad, dados en la complejidad, sinónimo de realidad efectiva, se refuerzan mutuamente, en un sistema-mundo donde el capitalismo especulativo es posible porque se sostiene en la expansión intensiva del extractivismo. Ambos, capitalismo especulativo y extractivismo,  amparados por los montajes de las guerras de laboratorio; aparecen como constante amenaza contra los pueblos, las sociedades y el mundo.

 

Podemos decir que el capitalismo especulativo es la continuidad escabrosa de la inscripción de la deuda infinita como acto inaugural de la genealogía de las dominaciones.  Podemos también decir que el extractivismo es la base o, mejor dicho, el substrato, del modo de producción capitalista. Entonces, las guerras de laboratorio vienen a ser la manifestación clara y evidente de lo que son las guerras imperialistas; guerras desatadas por la competencia de las potencias imperialistas en concurrencia. Las guerras de laboratorio muestran, descarnadamente, la puesta en escena de las guerras nacionalistas, que exacerban los chauvinismos, para arrastrar a los pueblos y sociedades al absurdo de las guerras de exterminio masivo. Las guerras de laboratorio, como su mismo apelativo lo dice, son guerras de experimentación, simuladas en los teatros escenificados. Muestran estas guerras experimentales patentemente lo que son las guerras; invenciones de estados y de estructuras de poder; invenciones de geopolíticas pretensiosas, que se construyen desde formatos simples y esquemáticos.

 

Para decirlo de otra manera, el capitalismo especulativo es un capitalismo virtual; el extractivismo es el despliegue elocuente de la destrucción capitalista; y las guerras de laboratorio son las formas experimentales de las estrategias de conspiración de las máquinas de guerra y de las máquinas de poder del sistema-mundo capitalista. La virtualidad del capitalismo especulativo,  sostenida en la materialidad del despojamiento y desposesión efectuado por el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. Apoyados ambos, el modo de la condición especulativa y el desenvolvimiento de la condición extractivista del capitalismo, por los montajes de las guerras de laboratorio, diseñadas y efectuadas por organismos secretos de la “conspiración”, definen las características del orden mundial, del imperio, del sistema-mundo capitalista, en el presente.

 

En el caso de las guerras de laboratorio en el Oriente Medio, la “guerra santa” del ISSIS y la guerra contra el terrorismo, que son la misma guerra, como las dos caras de la misma medalla, vinculan manifiestamente la guerra con el petróleo, la energía fósil, el oro negro. Vinculan, entonces, la guerra desatada en el desierto, con el extractivismo, en sus formas desmesuradas y perversas. Vinculan la “guerra santa” y la guerra contra el terrorismo con un capitalismo financiero, que no encuentra otra salida para sus crisis intermitentes que la expansión morbosa y delirante de la economía política del chantaje. Economía que llega al extremo de la proliferación del mercado de armas, el tráfico de estupefacientes y el narcotráfico, el tráfico de cuerpos, al costo de la destrucción institucional de los Estado-nación subalternos, de los países, de los pueblos y las sociedades.

 

Desde la cuarta generación de las estrategias de guerra, de acuerdo a las tesis del ejército del imperio, nos encontramos ante el desenvolvimiento sigiloso de la “tercera guerra mundial”, dada en la forma de “guerra de baja intensidad”. Una guerra de control y contención, de amenaza constante a las poblaciones; de desgaste y de devastación de las sociedades. Una guerra también mediática,  donde los monopolios empresariales de los medios de comunicación, a escala mundial, nos presentan una realidad mediada por la información del poder del orden mundial. Información mediada que presenta un mundo amenazado por el “terrorismo”. Ocultando el terrorismo de Estado, el terrorismo de lo que vendría a ser, algo así, como el Estado de excepción del orden mundial.  Entonces una “guerra santa”, no de los yihadistas, sino del imperio contra los pueblos del mundo. El “terrorismo” es el “demonio” que ronda por el mundo, amenazando no solamente al orden mundial, sino a los pueblos y sociedades, a sus valores y sus costumbres; a sus formas y estilos de vida.  

 

Esta manera de presentar las cosas, encubre u oculta a las máquinas de guerra y las máquinas de poder del sistema-mundo capitalista, que son los aparatos de dispositivos, las máquinas de conflagración, que requieren de la guerra permanente para reproducirse, para aparecer como necesidad y legitimarse. Además, la manera veleidosa de presentar las noticias acompaña la propaganda por el “desarrollo”, buscando la legitimidad del extractivismo; que es la parte maldita del modo de producción capitalista[20]. Esta manera de presentar los “hechos” encubre las maniobras perversas del capitalismo financiero, que convierte a los pueblos en deudores eternos[21].

 

La guerra es necesaria para la reproducción del capital y su acumulación ampliada; ahora, convertida en acumulación especulativa. La guerra destruye los stocks que no puede venderse, también destruye la infraestructura de los estados, por lo menos, parte; esta destrucción favorece las condiciones iniciales de un nuevo ciclo del capitalismo. Por esto mismo, la guerra adquiere distintos perfiles y formas, tanto en sentido manifiesto como en sentido latente; la forma de la guerra que nos ocupa es la de las guerras de laboratorio. En sentido amplio, con variadas connotaciones, es guerra contra la vida; esto ocurre cuando el despojamiento y la desposesión se expresan como contaminación, depredación, destrucción ecológica. En sentido político y cultural, cuando la guerra destruye a pueblos y a sociedades, atacando sus estructurasde cohesión, es guerra contra la humanidad.

 

Pero, es una guerra elaborada y efectuada desde las estructuras mundiales del poder. Lo que la hace distinta a la guerra proclamada y desplegada desde los discursos histórico-políticos.  Es guerra conformada, mas bien, desde los discursos jurídico-políticos, legitimadores del poder, del Estado, de la institucionalidad de las dominaciones institucionalizadas.  Desde ya, esta promoción de la guerra, por parte del paradigma de la formación discursiva jurídico-política, es contradictoria; pues la formación discursiva jurídico-política es de legitimación, no de interpelación, no de convocatoria a la guerra. Esta paradoja o inversión de roles, del discurso jurídicopolítico, se da, sobre todo, en el presente del sistema-mundo. Las dos formaciones discursivas, la jurídico-política, de legitimación, y la histórico-política, de interpelación, se cruzan, de tal manera, que desde el discurso jurídico-político, esta vez, se sintetiza conservadoramente, por así decirlo, a diferencia de la síntesis burguesa, que lo hace, si se quiere, de manera progresista. Síntesis conservadora que define, no un fin de la historia, como la síntesis dialéctica labrada por el discurso histórico-político, sino la continuidad de la historia apocalíptica, reducida a la lucha entre el bien y el mal.

 

En consecuencia, no solo la burguesía de la etapa de la ilustración, es capaz de elaborar una síntesis entre ambas formaciones discursivas, sino también, la hiper-burguesía de la etapa de la dominación del capitalismo financiero, que correspondería, como analogía, a la oligarquía decadente de la etapa de la ilustración. Ahora bien, esta síntesis, también dialéctica, solo que conservadora, no “progresista”, como la síntesis de la burguesía iluminista, de manera contrastada, se opone a la tesis hegeliana del fin de la historia de la burguesía iluminista, postulando, mas bien, la tesis de la historia dramática desbocada, convertida en la tragedia apocalíptica de la batalla final entre bien y el mal, que va a definir como epopeya cósmica el desenlace global de la trama mundial.

 

Ni la burguesía del iluminismo era consciente de la síntesis dialéctica del fin de la historia, tampoco la hiper-burguesía del sistema-mundo, integrado y globalizado es consciente de la síntesis dialéctica del desenlace apocalíptico; no es pues consciente de su interpretación, de su “ideología”. Es a través de otros dispositivos que se expresa, dejando, por ejemplo, que la filosofía hegeliana hable por ella; o dejando que la banalidad discursiva, mediática y sensacionalista, hable también por ella, en el ahora decadente. No es pues la “conspiración”, aunque la haya y se dé, la que integra todos los factores y componentes de las estructuras del sistema; la que comprende su composición institucional y sus funcionamientos. La “conspiración” es apenas una forma de interpretar el mundo y una manera de actuar en él. Las interpretaciones se dan de manera dispersa, sin ser congruentes; empero, se conectan, casi aleatoriamente, por así decirlo, en la totalidad del momento. La cosmovisión apocalíptica se transmite en los medios de comunicación; también, con menor intensidad y expansión, en la academia y en los discursos “especialistas” y “analistas”. En tanto que el pragmatismo político se efectúa y realiza en las formas de gubernamentalidad de los Estado-nación.  La hiper-burguesía, aunque sea menos del 1% de la población mundial, se representa lo que ocurre de distintas maneras. Sin embargo, a pesar de esta dispersión, incluso de esta desarticulación, se puede armar el rompecabezas y encontrar las conexiones entre las prácticas y los discursos del poder

 

La hipótesis interpretativa que nos animamos a proponer es la siguiente: Ni la burguesía se auto-representaba de manera directa, tampoco la hiper-burguesía lo hace; sino, mas bien, la ideología define, en la trama de la narrativa hegemónica, las imágenes alegóricas de la burguesía, en un caso; las imágenes alegóricas de la hiper-burguesía, en el otro caso. La burguesía y la hiper-burguesía son representadas por las narrativas de la ideología. Como hablamos de ideología de manera plural, las imágenes alegóricas de la burguesía van a darse de distintas formas, cumpliendo distintos papeles, en las tramas de las distintas narrativas hegemónicas. Pueden la burguesía y la hiper-burguesía compartir algunas de las tramas y narrativas de la ideología; empero, no se trata de su “ideología”, sino, mas bien, de la ideología hegemónica compartida, por parte de la sociedad o toda la sociedad institucionalizada. Sobre todo, cuando se ejerce la hegemonía. Sino ocurre esto, es posible que comparta solo fragmentos de algunas narrativas de una ideología desolada o, en su caso, desesperada. En condiciones donde domina sin hegemonía.

 

¿Dónde buscar entonces la ubicación de la burguesía y de la hiper-burguesía en las formaciones sociales y en la geopolítica del sistema-mundo? Podemos decir que en la complejidad integrada de planos y espesores de intensidad del sistema-mundo capitalista. La burguesía y la hiper-burguesía no solamente se forman en el plano de intensidad económico, sino en los múltiples planos y espesores de intensidad que integra el sistema-mundo capitalista. Para simplificar el cuadro, podemos aceptar, provisionalmente, que la burguesía aparece como propietaria de los medios de producción, en el plano de intensidad económico; empero, aparece como encubierta en el plano de intensidad cultural, de dos maneras, por lo menos. Una, como la figura del perfil de los afortunados, los recompensados por el esfuerzo, los vencedores, sin cuestionar sus métodos. Otra, como la figura del perfil  de los pragmáticos, en su grafía diáfana; que es también perfil de los oportunistas, en su grafía mórbida; así como figura del perfil de crápulas y despiadados, en su grafía dramática. Por ejemplo, en lo que respecta al arte de vanguardia, la interpelación estética dibuja y pinta a la burguesía en la ironía de la levedad del ser; en cambio, en contraste, la versión mediática los representa en la individualidad triunfante, en el goce de la fama y de los logros. Dependiendo, en el campo escolar, la burguesía se difumina y es presentada como empresarios notorios o como nombres ligados a la revolución industrial. También se han dado, en otros periodos, programas académicos, donde los perfiles de la burguesía adquieren una figura más colectiva o, si se quiere, más corporativa; asociándola a rubros o, en su caso, a actividades, o comerciales, o industriales, o financieras. Con estos dos ejemplos, ya podemos darnos cuenta que en el plano de intensidad cultural la burguesía no goza del mismo privilegio y jerarquía que la dada en su situación en el plano de intensidad económico.

 

Sin embargo, interesa la condición estructural de la burguesía en el espesor de intensidad cultural. Para hacerlo fácil, la pregunta simple es: ¿Cuál la formación cultural de la burguesía? Ciertamente hay de todo, desde los perfiles sin formación académica, empero, con una gran destreza en los negocios, hasta los perfiles con formación académica, no siempre vinculada al campo o al rubro donde se desempeñan. Si bien, esta información y su consecuente descripción nos puede dar perfiles más concretos de la burguesía, lo que hay que remarcar, por el momento, es que la formación cultural de la burguesía no viene determinada por la causalidad económica, sino que, a pesar de contar con disponibilidades económicas, que le brindan accesos a la formación académica de calidad, por así decirlo, su formación cultural responde a otras historias, como las familiares.

 

Al no darse un determinismo entre su condición económica y el perfil cultural, solo considerando estos dos planos de intensidad, el económico y el cultural, además de considerar el espesor cultural, vemos que la ubicación de la burguesía es disímil en los dos planos de intensidad, además de ser como la colocación heredada en el espesor de intensidad cultural. Entonces, solo considerando estos dos planos de intensidad y el espesor cultural, vemos que la situación de la burguesía es variada. Simplificando aún más la exposición, por razones ilustrativas; sobre todo, para apresurar una hipotética conclusión; diremos que  ocurre como que en un plano de intensidad, el económico, la burguesía aparezca en una situación privilegiada; en cambio, ocurre como que en el plano y el espesor de intensidad cultural, la burguesía aparezca como desolada. No puede comprender su insatisfacción e infelicidad, a pesar de contar con abundantes recursos.

 

La conclusión, todavía, simple, además de provisional, es: no hay armonía en la composición compleja de la burguesía en los planos de intensidad económica y cultural, así como en el espesor de intensidad cultural donde se constituye como sujeto social. Se trata, para lograr expresar una figura filosófica ilustrativa, aunque inadecuada, de un sujeto desgarrado y de una consciencia desdichada.

 

Cuando tomamos en cuenta la situación de la hiper-burguesía, en la etapa tardía del sistema-mundo capitalista, en la fase de la dominación del capitalismo financiero, en el ciclo largo del capitalismo vigente, conviene más bien, acercarse a definir el perfil de la hiper-burguesía de manera distinta y contrastante a la de la burguesía de la ilustración. Por ejemplo, como la que ha logrado una formación académica; goza de los privilegios del acceso a universidades elitistas, adquiriendo buena educación, ponderada institucionalmente. Sin embargo, este capital cultural, no resuelve la disyunción entre su situación en el plano económico y su situación en el plano y espesor cultural. En esta etapa tardía del capitalismo y de la modernidad, si bien, siguiendo a Gilles Lipovetsky, se puede suponer la culturización de la economía y la economización de la cultura, así como la estetización de la economía y la economización de la estética. Cuando no se puede distinguir las fronteras entre expresión estética, valorización económica y consumo del goce o a través del goce banal, la hiper-burguesía tampoco comprende su situación en la complejidad integrada del sistema-mundo capitalista. Se puede decir, proyectando la interpretación hipotética, que tampoco le interesa comprender su situación, como de alguna manera ocurría con la burguesía industrial, sino que opta por un pragmatismo cínico. Donde no interesa responder a las preguntas, si se quiere, existenciales, sino solamente actuar, decidir, gozar y simular; estando atrapada en el show de la fama y del consumo descomunal. También, en este caso, el de la situación de la hiper-burguesía, no hay armonía en su constitución subjetiva.  El desgarramiento de este sujeto dominante se mantiene, así como su consciencia desdichada.

 

 

Las consecuencias de esta hipotética interpretación son las siguientes:

 

  1. No puede conformarse o darse una armonía en la constitución de un sujeto social dominante, precisamente porque la dominación rompe la posibilidad de toda armonía.

 

  1. La armonía subjetiva, para decirlo de esa manera, con los términos heredados de la filosofía y la psicología, solo es posible si se logra armonizar con la complejidad integrada de las sociedades y la complejidad dinámica de las ecologías del planeta.

 

 

  1. Esto equivale a renunciar al aparente privilegio que otorga la dominación, renunciado a la dominación. Obviamente, esto no se hace sin el querer hacerlo, sin la voluntad, por lo tanto, sin comprender. Esta actitud tampoco parece posible, debido a las estructuras de poder, materializadas en las mallas institucionales, cristalizadas en los habitus. De todas maneras, el boceto de esta posibilidad ayuda a configurar el contraste, si se quiere, binario, de la estructura de la dominación, enfocada desde la composición subjetiva.

 

  1. En contraste, del otro lado, las subjetividades dominadas, subalternadas, definen un perfil donde se comprende lo que pasa; se experimenta la vulnerabilidad, la exposición ante la contingencia, la insatisfacción de las necesidades, la violencia de la explotación, la discriminación, la subordinación y la subsunción; además de la desvalorización de la dignidad humana. La experiencia social ayuda a comprender la condición social en la formación social. Sin embargo, a pesar de esta comprensión, de este saber en el plano de intensidad cultural y de su constitución afectada en el espesor de intensidad cultural, sin olvidar su desventaja en el plano de intensidad económico, la composición subjetiva es la del desgarramiento, siendo, también, otra versión de la consciencia desdichada. Tampoco hay, pues, armonía.

 

 

  1. Si entendemos a las ideologías como sistemas interpretativos operativos, podemos comprender que la ideología como tal no pertenece a una clase, por ejemplo, la burguesía, sino es como la atmósfera o el clima donde la burguesía ejerce hegemonía. En consecuencia, es en la ideología donde se participa en la significación del mundo.
  2. Entonces, la burguesía no se interpreta de manera inmediata y directa como tal, sino los que lo hacen son otros; filósofos, políticos, ideólogos, historiadores, sociólogos, politólogos. La burguesía puede compartir estas interpretaciones, de una manera completa o parcial; así como, mas bien, ecléctica. Lo que importa es que la ideología funcione en la sociedad, haciendo que ella, sus estratos sociales, colectivos, grupos, clases, se reconozcan o rechacen la narrativa ideológica.

 

  1. La ideología como sistema operativo acompaña las prácticas sociales, las acciones, las disposiciones y predisposiciones; en definitiva, acompaña la actividad social, la incidencia de las clases sociales, de los colectivos, de los pueblos, de los grupos. La ideología define sentidos en los contextos de las prácticas y relaciones sociales. Sobre todo, la ideología cobra importancia al momento de políticas de Estado, particularmente, cuando adquieren connotaciones de alcance.

 

 

  1. En lo que respecta a las estrategias, los despliegues, la extensidad e intensidad del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, la ideología juega papeles preponderantes. Anticipa una concepción de mundo, valoriza o presenta un cuadro de valores del mundo representado, jerarquiza la importancia de los valores y, en consecuencias de las conductas y comportamientos, por lo tanto, de las prácticas. El mundo representado por la ideología presenta una visión lineal, evolutiva y circunscrita al pragmatismo eficaz de la economía, que hace de base o zócalo del mundo, considerando su arquitectura histórico-política-social-cultural. En este mundo representado las formas del extractivismo, en sus distintos despliegues, dependiendo de los recursos que explota, son consideradas como los primeros pasos al “desarrollo”, en la versión nacionalista, o como inversiones pertinentes en cuanto al crecimiento económico, en la versión liberal. Dicho de un modo sencillo, se considera al extractivismo como actividad económica necesaria. 

 

  1. Ahora bien, las ideologías como sistemas operativos funcionan de distinta manera cuando se trata del capitalismo especulativo y las guerras de laboratorio. En lo que respecta al capitalismo especulativo, es decir, a la dominancia del capitalismo financiero, en el ciclo largo del capitalismo vigente, la ideología en curso funciona con pretensiones técnicas y poses científicas; las mismas reducidas a la contabilidad y a un mundo económico esquemático, que se mueve por la oferta y demanda. En lo que respecta a las guerras de laboratorio, la ideología funciona casi como portavoz moderno de la religión. Señala la amenaza apocalíptica, que tiene cara del terror; califica como “terrorismo” lo que le parece que son acciones inducidas por el mal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La guerra y la paz

 

 

 

 

 

Podríamos comenzar con dos figuras genealógicas; una, la guerra en la filigrana de la paz; la otra, la paz en el corazón de la guerra. ¿Son dos figuras duales, opuestas, o, mas bien, complementarias, articuladas paradójicamente? No decimos que la guerra nace en el vientre de la paz, ni que la paz es anhelada en la guerra. Lo que queremos hacer es encontrar su conexión paradójica, sobre todo, la complejidad dinámica que relaciona estas figuras; por cierto, no como oposiciones duales, sino como situaciones paradójicas de un mismo acontecimiento. ¿Cuál es este acontecimiento que es la guerra y la paz simultáneamente? De entrada vamos a descartar dos tesis que han conformado teorías, hasta corrientes teóricas, en la ciencia política, también en las teorías de la guerra, así como en la filosofía. Una de las tesis es la que concibe a la guerra como matriz de la sociedad, por lo tanto, también de la paz; la otra tesis es la que concibe el origen arcádico en la paz matricial, algo así como el paraíso perdido. Podemos nombrar a la primera tesis como genealógica y a la segunda tesis como romántica.

 

El problema de estas tesis es no solamente la conjetura sobre el origen puro, que recuerda inmediatamente el mito, sino que no explica cómo aparece o emerge la guerra, de dónde, de qué matriz; lo mismo pasa con la otra tesis, no explica la presencia de la paz, salvo la narrativa romántica del comienzo armónico y primordial. Tanto la guerra y la paz, si las tomamos como situaciones, son eventos complejos, no pueden reducirse a un origen puro; tampoco a un factor desencadenante; por ejemplo, un supuesto instinto bélico o la memoria olvidada de la armonía natural. Aunque después se tengan teorías más elaboradas, el hecho de haber arrancado de estas premisas fundamentales gravita sobre las teorías; por ejemplo, algunas corrientes teóricas parten de la premisa del origen puro, después explican la guerra de una manera descriptiva. Pueden llegar a generar explicaciones, en base a estas descripciones, proponer teorías deterministas o historicistas, así mismo, estructurales o dialécticas, también geopolíticas; empero, estas teorías, por más elaboradas que lleguen a ser, al no haber revisado su fundamentos, la conjetura inicial, quedan sin llegar a comprender el acontecimiento mismo, tanto de la guerra como de la paz.

