Alberto ‘Kit’ Bailey, gran maestro y mejor amigo

Publicado el: 18 febrero, 2019 9 min. + - Imprimir

Despedida de los periodistas Juan Carlos Salazar y Víctor Hugo Carvajal el sábado 2 de febrero en el funeral del gran maestro y amigo Alberto Bailey Gutiérrez, fallecido el 31 de enero pasado. Le sobreviven su esposa, María Elena, y sus hijas María Elena, Moira y Karina.

 

 

Un días antes de la partida de Alberto, entregué a la imprenta los originales de la historia de Presencia, un libro con el que la Fundación Para el Periodismo pretende rescatar la maravillosa experiencia de esa escuela de ética y periodismo que fue el diario católico, una experiencia de la que Alberto Kittredge Bailey Gutiérrez, Kit para sus amigos, fue uno de sus impulsores y baluartes, junto con otros periodistas de fuste, como Huáscar Cajías, Alfonso Prudencio (Paulovich), Juan Quirós, Armando Mariaca y Jaime Humérez.

Y, claro, en las semanas precedentes me tocó revisar los testimonios de esos pioneros, maestros del buen periodismo, y refrescar en la memoria la aventura de ese grupo de idealistas; recordar su lucha por la democracia, su lucha contra la corrupción, su lucha por la libertad de expresión en los peores momentos de la segunda mitad del siglo pasado, su lucha por la justicia social y, en fin, su incansable labor por dignificar al periodismo boliviano.

Entre los artículos que rescaté encontré uno que refleja muy bien el pensamiento de Kit. Lo publicó en febrero de 1992, con motivo del 40 aniversario del periódico, bajo el sugestivo título de: “Sobre viejas virtudes olvidadas”. Un cuarto de siglo después, ese texto mantiene plena vigencia.

Alberto lamentaba en él la falta de apego a principios que deberían ser permanentes e incambiables, como el culto a la verdad, la lealtad, la solidaridad, el respeto a la jerarquía de los valores que privilegia el servicio a los demás, es decir al país y a la sociedad, y la actitud que aquilata la calidad humana por encima de las palabras huecas.

Deploraba también el sentido caprichoso y subjetivo con que se difunde la verdad, la verdad política y cotidiana, distorsionada por el culto a la imagen; la verdad que es sustituida por los símbolos y la manipulación informativa, y criticaba a los grandes intereses que no presentan ni venden realidades, sino mitos disfrazados, alejados de la verdad.

En esa época no se hablaba de “posverdades”, pero Kit ya las señalaba como un mal a combatir. Y decía textualmente: “La solidaridad y el sentido de la justicia social han desaparecido de la biblia de los políticos, que acaparan el poder y el hacer, sustituyendo al hombre real que ha hecho la obra material y la cultura, y que la sigue haciendo en medio de penurias y sobrevivencia”.

Periodista, sociólogo, cientista político, filósofo y gestor cultural, Alberto fue ante todo un humanista, que, como todo hombre forjado en un ambiente de sólidos principios éticos y morales, sabía que los hombres no somos seres pasajeros, sino que venimos al mundo para dar testimonio. Y es lo que él hizo a lo largo de toda su vida: dar testimonio de sus ideas, de sus creencias y de sus convicciones.

Lo hizo no sólo desde el periodismo y la cátedra, sino desde el ejemplo del quehacer diario, aunque fue en el periodismo donde ejerció y desplegó su magisterio. Como Alejo Carpentier, pensaba que el periodismo es una “maravillosa escuela de vida”, y como Arthur Miller, que “un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”.

Cuando recibió el Premio Nacional de Periodismo, recordó a Heráclito de Éfeso, quien, contra el pensamiento filosófico de su época que concebía el mundo como algo estático, eterno e inamovible, sostenía que el cambio es el motor del mundo y que el devenir es la esencia de las cosas: Todo fluye, todo muta, nada es permanente.

Kit decía que es verdad, que todo fluye, que el mundo cambia, que las sociedades cambian, y que los mismos medios han cambiado de manera espectacular con la revolución tecnológica.

Testigo de esos cambios, del vertiginoso paso del telégrafo Morse al internet, Alberto sostenía, sin embargo, que nuestra profesión no ha cambiado ni podía cambiar con la computadora y los celulares.

Si hay algo que debe permanecer –sostenía- son los principios éticos que nos rigen, los fundamentos que guían nuestro trabajo diario, a los que no es posible renunciar porque son la garantía que tiene la sociedad para acceder a una información libre e independiente.

“En los principios, en la filosofía que guía la vida y la responsabilidad del periodista, no hay lugar al retroceso ni puede ponerse al vaivén del mercado”, afirmó en esa ocasión, en diciembre del 2001.

Alberto era un hombre comprometido con su país y con su tiempo. Cuando juzgó que el compromiso que ejercía desde el periodismo debía llevarlo a la práctica, como única manera de ver realizados sus ideales, fue consecuente, con todos los riesgos que implicaba semejante paso.

No eludió la responsabilidad política –y ética- del tiempo que le tocó vivir. La historia juzga a los hombres por las consecuencias de sus actos, pero también por el coraje con el que enfrentan los desafíos que les presenta la vida.

