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Carlos Mesa, el golpista mártir, traiciona la lucha de Luis Espinal

Alejandro Saravia

Publicado el: 31 octubre, 2019 7 min.    + -   

El pasado lunes 28 de octubre, en un mitin en la Zona Sur de La Paz, que reúne a barrios de clase media, Carlos Mesa, el derrotado candidato de Comunidad Ciudadana, declaró teatralmente “o voy preso o voy a la presidencia”, atrincherado en su consigna de que “hubo fraude” en las elecciones del pasado 20 de octubre en Bolivia.

Si la existencia social explica la conciencia social, en ese instante quedó clara la visión de mundo de un candidato pequeño burgués que, con aires señoriales, se declara llamado por la historia a ser presidente del país, aunque los votos en las urnas digan lo contrario. Si no se le entrega la silla presidencial, Carlos Mesa pide que por lo menos se le convierta en preso político, en un mártir a ser reivindicado por ERBOL, El Deber o la CNN.

Carlos Mesa, educado por los jesuitas y que conoció a Luis Espinal, ha olvidado o no ha entendido el legado de lucha honesta, comprometida y solidaria que nos ha dejado ese sacerdote y periodista asesinado por los esbirros del general Luis García Meza en 1980.

Poco antes de su muerte, Espinal escribió un texto: “No queremos mártires”, que, leído hoy, explica la miseria intelectual, la mezquindad colonial y la falta de cualidades de Carlos Mesa como actor político. “El país no necesita mártires, sino constructores… El mártir es un personaje vistoso, demasiado emotivo; es el último refugio para los ‘héroes’ revolucionarios, sobre todo si proceden de la pequeña burguesía”, escribía Espinal con gran lucidez.

Con esa postura, con esa dualidad reduccionista entre ser un prisionero o ser presidente, con ese ultimátum, Carlos Mesa no alcanza a vislumbrar una salida a la crisis -por él creada- que no lo incluya en un papel estelar. Su propio ego le impide ver que el camino tomado le lleva al precipicio. Tampoco acepta que tal decisión -la de ser presidente- no está en sus manos, que no le corresponde ya que es el electorado que decide quién será presidente. Mesa, derrotado en las elecciones del 20 de octubre, se niega a aceptar que los bolivianos no lo han elegido presidente.

El 23 de octubre Mesa denunció la “forma terrible (del Gobierno) de querer dividir el país en dos mitades, una mitad indígena y otra mitad no indígena generando la potencialidad de la confrontación”. Esto en momentos en que sus militantes en todo el país llevaban a cabo ataques de carácter racista contra la población indígena, sobre todo en Santa Cruz, bastión del racismo contra los pueblos originarios. Carlos Mesa no ha condenado ni contenido los desmanes de esos grupos violentos porque de ellos depende su presencia en el escenario político nacional. Su legitimidad está basada en esa violencia que incendia instituciones del Estado. Los sectores más elitistas, separatistas y violentos de Santa Cruz, que desprecian a los collas, incluyendo a la propia militancia de Comunidad Ciudadana en el occidente del país- han hallado un aliado de conveniencia en el candidato golpista.

Ese mismo día, Carlos Mesa también declaró que “se siente orgulloso de la inclusión indígena” en las elecciones. ¿Cómo es posible que, en 2019, en un país mayoritariamente indígena, un sujeto nacional minoritario todavía hable de “incluir” a esta mayoría en un proceso democrático? Con esta expresión, el mestizo colonial le está diciendo a los pueblos originarios de Bolivia que él, en gesto de aparatosa magnanimidad, va a poner un cubierto más en la mesa de la democracia para hacerle un lugar a la servidumbre indígena.

La oposición -en su mayoría una clase media racista tanto en Bolivia como fuera de ella- repite con ignorante convicción que en Bolivia se vive bajo una dictadura. Se trata de una oposición que sin embargo dispone de una absoluta impunidad mediática y que puede votar libremente en una elección nacional. El pasado 23 de octubre, Carlos Mesa también se sumó a esa retórica de una supuesta dictadura en Bolivia haciendo un llamado a la comunidad internacional para que eviten que Evo Morales “convierta al país en una dictadura”.