 

Es insostenible la tesis del instinto agresivo, innato en el hombre, ya se haga hincapié como constitutiva de la identidad o como predisposición a la defensa, incluso como consecuencia de la posesión de territorio o concepción territorialidad. El cuerpo no parece funcionar a partir de instintos, sino, mas bien, parece responder a las dinámicas complejas de la percepción, donde sensibilidad, imaginación, razón, se integran dando lugar a distintas composiciones de la percepción. Lo que se llamó instinto, que tendría que ver con la información genética, transmitida al fenotipo, en el contexto de su ontogénesis, suponiendo el entramado filogenético, al encontrarse en el cuerpo, al formar parte de las dinámicas corporales, no puede funcionar aisladamente, sino en conexión y articulación con la fenomenología de la percepción.

 

Por otra parte, la percepción humana no se restringe al individuo, sino también funciona socialmente o es conformada también socialmente. La percepción, corporal y de la corporeidad social, es configurada socialmente y es configuradora de lo social. En este tejido bio-social se inscribe lo institucional. Hemos dicho que los nacimientos de las genealogías institucionales aparecen como estrategias de sobrevivencia, también como formas de cohesión consolidadas de las comunidades, así como mecanismos de distribución de funciones, también clasificaciones expresadas en símbolos, alegorías simbólicas, mitos. Hemos buscado en las genealogías de las instituciones la emergencia de la guerra y del poder, de sus genealogías propias.

 

En las hipótesis interpretativas que lanzamos, la guerra viene a ser como una construcción institucional. Ahora bien, los dispositivos ligados a la guerra son las máquinas de guerra. Las instituciones y las máquinas de guerra se inscriben en los cuerpos; entran en relación con las dinámicas corporales. Es explicable, entonces, que las instituciones puedan capturar fuerzas vitales, puedan incluso incidir en los comportamientos y conductas, aprovechando energías corporales, codificadas y decodificadas institucionalmente. De esta manera, se puede interpretar, que las máquinas de guerra cuentan con “guerreros” iniciados, ungidos y constituidos por las instituciones.

 

El problema que no es fácil interpretar, incluso hipotéticamente; la problemática puede ser dibujada por la pregunta: ¿por qué las sociedades humanas, al construir sus instituciones, como instrumentos de sobrevivencia y de cohesión social, se han dejado atrapar por ellas, convertidas en fetiches, como si fueran el origen y el fin de las sociedades? En estas condiciones de enajenación, las sociedades generaron diagramas de poder, estrategias de poder, bio-poderes, que se alimentan, viven y reproducen, con la captura de fuerzas, con la captura de vida, de energía vital, que son usadas en el desarrollo y acumulación del poder. Esta situación ha llegado a tal punto, que se ha convertido todo esto, estos substratos de procesos y estructuras estructurantes, las genealogías institucionales, los diagramas de poder, las máquinas de guerra en una amenaza a la vida.

 

 

Una larga guerra, dilatada en décadas, como deteniendo al país en la eternidad de la violencia. Guerra cuyos comienzos no se olvidan; empero, se borran sus perfiles, que fueron claros al inicio. Guerra cuyos horizontes se pierden en la bruma; que quizás fueron definidos de una manera, mas bien, nítida, que, sin embargo, se volvieron confusos, después de tantos años de guerra. Cuando después de esta larga guerra, que deja agotados a los contrincantes, al pueblo, a la sociedad, cansados de muertos, de heridos, de desaparecidos, cansados de las consecuencias destructivas de la violencia desatada, llega la promesa de la paz, como un acuerdo logrado, discutido durante otros buenos años,  es como luz que alumbra al final del túnel.

 

 

El Acuerdo de Paz entre las FARC y el gobierno colombiano, firmado en la Habana, es esta luz al final del túnel. Un acuerdo, difícil de lograrlo; empero, logrado al fin. Aunque sea solo eso, acuerdo; documento firmado por ambas partes y los garantes. Esto, ciertamente, no es la paz; sin embargo, es un compromiso para desplegar las voluntades encontradas para alcanzar la paz, poniendo lo de las partes todo lo que se pueda para lograrlo. Sabemos, que esto no basta; como dice el refrán popular: el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones. Lo que ocurra no depende del documento firmado, de los acuerdos logrados, incluso de las voluntades puestas, aunque sea al inicio. Lo que ocurra o pueda ocurrir depende de lo que haga el conjunto de la sociedad, el conjunto del pueblo, de la acumulación de voluntades singulares, puestas en escena; así como de sus prácticas desplegadas, de las fuerzas desenvueltas y, obviamente, de las correlaciones de los campos de fuerzas. Depende del pueblo, en pleno ejercicio de sus libertades y haciendo respetar sus derechos, ejerciendo la democracia, el que se cumpla con el acuerdo logrado; haciendo, además, que este acuerdo se efectivice, realizando la oportunidad histórica-política aprovechada.

 

 

Reflexiones en torno al Acuerdo de paz

 

Comenzaremos con una pregunta provocativa: ¿Quién ha ganado la guerra? El presidente Juan Manuel Santos, en su discurso, después de la firma del Acuerdo de Paz, dijo que no hay “ganadores” ni “perdedores”, la que ha ganado es la sociedad Colombiana, la que ha ganado es la paz. ¿Es así? El Acuerdo de Paz tiene la característica del acuerdo como de dos Estados, aunque uno sea institucionalizado, y el otro sea una proyección posible. El Estado-nación colombiano, respaldado por el Estado-nación estadounidense norteamericano, por el gendarme del imperio, del orden mundial del sistema-mundo capitalista, en su etapa decadente, a pesar de la disponibilidad de fuerzas concentradas, del monopolio de la violencia legítima, de un engrandecido ejército para luchar contra la guerrilla, ha tenido que asumir, primero, las conversaciones para dar apertura al acuerdo; después, ingresar en las conversaciones mismas del proceso del acuerdo de paz, para, ocupando tres años, culminar con un Acuerdo de Paz, convenida por ambas partes. ¿Quién ha ganado? ¿Nadie?

 

No parece plausible esta conclusión; no es sostenible, incluso en el caso que se aclare que es el pueblo colombiano el que ha ganado, también la paz; lo que de por sí, es convincente. Gana el pueblo colombiano el acuerdo de paz; ¿qué significa esto? Diremos, de la manera más abierta, ni optimista, ni pesimista, que el pueblo colombiano gana la oportunidad y la posibilidad de resolver los problemas candentes, que han arrastrado a una guerra que parece interminable. Bueno, empero, debe quedar claro, que se trata de una oportunidad; no de una efectiva materialización de la paz misma. Tampoco del camino ya hecho hacia otras formas, no bélicas, de resolver los problemas sociales, políticos y perversos, como los relativos a la economía política del chantaje. La experiencia social y política del pueblo colombiano, le ha enseñado, que los acuerdos de paz, terminaban en el asesinato de los guerrilleros que entregan las armas, como ocurrió con el M-19. No es, ciertamente, el mismo contexto histórico-político, tampoco son los mismos sujetos sociales, políticos y militares, los que firman el reciente acuerdo de paz; empero, la experiencia enseña que no se puede cantar antes de que amanezca, antes de que los primeros tenues rayos del sol, se anuncien, aunque sea como iluminaciones latentes.

 

De todas maneras, la firma del Acuerdo de Paz ya es un desenlace del largo conflicto. Se puede decir, por lo menos, como conclusión provisional, que si un Estado-nación, concretamente su forma expresa y gubernamental, el gobierno, el Congreso, el poder judicial, se ven empujados a dialogar y, después, firmar con el que consideraron, durante tanto tiempo, el enemigo, es que, primero, constata que no puede vencer la guerra. Lo que ya es, de por sí, una cierta victoria de la guerrilla. Esto significa, por lo menos, que la correlación de fuerzas parece equilibrada. Se ha llegado a un punto de estancamiento.

 

En segundo lugar, el contenido del Acuerdo de Paz toca tópicos y temas estratégicos, que no solamente se refieren a la conclusión del conflicto, a las condiciones estrictas de paz, en el sentido restringido, sino a las condiciones de posibilidad de una paz duradera, para decirlo sencillamente. El Acuerdo de Paz toca problemáticas que fueron como despejadas, desdeñadas o encubiertas, incluso ignoradas por los gobiernos del Estado-nación colombiano, como, por ejemplo, el relativo a la cuestión agraria y a la reforma agraria. También se toca el ámbito complicado y problemático del tráfico ilícito; lo que ya es un avance, incluso más, un desplazamiento del contexto político. Así mismo, el incorporar al Acuerdo de Paz y a la realización del acuerdo la condición educativa y la necesidad de su expansión, atendiendo a todo el pueblo, es un desplazamiento del tratamiento del tema, abarcando a las fuerzas involucradas en el conflicto, también a las organizaciones sociales. Sin embargo, faltan tópicos y temáticas, que atingen a problemáticas fundamentales, como la relacionada a no solamente los derechos de las naciones y pueblos indígenas, así como de los derechos de los pueblos afros, sino a su reconocimiento pleno como pueblos. Lo que implica, de suyo, tratándose de estas naciones y pueblos, resolver la problemática maldita heredada de la colonia. No se puede hablar ni de democracia, ni de república, si los Estado-nación y las sociedades institucionalizadas, se edificaron sobre cementerios indígenas y sobre la sangre y los huesos de los y las esclavizadas.

 

Por otra parte, en el Acuerdo de Paz, no ha participado directamente el pueblo colombiano. Falta entonces, sin que el pueblo, por lo menos, en mayoría, esté en desacuerdo con el Acuerdo de Paz, que el pueblo y la sociedad colombiana participen plenamente en la construcción colectiva de la paz. Participen con su pluralidad, con sus multiplicidades, con sus territorialidades, con sus singularidades, dándole dinámica a una construcción de la paz, que se debe dar en la pluralidad de los planos y espesores de intensidad de la formación social-territorial-cultural integral. Que sea una paz en los distintos planos y espesores de intensidad, construida como estética y fenomenología de la potencia social

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La plataforma jurídico-política del Acuerdo de Paz

 

 

 

 

 

 

Un primer tópico en el Acuerdo de Paz, titulado Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, es Hacia un Nuevo Campo Colombiano: Reforma Rural Integral. En esta línea del Acuerdo de Paz, la Reforma Rural Integral aparece como la condición de posibilidad histórico-política-económica, no solamente para la paz duradera sino, sobre todo, para la transformación social; aunque sea visualizada en el alcance de las reformas sociales, políticas y económicas. Estas transformaciones harían como del substrato material, que hace posible la duración de la paz y la paz duradera.

 

 

La guerra de guerrillas de las FARC-EP comenzó en el campo, como autodefensas campesinas contra la agresión de los grupos paramilitares, ligados al narcotráfico, y contra la violencia injustificada del ejército, al servicio de una parte de la oligarquía, que solo conoce la forma de la expropiación de tierras campesinas para expandir sus haciendas; apropiándose de las tierras de las formaciones campesinas. Entonces, la guerra de las cinco décadas y más, tiene su procedencia en la cuestión agraria; concretamente en la lucha de clases en el campo, para decirlo de ese modo, usando esta definición marxista, para sintetizar las descripciones. Por lo tanto, la clausura del conflicto armado tiene que partir del acuerdo sobre la cuestión y la reforma agrarias, cuya salida es anunciada como reforma rural integral.

 

 

En el documento del Acuerdo de Paz se concibe una reforma agraria, que no solo devuelva la tierra a los poseedores y propietarios legítimos, las familias campesinas; tierra usurpada por la violencia paramilitar, ligada a la violencia del narcotráfico; sino que integre las economías campesinas a las dinámicas económicas y sociales, ya configuradas en su articulación equilibrada, por así decirlo. Lo que implica la promoción y el apoyo, no solo técnico y económico, sino, sobre todo, de las formas de las economías campesinas; que son oikonomías, que se mueven en distintos planos y espesores de intensidad, integrándolos en aras de la reproducción de la comunidad campesina[22].  La búsqueda de complementariedades y solidaridades de zonas y regiones, de ámbitos de producción, articulando los rubros y bienes en espacios de circulación y, si se quiere, de intercambio, que fortalezcan la cohesión social y menos la competencia, que sostengan estrategias de potenciamiento social; resolviendo los problemas heredados de las sociedades institucionalizadas, basadas en las estructuras de las desigualdades.

 

El discurso del escrito del Acuerdo de Paz se desplaza a una percepción abierta y plural, comprendiendo el papel dinámico de las mujeres campesinas. En este sentido, no solo resaltando su valorización, reconocimiento y definiendo derechos singulares y colectivos, además de derechos de género; sino comprendiendo la importancia de las actividades femeninas, en el sentido del contraste de género. No solo en la capacidad producente de las economías campesinas; en todo caso, sobre todo, en la interpretación más aguda de las formaciones sociales campesinas; otorgándole una tonalidad más humanista y afectiva.

 

 

Por otra parte, al hacer hincapié en la importancia crucial de los niños, de los y las jóvenes, pues corresponden, en el presente, a las posibilidades de porvenir y futuro, se plantea la necesidad de entregarles un mundo sin los problemas álgidos heredados; problemas ocasionados por las anteriores generaciones. Esta connotación en los derechos de los niños y jóvenes de contar con el acceso a oportunidades sólidas y solventadas lleva a la necesidad de plantearse, contemplando la complejidad de la tarea, la formación y la educación integral, actualizada y pertinente. Esto implica algo que va más allá de la reforma educativa; entonces, mas bien, revoluciones educativas, que puedan incidir en la liberación de la creatividad humana.

 

 

Así mismo, el documento menciona a las poblaciones afrocolombianas y los pueblos indígenas, haciendo alusión a lo que podemos llamar la multiculturalidad. Este desplazamiento discursivo modifica el planteamiento de la reforma agraria, considerando la misma, no solo desde la problemática de la tenencia de la tierra, sino desde las composiciones singulares, según la incidencia formativa cultural. Sin embargo, la multiculturalidad, enunciada de esta manera, todavía es una mención sin consecuencias materiales, en la medida que se encuentra detrás de la interculturalidad, que ya comprende la interacción y el entramado social. Imbricaciones que entrelazan las singularidades culturales de las composiciones de las formaciones campesinas. Es más, la multiculturalidad está lejos del alcance del reconocimiento de la condición de la plurinacionalidad, en el sentido de identidades colectivas y proyectos civilizatorios. Esto último es de suma importancia, pues implica la tarea efectiva de la descolonización.

 

 

Anotando otros límites del Acuerdo de Paz, que pueden ser considerados como umbrales, que se pueden cruzar, para ir más allá de los límites; ingresando a otros agenciamientos, en los espacio-tiempo-sociales de otros horizontes histórico-políticos-culturales. Otra limitación corresponde a la concepción todavía economicista, a pesar de las incorporaciones sociales, educativas y culturales. Todavía el mercado, como paradigma o referente condicionante, se encuentra gravitando como “realidad” última; la cual debe ser atendida con “objetividad”, incluso pragmatismo. No se ha llevado a cabo la crítica del fetichismo de la mercancía, por lo tanto, del fetichismo del mercado, así como del fetichismo de la valorización monetaria. Aunque se mencione la necesidad imprescindible de la seguridad alimentaria, de la nutrición, de la producción de bienes alimenticios, estos conceptos se relativizan y orbitan alrededor de la teoría del valor.

 

 

Un trastrocamiento profundo de las estructuras agrarias heredadas requiere, no solo del mejoramiento de las condiciones económicas de las formaciones campesinas, incluso del mejoramiento de sus condiciones de vida, sino de salir del paradigma economicista, de las conjeturas del determinismo económico, explicitas o implícitas. Ingresar a la comprensión de la complejidad dinámica de las formaciones espaciotemporales-territoriales-sociales de las oikonomías campesinas.

 

 

Por otra parte, el trastrocamiento, del que hablamos, requiere de otra concepción, no dualista, de la llamada relación rural-urbana, campo-ciudad. El esquematismo dualista de la episteme de la modernidad ha reducido la realidad efectiva a los contrastes o, si se quiere, contradicciones binarias. Solo considerando uno de los fenómenos concretos de esta supuesta relación dualista, el de la migración rural-urbana, vemos que tal dualidad es más aparente que efectivamente real. Más parece que se conforma una articulación paradójica, donde lo rural y lo urbano forman parte, mas bien, de procesos de composición y de combinación, que subsumen lo que supuestamente es rural a lo que supuestamente es urbano. Lo que parece, mas bien, conformarse, son espacios estriados, cartografías políticas, cartografías sociales, si se quiere, geografías humanas, que definen ciclos institucionales, de concentración poblacional y de vaciamiento demográfico. Pues, de lo que parece tratarse es que el espacio vaciado del campo sea llenado por monocultivos extensivos y tecnologías agrarias eficaces y productivas.

 

 

En otras palabras, lo que parece adecuado, ante semejantes tareas a las que alude el Acuerdo de Paz, en lo que respecta a la reforma rural integral, es replantearse otra concepción, diferente al dualismo rural-urbano. Concibiendo las ciudades como convergencias, no solo de poblaciones migrantes, sino como lugares de condensación de procesos de vaciamiento del campo; llenando los lugares de saturación urbana con la convergencia de procesos descomunales anti-ecológicos; por lo tanto, contrarios a la vida.

 

El trastrocamiento del que hablamos también involucra la reconsideración regional, continental y mundial; es decir, la ubicación y situación de las formaciones campesinas en la región, en el continente y en el mundo. Esto significa, por lo menos teóricamente, la extensión del alcance de las complementariedades y solidaridades a escala regional, continental y mundial. Las formaciones campesinas, a pesar de sus singularidades, están en el mundo efectivo, forman parte de sus dinámicas y sus devenires. Así como las oikonomías campesinas inciden en el país, en la región y en el mundo; de manera parecida o, más bien, simétrica, el mundo incide en las formaciones campesinas. Al respecto, aunque lo enunciado parezca una utopía, casi inalcanzable, no hay que olvidar que el Acuerdo de Paz, es un acontecimiento ético-político, no solo nacional, sino regional, continental y mundial. En este sentido, el Acuerdo de Paz, como tal, ya incide en el acontecer mundial. Al decir que las economías campesinas colombianas tienen, desde ya, evidentemente, como realidad efectiva, sinónimo de complejidad, como horizonte de irradiación a la región, al continente y al mundo, entraña que las transformaciones agrarias rurales integrales, al tener estos alcances de su irradiación, deben concebirse fecundos en estos contextos, potenciando las posibilidades inherentes a estas oikonomías campesinas.

 

 

Ahora bien, estamos ante la responsabilidad del cumplimiento del Acuerdo de Paz; lo que significa que se trata de un consenso entre partes. Implica el respeto a los acuerdos; en consecuencia, envuelve el reconocimiento fáctico de los derechos de los otros; en este caso, de los propietarios de tierras, en su condición agropecuaria, incluso agroindustrial. Lo que no implica el respeto a los grandes latifundios, en gran parte improductivos. Además, dedicando sus tierras al monocultivo devastador, así como al cultivo de excedentes ilícitos, destinados a la producción de mercancías de la ilusión degradante de la civilización moderna, en su etapa decadente. De ninguna manera. Entonces, desde la perspectiva del Acuerdo de Paz, estemos o no de acuerdo, tengamos o no otra concepción de la propiedad, es menester cumplir con la responsabilidad asumida, de respetar la propiedad productiva. La pregunta que emerge es: ¿Es posible la convivencia entre la propiedad privada de la tierra no-campesina con las formas de propiedad y posesión campesinas?

 

 

Quizás sea esta problemática, si se quiere de transición, mediana o larga, la de importancia primordial y operativa, en lo que respecta a la realización del Acuerdo de Paz.  El Acuerdo de Paz, como dijimos, es resultado, entre otras circunstancias, de la correlación de fuerzas. Si es esto el Acuerdo de Paz, es decir, lo que se puede hacer, lo que es posible y viable hoy; entonces, ya se parte de este dato, la resultante de la correlación de fuerzas. De lo que se trata entonces, es de intentar llevar a cabo transiciones adecuadas y efectivas; se trata de construir entre las partes involucradas, condiciones de posibilidad económicas de congruencias colaterales y correlativas, que fortalezcan los ámbitos económicos de la diversidad de formaciones sociales singulares, que hacen a la totalidad, por así decirlo, de la formación social nacional. Dicho, de manera sencilla, la pregunta sería: ¿Cómo hacer para crear condiciones de posibilidad y reglas del juego donde las distintas formaciones económicas nacionales, de los ámbitos productivos, puedan engranar, fortalecerse mutuamente; configurando una convivencia plural, ¿en aras de transiciones pacificas?

 

 

Tal parece que la construcción colectiva de la paz exige la participación abierta del pueblo y la sociedad colombiana, de todas sus partes componentes; suponiendo el compromiso de lograr consensos operativos, que viabilicen el Acuerdo de Paz. Es responsabilidad de todas las partes, si se quiere, repetir, de alguna manera, obviamente singular, dependiendo de la particularidad en cuestión, lo que las partes inmiscuidas oficialmente en el Acuerdo de Paz hicieron; llegar a un Acuerdo.  En estas cuestiones, lo que importa son los acuerdos singulares, entre partes concretas involucrados, sin definir tiempos perentorios. Todas las partes involucradas, en los distintos problemas específicos y localizados, tienen como punto de partida, la defensa de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Democracia y participación

 

 

 

 

 

El segundo tópico y problemática temática abordada por el Acuerdo de Paz es el de Participación política: Apertura democrática para construir la paz. Se trata de la democracia; es decir, del gobierno del pueblo. Se habla de la profundización de la democracia por la vía participativa, la promoción de la participación de los y las excluidas; sobre todo, en las zonas de conflicto, donde habitan las poblaciones más afectadas por la guerra. Ciertamente, este eje del Acuerdo de Paz es indudablemente un importante avance, no solamente en lo que respecta a la situación beligerante del conflicto, que prácticamente suspende derechos, como si se estuviera en un permanente Estado de excepción, sino respecto a la concepción liberal y restringida de la democracia, en su sentido formal e institucional. Sin embargo, es indispensable detenerse a reflexionar sobre la democracia.