Conocí a Kit cuando me iniciaba en el periodismo, a mediados de los 60. Yo  no había cumplido los 20 años y me acerqué a él con el temor del principiante, porque él ya era una leyenda en la familia periodística. Me impresionó su rostro amable y su mirada dulce, su ternura en el trato. Tras el primer intercambio de palabras, yo ya lo estaba tuteando, no por falta de respeto –en esa época éramos muy cuidadosos de las formas-, sino por el efecto que transmitía su presencia y su conversación.

Salí de la vieja redacción de Presencia, ubicada en la Mariscal Santa Cruz y la calle Colón, con la imagen que se llevaba toda persona que hablaba con él por primera vez: la de un hombre entrañable, bondadoso y transparente. No le conocí ni un solo enemigo ni nunca escuché a nadie hablar mal de él. Era -como decía un colega- un “hombre consenso”, en torno a quien nadie discrepaba; un hombre noble y solidario.

Cuando asumió el Ministerio de Información y Cultura del gobierno de Alfredo Ovando Candia, tuve la oportunidad de conocerlo mejor. Por amistad, pero también por afinidad política, con un grupo de periodistas, entre quienes recuerdo a Jaime Humérez, José Luis Alcázar, Junior Carvajal y Andrés Soliz Rada, nos sumamos a su proyecto y nos convertimos en su equipo de trabajo.

Kit era una usina de ideas, una verdadera fábrica de iniciativas. Incansable, trabajaba 20 horas al día. Siempre fue así, no sólo en el trabajo político que le tocó realizar en su efímero pero trascendental paso por el gobierno. Si algo le caracterizaba era la alegría desbordante y el entusiasmo contagioso con el que emprendía sus proyectos, grandes o pequeños, en una actitud que convencía y arrastraba hasta al más escéptico.

Así lo recuerdan sus compañeros de Presencia. Para él no había imposibles. ¿Cómo que no hay dinero para papel?, preguntaba ante las dificultades que enfrentaba el periódico para sacar la edición diaria. Sin perder el tiempo en lamentaciones, se ponía manos a la obra y antes de la hora de cierre aparecía con las resmas necesarias para imprimir el diario. ¿Cómo lo hacía? Nadie lo sabe, tal vez sacrificando los ingresos familiares o empeñando su palabra.

La vida me dio la oportunidad de conocer y contar con la amistad de tres grandes hombres, tres grandes periodistas del siglo XX boliviano: Marcelo Quiroga Santa Cruz, René Zavaleta Mercado y Alberto Bailey, pero fue Kit al que más cercano me sentí en el quehacer periodístico y del que más lecciones aprendí y mayor apoyo recibí durante mi carrera profesional.

Nunca olvidaré sus llamadas telefónicas de aliento después de cada ataque gubernamental –que fueron muchos- cuando dirigía el diario Página Siete.

Kit deja un gran legado al periodismo boliviano, no sólo como ejemplo de práctica de un periodismo de excelencia, sino –y sobre todo- como ejemplo de ejercicio ético de un oficio nacido para servir a la sociedad, porque, como él mismo sostenía, el mundo ha cambiado, pero las aspiraciones de justicia y libertad del hombre siguen siendo las mismas; porque la vocación de servicio al país, el derecho de todos a la información libre e independiente y la obligación que tenemos los periodistas de suministrarla al margen de presiones y amenazas, permanecen y no pueden caducar.

El discurso que pronunció al recibir el Premio Nacional de Periodismo resume muy bien su pensamiento y legado:  “La democracia como bien irrenunciable de la convivencia –dijo en esa ocasión- tiene que ser firmemente defendida. Los derechos ciudadanos no pueden conculcarse. No estamos al servicio de grupos de poder político o económico sino al servicio del país y en todo caso al de los menos favorecidos de la sociedad. La ley es para todos y es preciso cumplirla. La búsqueda de la verdad insobornable es un mandamiento para nosotros”.

Gabriel García Márquez, otro gran periodista al que Kit gustaba citar, dijo alguna vez que “la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”. A Kit no lo olvidaremos nunca. ¡Adiós maestro!

-Juan Carlos Salazar

 

AQUÍ ESTAMOS, KIT

Aquí estamos tus viejos compañeros del periódico Presencia y otras luchas; de las asociaciones de periodistas de Bolivia y de La Paz, y de sus directorios, de los que tú formaste e integraste también.

Hemos venido a acompañarte en el inicio de este nuevo camino por el que nosotros también iremos algún día.

Estamos aquí para recordar tu valentía al enfrentar a los milicianos del MNR que impedían atravesar la ciudad en la épocas del control pólítico movimientista.

Para recordar tus afanes por conseguir dinero destinado al papel para el diario, cuando con habilidad convencías al franciscano Atanasio Urbina con el  fin de que facilitara dinero e imprimir el diario.

Para recordar tus escritos, que son reportajes inolvidables de los trabajadores mineros en la época de la dictadura barrientista; para recordar que fuiste parte del grupo de hombres que recuperó el petróleo de Bolivia nacionalizando la Gulf Oil Company.

Para recordar tu trayectoria dentro y fuera de Bolivia, en las épocas del exilio, cuando la dictadura banzerista persiguió a los periodistas, pero se ensañó con los de Presencia.

Querido Kit: Estamos aquí  recordando cuando fundaste Acción Popular Boliviana, donde un grupo de periodistas nos dedicamos los fines de semana a intercambiar con pueblo humilde para  conocer sus preocupaciones y necesidades.

Estamos aquí, Kit, para decirte buen viaje.  Pronto estaremos contigo.

       – Víctor Hugo Carvajal

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