Con mucha lucidez, en su texto “No queremos mártires”, Luis Espinal escribe que “El grupo político desplazado tiende a la mística del martirio; procura sublimar la derrota. En cambio, el pueblo no tiene vocación de mártir. Cuando el pueblo cae en combate, lo hace sencillamente, cae sin poses, no espera convertirse en estatua. Por ello, necesitamos videntes, políticos, técnicos, obreros de la revolución; pero no mártires.”

Saltimbanqui de los sinónimos, Carlos Mesa se hunde de una contradicción a la otra. Antes del 20 de octubre dijo que las elecciones eran un fraude organizado de antemano. También dijo que no reconocería una victoria de Evo Morales. Tras las elecciones declaró que una segunda vuelta era imperativa. Luego afirmó que se necesita una nueva elección. Su última postura es la de rechazar una auditoría de la votación bajo la égida de la OEA, algo que Mesa había elogiado 24 horas antes como “herramienta que demostraría el supuesto fraude electoral”.

Este miércoles 30 de octubre, a pocas horas antes del inicio de parte de la OEA de una auditoría del proceso electoral, en la que también participarán México, Paraguay y España, Carlos Mesa declaró que no acepta la auditoría a la votación de las elecciones generales “en los actuales términos, pactados unilateralmente” entre el Gobierno de Bolivia y la Organización de Estados Americanos (OEA).

Esta es una nueva maroma de Mesa. Es el Gobierno de un país que, en representación de un Estado, tiene toda la potestad y la legitimidad para firmar un acuerdo internacional. Saltimbanqui de los sinónimos y diestro en la agresión pasiva, Mesa, hablando en plural, afirmó este miércoles 30 de octubre que “reconocemos las posiciones de instituciones, sectores cívicos y movimientos sociales que plantean la anulación de las elecciones y manifiestan su desconfianza acerca de la auditoría pactada entre la OEA y el MAS”. Carlos Mesa pide caldo de gallina, pero dice que no pidió que maten a la gallina.

¿Cómo traicionó Carlos Mesa a Luis Espinal? Aquel principio cristiano, del ama a tu prójimo como a ti mismo, que el jesuita boliviano supo encarnar hasta el final de su vida, no ha sido comprendido por el católico Carlos Mesa. El candidato golpista y con aspiraciones de mártir se niega a reconocer la humanidad del indígena boliviano. Y lo hace negándose a reconocer ese voto indígena, que vale tanto como el de un mestizo de clase media de la zona sur de La Paz o del barrio Equipetrol en Santa Cruz.

Al rechazar la victoria de Evo Morales, Carlos Mesa ha movilizado sectores profundamente racistas que no quieren a un indio en la presidencia. Mesa es la expresión de una clase media que tiene que codearse a diario con el mundo indígena de igual a igual y que ve como un insulto que ya no maneja el aparato estatal ni es la única beneficiaria de las políticas sociales del Estado. Esto pese a que ese indio que actualmente ocupa la presidencia de Bolivia haya logrado aumentar la expectativa de vida de los bolivianos en casi diez años más. Que hay errores sí los hay, y esto en todos los gobiernos del mundo. Lo que está en juego es determinar si Bolivia se hunde de nuevo en un manejo neoliberal del Estado, a lo Macri o Piñera, o avanza con políticas que refuercen el rol necesario del Estado en la gestión de la economía y la distribución de la riqueza nacional, lo cual es anatema para Estados Unidos y sus operativos locales que no pueden permitir que la izquierda administre con éxito un país, lo que es un ejemplo perverso para un mundo sometido al neoliberalismo impuesto por Washington y el FMI.

La posición del caballerito Carlos Mesa y de buena parte de la oposición de clase media es clara: no queremos a un indio en la presidencia, aunque gane las elecciones. Y esto en un país de indígenas. Toda una traición a más de 500 años de luchas sociales en lo que hoy es Bolivia, a las que Luis Espinal supo sumarse de manera ejemplar.

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