 

La democracia, que significa gobierno del pueblo, no es otra cosa que autogobierno del pueblo. La modernidad ha constituido una democracia restringida, formalizada, institucionalizada; empero, no, de ninguna manera, una democracia plena. Esto implica comprender que el ejercicio de la democracia plena, en el sentido de autogobierno del pueblo, se hace posible cumpliendo otras condiciones de posibilidad política; una de ellas, de crucial importancia, es el dar la palabra al pueblo, para que diga su verdad. Otra condición de posibilidad política es la verdad misma, como descripción exhaustiva de los hechos y sucesos, así como la interpretación colectiva, construida deliberativamente. La tercera condición de posibilidad política es la ética; en otras palabras, el sentido comunitario y social compartido, como sentido de vida y como afecto a y de la vida. Estas tres condiciones de posibilidad política sostienen el ejercicio de la democracia.

 

Dar la palabra al pueblo no solo significa escucharlo, sino que su palabra tenga efectos políticos; es más, efectos de Estado. A esto llamaremos la construcción colectiva de la decisión política. También, en consecuencia, implica la participación social en los asuntos de Estado; no solamente como consulta, referéndum, plebiscito, ni tampoco, mucho menos, el acto electoral, sino la participación vinculante; es decir, la construcción de la institucionalidad desde las dinámicasmismas populares. Como se puede ver, para cumplir con estas otras condiciones de posibilidad política, no basta con abrirse a la participación, en general, sino que se requiere de una democracia participativa, que es, en sí misma, democracia, en sentido pleno de la palabra. No basta ampliar los derechos de los y las ciudadanas, incluso valorando la participación de las mujeres y de las poblaciones afectadas por la guerra, sino dejar ejercer al pueblo su potestad, que es del se y el hacer gobierno; es decir, gobernar. Bueno pues, esto puede parecer, hoy por hoy, inalcanzable, por lo menos, en la coyuntura; lo que no quiere decir que no se busque lograrlo, para realizar la democracia y no suplantarla por caricaturas, aunque sean mejores mascaras que las anteriores. Visto de esta manera, se considera, entonces, a lo establecido por el Acuerdo de Paz, como un avance importante, en el sentido de establecer condiciones institucionales para estructurar una paz duradera. Por lo tanto, se puede comprender que se trata de transiciones consensuadas, en la perspectiva de avanzar a la democracia en sentido de autogobierno del pueblo.

 

Amerita una reflexión sobre la responsabilidad en la tarea del cumplimiento del Acuerdo de Paz en el presente. Como dijimos, se trata de la oportunidad histórico-jurídico-política para construir una paz duradera y sostenible. Se puede decir que la realización y la materialización del Acuerdo de Paz es una tarea primordial en la coyuntura. ¿De qué depende que se cumpla? ¿Cuál el alcance de la irradiación de la tarea? En otras palabras, ¿cuál es la relación del presente con el porvenir? Dicho de otro modo, ¿qué contiene el presente como campos y espesores de posibilidad? No se puede responder a estas preguntas si no se ausculta en la complejidad dinámica de las composiciones y combinaciones de la formación espaciotemporal-territorial-social de Colombia. No pretendemos contar con esta comprensión, entendimiento y conocimiento; de ninguna manera. Al no contar con esta condición de posibilidad de intuición, comprensión y entendimiento, cuyo substrato fenomenológico se encuentra en la experiencia social y política y en la memoria social del pueblo, abarcando sus pluralidades, sus multiplicidades y sus singularidades, optamos por hipótesis aproximativas y prospectivas, que sondeen, por así decirlo, la geología estratificada de la complejidad dinámica integrada de la formación social colombiana. Solo contamos con cierta información, mas bien, descriptiva, y con los análisis que ya efectuamos con el mismo propósito; el artículo que dibuja este boceto es La guerra prolongada. En consecuencia, solo intentamos diseñar otras hipótesis interpretativas y prospectivas, respecto al campo de posibilidades inherentes en las extrañas del presente.

 

 

 

Apuntes sobre la formación social colombiana

 

  1. La formación social colombiana articula territorialidades culturales, sociales y económicas, que se pueden describir adecuadamente desde la perspectiva de la geografía humana; que, en la semántica política, sobre todo, en los registros de la memoria política, se nombran regiones. Las cuales han estado en disputa desde el comienzo mismo de la independencia; buscando, cada una, su propia hegemonía sobre el resto. Y si no se conseguía esto, su autonomía, por lo menos relativa, respecto a un centro dominante.

 

  1. Por esto, el proyecto federalista arraigó, desde un principio o nacimiento republicano del Estado-nación. Entonces, se puede conjeturar que los proyectos encontrados eran, por una parte, los proyectos regionales; por otra parte, los proyectos regionales en disonancia con un proyecto unitario y centralizador.

 

 

  1. Se puede decir que sobre este substrato histórico-político-territorial emerge el conflicto, la beligerancia y la guerra entre liberales y conservadores.

 

  1. En consecuencia, se puede conjeturar que, sobre la base, por así decirlo, del pleito geográfico y político de las regiones, emerge el conflicto político e ideológico entre liberales y conservadores. Esta anotación nos lleva a suponer que estamos ante, por lo menos, por el momento, dos espesores del conflicto social y político. Uno, que corresponde al pleito geográfico político entre las regiones, lo que es distinto a hablar de geopolítica; otro, que corresponde a la predisposición y disposición de las fuerzas, convocadas por discursos ideológico-políticos; uno liberar, el otro conservador. Entonces, las procedencias o los nacimientos de la guerra permanente en Colombia tienen que ver con un doble código o de codificaciones, que configura interpretaciones, también tramas y narrativas sociales; tejidas desde las regiones y desde la interpelación liberar y la defensa de la estructura institucional conservadora. Un circuito de códigos tiene que ver con las percepciones regionales, principalmente de las oligarquías regionales; otro circuito de códigos tiene que ver con la convocatoria liberal, de carácter, mas bien, popular, en esas primeras etapas del largo conflicto político y bélico. Convocatoria enfrentada a la herencia ideológica colonial de las oligarquías latifundistas conservadoras.
  2. En La guerra permanente escribimos sobre lo que podríamos llamar el estupor de los siglos de la guerra y de la violencia persistentes en Colombia, haciendo paráfrasis al título de un capítulo del libro “Lo nacional-popular en Bolivia” de René Zavaleta Mercado. En resumen, dijimos que el Estado-nación de Colombia emerge en los espesores mismos de la crisis y las guerras civiles. La denominada Guerra de los mil días da nacimiento al siglo XX; es cuando se da lugar el periodo de la llamada República liberal, a partir de la tercera década del siglo. A continuación, viene el periodo caracterizado por la violencia desatada durante una docena de años; se trata de la guerra civil prolongada entre liberales y conservadores. Una de las consecuencias de la violencia es haber arrojado la cifra macabra de cientos de miles de muertos, además de desplazar contigentes demográficos del campo a las ciudades. En las regiones y zonas despobladas las tierras fueron capturadas por la burguesía industrial; de esta manera la descampesinización derivó en la proletarización. La siguiente secuencia de la temporalidad política se caracteriza por el retorno al poder de los conservadores, sin embargo, sin contar con el control del Congreso. Es cuando, ante la emergencia popular de Jorge Eliécer Gaitán, la burguesía gamonal y retrógrada decide el asesinato del líder liberal, asesinato que desencadena la asonada e insurrección social conocida como el Bogotazo. Este periodo culmina con el gobierno de facto del General Gustavo Rojas Pinilla. Como anticipándose a lo que viene después, como una fatalidad intermitente, Rojas Pinilla hace una propuesta de paz a las guerrillas levantadas en armas; un grueso de éstas depone las armas, sin embargo, incumpliendo con los compromisos, el gobierno de facto asesina a los exguerrilleros. En estas fatídicas circunstancias liberales y conservadores se ponen de acuerdo para clausurar el gobierno de facto de Rojas Pinilla. Se conforma el Frente Nacional, como dispositivo político del retorno a la democracia, acordando la alternancia en la presidencia entre liberales y conservadores.

 

Se puede decir que el acuerdo entre liberales y conservadores, la conformación del Frente Nacional puso fin a la guerra civil de estas dos corrientes políticas, una guerra civil que atravesó el país durante un siglo. Culminaron las guerrillas liberales. Sin embargo, se estaba lejos de acabar con el conflicto armado, cuyas raíces se encuentran en la lucha de clases, en la dominación y la exclusión social, en la explotación y subordinación social, también racial. Emergieron de este contexto y de sus espesores sociales otros proyectos guerrilleros. En 1964 nacen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el 7 de enero de 1965 el Ejército de Liberación Nacional (ELN), en julio de 1967 el Ejército Popular de Liberación (EPL), en 1984 el movimiento indigenista Quintín Lame (MAQL) y el 19 de abril de 1970 el M-19.

 

Se puede catalogar como historia reciente la temporalidad comprendida desde 1960 hasta nuestros días, que nombramos como presente. En el presente estamos ante los llamados Diálogos de Paz, que se llevan a cabo en la Habana, entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC; así como entre el gobierno colombiano y el ELN, en Ecuador; sin embargo, esta mesa todavía no se ha instalado oficialmente.  Cada cuatro años entre 1982 y 2002, los llamados Diálogos de Paz, las negociaciones involucradas, han variado de acuerdo con el perfil del gobierno y los criterios asumidos. Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos fueron los presidentes sucesivos desde el 2002 hasta las últimas elecciones nacionales. En este periodo se han desvinculado cerca de 54.000 guerrilleros y paramilitares. En contraste, las Fuerzas Armadas regulares se han venido fortaleciendo continuamente. También, en el periodo, se ha implementado el conocido Plan Colombia, plan diseñado entre el gobierno colombiano y el gobierno de los Estados Unidos de Norte América. Uno de los puntos de este plan tiene que ver con la disminución progresiva de cultivos ilícitos, principalmente de la hoja de coca. El incremento de las prácticas para erradicar los cultivos ilícitos, han ocasionado el descenso de Colombia al tercer lugar de producción mundial de cocaína, dejando de ser el principal productor; sitio que ocupó por décadas. Otro de los puntos, quizás el más importante, por su incidencia, es considerar el plan como contrainsurgencia; en otras palabras, un dispositivo de guerra contra la llamada insurgencia; en términos claros, contra el pueblo colombiano. Sin embargo, con la desmovilización de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que son los paramilitares, a mediados de 2006, las denominadas bandas criminales (BACRIM) se han hecho cargo de las actividades realizadas por los paramilitares.

 

El gobierno del presidente Juan Manuel Santos promueve, desde 2012, en los Diálogos de Paz, un proceso de paz con la guerrilla de las FARC-EP en La Habana, Cuba, buscando encontrar una salida política al conflicto armado. Por otro lado, y paralelamente, viene efectuando otro proceso de paz con la guerrilla del ELN en Ecuador. Ambos procesos son dificultosos y delicados; han dibujado un recorrido difícil y sinuoso. De todas maneras, parecen avanzar. Sin embargo, la gran ausente en estos Diálogos de Paz es la misma sociedad colombiana, la gran afectada por la larga guerra.

Se puede decir que el conflicto armado en Colombia corresponde a una guerra asimétrica de baja intensidad. Las fuerzas involucradas en el enfrentamiento son el ejército regular de Colombia, los ejércitos irregulares de las guerrillas, los destacamentos paramilitares y los brazos armados del narcotráfico. El conflicto armado ha pasado por varias etapas de agravación de la conflagración múltiple, por así decirlo. A pesar de haber adquirido características singulares, un perfil y estructuras singulares, el conflicto armado, en la historia reciente, el mismo tiene sus nacimientos en los espesores de la matriz histórica-política del periodo de “La Violencia”. Guerra civil entre liberales y conservadores, que tiene, a su vez, sus emergencias, en la entonces llamada la Nueva Granada, que, posteriormente se independizó de la Corona española. Es cuando se inicia una querella sobre la forma de Estado.

 

La pregunta que vamos a hacernos es: ¿Cuál es la complejidad del conflicto armado? Responder esta pregunta requiere no solo de aproximaciones a la experiencia social y a la memoria social colombiana, sino de la perspectiva del pensamiento complejo. Por de pronto, partiendo de algunos hilos del tejido espaciotemporal-social-cultural-político, de algunas miradas rutilantes, que hacen como iluminaciones de linterna, intentaremos proponer hipótesis interpretativas prospectivas[23].

 

 

 

Como se puede ver, en esta sucinta descripción, de recorte, mas bien, político, más aún, gubernamental, que define el recorrido en el plano de intensidad político, haciendo hincapié en las repercusiones estatales, vemos las figuras coyunturales y de periodos del largo conflicto y de la guerra permanente. Si bien, los discursos expresivos, audibles, son los de la ideología liberal y de la ideología conservadora, no se puede restringir el sentido histórico-político solamente a lo que dicen los discursos políticos, sino es indispensable, develar lo no dicho, por así decirlo, o, por lo menos, lo dicho y olvidado, o lo dicho y opacado, por la elocuencia de los discursos ideológicos. Esto no dicho tiene que ver con lo que denominamos el pleito geográfico político de las regiones; mediadas por las pretensiones de dominación de las oligarquías regionales.  Empero, lo no dicho – usando este término, no suficientemente adecuado, aunque ilustrativo -, que se encuentra, si se quiere, en el substrato mismo del substrato, de este conflicto de poder en la flamante república, es la guerra de conquista, materializada en la institucionalidad colonial; guerra perpetrada contra las naciones y pueblos indígenas y sus territorialidades.

 

  1. Una consecuencia hipotética, que podemos sacar de las anteriores hipótesis interpretativas y prospectivas, es que la matriz del ciclo largo del conflicto y de las estructuras de larga duración no es ni el pleito geográfico político entre las regiones, ni el conflicto iniciado por liberales y conservadores, sino la conquista colonial, la colonización y la colonialidad instituida por el Virreinato de Nueva Granada.

 

 

  1. Entonces, la hipótesis interpretativa, que proponemos, es que la guerra permanente o la genealogía de la guerra en Colombia, arranca con la guerra de conquista. Desde entonces, desde esta violencia inicial, instauradora de la cartografía y la institucionalidad colonial, se plantan las raíces, para decirlo metafóricamente, de la guerra permanente colombiana.

 

 

  1. Ciertamente, lo mismo podemos decir del resto de los virreinatos y capitanías coloniales en el continente; que se convirtieron en repúblicas, después de las guerras de independencia. Sin embargo, la singularidad colombiana consiste en que la guerra iniciada con la conquista no se transmuta en la filigrana de la paz institucionalizada, como ocurre con el resto de las repúblicas criollas, sino que preserva el carácter beligerante de las formas descarnadas de la guerra.

 

 

  1. ¿Cuál la interpretación de esta singularidad histórica y política? Podemos decir, por lo menos, algunas consideraciones hipotéticas; una, que se mantiene un equilibrio en la correlación de fuerzas, en coyunturas y periodos. Lo que desata constantemente la guerra, en sus distintas formas de presentarse. Otra, que las fuerzas organizadas y convocadas ideológicamente no renuncian a sus iniciales proyectos de dominación; en el caso liberal, de hegemonía. En tercer lugar, que, en el caso colombiano, se arrincona y se acalla, tempranamente, la guerra anticolonial indígena, aunque sea parcialmente. Lo que no ocurre en el caso ecuatoriano, peruano y boliviano.

 

  1. No desaparece la guerra anticolonial de las naciones y pueblos indígenas: sin embargo, es arrinconada o exiliada a las sombras, suplantada por el pleito de las regiones y elocuentemente por la guerra entre liberales y conservadores.
  2. El fondo del problema, mejor dicho, la madre de todos los problemas de legitimación de las dominaciones en el continente tiene que ver con la conquista, la colonización y la colonialidad. En consecuencia, si se quiere resolver estos problemas, es indispensable solucionar las consecuencias desastrosas de la colonialidad. No se puede construir, como lo dijimos varias veces, la democracia, la república, ni el socialismo, la edificación de sus respectivas mallas institucionales y sociedades institucionalizadas, sobre cementerios indígenas.

 

  1. Este es uno de los handy caps del Acuerdo de Paz. No ha considerado el substrato primordial de la genealogía de la guerra permanente; la conquista, la colonización y la colonialidad. La única manera de hacerlo es reconocer plenamente los derechos colectivos y territoriales y de autogobierno de las naciones y pueblos indígenas.

 

  1. Se especula mucho, sin reflexionar, sobre la minoridad de las poblaciones indígenas, en comparación con el conjunto de la población colombiana, considerada mestiza. Lo que se olvida, en estas apresuradas descripciones, es que no se trata de la cuantificación del problema de la crisis de legitimidad, sino de la cualidad histórica inscrita en las estructuras institucionales del Estado-nación. Por otra parte, en eso de definir y englobar al grueso de la población en la categoría general de mestizos, no se cuestiona el supuesto insostenible del que parte; el suponer una homogeneidad de lo mestizo, incluso, matizando, la continuidad de lo mestizo. En primer lugar, lo mestizo supone la mezcla, la hibridación y la simbiosis; esto implica, por lo menos, visibilizar la gama de singularidades mestizas, que suponen el trasfondo indígena, incluso en el caso de los “criollos blancos”; quienes, al nacer en el nuevo continente, eran considerados indianos. Categoría administrativa, no del todo equivocada, pues los indianos nacían en otra tierra, en otra atmosfera, en otro cielo y en otro barroco cultural. Para decirlo, de un modo extremo y hasta exagerado, las oligarquías blancoides criollas no saben cuan indígenas son. Esto es algo que queda claro para las noblezas europeas, incluso, después, para las burguesías europeas.

 

  1. Esta herencia maldita, la de la conquista, la de la colonización y la colonialidad, es el problema primordial que se debe resolver si se quiere construir una paz duradera, una república, en el sentido pleno de la palabra; yendo más lejos, una democracia plena, incluso el socialismo efectivo y pleno. Algo distinto a esta solución histórico-política-cultural de la descolonización, no es más que hipostasis, impostura, solución artificial insostenible.

 

  1. Lo que expusimos, en forma de hipótesis interpretativas, no significa que se tenga que renunciar a las soluciones de la aguda problemática social de las desigualdades; desigualdades que desataron la guerra en los periodos republicanos. Soluciones de las problemáticas desatadas por la lucha de clases; menos renunciar a la solución del conflicto y de la guerra permanente, que asola a Colombia; de ninguna manera. Si no, que en las transiciones, por las que se ha optado, donde el Acuerdo de Paz parece delimitar un hito crucial histórico, entre un antes y un después, juega un papel preponderante, para que éstas, las mutaciones, transformaciones diferidas y transiciones, puedan adquirir irradiación, alcance e incidencia estructural; las mismas que requieren no olvidar la tarea primordial en el continente, que es la descolonización.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apuntes para una auscultación del porvenir

 

  1. Dependiendo de los alcances del proyecto político, si se parte de los problemas de las estructuras de mediana duración, desde el nacimiento de la república. Si se parte del conflicto de la historia reciente, el conflicto entre el Estado-nación colombiano y las FARC, incluyendo al ELN; si se quiere, ampliando el referente a la guerrilla del M-19. O si se parte de las estructuras de larga duración, que abarcan a la conquista, la colonización y la colonialidad. Los alcances del porvenir pueden definir horizontes cortos, medianos o de largo alcance. Indudablemente el horizonte descolonizador es el que va más lejos.

 

  1. Las transiciones que se decida no dependen ni da las buenas voluntades, ni de la razón, tampoco de la justicia, sino de la correlación de fuerzas. Por donde se vaya, parece que es indispensable, conectar las distintas posibilidades y recorridos inherentes en el presente.

 

  1. El Acuerdo de Paz es, para decirlo ilustrativamente, un paradigma histórico-político y jurídico-político, además de histórico-cultural, de trascendencia en la contemporaneidad del mundo efectivo. No hay un antecedente parecido. Enemigos irreconciliables, de una guerra interminable, lograron ponerse de acuerdo; no en un armisticio, no en una paz restringida, sino en una paz duradera y sostenible, que implica transformaciones estructurales e institucionales. El resto de los conflictos y de las guerras, que no son más que inútiles, considerando las perspectivas de largo plazo y los problemas de base, que tienen que ver con la vida, la ecología, la supervivencia humana y el planeta, no son más que manifestaciones superficiales, de lo que se convulsiona en las profundidades de las geologías de las formaciones sociales y el mundo efectivo.

 

  1. El porvenir no solamente está en manos de las organizaciones e instituciones involucradas, el Estado-nación colombiano, expresado en la forma de un gobierno singular, consciente de la encrucijada en la que se encuentra, y las FARC-EP, proyecto de Estado socialista, sino en la sociedad y el pueblo colombiano. Ejercer la potencia social, por lo menos, en el sentido de participar en la construcción colectiva de la paz duradera, es tarea colectiva, no solamente de los involucrados en la firma del Acuerdo de Paz.
  2. Para decirlo de una manera convocatoria, incluso romántica, lo que le da un carácter subjetivo y emotivo, lo que pueda pasar, el porvenir, depende, sobre todo, en no renunciar a luchar, no solo de parte de las FARC-EP, sino fundamentalmente del pueblo colombiano, de las organizaciones sociales y de las naciones y pueblos indígenas. Teniendo como tejido vital a la alteridad de las mujeres y otras subjetividades diversas; así como a lo que quepa de honestidad a parte de las clases dominantes, incluso de la oligarquía rancia y de la burguesía industrial.

 

  1. Lo que enseña el Acuerdo de Paz, es que hay alternativas a la guerra, a la violencia descarnada, a los callejones sin salida del sistema-mundo capitalista. Una de ellas es optar por la conformación de consensos entre partes encontradas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Polemos en la guerra y la política

 

 

 

 

 

En este ensayo, Polemos en la guerra y la política, vamos a intentar una reflexión crítica y ponderadora del Acuerdo de Paz, en lo que respecta al tercer tópico del documento acordado, entre las partes beligerantes. En este apartado, el tono de la prosa es, mas bien, técnico, instrumental y normativo; estableciendo las garantías del desarme, del fin del conflicto, y la incorporación a la vida política, de parte de las FARC-EP. Seguramente es un apartado necesario, para establecer y normar las operaciones de la finalización del conflicto, del desarme y de la incorporación a la vida política. Sin embargo, nos da la oportunidad para reflexionar sobre la paz, las condiciones de posibilidad de la paz.

 

 

 

El tercer tópico y campo temático del Acuerdo de Paz es Fin del Conflicto. Ambas partes, El Gobierno de la República de Colombia (Gobierno Nacional) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (FARC-EP); en desarrollo de los sub-puntos 1: Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y 2: Dejación de las armas, del punto 3, Fin del Conflicto, del Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, firmado en la ciudad de La Habana, Cuba, el 26 de agosto de 2012, acuerdan: El Gobierno Nacional, en cumplimiento y en los términos de lo acordado en el punto 2 “Participación política: Apertura democrática para construir la paz”, reafirma su compromiso con la implementación de medidas que conduzcan a una plena participación política y ciudadana de todos los sectores políticos y sociales, incluyendo medidas para garantizar la movilización y participación ciudadana en los asuntos de interés público, así como para facilitar la constitución de nuevos partidos y movimientos políticos con las debidas garantías de participación, en condiciones de seguridad[24].

 

 

El documento del Acuerdo de Paz dice, seguidamente:

 

 

Así mismo, el Gobierno Nacional reafirma su compromiso con lo acordado en los puntos 3.4. y 3.6. del punto 3 Fin del Conflicto, entre los que se encuentra la creación de un nuevo Sistema Integral de Seguridad para el Ejercicio de la Política, en los términos acordados en el punto 2 Participación Política, como parte de una concepción moderna, cualitativamente nueva de la seguridad que, en el marco del fin del conflicto, se funda en el respeto de la dignidad humana, en la promoción y respeto de los derechos humanos y en la defensa de los valores democráticos, en particular en la protección de los derechos y libertades de quienes ejercen la política, especialmente de quienes luego de la terminación de la confrontación armada se transformen en movimiento político y que por tanto deben ser reconocidos y tratados como tales[25].

 

 

Como corolario de esta primera consideración del Fin del conflicto, se escribe:

 

 

Adicionalmente, el Gobierno Nacional y las FARC-EP expresan su compromiso de contribuir al surgimiento de una nueva cultura que proscriba la utilización de las armas en el ejercicio de la política y de trabajar conjuntamente por lograr un consenso nacional en el que todos los sectores políticos, económicos y sociales, nos comprometamos con un ejercicio de la política en el que primen los valores de la democracia, el libre juego de las ideas y el debate civilizado; en el que no haya espacio para la intolerancia y la persecución por razones políticas. Dicho compromiso hace parte de las garantías de no repetición de los hechos que contribuyeron al enfrentamiento armado entre los colombianos por razones políticas.

 

 

Por último, el Gobierno Nacional y las FARC-EP se comprometen con el cumplimiento de lo aquí acordado en materia de Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo (CFHBD) y Dejación de Armas (DA), para lo cual elaborarán una hoja de ruta que contenga los compromisos mutuos para que a más tardar a los 180 días luego de la firma del Acuerdo Final haya terminado el proceso de dejación de armas[26].

 

 

 

Como se puede ver, el apartado del documento del Acuerdo de Paz está dedicado a hacer viable y operable la finalización del conflicto. El carácter del contenido se encuentra en los límites de la democracia formal, aunque ampliada, en lo que respecta a menciones a la participación de la sociedad, a la ampliación de los marcos jurídicos y políticos, insistiendo en la solución de los problemas sociales y políticos, que ocasionaron la guerra permanente en Colombia.

 

 

 

 

Reflexiones sobre la guerra y la política

 

 

¿Pasar de la guerra, como ámbito bélico, para resolver problemas sociopolíticos, a la política, como ámbito polémico para resolver los problemas no resueltos en la guerra, en el campo político, es asumir la política como continuación pacífica de la guerra? ¿Antes, en la guerra permanente, la guerra era asumida como continuación bélica de la política?  ¿Cuál la relación entre la guerra y la política? Como escribimos en La guerra y la paz, ni la guerra es continuación de la política, ni la política es continuación de la guerra[27]. La relación paradójica de la guerra y la política, no se da en el esquematismo dualista, ni en el tiempo lineal, no se resuelve dialécticamente, que es una versión móvil y mutante del esquematismo dualista; se da en la complejidad dinámica de las composiciones singulares de la formación espaciotemporal-territorial-social, que articulan e integran dinámicamente múltiples planos y espesores de intensidad. La guerra es acontecimiento, que contiene múltiples singularidades, que se asocian, convergen o divergen, se articulan de una determinada manera, en una coyuntura, combinando formas de desenlaces, por así decirlo, momentáneos o definiendo lapsos. La política es otro acontecimiento, que, como tal, es multiplicidad de singularidades, articuladas e integradas en composiciones y combinaciones sociales, que hacen a los desenvolvimientos de la política. Para comprender estos acontecimientos, además en su singularidad compleja, es menester comprender las simultaneidades dinámicas y singulares, que se dan en los acontecimientos.

 

 

Desde esta perspectiva, la política no aparece como el ámbito institucional y normativo, además de prácticas y relaciones estructuradas, que hacen a la paz. Sino que la paz aparece como un concepto que expresa una idea, en sentido kantiano; es decir, una finalidad construida por la razón, aunque también por la esperanza. Para conseguir la paz, idea esperada en el ámbito de la guerra, se finaliza el conflicto bélico; para conseguir la paz, idea esperada en el ámbito político, es menester resolver los problemas que ocasionaron la guerra.

 

 

El Acuerdo de Paz considera algunos de estos problemas, que supone cruciales, en la coyuntura presente; sin embargo, como no son todos los problemas heredados o por lo menos un núcleo significativo de la problemática social, económica, política y cultural, no es todavía la condición de posibilidad jurídica para lograr la paz, anhelada en el ámbito político; tampoco es la condición de posibilidad jurídico-política, es decir, institucional, para realizar la paz esperada. Así mismo, no es todavía la condición de posibilidad histórico-política para efectivizar la paz, ya entendida como ideal exhaustivo, es decir, como concordia y fraternidad. Para decirlo, de manera resumida, el Acuerdo de Paz es la condición de posibilidad jurídica de la finalización del conflicto bélico, para alcanzar la realización de la paz, anhelada en la conflagración bélica. Para conformar la condición de posibilidad jurídico-política de la paz, anhelada en el ámbito político, se requieren de transformaciones jurídicas, de las reglas del juego político, así como transformaciones institucionales, que operen los desplazamientos hacia la paz. Si se quiere; para decirlo de una manera simplona, por razones de exposición, se requiere de un proceso constituyente, que otorgue potestad al poder constituyente, es decir, el pueblo. Sin embargo, desde la perspectiva histórico-política, esto no es suficiente para alcanzar la paz, anhelada políticamente. Se requiere de transformaciones estructurales e institucionales, que profundicen la democracia formal, que la conviertan en democracia participativa; que se resuelvan, por lo menos, algunos problemas estructurales de la formación social. Uno, el relativo a la estructura de las desigualdades, que adquieren diferencias abismales. Dos, el relativo a la cuestión agraria, es decir, el materializar la reforma agraria integral; como menciona el mismo documento del Acuerdo de Paz. Tres, resolver el problema de la violencia descomunal y perversa, generada por las estructuras de poder paralelas del narcotráfico; lo que implica, desmantelar a los cárteles y a las mafias; así mismo, denota el desarme total de los paramilitares. Cuatro, avanzar sustantivamente, por así decirlo, en la descolonización; en otras palabras, en la desracialización de las relaciones sociales; lo que conlleva el respeto efectivo, es decir, institucional y en la práctica, de los derechos de las naciones y pueblos indígenas, así como de las poblaciones afrodescendientes. En consecuencia, para lograr la paz, anhelada políticamente, desde esta perspectiva histórico-política, se requiere de la reivindicación plena, el ejercicio pleno de la ciudadanía integral de las y los oprimidos, excluidos, marginados, discriminados, subalternizados. Para decirlo, en la expresión del discurso histórico-político puesto en escena, tanto en el acontecimiento de la guerra como en el acontecimiento político, el discurso marxista, se requiere de la condición de posibilidad social-política-económica del socialismo. ¿Es este último logro, la paz anhelada por la perspectiva histórica-política, la paz como idea integral, como armonía? No. La paz como armonía es posible resolviendo la problemática en su complejidad integral, comprendiendo los múltiples planos y espesores de intensidad, que hacen a la realidad efectiva. Esto compromete resolver la crisis ecológica, la amenaza a la vida, que ocasionan las sociedades humanas institucionalizadas; las que, bajo el manto de la cultura-mundo, la civilización moderna, han convertido a la naturaleza, mejor dicho, a la integralidad de los ciclos vitales, al Oikos, al planeta, en objeto de dominación y materia de poder. Por lo tanto, cumplir con las condiciones de posibilidad para la paz como armonía, requiere de la armonización de las sociedades humanas con los ciclos ecológicos, los ciclos vitales del planeta; para decirlo, en términos jurídicos, de la última generación de derechos, garantizando los derechos de los seres, que cohabitan, coexisten, con las sociedades humanas.

 

 

En consecuencia, no hay que perder de vista que la paz es una idea racional y afectiva; no algo o circunstancias que se efectivizan inmediatamente, después de un Acuerdo de Paz. Tampoco hay que perder de vista que la paz tiene distintas connotaciones conceptuales, de alcances diferentes, o, si se quiere, hay distintas ideas de paz; unas más simples, otras más complejas. En tercer lugar, no hay que perder de vista, que, si se quiere alcanzar esta finalidad o esta idea de paz como armonía, se requiere reintegrar a las sociedades humanas a las ecologías de la pluralidad de sociedades orgánicas y de sus ciclos vitales; logrando armonizar a las sociedades humanas con los devenires creativos de la potencia de la vida.

 

 

 

Esta reflexión no tiene porque desalentar, tampoco desmoralizar, menos desvalorizar el logro del Acuerdo de Paz; sino, mas bien, se trata de ponderar el Acuerdo de Paz, como condición de posibilidad jurídico-política para alcanzar la paz, anhelada desde las entrañas devoradoras de la guerra. Se trata también de definir ámbitos de tareas, en distintos horizontes de la paz; ámbitos de tareas que responsabilizan o exigen la responsabilidad, en primer lugar, del pueblo; en segundo lugar, de los involucrados en el conflicto bélico; en tercer lugar, de los y las activistas libertarias, activismo múltiple e integral, no solo en la crítica, en la interpelación y en la convocatoria, sino como despliegue afectivo del amor a la vida. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Economía política del narcotráfico

 

 

 

 

 

El cuarto tópico de la problemática, que ocupa al Acuerdo de Paz, es Solución al Problema de las Drogas Ilícitas. Quizás sea éste el tema más delicado, por sus características propias; se trata de uno de los rubros de los negocios más rentables en el mundo, compartiendo los primeros lugares, con el tráfico de armas y el tráfico de cuerpos. Ciertamente hablamos de circuitos no institucionalizados, aunque ya cuentan con formas de organización, llamadas carteles. Hablamos de recorridos clandestinos de formas y estructuras de poder paralelas, no institucionales, aunque eficaces en lo que respecta al ejercicio del lado oscuro del poder[28], que podemos resumir como de la economía política del chantaje[29].  Estos circuitos y estos recorridos no institucionalizados, mas bien, clandestinos, han generado y desatado formas de violenciaatroces contra las humanidades componentes de las sociedades, en toda la diversidad, pluralidad y tonalidades locales y territoriales. Son formas del ejercicio del poder que extreman, de manera demoledora, la violencia empleada, recurriendo a la amenaza y al terror para amedrentar a las poblaciones y someterlas por el miedo. Estas estructuras del lado oscuro del poder son las más destructivas de las formas de cohesión social, las más devastadoras de las estructuras sociales integradoras de lo social; no solamente institucionales estatales, ni solamente institucionales de la sociedad civil, sino también de estructuras estructurantessociales, que funcionan como iniciativas creativas de la vida social. Se puede decir que estas formas de poder paralelas, no institucionales, correspondientes a la economía política del chantaje, que llevan la violencia hasta la intensidad demoledora del terror, anulan la condición humana; no solamente de las víctimas, no solamente de los contingentes involucrados, sino también de los grupos jerárquicos de los carteles y las mafias; que supuestamente se benefician grandemente con este negocio ilícito. Que solo puede desplegarse, por los mecanismos de los aparatos del lado oscuro del poder, sus aparatos de guerra sucia y sanguinaria, por el uso extremo de la fuerza, de la coerción y el chantaje.  Estos “oscuros personajes” son el ejemplo de a lo que llega el más extremo desgarramiento de la condición humana, hasta tal punto de llegar a la inhumanidad casi absoluta.

 

El apartado correspondiente que comentamos del Acuerdo de Paz, Solución al Problema de las Drogas Ilícitas, se parece a muchas declaraciones de los organismos internacionales y nacionales, que se esmeran por expresar las buenas intenciones, que motiva su buena voluntad de resolver este flagelo para los pueblos y países.  Casi todo lo que se menciona como metodologías, incluso integrales, de incidencia política, social, alternativa y de lucha efectiva contra el narcotráfico, ya se ha empleado en muchos países; monitoreados por organismos internacionales y hasta por dispositivos policiales, de acuerdos internacionales, así como por intervenciones militares. Todos los programas, tanto de “desarrollo alternativo”, también de “concientización” de la población, así como también la misma interdicción del narcotráfico, han fracasado. ¿Por qué volver a repetirlos, quizás con más ímpetu, alcance y de manera “integral”?

 

Parece que es menester atender esta problemática en su complejidad misma; no reducirla ni a la estigmatización como “monstruosidad” o como desenvolvimiento implacable del mal. Este esquematismo dualista entre bien y mal, también entre lo normal y lo patológico, no ayuda a la comprensión integral de la problemática en cuestión. Solo expresa la angustia de la consciencia desdichada, de la consciencia culpable, de la consciencia moralista. No parece haber salida por este lado, salvo la satisfacción de la catarsis por haber expresado discursos de buenas intenciones. Al respecto, diremos que, los involucrados en esta economía política ilícita, ni son “monstruos”, ni son endemoniados tomados por el mal, ni son anormales ni patológicos. Aunque usted no lo crea, también son víctimas de entramados de estructuras de poder, que hacen al sistema-mundo capitalista, que contiene al sistema-mundo cultural de la banalidad y al sistema-mundo político de la simulación. Son víctimas todos los involucrados en las telarañas de los circuitos, los recorridos, las producciones, de esta economía política del chantaje, que llamamos narcotráfico. Son víctimas de la decadencia de la civilización moderna, de la decadencia del sistema-mundo capitalista, cuya economía política generalizada[30] ha construido un mundo institucionalizado, que abarca y articula concomitantemente, distintos planos de intensidad, zurcidos, por así decirlo, con imbricadas mallas institucionales. Son víctimas, aunque usted no lo crea, desde los y, sobre todo, las que sufren y padecen las violencias perversas y polimorfas del lado oscuro del poder, hasta los jerarcas multimillonarios de los carteles y las mafias. ¿Por qué lo son, en este último caso? Por qué son sujetos desdichados, consciencias desgarradas, a tal extremo que no se encuentra en ellos, exagerando, para ilustrar, rasgos de humanidad. Han optado, quizás debido a sus historias de vida, por el goce banal y provisional; por la ostentación rabiosa, que no puede cubrir los profundos abismos y vacíos de su desdicha. Precisamente cuando aparecen como implacables y crueles, es cuando más se manifiesta, paradójicamente, sus miedos tremendos y sus angustias mortíferas.  

 

No hay solución en la “guerra contra el narcotráfico” desencadenada, optada por décadas de fracasos. Lo único que se ocasiona es obligar a mejorar la organización y la irradiación de las organizaciones clandestinas del narcotráfico; obligarlas a armarse cada vez mejor, incluso mejorando la viabilidad de sus circuitos. Lo único que ocurre, en términos económicos, es que suben exorbitantemente los precios de las drogas, haciendo incluso mucho más rentable un “negocio” que no deja de ser riesgoso. También se ocasiona el avance de la centralización y concentración del monopolio de los flujos y circuitos, de los cultivos y de la producción. Así como ocurre con las formas del capitalismo institucional, en sus ciclos largos. ¿Dónde encontrar una salida o, por lo menos, caminos cuyas direccionalidades mejoren los proyectos ejecutados en el pasado, que fracasaron?

 

Comenzaremos con la propuesta más fácil, además que cuenta con la experiencia de la aplicación, en otro tiempo y en otro rubro, en Estados Unidos de Norteamérica; hablamos de la legalización de la producción y comercialización de las bebidas alcohólicas. Esta medida fue suficiente para hacer bajar los precios de las bebidas, particularmente del whisky; así como para desmoronar a las organizaciones clandestinas encargadas de la producción, comercialización y el monopolio de esta economía política ilícita; aunque después, se hayan generado otros monopolios lícitos. Entonces, tal parece que una salida, por lo menos, inicial, es la legalización de las drogas. Ciertamente, esta medida no puede ser sino mundial. Si algo les queda de honestidad a las burocracias de los organismos internacionales, a las burocracias nacionales, encargadas de la “lucha contra el narcotráfico”, deberían asumir la tarea de la legalización mundial de las drogas, coordinando, evidentemente, las disposiciones y dispositivos institucionales de la distribución y la comercialización controlada.

 

Ya que hablamos de la honestidad de las burocracias del orden mundial, incluyendo a los órdenes nacionales, vamos a largar una pregunta indispensable, a estas alturas de la “evolución” del lado oscuro del poder, en el mundo institucionalizado por el orden mundial y sostenido por el sistema-mundo capitalista. Cuando podemos decir que el lado oscuro del poder, que comprende, obviamente, no solo la economía política del narcotráfico, sino otras formas del ejercicio del poder desmesurado y violento de la economía política del chantaje, el lado oscuro del poder ha, no solamente atravesado las mallas institucionales del lado luminoso del poder, de las formas de poder institucionalizadas, de los Estado-nación, incluso del Sistema Financiero Internacional, sino que, en algunos países, parece haber subsumido a las mallas institucionales, integrándolas a las  estrategias del lado oscuro del poder. La pregunta es: ¿De la misma manera, que afirmamos, que las jerarquías de los carteles y las mafias, son víctimas, lo son las burocracias, gobiernos, Estado-nación, trasnacionales, Sistema Financiero Internacional, que se encargan de lavar el dinero abundante de la economía política del narcotráfico?

 

Aunque parezca provocador y hasta desmesurado lo que vamos a decir, es menester decirlo, pues ilustra sobre una diferencia, plausible de tomar en cuenta. Los carteles, las mafias, ponen el pellejo; arriesgan, aunque cada vez menos, en la medida que se involucra a las mallas institucionales de los Estado-nación y del Sistema Financiero Internacional. En cambio, las burocracias comprometidas y cómplices, encargadas del lavado, no arriesgan, no ponen el pellejo; ganan por su condescendencia, por su participación en el lavado, obteniendo grandes y superabundantes beneficios, por solo lavar el abultadísimo flujo dinerario de la economía política del narcotráfico. Sin querer hacer ninguna apología de los carteles y las mafias, de ninguna manera, es menester distinguir la labor de los carteles y las mafias en la división del trabajo de esta economía política ilícita; distinguirla de la labor de las burocracias gubernamentales, policiales, judiciales, tanto nacionales como internacionales, de la labor de lavado del Sistema Financiero Internacional. La perversidad extrema, por así decirlo, metafóricamente, no se encuentra en estas formas de organización del lado oscuro del poder, relativas a la economía política del narcotráfico, sino en las mallas institucionales estatales, comprometidas con el lavado. Estas burocracias no solo son cómplices, si se quiere, son tragadas por los circuitos de la economía política clandestina, sino que le otorgan la estructura nacional e internacional institucional para que el “negocio” prospere, se globalice y se proyecte espantosamente en el tiempo, hacia un futuro apocalíptico. En conclusión, estas burocracias, nacionales e internacionales, civiles y policiales, no son víctimas; al contrario, son el amarre del círculo vicioso del poder, en su decadencia, en el desenvolvimiento de sus formas más destructivas y atroces.

 

¿Dónde radica el núcleo del problema, por así decirlo, para no hablar de los contextos de la problemática en cuestión?  Nuestra hipótesis interpretativa, en distintos ensayos, ha sido esta: En la economía política generalizada, que ha estructurado el sistema-mundo capitalista, la economía política del poder, que separa poder de potencia social, desvalorizando la potencia social y valorizando el poder, que es el fantasma-vampiro, alimentándose de la sangre vital de la potencia de la vida; también la economía política del Estado, que separa Estado de sociedad, valorizando a la criatura de la sociedad, el Estado, desvalorizando a la creadora, la sociedad; han impulsado la decadencia de la civilización moderna, su apuesta por las estrategias de muerte, desechando la potencia creativa de la vida. Es pues el núcleo representativo de la economía política del poder, el Estado, así como, ahora, en el mundo globalizado, es el núcleo del orden mundial, el imperio, lo que ha “evolucionado” a estas formas cómplices, concomitantes, condescendientes, de la economía política del narcotráfico, de la dominancia del lado oscuro del poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Materia de poder: los cuerpos

Contenido de los discursos de poder y sujeto constituido: las víctimas

 

 

 

 

 

 

El quinto tópico del Acuerdo de paz es el campo temático definido por el Acuerdo sobre las Víctimas del Conflicto: “Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición”, incluyendo la Jurisdicción Especial para la Paz; y Compromiso sobre Derechos Humanos. Este bloque de intensidades, como anotamos en Episteme compleja[31], al aglutinar planos de intensidad y espesores de intensidad integrados, es quizás lo más importante del documento del Acuerdo de Paz y del Acuerdo mismo como compromiso de las partes. El desenlace dramático y trágico de la guerra permanente es este: las víctimas.  La desolación inconmensurable de las víctimas, sus cuerpos demolidos, desvalorizados, empujados a la desgracia y obligados a la migración o, en su caso a quedarse en el lugar fatal de la tragedia, compartiendo con los muertos y desaparecidos el miedo. Lo que produce la guerra, en el sentido más efectivo, contundente e indiscutible, son víctimas. Que alguien o algunos ganen y otros pierdan, siempre estará en discusión, dependiendo de las evaluaciones; siempre estará en suspenso. De todas maneras, se dirá una y otra cosa; pero estos son discursos o, si se quiere, momentos provisionales de victoria; la misma que desaparece con el tiempo. Lo que queda son los cuerpos enterrados, ocultados a la vista, las fosas comunes o individuales, los cuerpos desparramados en los territorios del olvido o de la amargura de familiares y amigos. Lo que queda son los cuerpos vivos magullados, heridos, donde el poder desbordante y demoledor de la violencia ha inscrito su marca de terror. Es este el producto material de la guerra; si se quiere incluir la memoria de la guerra, esa memoria de las víctimas, diremos también lo que queda es esa energía retenida en el cuerpo sufriente, que llaman espíritu, atrapada en su propio padecimiento.

 

 

¿Acaso los belicistas no saben esto? No lo saben o lo saben, de alguna manera, casi como dato, sin que termine de afectarles; por lo tanto, sin importancia para ellos. Pues creen que lo único que vale es la victoria; en consecuencia, el poder. Estos sujetos de mirada corta, atrapados en la ideología, en los prejuicios compartidos con sus grupos de poder, no entienden ni comprenden que no hay más valor, en sentido ético, que la vida. Sus finalidades, restringidas al poder, a la victoria o, si se quiere, también a la riqueza banal, que no es más que simbolismo, como las medallas otorgadas en competencias. Ahora bien, si conquistan territorios, si prolongan el poder, si obtienen otros beneficios; esos logros provisionales, dados en lapsos históricos, mas bien, cortos, no se comparan en nada a la vida misma.

 

 

Entonces estamos ante el resultado contundente de la guerra, los miles y hasta millones de víctimas. ¿Qué decirles? ¿Cómo resarcirles de los daños múltiples que las demolieron? ¿Cómo lograr la paz, para decirlo metafóricamente, en sus corazones y en los corazones de todos y todas las colombianas? No parece tarea posible; los muertos no regresan, las heridas se cicatrizas; pero, quedan; si no es en la piel y el cuerpo magullado o mutilado, en el espesor mismo del cuerpo, que no olvida. Pues las sensaciones quedan, como los golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé; como muy bien expresaba Cesar Vallejo.

 

 

El esfuerzo de las partes del Acuerdo de Paz, por acoger a las víctimas, resarcirlas de los daños, tomarlas en cuenta, aunque solo hayan sido tres mil, convocadas en el proceso del Acuerdo de Paz, es ya un gran paso. Que no solo busca enmendar los daños irreparables, sino establecer un nuevo suelo de relaciones sociales y políticas, que no pasen por las soluciones de la descarnada violencia de la guerra. Considerando estas apreciaciones, vamos a citar partes del texto; sobre todo aquellas donde se expresan las intenciones, las voluntades, las reflexiones sobre el drama y la tragedia ocasionada por la guerra; además por los conceptos vertidos sobre los derechos humanos y los derechos de las víctimas.

 

 

 

En el quinto punto del Acuerdo de Paz, se escribe:

 

 

 

Resarcir a las víctimas está en el centro del Acuerdo entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP. En tal sentido en la Mesa de Conversaciones de La Habana, hemos discutido y llegado a acuerdos sobre el punto 5 de la Agenda “Víctimas” que incluye los subpuntos: 1. Derechos humanos de las víctimas y 2. Verdad, tratando de dar contenidos que satisfagan las reivindicaciones de quienes han sido afectados por la larga confrontación respecto a cuya solución política hoy, mediante estos nuevos consensos e importantes medidas y acuerdos de desescalamiento, hemos dado un paso fundamental de avance para la construcción de la paz estable y duradera y la finalización de una guerra de más de medio siglo que ha desangrado al país.

 

El Gobierno Nacional y las FARC-EP, considerando la integralidad que debe caracterizar el desarrollo de los numerales comprendidos en el punto Víctimas, iniciamos nuestro análisis del punto asumiendo la “Declaración de principios” del 7 de junio de 2014. Estos principios fueron tenidos en cuenta a lo largo de todo el trabajo para el desarrollo del Punto 5 – Víctimas, y deberán irradiar su implementación:

 

 

 

  • El reconocimiento de las víctimas: Es necesario reconocer a todas las víctimas del conflicto, no solo en su condición de víctimas, sino también y principalmente, en su condición de ciudadanos con derechos.

 

  • El reconocimiento de responsabilidad: Cualquier discusión de este punto debe partir del reconocimiento de responsabilidad frente a las víctimas del conflicto. No vamos a intercambiar impunidades.

 

  • Satisfacción de los derechos de las víctimas: Los derechos de las víctimas del conflicto no son negociables; se trata de ponernos de acuerdo acerca de cómo deberán ser satisfechos de la mejor manera en el marco del fin del conflicto.

 

  • La participación de las víctimas: La discusión sobre la satisfacción de los derechos de las víctimas de graves violaciones de derechos humanos e infracciones al Derecho Internacional Humanitario con ocasión del conflicto, requiere necesariamente de la participación de las víctimas, por diferentes medios y en diferentes momentos.

 

  • El esclarecimiento de la verdad: Esclarecer lo sucedido a lo largo del conflicto, incluyendo sus múltiples causas, orígenes y sus efectos, es parte fundamental de la satisfacción de los derechos de las víctimas, y de la sociedad en general. La reconstrucción de la confianza depende del esclarecimiento pleno y del reconocimiento de la verdad.

 

  • La reparación de las víctimas: Las víctimas tienen derecho a ser resarcidas por los daños que sufrieron a causa del conflicto. Restablecer los derechos de las víctimas y transformar sus condiciones de vida en el marco del fin del conflicto es parte fundamental de la construcción de la paz estable y duradera.

 

  • Las garantías de protección y seguridad: Proteger la vida y la integridad personal de las víctimas es el primer paso para la satisfacción de sus demás derechos.

 

  • La garantía de no repetición: El fin del conflicto y la implementación de las reformas que surjan del Acuerdo Final, constituyen la principal garantía de no repetición y la forma de asegurar que no surjan nuevas generaciones de víctimas. Las medidas que se adopten tanto en el punto 5 como en los demás puntos de la Agenda deben apuntar a garantizar la no repetición de manera que ningún colombiano vuelva a ser puesto en condición de víctima o en riesgo de serlo.

 

  • Principio de reconciliación: Uno de los objetivos de la satisfacción de los derechos de las víctimas es la reconciliación de toda la ciudadanía colombiana para transitar caminos de civilidad y convivencia.

 

  • Enfoque de derechos: Todos los acuerdos a los que lleguemos sobre los puntos de la Agenda y en particular sobre el punto 5 “Víctimas” deben contribuir a la protección y la garantía del goce efectivo de los derechos de todos y todas. Los derechos humanos son inherentes a todos los seres humanos por igual, lo que significa que les pertenecen por el hecho de serlo, y en consecuencia su reconocimiento no es una concesión, son universales, indivisibles e interdependientes y deben ser considerados en forma global y de manera justa y equitativa. En consecuencia, el Estado tiene el deber de promover y proteger todos los derechos y las libertades fundamentales, y todos los ciudadanos el deber de no violar los derechos humanos de sus conciudadanos. Atendiendo los principios de universalidad, igualdad y progresividad y para efectos de resarcimiento, se tendrán en cuenta las vulneraciones que debido al conflicto hubieran tenido los derechos económicos, sociales y culturales.

 

Sobre la base de estos principios llegamos a acuerdos centrales sobre: 1. Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición; y 2. Compromiso con la promoción, el respeto y la garantía de los derechos humanos.

 

Dentro de estos compromisos se incluyen trascendentales acuerdos como la creación de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición; la Unidad Especial para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto; la Jurisdicción Especial para la Paz y las medidas específicas de reparación. Todos estos componentes se han articulado dentro de un Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, al que se vinculan también medidas de no repetición, precisando que, sobre este último tema, aparte de la implementación coordinada de todas las anteriores medidas y mecanismos, así como en general de todos los puntos del Acuerdo Final se implementarán medidas adicionales que se acordarán en el marco del Punto 3 – “Fin del Conflicto” de la Agenda del Acuerdo General.

 

Durante el desarrollo de los debates del punto 5 “Víctimas”, se puso en marcha la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, la cual arrojó importantes conclusiones de contenido diverso y plural en lo que concierne a los orígenes y las múltiples causas del conflicto, los principales factores y condiciones que han facilitado o contribuido a la persistencia del conflicto y los efectos e impactos más notorios del conflicto sobre la población, todo lo cual se ha considerado como insumo fundamental para el trabajo de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

 

Otras medidas de primer orden tomadas en el marco de las discusiones del punto 5 “Víctimas” han sido: la firma de medidas y protocolos para adelantar los programas de limpieza y descontaminación de los territorios de minas antipersonal (MAP), artefactos explosivos improvisados (AEI) y municiones sin explotar (MUSE), o restos explosivos de guerra (REG); medidas inmediatas humanitarias de búsqueda, ubicación, identificación y entrega digna de restos de personas dadas por desaparecidas en el contexto y con ocasión del conflicto[32].

 

 

 

 

Es un documento valioso en este punto del listado y la estructura ordenada del Acuerdo de Paz. Es un Acuerdo ponderable en este bloque de intensidades, que atingen a la experiencia dramática y trágica de las víctimas. Para decirlo, de manera valorativa, solo el contenido expresado en este tópico y campo temático de la problemática abordada justifica el Acuerdo de Paz y el haberlo logrado por ambas partes. Solo el lograr los objetivos planteados en este apartado, justifican políticamente al Acuerdo de Paz. Es esta paz, la de las víctimas y de los y las colombianas, respecto de las víctimas y las irradiaciones de la guerra permanente, la que justifica el Acuerdo de Paz, como el trazado de un nuevo comienzo histórico-político-cultural. No se podría justificar, después del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, el voto por el no. Esto no sería más que una muestra de la incomprensión ante el drama y la tragedia que asoló a la sociedad colombiana; independientemente de las posiciones que se tenga respecto a las ideologías de las partes enfrentadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crítica de las estrategias de muerte

 

 

Se ha dicho de todo sobre la guerra; quizás las tesis más famosas, por lo menos, en la contemporaneidad, son las que postulan simétricamente, contrastando, que la guerra es la continuación de la política, y la que dice que la política es la continuación de la guerra. Se ha hablado también de la guerra desde la formación discursiva histórico-política dialéctica, que la guerra es el enfrentamiento entre Estado-nación capitalistas; enfrentamiento bélico al que empujan las burguesías en competencia. Esta tesis se convirtió, a escala mundial, como que, los Estado-nación imperialistas, en la etapa superior del capitalismo, cuando el capital financiero se articula con el Estado, no pueden resolver sus contradicciones, sino por medio de la conflagración a escala mundial. También se han enunciado teorías sobre la guerra, desde esa perspectiva de dominación del espacio, desde el vital hasta el mundial, llamada geopolítica. Así como también hay análisis de la guerra desde la perspectiva militar. La lista es larga, la bibliografía extensa, abarcando distintos niveles de incidencia de la guerra. Empero, la guerra no deja de ser acontecimiento, a pesar de los recortes de estas teorías, formaciones discursivas, análisis estratégicos y análisis técnicos-militares.

 

 

La guerra es un acontecimiento, compuesto de multiplicidad de singularidades y procesos singulares, cuyas características corresponden a la tendencia y convergencia hacia el desenlace bélico. La guerra, como acontecimiento múltiple, se mueve por formas, organizaciones, estructuras y mallas institucionales; si se quiere, por complejos-compuestos militares-tecnológicos-comunicacionales-políticos, que denominamos máquinas de guerra[33]. Dicho de manera simple, buscando una caracterización clara y contundente, podemos decir que la guerra, cuya dinámica es movida por máquinas de guerra, que suponen las máquinas de poder, produce muerte, en su proyección masiva. Se puede usar otra caracterización sencilla, metafóricamente, diciendo que la guerra es modo de producción de la muerte.

 

 

Si comparamos las “lógicas” de la guerra, mas bien, los alcances de sus engranajes maquínicos, con las lógicas creativas de la vida, vemos claramente la inutilidad de estas motricidades mecánicas, de estas máquinas de guerra, que destruyen; vemos el absurdo de las pretensiones ideológicas, que acompañan a estas máquinas de guerra. Así mismo, vemos las miserias de los hombres que conducen a la guerra, incluyendo a los hombres que conducen la guerra misma. Vemos las pobrezas alarmantes de las ideologías, que acompañan al desenvolvimiento de las máquinas de guerra.

 

 

No se pueden sostener las formaciones discursivas y enunciativas de los discursos belicistas; no llegan a estructurar un corpus teórico conceptual; solo imitan las voces, las tonalidades, las apariencias, de los conceptos. Lo que efectivamente emiten son los códigos del vacío humano de las instituciones armadas, de las instituciones estatales, de las instituciones del imperio, del orden mundial. Pues no se encuentra sentido en sus aseveraciones, sino el sin-sentido, disfrazado de pretensiones; sin-sentido avalado por ceremonialidades del poder; incluso por ceremonialidades académicas, tragadas por el chirriante movimiento de estas máquinas de guerra, que no son otra cosa que modos de producción de la muerte; en tanto que sus ideologías son apologías de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desenlaces coyunturales

 

 

Derrota de la esperanza y de las víctimas

 

 

 

 

Dedicado a los y las que votaron por el Sí, por una solución democrática a los problemas heredados, que desencadenaron la guerra permanente.

 

 

 

El plebiscito ha arrojado la victoria del No, aunque sea por un margen estrecho. Es de todas maneras una victoria cuantitativa, estadística, institucionalizada, del No. Además expresa contundentemente que estos votantes ganadores no están de acuerdo con el Acuerdo de Paz. ¿Quiénes son los que votaron por el No? ¿Quiénes son los de la abstención? Estas preguntas muestran el tamaño de nuestra ignorancia. No los conocemos. Aunque parezca que conocemos, en algo, que creemos lo fundamental de sus rasgos, a los que votaron por el , ésta, la del plebiscito, es una derrota no solo de la paz, sino también de nuestros análisis. No solo de los de la izquierda, que está acostumbrada a confundir la realidad efectiva con sus deseos, a reducirla a sus esquematismo dualistas, que le dan la ilusión de estar en lo justo, en lo racional, en la astucia de la razón, que cree que conduce la historia, sino de nosotros, que ya hicimos la crítica a la “izquierda”, a la ideología vanguardista, y orientamos pasos que van más allá del esquematismo dualista y político del amigo y enemigo, encaminándonos al propósito de liberar la potencia social.  ¿En qué nos equivocamos?

 

En eso, no conocemos a los que votaron por el No; no conocemos a los que se abstuvieron. No conocemos la complejidad dinámica de la formación espacio-temporal-territorial-social-colombiana; no conocemos sus composiciones y combinaciones de composiciones singulares, en el momento, en la coyuntura, en el presente. Aunque, en nuestro caso, hayamos lanzado hipótesis interpretativas prospectivas, y reconocido las carencias de las que partimos, no nos salva, de ninguna manera del error.

 

Sobre errores no se construye avances libertarios y emancipaciones. Lo primero que hay que hacer, cuando se evidencia el equívoco, es aprender del error. No tratar de ocultarlo con retórica. La misma que construye esforzadamente hipótesis ad hoc para explicar lo que pasó; colocándose en el lado de lo justo, de la razón, de la verdad; señalando a fuerzas oscuras, que incidieron en los desenlaces. Después de una derrota, de la constatación del error, ésta es la peor conducta ante el peligro.  Es como persistir en lo que condujo a la derrota. Esta es la conducta de los que construyen otras derrotas; los que se cierran al porvenir. Porvenir que solo puede ser creado por los pueblos y las sociedades, en la medida que liberen su potencia social; en la medida que rompan sus cadenas, que los sujetan, que los mantienen en los habitus, en las ideologías, en los fetichismos, inhibidos en el terror  y en el miedo.

El activismo libertario, que no se cree vanguardia, que no cree que enseña al pueblo, que aprende con la experiencia social, tiene que mirar abiertamente los errores; detectar las equivocaciones, aprender de las amargas experiencias; abrirse a la complejidad dinámica y simultanea de la realidad efectiva. No podemos caer en la apología del vanguardismo, que, en el fondo dice: el pueblo o parte de él, en este caso, la mayoría votante del plebiscito, no ha comprendido la situación; se ha dejado llevar por sus prejuicios. Los y las que hemos caído en un desliz de ingenuidad somos nosotros y nosotras, los y las libertarias, que nos dejamos llevar por el entusiasmo; entusiasmo alimentado por la información con la que contábamos. Que a la luz de lo ocurrido, es incompleta; por lo tanto, inadecuada para la apreciación y el análisis de la complejidad del presente, en una formación social dada.

 

Aunque experimentemos la sorpresa, después, el desaliento y cierta consternación; esta experiencia ineludible, no puede convertirse en una desmoralización; tampoco, en contraste, en un delirio apologético, en una retórica izquierdista, que no reconoce sus errores y sus equivocaciones. Esta experiencia tiene la virtud de enseñaron dónde se encuentra el error, dónde está la equivocación.  De esta enseñanza, se debe pasar al aprendizaje y a mejorar la acción. Avanzar a la comprensión de los y las que no conocemos; los que votaron por el No; los que se abstuvieron. Entender las dinámicas moleculares y molares sociales de los planos y espesores de intensidad de la formación social, que no llegamos a conocer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Balance preliminar y provisional

 

El intento del Acuerdo de Paz, la labor desplegada, durante tres años, para lograrlo, no ha dejado de ser una propuesta institucionalizada y adecuada, en la búsqueda de caminos que no sean los de la guerra. La derrota del plebiscito no la convierte en una mala propuesta y en un logro inalcanzado. A pesar de los problemas que puede contener, que hemos, de alguna manera, señalado, a pesar que también, esto es lo importante, el pueblo colombiano ha evidenciado, no deja de ser un avance concreto hacia la paz y hacia la oportunidad de solucionar los problemas heredados de manera democrática.

 

Lo que hay que preguntarse es: ¿Cuántos de los y las que votaron por el No, cuántos de los que se abstuvieron, lo hicieron porque no los convocaron y no participaron? La construcción de la paz es acontecimiento social y es una construcción colectiva; no solamente de las partes encontradas. Es importante saber el peso de ellos y ellas, pues señalan una falencia mayúscula del Acuerdo de Paz; no estaba presente y participando la sociedad colombiana. Esta parte del No y de la abstención, quiere que la paz se construya democráticamente; incluso desde el Acuerdo de Paz mismo; desde la deliberación misma. Sobre los otros estratos que votaron por el No y se abstuvieron, también debemos conocer sus razones y sentimientos.

 

Si fuese significativo el peso de estos estratos del No y de la abstención, entonces, el mandatodel voto parece ser el discutir el Acuerdo de Paz colectivamente, con la sociedad y el pueblo colombiano. Si el peso significativo, mas bien, se encuentra, en otros estratos; por ejemplo, para decirlo a tientas, en la oscuridad, en conglomerados irradiados por la presencia paramilitar; ya sea que estén de acuerdo o, más bien, en contra, y se muevan por el miedo, entonces el mandato, por así decirlo, parece ser otro. Ahora no vamos hablar de esa otra señal.

 

El activismo libertario no puede dejar a su suerte a las víctimas del conflicto de la guerra permanente; eso lo sabe muy bien cada activista. Tampoco parece conveniente dejar a su suerte a los que se esforzaron en el Acuerdo de Paz, aunque no estemos conformes con la forma y el contendido de parte del Acuerdo. Claro que lo último es una sugerencia personal discutible. Así mismo, no se puede dejar a su suerte a los que votaron por el ; esto también lo sabe cada activista, pues compartimos la búsqueda de la paz, no de la guerra. Sabiendo que la paz requiere de condiciones de posibilidad históricas, políticas, sociales, económicos y culturales.  De la misma manera, no se puede dejar a su suerte a los que votaron por el No y los que se abstuvieron. Pues, sin considerar los distintos estratos de esta votación, ni sus razones y tendencias, entre varias posibilidades y proyecciones de desenlaces se encuentra el camino a la continuidad de la guerra permanente. Que puede convertirse en una guerra civil; que puede avanzar incluso a desastres mayores, de alcance más destructivo. No hay en esto, en lo que decimos, ninguna intensión de abrumar con retórica apocalíptica, sino enumeración de algunas posibilidades, en el campo de posibilidades inherentes, que se dan por azar y necesidad, así como por correlaciones de fuerzas en juego.

 

Lo que importa es la consecuencia con la defensa de la vida, la responsabilidad con el porvenir de las sociedades humanas; por lo tanto, con el porvenir de la pluralidad y multiplicidad de las sociedades orgánicas y de los seres de la biodiversidad ecológica del planeta. Lo que importa es el activismo comprometido con la vida, con la tarea de liberar la potencia social de los pueblos. En este sentido, lo que importa es amar al continente de Abya Yala; comprender sus dinámicas moleculares y molares, su complejidad dinámica, su simultaneidad dinámica, en las formas singulares que se componen. En consecuencia, seguir aprendiendo para activar, seguir defendiendo la vida en sus plurales formas, desde las planetarias, hasta las individuales; para vivir y crear con la vida, donde estemos. En la misma perspectiva, lo que importa es que el amor por Colombia se convierta en efectiva creación social de una paz construida por todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desenlaces inesperados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desenlaces inesperados nos obligan a revisar las tramas, donde se gestaron; usando la estructura de la narración como metáfora para referirnos al acontecimiento político. Ciertamente, el acontecimiento político no puede parecerse a, ni explicarse, por la trama de la narrativa, pues no es mito, en el sentido aristotélico, o mejorado, en su comprensión, por Paul Ricoeur; sino, simultaneidad dinámica de composiciones singulares, integradas en la singularidad misma del acontecimiento en su momento.  Entonces, ¿por qué esta comparación de lo que no es análogo, la trama y el acontecimiento? Parece que el problema se encuentra en el lenguaje heredado; no podemos salir del mismo. Como decía Emile Benveniste, nacemos en el lenguaje y desde el lenguaje nombramos el mundo. ¿Cómo hacer entonces para pensar el acontecimiento como tal y no como si fuera trama? Optamos, como se sabe, por incursionar en el pensamiento complejo, que ayuda a concebir la simultaneidad dinámica del espacio-tiempo, así como la sincronía dinámica del tejido espacio-temporal-territorial-social en constante devenir. Sin embargo, debemos recurrir al lenguaje heredado cuando hay que exponer. Aunque no debemos dejarnos atrapar por sus estructuras y sus lógicas binarias, tampoco por sus tropos semánticos.

 

Para decirlo de la manera más clara, aunque desde ya, reducida, desde un principio, al utilizar la palabra, mientras el mundo efectivo se mueve en la simultaneidad dinámica de sus tejidos y entrelazamientos, el uso del lenguaje transcurre en la linealidad de su elocuencia. Es más, obliga a representar un antes y un después; quizás también esta secuencia apoye a la idea de causalidad. Por otra parte, la cultura, como ámbito simbólico, alegórico, de habitus, de significados sociales compartidos, así como de paradigmas heredados, obliga a enfocar las interpretaciones desde estos corpus teóricos y culturales. Es como si por el uso del lenguaje el mundo que interpretamos estuviera ya preformado por la palabra, por las tramas heredadas, estructurado en las narrativas.

 

Sin embargo, el mundo efectivo no responde a ninguna narrativa, tampoco lo explica alguna narrativa; el mundo no está preformado. Las interpretaciones que desprendemos son orientaciones en el camino; sobre todo, son fenomenologías de las significaciones. Ni las orientaciones ni las fenomenologías del sentido pueden decir la verdad sobre el mundo efectivo; están para adaptar, adecuar, equilibrar, mejorar, nuestras acciones y relaciones en el mundo y con el mundo. Son como se dice, simplemente instrumentos de sobrevivencia y de potenciamiento.

 

Las aproximaciones a la complejidad, sinónimo de realidad, requieren de distanciamientos, incluso de separaciones, con los paradigmas heredados, también de los simbolismos y alegorías simbólicas, que acompasan a los imaginarios sociales. Ciertamente, esta tarea no es fácil de cumplirla, pues las herramientas con las que contamos son las concomitantes con el lenguaje heredado. No se trata de inventar un lenguaje de la complejidad, ahora y aquí; esta tarea es de largo aliento y ocurre más por procesos de estructuras de larga duración, que por voluntad humana. Se trata, mas bien, de conjugar las herramientas heredadas, limpiadas de todo fetichismo, de toda pretensión de verdad, de todo absolutismo racional, de toda ideología, componiendo interpretaciones, que jueguen con los nudos de la complejidad articulada de la realidad efectiva, que jueguen, por así decirlo, con los nichos ecológicos. Interpretar, empero, sabiendo que la interpretación no es todo, tampoco la totalidad del mundo, sino que el más acá y el más allá de la interpretación es precisamente la contextura compleja del mundo efectivo en constante devenir.

 

En lo que respecta al acontecimiento político que atendemos, el de la victoria del No sobre el , respecto al Acuerdo de Paz, y que nos sorprende, por así decirlo, en su desenlace inesperado – usando el termino desenlace como metáfora, limpiado de pretensiones y connotaciones narrativas -, requerimos incorporar a la fenomenología de la percepción social la experiencia social y la memoria social política vividas en el presente manifiesto, en toda su incertidumbre, indeterminación y complejidad[34].

 

Dicho de otra manera, de un modo más pedagógico e ilustrativo, con todos los riesgos de reduccionismo que conlleva esto, es menester avanzar hacia los terrenos de lo desconocido del acontecimiento político, a los espacios-tiempos desconocidos de la complejidad, sinónimo de realidad efectiva. Para comenzar por algo, quizás una tarea no tan complicada, al principio, diremos que es indispensable describir los contextos concretos de las fenomenologías perceptuales singulares sociales, correspondientes a esos contextos; vinculadas a experiencias sociales singulares y memorias singulares sociales, que emergen de esos contextos concretos y de esas fenomenologías de la percepción singulares sociales.

 

Estos desplazamientos, que llamaremos metodológicos y epistemológicos, tan solo para describir dinámicas moleculares sociales y dinámicas molares sociales, correspondientes a contextos concretos, ya implica enfocar los fenómenos sociales imbricados de otra manera. Por ejemplo, una pregunta pertinente parece ser: ¿cuáles son las percepciones sociales formadas, que inciden en determinadas conductas y comportamientos políticos locales? ¿Cómo explicar las decisiones individuales y grupales que se toman? Las mismas que tienen efecto de masa; por lo tanto, inciden en los desenlaces molares e institucionales. La misma peculiaridad, relativa al problema que nos ocupa, el desenlace del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, puede ser dicha de esta manera: ¿Cómo explicar las decisiones individuales y grupales de los votantes por el No y los de la abstención, considerando los contextos concretos donde se emitió el voto o donde no se lo emitió?

 

Ciertamente, las respuestas a estas preguntas ameritan investigaciones empíricas, con proyección descriptiva. Esta es la tarea imprescindible si se quiere comprender el desenlace imprevisto; a diferencia de evitar comprenderlo, manteniéndose tercamente en una verdad consabida, que solo atina a explicar su extravío, señalando a la conspiración, a las “fuerzas oscuras” intervinientes, a la incomprensión de la situación por parte del pueblo. Esto no es comprender ni entender la complejidad de la realidad efectiva percibida; es nada menos que persistir en la auto-contemplación y autosatisfacción ideológica, con lo que se logra el goce de una supuesta centralidad, protagonismo o vanguardismo ilusorios, a costa de catastróficas derrotas políticas.

 

Es menester lograr obtener mapas, descriptivos del acontecimiento político singular, en cuestión. Sobre este substrato descriptivo, se pueden edificar interpretaciones adecuadas a la complejidad enfrentada; si se quiere, más tarde, elaborar teorías explicativas del acontecer político.

 

Ahora bien, otros enfoques, esta vez no dualistas, esquemáticos, causalista y linealistas, pueden incidir en el potenciamiento del activismo, en la incidencia política, que se propone liberaciones y emancipaciones sociales. Así mismo, se requieren de otros enfoques narrativos, cuando se conforman elucidaciones compartidas, pedagógicas, en función de explicaciones operativas, que salgan definitivamente del paradigma  de la tramática compuesta dualmente, donde se enfrentan héroes y villanos. Esta estructura de la narración de la epopeya ha ayudado, en las convocatorias del comienzo de la modernidad, de las luchas sociales iniciadas; empero, después, al cristalizarse, al volverse costumbre, ha terminado sirviendo como modelo narrativo para legitimar las dominaciones; para ungir al poder de gloria, que le faltaba. Pues ya estaba constituido por  maquinarias rutinarias, previsibles, burocráticas, destructivas, que se parecen más al descrédito y se encuentran muy lejos de la gloria.

 

No hay héroes ni villanos, salvo en las narrativas populares o en las películas estandarizadas. El partir de esta conjetura narrativa, convirtiéndola en premisa política, donde el que emite el discurso apologético se coloca en el centro, se unge del simbolismo del bien, que lucha contra el mal; se pretende héroe por antonomasia. Resuelve de antemano el sentido de los conflictos, pues al pertenecer al bien, a lo justo, al ser el héroe esperado, tiene de su lado, el apoyo divino, en unos casos, mas bien, religiosos, o el apoyo de la razón histórica, en otros casos, cuando se sustituye la religión por la política, a la providencia por las “leyes de la historia”.

 

Lo que parece que hay son dinámicas de fuerzas organizadas, asociadas, compuestas y combinadas, que se encuentran cartografiadas y atravesadas, definiendo espacios de poder estriados, por medio del trazado, las marcas, los códigos de las mallas institucionales intervinientes. Mallas institucionales que ordenan la concurrencia de las fuerzas; mallas institucionales que establecen las reglas del juego, que siempre tienen como objeto oscuro del deseo al poder. Los discursos juegan un papel de investimento imaginario, si se quiere, ideológico, en esta compulsa entre las fuerzas organizadas.  Ciertamente los discursos tienen papeles multifuncionales; efectivamente, en el substrato vital de las humanidades, tiene que ver con la tarea orientadora, interpretadora y operativa, relativa a las prácticas, a las acciones y relaciones sociales con el mundo efectivo. Empero, en la medida que se erige un orbe institucional, las mallas institucionales convierten a los discursos en emisores de la verdad institucional; paradigmáticamente del Estado.  Es más, en la medida, por así decirlo, que prolifera la disputa por el poder, por el asiento estatal, los discursos se convierten en proclamas y convocatorias, que buscan reunir y disponer de fuerzas suficientes como para hacer el asalto al palacio de invierno.  En la medida que la concurrencia se encuentra saturada por distintas tendencias, pretenciosas de la verdad y de la salvación del pueblo, los discursos sirven para ungir a los referentes personales de las fuerzas organizadas de la gloria simbólica, como irradiación histórica; algo así como continuación genealógica de los anteriores héroes martirizados.

 

Cuando se llega a esto, cuando el discurso, define el esquematismo dualista amigo/enemigo, y la política es definida por este esquematismo – lo que es la política institucionalizada -; cuando delimita el lado del bien respecto del lado del mal; cuando señala a los villanos como los enemigos, atribuyéndose el papel de héroes, para los que emiten el discurso; se ha llegado a una situación donde el mundo efectivo es sustituido por el mundo de las representaciones; en este caso, por el mundo circunscrito a la estructura de la trama de la epopeya. Para los fieles, este discurso no solo es verdadero, sino que explica la tragedia por la que tienen que pasar los héroes, en su entregada, sacrificada y larga lucha. Explica también las derrotas; se trata de las “perfidias”  y “artimañas” de las “fuerzas del mal”. El problema de esta narrativa ideológica, heredera de la epopeya, es que encierra a líderes, organizaciones, partidarios y fieles,  en su mundo de representaciones, que al estar restringido a esta interpretación delirante de héroes y villanos, termina desarmándolos ante los desafíos de las contingencias de la realidad efectiva, empujándolos a derrotas dramáticas  e incomprensibles para los apologistas.

 

 

En relación a la problemática planteada y a los desplazamientos metodológicos y epistemológicos a efectuar, para potenciar las acciones, el activismo, la convocatoria libertaria, teniendo como impulso vital el conjunto de afectos proliferantes a la vida, recurrimos a las tesis, ya en el pensamiento complejo, que enunciamos[35]. No estamos contra la razón, ni postulamos el irracionalismo, que es tan abstracto como la razón instrumental y la razón filosófica, sino que consideramos que la razón efectiva, la razón iluminista, la razón lucida y creativa, es la que está incorporada a la fenomenología de la percepción, la que forma parte de las dinámicas corporales. En este sentido, sin abrirnos a la complejidad fenomenológica de la percepción individual y social, postulamos – en el devenir comprensión, devenir entendimiento, devenir conocimiento, sobre el substrato del devenir intuición, en los contextos mutantes de la experiencia y la memoria social – que es indispensable conocer, potenciar, si se quiere, la facultad de conocimiento, para incidir en la realidad efectiva; en este caso, para trastrocar las estructuras de poder y liberar la potencia social. En este sentido, el conocimiento no es pues ideología, la que se edifica sobre un conocimiento pasado, sobre un conocimiento muerto; el conocimiento útil e indispensable es el conocimiento vivo, activo, vinculado al devenir del mundo efectivo, a la complejidad dinámica singular, en coyunturas singulares y en contextos concretos histórico-político-sociales-culturales. Se accede a este conocimiento en la medida que hay apertura a la complejidad; se clausura la posibilidad de este conocimiento, cuando se da lugar el encaracolamiento de los sujetos sociales en el mundo de las representaciones, circunscrito al tamaño de sus prejuicios.

 

 

Después del desenlace inesperado, los y las activistas libertarias, tenemos la tarea de abrirnos a la complejidad dinámica de las composiciones y combinaciones singulares de la formación-territorial-social colombiana; aprender de las experiencias y memorias sociales concretas, sobre todo, de las que tienen que ver con las conductas políticas que nos acaban de sorprender.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La polisemia de la paz

 

 

Hemos dicho que la paz es una idea, en el sentido kantiano; una construcción de la razón, un ideal. Aunque también construido por la esperanza. Sin embargo, hay que anotar que sus connotaciones se abren a la pluralidad semántica; dependiendo de la decodificación efectuada por distintos intérpretes sociales. Entonces estamos ante la polisemia de la paz, en el contexto de las concurrencias interpretativas. Si se supone como un promedio de sentido, que comparten todos, éste parece más una conjetura operativa, que efectiva. Sobre este supuesto compartido, que en la práctica no lo es, los grupos sociales se apropian del concepto de paz, atribuyéndole su propia interpretación.

 

Algunas preguntas orientadoras, podrían ser: ¿Cómo interpreta el gobierno el concepto de paz? ¿Cómo interpretan las FARC-EP la paz? ¿Cómo la interpretan los distintos estratos que votaron por el ? ¿Cómo la interpretan los distintos estratos que votaron por el No? ¿Cómo la interpretan los y las que se abstuvieron? ¿Cómo la interpretan las víctimas? Como se podrá ver la connotación del concepto de paz, si se quiere, la idea de paz, se abre a un abanico bastante grande. Por más que las interpretaciones se yuxtapongan en algunos o muchos casos; esto no borra la polisemia semántica de la paz.

 

Esta polisemia es importante tenerla en cuenta, al momento del análisis, pues, precisamente esta distribución connotativa es la que incide en las conductas políticas. Lo que es paz para unos es otra cosa para otros; es indispensable colocarse en esta múltiple hermenéutica social en juego, para comprender los comportamientos políticos; por ejemplo, al emitir el voto en el plebiscito o abstenerse.

 

Ahora bien, después de los resultados del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, que según las reglas del juego, ganó el No; es indispensable reflexionar sobre el resultado, no solamente desde las reglas del juego, sino sobre las señales y mensajes implícitos que manda este desenlace estadístico. Dijimos que es menester conocer las percepciones de los distintos estratos que votaron por el No; también dijimos que es necesario conocer las percepciones y la situación de los y las que se abstuvieron[36]. Esto para comprender la dinámica molecular social que converge en comportamientos políticos. Sin embargo, hay otros desplazamientos necesarios en el análisis de lo ocurrido. Enfocando desde la perspectiva democrática, por lo menos, de lo que debería ser, en el sentido de la legitimidad y legitimación política, siendo incluso el caso de la democracia formal e institucionalizada, vemos, que la masa estadística que ha ganado es la abstención; no exactamente el No.

 

Desde el punto de vista del enfoque de la democracia, el plebiscito no puede legitimar ni deslegitimar nada, pues la mayoría aplastante ha estado ausente en el plebiscito. Si el pueblo no está, en el sentido de la desmesura de la mayoría, que asume, representativamente, la expresión de la totalidad del pueblo, no hubo, efectivamente, ejercicio de la democracia; incluso bajo consideraciones formales e institucionales de la democracia. Ética y políticamente no puede realizarse la legitimación, ni lograrse la legitimidad de nada. En otras palabras, el ejercicio de la democracia está en crisis.

 

Quizás antes de pugnar sobre el Acuerdo de Paz, haya que exigir que se cumplan las condiciones de posibilidad del ejercicio de la democracia; por lo tanto, de las mecánicas políticas de la legitimación. No es aceptable, desde la perspectiva política, en sentido pleno, que grupos de poder, estructuras de poder, se apoderen de las decisiones políticas, de las representaciones, excluyendo al pueblo, hablando, paradójicamente, a nombre del pueblo.

 

Ciertamente, esta usurpación de la democracia, de la voz del pueblo, a través de la representación institucional, este forcejeo para legalizar las decisiones cupulares, en realidad, grupales, ha venido ocurriendo a lo largo de la historia política de la modernidad. Sin embargo, porque haya sido así no implica que también es explicable y aceptable lo acaecido en el plebiscito. El plebiscito, como desenlace político, muestra toda la carencia política de una democracia simulada.

 

Incluso, pongámonos en el caso hipotético, en ese “escenario”, tal como les gusta nombrar a los “analistas políticos”,  que hubiese ganado el – poco le faltaba -, tampoco podría el resultado ser legítimo ni legitimarse, pues sigue ausente de la participación la mayoría del pueblo colombiano. Esto es grave, solo considerando nada más que la legitimidad democrática. Todavía no incorporamos las condiciones de posibilidad de la realización del Acuerdo de Paz, de concretarlo. Algo que exige mucho más que las condiciones de posibilidad de la legitimación.

 

Sin embargo, esto es lo sorprendente, ocurre como cuando se conjetura un promedio de sentido, en la concurrencia de las interpretaciones; la conjetura implícita, perversa, por cierto, es que el pueblo está, de alguna manera, en el contingente de los votantes. Es como si en esta ausencia se edificara la susodicha democracia institucional, circunscrita a la arquitectura de la república de equivalencia de poderes; donde están estas instituciones que hacen al Estado, cuando falta precisamente el ejercicio deliberativo y de formación de concesos por parte del pueblo. Es pues, precisamente en la exclusión de la mayoría popular donde se logra ejercer esta democracia extraña, que tiene de gubernamentalidad; pero, nada de democracia, en el sentido pleno de la palabra.

 

Se podría decir, comentando, que la democracia anda mal. Pero, esto parece que a nadie le mella; pues los gobernantes siguen gobernando y decidiendo como si la mayoría del pueblo hubiera avalado todas sus decisiones políticas. Las elecciones se dan de manera rutinaria, como cumpliendo con una ceremonia del poder, que se unge de una legitimidad chuta. La política, en sentido restringido, institucional, se efectúa con “normalidad”, sobre substratos, por así decirlo, de anomalías democráticas. Todo el mundo sabe que esto no está bien o, si se quiere, matizando, no está del todo bien; sin embargo, se sigue adelante sobre este mal funcionamiento de la máquina política. ¿Acaso no hay consciencia que una máquina que funciona mal es peligrosa? Conlleva el riesgo de desbarrancarse.

 

¿Queremos la paz? ¿Queremos parar la guerra permanente? ¿Lo vamos a lograr con un Acuerdo de Paz? Que después de ser anulado por la victoria del No, se trata de reformarlo, en convenio con otros participantes incorporados a posterioridad, participantes que tienen la peculiaridad de haber promocionado el No. ¿Por qué no se incorporan a los del , que no necesariamente hay que asimilarlos a las irradiaciones ideológicas de las FARC-EP? ¿Por qué no incorporar a los y las de la abstención? ¿Por qué no incorporar a las víctimas? ¿Por qué no incorporar a los y las jóvenes colombianas, a las composiciones sociales vitales de la sociedad colombiana? ¿Por qué restringirse a los que tienen el monopolio de la representación, también el monopolio de la fuerza de las armas? No solamente refiriéndonos al Estado-nación, a las FARC-EP, sino a las organizaciones paramilitares. Este desconocimiento taxativo del pueblo, en sus múltiples expresiones, composiciones, singularidades, habla mucho de no solo la usurpación de la palabra y de la voluntad popular, sino, sobre todo, de los métodos de dominación, de exclusión de las mayorías, justamente cuando se hacen las cosas a nombres de ellas. 

 

¿Por qué pueblos tan vitales, tan intensos, en las expresiones sociales de la vida cotidiana, del arte, de la cultura, de los perfiles transgresores o, matizando, propios, deja que le usurpen la requerida construcción colectiva de la decisión política? ¿Por qué dejan que les impongan una democracia chuta, una democracia simulada? ¿Deja esta banalidad grotesca del forcejeo por el poder, de la concurrencia estridente de la clase política, a los señores y doctorcitos megalómanos y engreídos, que son nombrados como líderes? Hay que preguntarse multitudinariamente esto.

 

Como lo dijimos varias veces, el secreto del poder y las dominaciones, no se encuentra en la disponibilidad de fuerzas del Estado, en el acceso al asiento simbólico del poder, el gobierno, no se encuentra en los que dominan, sino en la renuncia a seguir luchando, por parte del pueblo; a esto hemos llamado deseo del amo[37]. Aunque no lo sepan los gobernantes, los dominadores, apuestan a esta docilidad de parte del pueblo. Si bien llegan a creer que ellos se merecen el poder, ya sea por “naturalidad”, por herencia o habilidad y astucia, o, si se quiere, por ser portadores de la palabra del pueblo, esto es más creencia e imaginario, que efectiva dinámica del poder. El secreto de la dominación se encuentra en la renuncia a luchar por los derechos conquistados, por el ejercicio de la democracia, incluso en sentido restringido; mucho más si se trata del ejercicio de la democracia en sentido pleno; es decir, como autogobierno.  

 

 

 

 

 

La realidad diseminada

 

 

 

 

 

 

¿Qué es la realidad? Pregunta vieja, aunque siempre renovada. Ahora nos interesa repetirla en relación a las formas sociales dispersas de percibir la realidad; más aún, de representársela. Sobre todo, cuando las imágenes y las representaciones sociales diseminadas muestran otra dispersión, la del tiempo. Resulta que ocurre como si asistiéramos a distintos tiempos o temporalidades vividas en el mismo momento o coyuntura. Unos grupos o estratos sociales asumen de su percepción compartida una forma de realidad que, de acuerdo a la composición interpretativa e imaginaria, el núcleo radica en tópicos dramáticos donde la institución de la familia se encuentra amenazada, por un mundo que ha perdido los valores y la fe. Otros colectivos o perfiles sociales asumen sus percepciones compartidas en otra forma de realidad; esta vez, más dramática. Conciben que la evidencia de esta realidad es que se trata de un mundo duro y cruel, al que solo se puede responder con brutalidad y violencia, si se quiere sobrevivir. Otro perfil, mas bien, vecino o colateral, considera que el mundo se mueve por el dinero y el poder; en consecuencia, la clave es lograr riqueza, a como dé lugar, y acceder al poder, por la fuerza o la astucia. Sin ser minuciosos en esta descripción, rápida y suscita, diremos que en esta secuencia, se puede mencionar a los estratos, por así llamarlos, privilegiados; en lo que respecta al más tradicional, sus percepciones son asumidas en narrativas familiares, que incluyen el prestigio ganado y las propiedades heredadas; el mundo es lastimosamente una estructura de diferencias, que separa privilegiados de pobres. La tarea es conservar los privilegios, preservar las tradiciones y las diferencias sociales; la versión católica de esta cosmovisión aristocrática propone asistencia para los pobres. En los estratos privilegiados también se encuentran perfiles, grupos y colectivos, mas bien, modernistas, por así decirlo; en este caso, el mundo exige la modernización del país, del Estado, de la sociedad, de la educación y de los comportamientos sociales. Desde esta perspectiva, la tarea es modernizar las instituciones, garantizar la institucionalidad liberal, el Estado de Derecho, incluso, ampliar derechos.

 

En contraste, están los otros estratos, colectivos y perfiles, sociales, más numerosos, que asumen la experiencia social en la crudeza de sus fenómenos manifiestos; los relativos a las necesidades insatisfechas, a las penurias, que limitan y postergan, incluso condenan. En estos estratos sociales se han constituido memorias sociales, que recogen las remembranzas de sus luchas por satisfacer sus demandas. En las formas más elaboradas, las memorias apuntas a la utopía, como constructo de la esperanza social. También, en estos casos, pues no es uno, sino muchos, en su variedad, el mundo es desafiante y hasta injusto; de lo que se trata es enmendarlo; hacerlo justo. No vamos a detenernos en los distintos discursos de la promesa, tanto místicos como políticos; pues, ahora, no se trata de eso, sino de describir, brevemente, como ejemplos, distintos recortes de realidad, si se quiere distintas realidades representadas por los diferentes estratos sociales.

 

En relación a esta diáspora perceptual y representativa de la realidad, tenemos, por así decirlo, construcciones ideológicas, que funcionan tanto operativamente, así como formas discursivas y enunciativas, que convocan, buscan convencer, además de legitimar sus actos y prácticas. En estos casos, las formas de realidad asumidas son más amplias, más estructuradas; incluso, conectando varias otras formas de realidad, asumidas por los estratos sociales. Sin embargo, a pesar de esta proyección de mayor alcance, no dejan de ser formas de realidad, construidas desde predisposiciones conjugadas, combinadas y compuestas; si se quiere, no dejan de ser formas de realidad asumidas y configuradas desde las intencionalidades sociales convergentes. Lo que decimos, no es tanto como crítica, señalando las limitaciones de estas narrativas y representaciones del mundo, sino para comprender el funcionamiento de lo que llamamos la realidad diseminada.

 

La realidad, de la que hablamos, también sufre, por así decirlo, de polisemia. La realidad no es la misma para uno u otros, aunque digamos que independientemente de las representaciones, la realidad es única. Lo que ocurre es que ésta es también una conjetura práctica, aunque se la pueda proponer científicamente, pues la realidad no se separa de las percepciones, menos de las fenomenologías de las percepciones sociales. Si bien para los científicos – esta es otra conjetura, además equivocada, pero, la mantenemos por razones expositivas, mientras tanto – la realidades física, matemáticamente demostrable, además de la certeza de las sensaciones; en consecuencia, una totalidad explicable; las sociedades, aunque se informen y se formen en estas constancias científicas, no dejan de asumir la realidad desde sus fenomenologías perceptuales singulares.

 

Es así como podemos, por lo menos, sugerir alguna explicación hipotética sobre el comportamiento político de un estrato que votó por el No, que asumió el desafío del plebiscito por el Acuerdo de Paz como una amenaza a la familia. Es decir, en otras palabras, esquematizando, lo urgente no era responder a la demanda de paz, con un o un No, sino defender a la familia, a los valores, a las buenas tradiciones, de la amenaza contenida, supuestamente, en el Acuerdo de Paz; que según estas impresiones diluía la familia, dando lugar a formas grupales parecidas a lo que pasó en Sodoma y Gomorra.

 

No se trata de discutir aquí, cuan equivocados están, tampoco poner en evidencia el papel de los conservadurismos, ateridos en parte del pueblo; este es otro tema, que de alguna manera tratamos en otros escritos[38]. Lo que importa ahora es constatar y comprender esta diseminación de la realidad, además del efecto fáctico en la incidencia de los eventos.  ¿Cuál es el problema? Como dijimos antes, en otros ensayos, no se trata de juzgar, que es otro rol y función del ejercicio del poder, sino de comprender los funcionamientos de la complejidad, sinónimo de la realidad efectiva[39]. El problema es que no se toma en cuenta esta dispersión de la realidad, asumida representativamente por los estratos sociales. Se descalifica, de entrada, sus concepciones de mundo, desde la jerarquía y la “objetividad” de los “saberes científicos”, incluso, incluyendo a los saberes filosóficos modernos. En primer lugar, estos “saberes científicos” y filosóficos no dejan de ser, como dijimos, otras formas de realidad, aunque más elaboradas, más amplias y estructuradas. En segundo lugar, no se puede desechar a nombre de la “objetividad”, esta patente manifestación de fenomenologías sociales singulares, que forman parte, a pesar de esa “cientificidad” aludida o reclamada, de la denominada realidad. El descartar estas fenomenologías sociales no habla muy bien de la “objetividad” y “cientificidad” de estos saberes, pretendidamente rigurosos. Por eso, se puede explicar sus descomunales errores, tanto en sus pronósticos como en sus concepciones de mundo.

 

Estamos pues ante una realidad diseminada, desde la perspectiva dispersa de las fenomenologías de la percepción sociales singulares. Desde la perspectiva de la complejidad, avanzamos a enfoques de la simultaneidad dinámica integrada. Desde la premura de avanzar en la resolución de problemas, desde la perspectiva de la complejidad, la pregunta sugerente, aunque dicha teóricamente, si se quiere, especulativamente, es: ¿en complejidades sociales, articuladas e integradas, aunque no lo parezcan, a las miradas de estas formas de realidad, de las que hablamos, cómo se incide en la sincronización de la totalidad social, buscando armonizaciones, no solo sociales, sino también ecológicas?

 

En otro texto planteamos un tema, cuya circunstancias pueden ser hipotéticas y hasta anecdóticas, empero, tiene valor ilustrativo y pedagógico. Dijimos que si los enemigos que se van a enfrentar en la guerra, se conocieran, antes de enfrentarse y buscar matarse, resultaba difícil, que después de familiarizarse con lo que es el otro, quebrando sus estereotipos y estigmatismos, que puedan matarse y asesinarse. Parece que un paso indispensable, en relación a la pregunta que hicimos, es que es menester conocerse, comunicarse, ver y sentir a los y las otras, para tomar en cuenta sus experiencias singulares, sus fenomenologías perceptuales singulares, que derivan en sus representaciones, en sus imaginarios y narrativas. La experiencia de semejante hermenéutica social, puede quizás ayudar a comprender mejor el funcionamiento del mundo efectivo en el que vivimos.

 

No se trata de bondades, de almas bellas, de romanticismos, de pacifismos, que durante la modernidad fueron expresiones sugerentes y de apertura,  sino de recuperar la capacidad comunicativa con los seres; que hemos perdido, en algún momento del camino de la hominización, después, de la humanización. Comencemos la comunicación entre los humanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Actualización del conflicto y de la guerra permanente latente

 

 

 

 

 

 

 

La movilización es un acontecimiento que expresa la crisis de manera desmesurada y desenvuelta, desplegando, desde adentro hacia afuera, por así decirlo, del interior al exterior, para decirlo de otra manera, de las entrañas a la piel, usando metáforas corporales. La movilización en Colombia, el Paro Nacional, manifiesta la misma característica, el mismo modus de las dinámicas moleculares y molares sociales, solo que lo hace de manera singular, única, de acuerdo a las circunstancias y condiciones de posibilidad histórico-políticas de la coyuntura. El contexto histórico-político-económico-social-cultural de la formación social colombiana, en la coyuntura, recoge, de sus genealogías de poder, el ciclo largo de la guerra permanente. Guerra intermitente, reiterada y repetida, soterrada y abierta, que ha atravesado la historia social y política de Colombia. En el Paro Nacional se ha vuelto a expresar la guerra permanente, sus sinuosas secuencias, sus decursos complejos, sus entramados abigarrados. Después de que el gobierno títere de Iván Duque, títere del jefe consumado de los Cárteles, Álvaro Uribe, incumplió sistemáticamente con el Acuerdo de Paz, el pueblo se movilizó; desatándose esta movilización contra la propuesta gubernamental antisocial y antipopular de la reforma tributaria.

 

La represión gubernamental no se dejó esperar, sacó a la policía, a los dispositivos contrainsurgentes urbanos, incluso al ejército, cuando arreció la movilización, cuando se expandió y se intensificó. Suman los muertos, los heridos y desaparecidos, ejecutando una guerra no declarada contra el pueblo y la sociedad. Entonces la guerra permanente continua sus decursos dramáticos y trágicos.

 

Una sociedad corresponde a una composición singular, cuya estructura o, mejor dicho, estructuras subyacentes, le otorgan un perfil determinado, con ciertos desplazamientos históricos. Esta peculiaridad es la que la hace propia o, si se quiere, particular. Lo que debe llamar la atención son sus estructuras mismas, la persistencia de estas estructuras que, aunque se vean avasalladas por irrupciones violentas, por trastrocamientos, incluso revoluciones, se mantienen, a pesar de que cambien las fachadas de la arquitectura.

 

Hay una frase popularizada en la canción que dice: Todo tiene que cambiar para que nada cambie. Esa es la imagen adecuada a la paradoja del cambio político, que se expresa en la alocución cantada de la sabiduría popular. Es decir, la imagen corresponde a la persistencias de las estructuras de la arquitectura del poder, a pesar de los movimientos desenvueltos, interpeladores, reformistas, incluso revolucionarios. Este son el problema y el tema cruciales que se deben analizar, pues se evidencian en los desenlaces, donde se manifiesta la paradoja de la revolución; después del desborde de la desmesura de la movilización social interpeladora, incluso demoledora, las estructuras subyacentes no solo se mantienen, sino, que en la medida que persisten, hacen retornar la distribución de las composiciones a los sitios asignados con prelación performativa. ¿Ésta es una condena? ¿Una fatalidad de la que no se puede escapar? Ciertamente, no se puede aceptar esta hipótesis pesimista y trágica. Lo más apropiado parece ser inclinarse por el enunciado de que las sociedades y pueblos no sale fácilmente de los ciclos viciosos, donde se encuentran entrampados, uno de éstos es el ciclo vicioso del poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Descripciones de la coyuntura  

 

Iván Duque Márquez, conservador, de la coalición política de Álvaro Uribe Vélez, asume la presidencia en el 2018, después de ganar las elecciones nacionales, cuestionadas. Lo primero que hace su gobierno es incumplir sistemáticamente el Acuerdo de Paz, al que boicotea continuamente. Hasta el momento los exguerrilleros, dirigentes sociales, dirigentes indígenas, activistas asesinados se aproximan a los tres centenares. Se trata de un gobierno, al estilo del gobierno de Álvaro Uribe, sostenido por paramilitares, además del ejército nacional y la policía, contando con dispositivos de intervención al estilo del terrorismo de Estado como el ESMAD; un gobierno, cuya parte del excedente administrado proviene de la producción ilícita del narcotráfico, producción y distribución manejado por los Cárteles, encubiertos por la malla institucional del Estado. Desde el 2020 han estallado conflictos y movilizaciones contra el gobierno, convirtiéndose la asonada social en nacional, expandiéndose e intensificándose en todo el país; el 2021 alcanza el conflicto social y la movilización elevados niveles de confrontación, así como arrecia la represión y el terrorismo de Estado contra la población movilizada.

 

El paro nacional adquirió connotación política nacional. El pliego de peticiones de emergencia que presentó el Comité Nacional del Paro ante el Ejecutivo aglutinó demandas de carácter coyuntural, así como también de alcance histórico. Respecto a la pretendida reforma tributaria, que recarga el peso de la crisis en los hombros del pueblo, la exigencia social es el del retiro del proyecto de reforma tributaria, convirtiéndose este pedido en  uno de los ejes del paro nacional. A esta exigencia nacional se  sumaron otras reivindicaciones, como la relativa a la gratuidad en la educación superior pública, también se añadieron otras demandas manifestadas en luchas sociales del pasado.

 

Si se compara el paro nacional con otras movilizaciones sociales dadas en la historia reciente, se destaca la trascendencia que ha tenido la movilización de 2021 en Colombia. Anadolu Mauricio Archila Neira, profesor de la Universidad Nacional de Colombia e investigador del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP), en una entrevista, dijo que “el Paro Cívico Nacional de 1977 fue la gran jornada de la segunda mitad del siglo XX, la primera fue sin duda el Bogotazo (1948). Este paro fue muy grande, pero duró dos días en Bogotá y un día en la mayor parte del territorio. Hubo diecinueve muertos en la capital y dos o tres en el resto del país; comparado con el paro actual, fue bastante pacífico”. De acuerdo con Archila Neira, la aparición de la violencia paramilitar en la década de 1980 inhibió a los movimientos sociales. A diferencia del período de La Violencia (1925-1958) entre liberales y conservadores, no fue de tipo partidista, sino que consistió en la complicidad del Estado y grupos armados ilegales para eliminar a guerrillas, entre ellas las desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP). También dijo que “la teoría de los paramilitares era la del pez en agua. El agua era la población civil y para acabar a la guerrilla había que destruir entonces a las organizaciones sociales”. “Los movimientos sociales se debilitan mucho porque asesinan a sus dirigentes, destruyen las organizaciones, erradican a sangre y fuego la protesta. Hay zonas que se pacificaron a sangre y fuego por parte de los paramilitares, a veces incluso por efectivos del Ejército, la Policía, la Armada y el DAS (Departamento Administrativo de Seguridad)”. Según la base de datos de luchas sociales en Colombia de CINEP, la protesta social en el país empezó a reactivarse a partir de 2006. “En 2011 tuvimos a la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE), que logró derrotar un proyecto de ley del Gobierno de Juan Manuel Santos, que pretendía modificar la regulación del sistema de educación pública. Ese fue un movimiento exitoso, básicamente estudiantil; así contó con el apoyo ciudadano. Durante 2013 hubo un paro agrario, es cuando comenzó a visibilizarse lo que estamos viendo recientemente. Hubo bloqueos en algunas vías, aunque no de carácter permanente”. Durante el año de iniciación del presidente Duque Márquez (2018), los estudiantes de las universidades públicas llevaron a cabo una gran movilización, movilización que obligó a la suscripción de compromisos por parte del Gobierno nacional, que, como de costumbre, se incumplieron. Posteriormente, los sectores sociales ahora reunidos en el Comité Nacional del Paro convocaron a movilizaciones el 21 de noviembre de 2019, las cuales se extendieron de manera intermitente hasta el 21 de febrero de 2020. En el contexto regional, en Colombia, se han desatado protestas de duración prolongada e intensidad alta.  Cada desplazamiento de la movilización social de este año corresponde a algún momento previo, pero nunca con la participación abierta de multitudes, que se sostuvieron casi ininterrumpidamente. “El Comité planteó un pliego de emergencia el 20 de junio del año pasado, pero ante la no respuesta del Gobierno llevaron a cabo la convocatoria del 28 de abril. Creo que ni los mismos organizadores esperaban que iba a haber esa acogida tan fuerte y desbordante. Lo que hemos vivido ha sido algo inusitado y sorprendente, pero hay antecedentes”.

 

A propósito del Paro Nacional Sammy Palomino Uribe escribe:

La base de datos del CINEP permite identificar los elementos constantes que han incentivado las luchas sociales en Colombia. Los tres grandes acicates de la protesta son: las políticas del Estado -respecto al modelo de desarrollo económico, por ejemplo-, las violaciones de derechos humanos y los incumplimientos gubernamentales. De hecho una quinta parte de las protestas se dio por incumplimientos del Gobierno. Entre los más recientes se encuentran denuncias de la omisión de parte de los acuerdos de paz con las FARC-EP o lo concertado con el sector estudiantil en 2018. El profesor Archila Neira aseveró que las movilizaciones sociales continuarán en el país mientras no se solucionen los aspectos estructurales a propósito de la violencia armada y la desigualdad y la pobreza, que se derivan del que define como modelo económico dominante. Incluso las movilizaciones de 2021 no han llegado a su final. El pasado 15 de junio el Comité Nacional del Paro, que representa a 26 de los sectores que han participado en las protestas, anunció la interrupción temporal de las manifestaciones, aunque iniciativas independientes han continuado las históricas convocatorias[40].

Las protestas en Colombia  de 2021, autodenominadas Paro Nacional, llamadas por algunos medios de comunicación como “estallido social”, corresponden a una serie de manifestaciones desencadenadas contra el proyecto de reforma tributaria, propuesto por el gobierno de Iván Duque. Movilizaciones desplegadas con el objetivo de lograr la eliminación de reforma tributaria, las movilizaciones y protestas fueron intensificándose y expandiéndose contra la violencia policial. También hay que considerar la retoma de demandas sociales acumuladas, desplegadas en acciones concretas de protestas y movilizaciones, buscando soluciones conculcadas por la burocracia gobernante. Estas problemáticas sociales se iniciaron 18 meses antes en el Paro Nacional de 2019-2020. Las protestas se manifiestan de manera interrumpida desde el 28 de abril de 2021;  fueron convocadas por el denominado Comité Nacional de Paro, Comité conformado por sindicatos y centrales obreras, las mismas que ya habían convocado las protestas en Colombia de 2019-2020, a las cuales se han sumado otros sectores sociales.

 

 

Santiago Torrado escribe en El País que Amnistía Internacional encuentra, en su informe, un “patrón violento” en el comportamiento represivo del gobierno contra las protestas y movilizaciones sociales en Colombia:

 

Los jóvenes manifestantes en las calles de Cali, la tercera ciudad de Colombia, sufrieron una “represión violenta” a manos de la fuerza pública y de civiles armados en medio de las protestas mayoritariamente pacíficas contra el Gobierno de Iván Duque de los últimos meses, señaló este viernes Amnistía Internacional. Después de revisar reportes y denuncias, en un proceso que incluyó la verificación digital de abundante material audiovisual, la ONG considera que “las violaciones de derechos humanos y crímenes de derecho internacional” cometidos por miembros de la fuerza pública “no son hechos aislados o esporádicos, sino que responden a un patrón de accionar violento, destinado a infligir miedo y desincentivar la protesta pacífica”.

Amnistía Internacional hace un recuento de un saldo al que ya han aludido diversas organizaciones de derechos humanos – aunque los números varíen según la fuente – que han denunciado la muerte de al menos 28 personas desde el 28 de abril como resultado del “accionar ilegal” de la fuerza pública en el marco de todo tipo de manifestaciones. Las protestas, detonadas en un primer momento por una fallida reforma tributaria, ya han amainado. A ese balance se suman al menos 90 casos de lesiones oculares, 28 de violencia sexual y cerca de 2.000 detenciones arbitrarias, así como más de 300 desaparecidos, según el informe Cali: En el epicentro de la represión. También documenta las agresiones de grupos de civiles armados, “quienes, acompañando a agentes de la Policía Nacional, y con su aquiescencia y tolerancia, atacaron a manifestantes y personas defensoras de los derechos humanos, constituyendo así expresiones de paramilitarismo urbano”.

Cuando se cumplía un mes de las protestas y disturbios a finales de mayo, luego de una nueva jornada de caos y violencia, el presidente Duque ordenó militarizar varias ciudades del país, entre ellas Cali, la capital del departamento del Valle del Cauca, sobre el corredor del Pacífico. “La presencia de militares con más de seis décadas de formación para responder al conflicto armado, en las calles de centros urbanos, lejos de dar un mensaje de diálogo, avivó las protestas”, señala el documento, que se concentró en esa urbe “caracterizada por la desigualdad, la exclusión y el racismo estructural” debido a la dimensión de la crisis allí y las muchas denuncias. “Cali muestra las luces y sombras de un país atravesado por la desigualdad y la lucha orgullosa y valiente, creativa y diversa de sus comunidades, que resisten y exigen vivir en un país más justo”, apunta la ONG.

Aunque el Gobierno echó a andar la que califica como una “transformación integral” de la policía, sus anuncios no contemplan sacarla de la órbita del Ministerio de Defensa para fortalecer los mecanismos de control y el liderazgo civil, como han recomendado varios expertos y la propia CIDH. “Esperamos que el proceso de reforma policial, anunciado por el presidente Duque, no sea solo una promesa de papel, sino que incluya las reformas ordenadas por la Corte Suprema de Justicia en septiembre de 2020 y un cambio en el modus operandi represivo de la Policía Nacional frente a las manifestaciones pacíficas”, subrayó Guevara Rosas. Amnistía Internacional recomienda a las autoridades colombianas, entre varias medidas que ya han aconsejado diversas organizaciones, reconocer el carácter mayoritariamente pacífico de las manifestaciones, evitar estigmatizar las protestas y retirar a las fuerzas militares de las operaciones de orden público[41].

 

La interpretación del conflicto

 

La interpretación del conflicto en Colombia se enuncia de la siguiente manera: La actualización del conflicto se caracteriza por la actualización de la guerra permanente, que de latente pasa a ser manifiesta de manera intermitente. La interpretación y análisis puede realizarse a partir de un triángulo conceptual, que conecta tres ejes, ángulos y perspectivas, aristas, es decir puntos de conexión y convergencia; estos referentes son las dinámicas sociales, las estructuras subyacentes y los ciclos. Debemos analizar los hechos, los sucesos, los eventos y los acontecimientos, a partir de este triángulo conceptual de la composición dinámica y estructural del acontecer social. Acontecer social que muestra sus realizaciones en el contexto de los procesos del acontecimiento; desde esta perspectiva, en los diferentes aconteceres sociales, por ejemplo, en el acontecer político y, también, obviamente, en el acontecer económico y en el acontecer cultural. Sin embargo, lo que nos importa, ahora, es interpretar y analizar el acontecimiento social. Para tal efecto, usaremos como instrumento hermenéutico este triángulo conceptual.

 

Diremos lo siguiente, a propósito del desenvolvimiento o, si quiere, de la decodificación de las marcas, huellas, símbolos y signos de las prácticas sociales y de las formaciones discursivas: Primero, debemos comenzar el análisis desde las dinámicas moleculares y molares sociales, que son lo efectivo, lo dinámico, lo vibrante, de la realidad efectiva; en consecuencia, del recorte en la realidad efectiva social. Sobre este substrato se erige la estructura, por lo tanto, se erigen las estructuras sociales subyacentes, que pueden ser llamadas también estructuras estructurantes. Las estructuras subyacentes emergen, si quiere, de la rutina, de la repetición, de la constancia y permanencia de las relaciones sociales, que se establecen a través de las prácticas. Estas estructuras son claves para comprender el efecto de composición que tienen sobre las dinámicas sociales; en otras palabras, las estructuras ordenan, orientan y distribuyen la composición social, dando lugar a una suerte de consolidación de comportamientos y conductas, esquemas de comportamiento y esquemas de conductas. Esquemas que derivan en conformaciones estables que, después, van a ser concebidas institucionalmente. Dicho de otra manera, las estructuras subyacentes se realizan como instituciones, conformando, a su vez, mallas institucionales. Las instituciones son también estructuras, empero, visibles, además codificadas, asumidas como sistemas de orientación social, así como sistemas codificados, que, en su “evolución”, por así decirlo, se convierten en sistemas políticos que, a su vez, suponen estructuras de poder. Entonces tenemos toda una estratificación de las estructuras, desde las estructuras subyacentes hasta las instituciones, pasando por estructuras manifiestas y estructuras de poder.

 

En consecuencia, visto el contexto complejo de las relaciones de retroalimentación entre dinámicas sociales y estructuras sociales, podemos comprender que pasamos de las dinámicas sociales, en términos de vibraciones o flujos, de manifestaciones constantes, de prácticas, a dinámicas estructurales, que inciden en los comportamientos y en las conductas; también inciden en la propia conformación, consolidación y despliegue de las propias estructuras sociales.

 

Teniendo en cuenta este panorama, podemos pasar a la consideración de los ciclos. Los ciclos se dan en el contexto de esta retroalimentación entre dinámicas y estructuras sociales. Un ciclo no es una repetición, tampoco una temporalidad; un ciclo supone la variación, el cambio, la modificación y de transformación misma del contexto, definido por las dinámicas y las estructuras. En este sentido, el ciclo aparece como la configuración de un desplazamiento, que se define desde su principio hasta su final, coincidiendo, de alguna manera, este principio y su final, debido a la curvatura misma del ciclo. En otras palabras, todo el movimiento en el cicloderiva en el desenlace. Tal parece que hablamos de una trama, pero, ciertamente, no se trata de una narrativa, sino de un entramado, si se quiere, dicho de una manera más simple y esquemática, se trata de una trama fáctica, que puede ser interpretada por una narrativa discursiva.

 

El secreto está en las dinámicas moleculares y, obviamente, en la medida que las dinámicas moleculares adquieren connotación, incidencia, expansión e intensidad se vuelven dinámicas molares; en el transcurso adquieren las características estructurales y adquieren también las características institucionales, obviamente que suponen las estructuras de poder. Entonces, en estas circunstancias y condiciones desenvueltas, lo que tenemos es, como hemos dicho, una retroalimentación, entre las dinámicas sociales y las estructuras sociales; por lo tanto, como se puede ver, estamos ante procesos de complementariedad expansiva.

 

Las dinámicas moleculares corresponden, como en el caso de la teoría de sistemas, sobre todo, de la teoría de sistemas autopoieticos,  a las operaciones de clausura, es decir, la base misma de la construcción del sistema; sin embargo, en el caso de las dinámicas moleculares y su relación con las estructuras sociales, lo que tenemos, más bien, son operaciones de apertura. En otras palabras, las operaciones de apertura, en las dinámicas moleculares, corresponden, de manera simétrica, a lo que son las operaciones de clausura en la teoría de sistemas autopoieticos. En este sentido, tienen otras connotaciones conceptuales y repercusiones teóricas.

 

A lo que apuntamos es a hacer hincapié en el sustrato mismo de las dinámicas moleculares que, después, adquieren expansivamente y asociativamente las características de dinámicas molares. Queremos decir que el secreto del funcionamiento y la actividad social se encuentra en estas dinámicas moleculares y molares sociales, en estos procesos articulados e integrados, que tenemos que tomarlos en cuenta o asumirlos como multiplicidad de singularidades, es decir, como característica propia del acontecimiento mismo. El secreto se encuentra en este bullir, este fluir de las dinámicas, donde se dan lugar conformaciones o densidades coagulantes, se dan lugar concentraciones y concreciones; las dinámicas redundan, se concentran y concretizan en espesores dinámicos. 

 

En términos del Método de Edgar Morin, se dan bucles, que actúan sobre sí mismos, retienen la energía, evitando la entropía, así como evitando la disolución expansiva, si se quiere, la propia diseminación.  Es cuando podemos hablar de composiciones y, sobre la base de estas composiciones, de estructuras. Las estructuras no son nada, no existirían, sin las dinámicas moleculares y las dinámicas molares.  Lo mismo podemos decir, por inducción, de las instituciones; la instituciones serían nada sin las dinámicas moleculares. Entonces, debemos preguntarnos sobre las consecuencias de esta relación entre dinámicas y estructuras sociales; la pregunta es: ¿Por qué las estructuras sociales, que sirven para consolidar, potenciar, aprovechar, las mismas dinámicas moleculares, terminan convirtiéndose en obstáculos de las mismas dinámicas? Cuándo persisten más allá de un primer ciclo, más allá, incluso de un segundo ciclo, cómo si respondieran, de la misma manera, a la retroalimentación con las dinámicas moleculares, que las fundan. Sin embargo, esto ya no ocurre en un segundo ciclo; las condiciones de posibilidad han cambiado, las circunstancias han cambiado, el contexto ha cambiado y, obviamente, la coyuntura ha cambiado. En este segundo ciclo y más allá de este segundo ciclo las estructuras se vuelven obsoletas, anacrónicas, se convierten en obstáculos políticos, culturales, económicos y, obviamente, se vuelven obstáculos existenciales frente a las mismas dinámicas sociales, que comprenden tanto a las dinámicas moleculares, así como a las dinámicas molares. Es cuando propiamente podemos hablar de las condiciones de imposibilidad de las estructuras persistentes que, sin embargo, persisten obsecuentemente; es cuando podemos hablar de crisis en el desenvolvimiento mismo social. Crisis que adquiere connotaciones en el campo político, en el campo cultural, en el campo económico, es decir, en todos los planos de intensidad de los campos sociales. Entonces, la relación entre estructuras sociales y dinámicas sociales se vuelve perversa, puesto que las estructuras actúan en contra de las propias dinámicas; por lo tanto, nos encontramos ante el entramado perverso de ciclos perversos, de círculos viciosos.

 

Hemos hablado, en otras exposiciones y en otros ensayos, del círculo vicioso del poder; en realidad, es uno de los círculos viciosos, hay otros más, el círculo vicioso ideológico, el círculo vicioso institucional, el círculo vicioso del Estado; hablamos de los distintos círculos viciosos, que se convierten en obstrucciones para el desarrollo dinámico de la sociedad y de la vida. La crisis, entonces, se convirtió en una amenaza para la pervivencia y subsistencia de la sociedad; una sociedad vital se convierte en una sociedad enferma. En consecuencia, inicia su camino a su propia desaparición, a la muerte. La pregunta es: ¿Cómo podemos salir de los círculos viciosos y de los ciclos perversos que los contienen? La salida de los círculos viciosos y de los ciclos perversos se encuentra en las posibilidades y en la potencia de las dinámicas sociales, las dinámicas sociales pueden salir de los círculos vicioso y de los ciclos perversos cuándo eviten que las estructuras sociales se fosilicen, se institucionalicen más allá de la temporalidad aconsejable.

 

Para que esto ocurra las dinámicas sociales deben desvincularse de las estructuras sociales, sobre todo de las estructuras institucionales y, más que nada, de las estructuras de poder. Los desplazamientos y desenvolvimientos de las dinámicas sociales deben efectuarse a partir de la propia potencia social liberada. De tal manera que se crean nuevas condiciones de posibilidad para la emergencia de nuevas estructuras. Esta vez, teniendo en cuenta la historia política de la modernidad y las paradojas de la revolución, se trata de conformar y configurar dinámicas estructurales fluidas y abiertas a constantes adaptaciones, adecuaciones y transformaciones, dependiendo de las proyecciones de la propia vitalidad creativa de la potencia.

 

La crisis colombiana, el conflicto actualizado, la guerra permanente, renovada por la compulsión del terrorismo de Estado, tiene salida en la perspectiva de la liberación de las dinámicas moleculares sociales, en las proyecciones abiertas por la potencia social. La autogestión y el autogobierno son los referentes inherentes de la misma movilización social.

 

Notas

 

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político. También Antiproducción. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/acontecimiento-politico-/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/antiproduccion/. También en Amazon:  https://kdp.amazon.com/bookshelf.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza La guerra al interior de la periferia. También La “ideología” de la autocomplacencia.  Dinámicas moleculares; La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/guerra-al-interior-de-la-periferia/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-ideologia-de-la-autocomplacencia-lecciones-de-la-guerra-del-chaco/.

[3] Ver de Gilles Deleuze y Félix Guattari Mil mesetas. Pre-Textos. Valencia.

[4] Texto: Colombia Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Colombia?oldid=87122754 Colaboradores: AstroNomo, Youssefsan, Llull~eswiki, PACO, Lord Sy, Randyc, Joseaperez, 4lex, Fibonacci, Sabbut, Moriel, Frutoseco, Jumaca, Sauron, T6435bm, JorgeGG, HeKeIsDa, ManuelGR, Hhofuentes, Bokpasa, Ruiz, Jsv, Angus, Romanm, Rumpelstiltskin, Sanbec, Zwobot, Dionisio, Yaazkal, Jibbon7, Robertocfc, Bigsus, 1297, Kusaja, Al-Andalus, LeoXV, Rosarino, Dodo, Ejmeza, Ascánder, Davidge, Sms, Alquimista de Viento, Alstradiaan, Rsg, Tostadora, Odalcet, SDGonBen~eswiki, B1mbo, Tano4595, Barcex, Galio, El Moska, Yakoo, PeiT, Dianai, Erri4a, Xatufan, Gazu, Korocotta~eswiki, Joao Xavier, Julianortega, Magerman, Almitra, Ikks, Ruyczard, Cinabrium, Julleras, Fmariluis, Darz Mol, Loco085, Vizcarra~eswiki, Noh1979, Huhsunqu, Balderai, Ecemaml, Casta2k, Kordas, Desatonao, Airtonjpb, Elsenyor, Renabot, FAR, Los Expertos de Todo, Digigalos, Taragui, Ictlogist, Alexan, Chlewey, Boticario, Simon Le Bon, Petronas, Pencho15, Hispa, Airunp, JMPerez, Edub, Yrithinnd, Taichi, Tequendamia, Emijrp, Rembiapo pohyiete (bot), Pipodv, Silvestre, Albeiror24, Alejandromorales, Magister Mathematicae, Susyboom81, Aadrover, Sietek, Phranciscusmagnus, Ppfk~eswiki, Orgullobot~eswiki, RobotQuistnix, Francosrodriguez, Platonides, Alhen, Mschlindwein, Chobot, Rakela, FenixPahedi, Arthecrow, Yrbot, Amadís, Baifito, Seanver, Augusto maguina, Carlos yo, BOTSuperzerocool, Oscar ., FlaBot, Germanfr, Varano, Vitamine, BOTijo, .Sergio, Kroyf, Jorgealberto, YurikBot, Orrego, Mortadelo2005, Jorpcolombia, AGT PIV, Jyon, Beto29, Diotime, Steinbach, KnightRider, The Photographer, Carlosrealm, YoaR, Dweigel, No sé qué Nick poner, C-3POrao, Juansebastian1987, FedericoMP, Txo, Cforeroo, Eskimbot, Jcmenal~eswiki, Bushhopper, JuanseG, Juancgp2004, Dove, Colombiacuriosa, Jaques Sabon, George McFinnigan, José., Cesarjoya, Maldoror, Cheveri, JMAPGGGonzalo, Chlewbot, Ljhenao, Ju985~eswiki, Lancaster, Tomatejc, Jarke, Filipo, Javifreud, Folkvanger, Martinwilke1980, Nihilo, Paintman, Axxgreazz, Jeanpal01, Jorgechp, Ubiquitous, Futbolero, Locutus Borg, Hansen, BOTpolicia, AndresEscovar, Qwertyytrewqqwerty, Enrikes, Gizmo II, CEM-bot, Gejotape, Wiki orange, Laura Fiorucci, Guerrillerord, Jazambra~eswiki, Dansar~eswiki, Fenix 2007, BOTella, Sabanero, JMCC1, Camilo9015, Torquemado, Salvador alc, Efegé, Durero, Xexito, Alfredo Molina, Dbot, Retama, Fidelmoquegua, Baiji, Jey90, Ugur Basak Bot~eswiki, Juanlo1, Ricardo Bello, Ed veg, Lf londonop, Roberpl, Erick91, JoRgE-1987, Davius, Rastrojo, Litigarcolombi@, Rosarinagazo, Antur, Felipnator, Link27, Pensador1971, SajoR, Mcetina, Jjafjjaf, Gafotas, Martínhache, Miotroyo, Luminordis, Montgomery, FrancoGG, Südlich, Thijs!bot, Juan Manuel Grijalvo, MILO, Alvaro qc, Kapia, Ricardoramirezj, Metamario, Juansemar, Túrelio, Roberto Fiadone, Scabredon, Escarbot, KaL, Yeza, Juligar, RoyFocker, Verodelahoz~eswiki, Sapiensjpa, ProgramadorCCCP, E-nauta, Botones, Isha, Egaida, Bernard, Wikix, Jdvillalobos, Borland, Diaqparamigos, Saraac, Dvega78, Góngora, Jurgens~eswiki, Osiris fancy, Weser~eswiki, Chien, Marceki111, Rcajamarca, Ethunder, Lazv, Pepelopex, VanKleinen, Jjgaonam, Kved, Drlatino, Davidcolombia96, Integral triple, Agencia prensa rural, Rotabori, Ventimiglia, Juanchocarrancho, Camigo90, Mansoncc, Rafa3040, Ciro Pabón, FRZ~eswiki, XIRONFISTx, Nueva era, SITOMON, El señor de las letras, Xavigivax, Gsrdzl, Yagamichega, CommonsDelinker, TXiKiBoT, Daniel177, AstroMen, Sankabana,

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Enciclopedia Libre: Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Colombia.

[5] Arturo Wallace (24 de julio de 2013). BBC, ed. «Colombia le pone números a su conflicto armado». Consultado el 4 de enero de 2014. «…la prensa internacional acostumbra utilizar el año del nacimiento de las FARC (1964) como fecha de inicio del conflicto colombiano, mientras que el informe del CNHM recoge datos a partir de 1958, el último año de “La Violencia”.»

[6] Recuento histórico del conflicto en Verdad Abierta (primera parte).

[7] Bibliografía: Giraldo, Juan Fernando (2005). «Colombia in Armed Conflict?: 1946-1985». Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana (Papel Político) 18. p. 43-78. [PDF file].

[8] Miguel Peco Yeste, Luis Peral (2006). Instituto de Estudios Internacionales y Europeos “Francisco de Vitoria”, ed. «El conflicto de Colombia» (PDF). Consultado el 4 de enero de 2014.

[9] Artículo en Semana de 1987. Artículo en Semana de 1988.

[10] Revista Semana: La dinámica del conflicto colombiano, 1988-2003.

[11] Artículo en la revista Semana. Panorama general del desplazamiento causado por el conflicto armado.

[12] Artículo en VerdadAbierta.com. Artículo sobre el debilitamiento de las FARC.

[13] Artículo sobre el conflicto en el Cauca.

[14] El conflicto armado en Colombia deja 220.000 muertos desde 1958.

[15] http://www.semana.com/nacion/articulo/victimas-del-conflicto-armado-en-colombia/376494-3.

[16] Revisar de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy La Cultura-mundo. Anagrama; Barcelona 2010. También de Gilles Lipovetsky y Hervé Jupín El occidente globalizado. Anagrama; Barcelona 2011.

[17] Ver de Raúl Prada Alcoreza Crítica de la economía política generalizada. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada/.

[18] Ver de Raúl Prada Alcoreza Cartografías histórico-políticas. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/cartografias-historico-politicas/.

[19] Ver Más allá del amigo y enemigo. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-alla-del-amigo-y-enemigo/.

 

[20] Ver Economía política de la parte maldita. https://pradaraul.wordpress.com/2014/09/13/economia-politica-de-la-parte-maldita/.

[21] Ver La inscripción de la deuda, su conversión infinita. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-inscripcion-de-la-deuda-su-conversion-infinita/.

[22] Ver Oikonomías campesinas. https://pradaraul.wordpress.com/2013/12/22/oikonomias-campesinas/.

 

[23] Ver La guerra permanente. https://pradaraul.wordpress.com/2015/11/24/4589la-guerra-permanente-aproximaciones-a-las-estructuras-y-ciclo-largo-de-la-guerra-en-colombia/.

[24] Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera: https://www.mesadeconversaciones.com.co/sites/default/files/24_08_2016acuerdofinalfinalfinal-1472094587.pdf.

[25] Ibídem.

[26] Ibídem.

[27] Ver La guerra y la paz. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-guerra-y-la-paz/.

[28] Ver El lado oscuro del poder. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-lado-oscuro-del-poder/.

[29] Ver Cartografías políticas y económicas del chantaje. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/cartografias-politicas-y-economicas-del-chantaje/.

 

[30] Ver Crítica de la economía política generalizada. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada/.

[31] Ver Episteme compleja. https://pradaraul.wordpress.com/2015/02/13/episteme-compleja/.

[32] Ver Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y duradera. También ver Acuerdo Final, Integral y Definitivo.

https://www.mesadeconversaciones.com.co/sites/default/files/24_08_2016acuerdofinalfinalfinal-1472094587.pdf.

http://colombiaporunapazestableyduradera.blogspot.com/2016/08/pdf-acuerdo-final-integral-y-definitivo.html.

[33] Ver Flujos y máquinas. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/flujos-y-maquinas/.

 

[34] Ver Devenir fenomenología y devenir complejidad. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/devenir-fenomenologia-y-devenir-complejidad/.

 

[35] Ver Humanidades vulnerables y Oikos despojado. También Cuerdas compositoras del multiverso. Lo mismo, revisar Subalternidad y máquinas del sistema-mundo.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/humanidades-vulnerables-y-oikos-despojado/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/cuerdas-compositoras-del-multiverso/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/subalternidad-y-maquinas-del-sistema-mundo/.

 

[36] Desenlaces inesperados. También ver Derrota de la esperanza y de las víctimas.
http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/desenlaces-inesperados/.

http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/derrota-de-la-esperanza-y-de-las-victimas/.

[37] Ver Del deseo del amo al deseo nómada. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/del-deseo-del-amo-al-deseo-nomada/.

[38] Ver El conservadurismo de los gobiernos progresistas. https://pradaraul.wordpress.com/2015/09/30/el-conservadurismo-de-los-gobiernos-progresistas/.

[39] Ver Más allá del amigo y enemigo. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-alla-del-amigo-y-enemigo/.

 

[40] Sammy Palomino Uribe: Paro nacional 2021, un hito en la protesta social de Colombia.

https://www.aa.com.tr/es/an%C3%A1lisis/paro-nacional-2021-un-hito-en-la-protesta-social-de-colombia/2290453.

 

[41] La policía siguió un “patrón violento” en las protestas de Colombia, según Amnistía Internacional.

https://elpais.com/internacional/2021-07-30/la-policia-siguio-un-patron-violento-en-las-protestas-de-colombia-segun-amnistia-internacional.html?prm=enviar_email.

 

Raúl Prada Alcoreza

Escritor, artesano de poiesis, crítico y activista ácrata. Entre sus últimos libros de ensayo y análisis crítico se encuentran Anacronismos discursivos y estructuras de poder, Estado policial, El lado oscuro del poder, Devenir fenología y devenir complejidad. Entre sus poemarios – con el seudónimo de Sebastiano Monada - se hallan Alboradas crepusculares, Intuición poética, Eterno nacimiento de la rebelión, Subversión afectiva. Ensayos, análisis críticos y poemarios publicados en Amazon.

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