Detrás del G20: la crisis del orden liberal

Publicado el: 4 diciembre, 2018 13 min. + - Imprimir

Juan Chingo.- Contra el pensamiento globalista que se expandió luego del fin de la guerra fría en el auge de lo que podríamos llamar la “globalización armoniosa”, incluso contra las interpretaciones armonicistas dentro del mismo marxismo, siempre destacamos que el excepcional periodo de “paz” entre las grandes potencias que siguió a la Segunda Guerra Mundial no derivaba ni de un automatismo económico, ni de un salto en la internacionalización de capitales menos aun de la existencia de un “imperialismo colectivo” como el recientemente fallecido Samir Amin sostenía.

En otros artículos hemos explicado que la tendencia norteamericana a la primacía implicó no solo la subordinación del mundo menos desarrollado sino también de otros Estados industrializados (fueran enemigos o aliados) a las prioridades de acumulación de capital de su potencia hegemónica, y cómo esta fue una característica distintiva en relación a la hegemonía británica en cuanto a la expresión del carácter imperialista de la época. Nada mostró mejor esta nueva forma de dominio que la reconstrucción no solo económica sino también política de las dos potencias perdedoras de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón, y la presencia política, geopolítica y militar del nuevo hegemon en el escenario europeo y asiático, acompañado en el primer caso de nuevas instituciones como la OTAN. Robert Kagan, un partidario neocon de este viejo orden imperialista, señala en su último y reciente libro la novedad que esto significó:

El cambio en las trayectorias geopolíticas de Alemania y Japón, […] cambió el escenario estratégico global de maneras que fueron más significativas y más duraderas que el ascenso y caída de la Unión Soviética. El artículo 9 de la nueva constitución japonesa redactada por Estados Unidos, establecía en su primer parágrafo que Japón “renuncia para siempre a la guerra como un derecho soberano de la nación y a la amenaza o uso de la fuerza como un medio de resolver las disputas internacionales”. Alemania, bajo la ocupación de Estados Unidos y los Aliados en el Oeste, y bajo ocupación soviética en el Este, también renunció a su independencia como un actor en la escena internacional. Esto efectivamente excluyó la opción de volver a los patrones de conducta del pasado.

En términos actuales podríamos llamarlo un “regime change” en dos de las principales potencias imperialistas. Y agrega:

El efecto sobre las dos regiones en las que esos poderes habían surgido fue revolucionario. Quitar el status geopolítico y militar Alemania y Japón proveyó un nivel de seguridad para sus vecinos que no habían conocido por décadas. Con los Estados Unidos también aportando el grueso de la disuasión contra los Soviets, las naciones de Europa y del Este fueron repentinamente liberadas para enfocar sus energías y recursos en los asuntos domésticos y económicos más que en las preocupaciones estratégicas que los habían consumido en la primera mitad del siglo veinte…. Alemania y Japón fueron también liberados. Con las ambiciones geopolíticas y la ruta militar al poder y la influencia anuladas, también pudieron canalizar todas sus energías y ambiciones en el logro del éxito económico y el bienestar interno [1].

Pero visto desde la estructura internacional del sistema político y geopolítico de las potencias centrales del imperialismo, este cambio y sus consecuencias cobran toda su magnitud, transformando como dice Kagan “no solo la estructura del poder global sino la dinámica misma de las relaciones internacionales”. Así:

Dentro de los límites del nuevo orden, la competencia geopolítica normal casi cesó. Las naciones de Europa occidental y Asia oriental no participaron en carreras armamentísticas; no formaron alianzas estratégicas unas contra otras; no reclamaban esferas de influencia estratégicas o económicas; no hubo “dilemas de seguridad” impulsados por la mutua aprensión y la inseguridad; no se requería un equilibrio de poder para preservar la paz entre ellos […] dentro de este orden liberal en crecimiento, se rompió el vínculo normal entre la economía y la geopolítica. A lo largo de la historia, las fluctuaciones en el poder económico entre los grandes Estados, naciones e imperios siempre produjeron agitación y guerra […] Cualquier balance de poder que existiera anteriormente estaba alterado, y el resultado fue con frecuencia una guerra que creó un nuevo equilibrio que reflejaba la nueva jerarquía del poder, que a su vez reflejaba la nueva jerarquía económica y tecnológica. En el nuevo orden liberal, que al principio incluía principalmente a Estados Unidos, Europa occidental y Japón, las naciones compitieron económicamente y trataron de fabricar, innovar y vender mutuamente. Pero esa competencia económica no se tradujo en una competencia militar o geopolítica. En un mundo normal, los milagros económicos de Japón y Alemania habrían llevado a uno o a ambos a desafiar el orden y su jerarquía. En el nuevo orden liberal no lo hicieron.

Las ventajas históricas que se derivan no solo para la estabilidad mundial sino para la conservación de su hegemonía para los Estados Unidos de este orden son indudables; de ahí el interés de Kagan por preservarlo en la disputa abierta sobre qué gran estrategia adoptar que divide a la clase dominante norteamericana, y a la cual su libro está esencialmente dirigido.

Trump y la salida del juego multilateral

Las dificultades norteamericanas en el manejo del orden mundial y con sus principales actores anteceden a Trump, como venimos escribiendo desde hace años. El mismo diario francés Le Monde, furibundamente anti Trump, está obligado a reconocer que:

En realidad, el repliegue de Estados Unidos ya había sido iniciado por el presidente Barack Obama, extrayendo lecciones del fiasco de las aventuras de Oriente Medio de su predecesor, George W. Bush, a principios de la década de 2000, “girando” hacia Asia y anunciando cuando llegó al poder en 2009, que había llegado el momento de “construir la nación en casa”, en lugar de afuera. ¿No fue este el mismo Barack Obama quien se contentó con “liderar desde atrás”, detrás de Francia y el Reino Unido, la operación de Libia en 2011? ¿No fue este presidente, adulado en Europa, quien criticó a sus aliados por ser “free riders“, polizones protegidos a expensas del contribuyente estadounidense? ¿No era ya un reparto de cargas más justo el foco de la cumbre de la OTAN en 2014? El mundo estaba cambiando, pero el tío Sam seguía sonriendo y Angela Merkel era su mejor amiga.

Trump denuncia a sus enemigos y aliados como sus antecesores, pero a diferencia de estos comienza a tomar decisiones que retiran parcialmente a los EE. UU. del juego multilateral. Esta reacción es una expresión de las dificultades de EE. UU. para imponer su dominación hegemónica, pero también del hecho de que son lo suficientemente fuertes para imponer duras cargas a sus adversarios y aliados desligándose de los límites que le imponía el multilateralismo. Así, a más de dos años de su asunción, no solo ha aumentado la retórica y los twits venenosos contra adversarios y aliados a la vez que contra la OMC, acusada de limitar la soberanía norteamericana –a pesar de que fueron los EE. UU. los que impusieron un régimen obligatorio en la resolución de los distintos diferendos comerciales–, sino que ha pasado a la acción. Así tuvimos la decisión de salir del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP por sus siglas en inglés) desde el primer día de su presidencia, como más tarde el retiro de los acuerdos de París sobre el calentamiento global, la salva de sanciones comerciales por el aluminio y el acero que enfureció a sus aliados europeos y canadienses así como la negociación dura del NAFTA con este último, la presión neocolonial sobre China y sus perspectivas de desarrollo, terminando con la decisión de retirarse del acuerdo nuclear con Irán, lo que mostró un punto de no retorno en su unilateralismo, en especial frente a sus aliados europeos cuyas multinacionales (Total, Peugeot, etc.) fueron constreñidas a retirarse de un mercado prometedor cono el iraní a cambio de no perder sus ventajas en el fundamental mercado americano y el sistema financiero internacional dominado por los EE. UU.

Pero lo más radical en Trump no está aún ahí. Como dice en un reciente artículo, el politólogo francés del Centre d’études européennes de Sciences Po, Zaki Laïdi:

La novedad […] se ubica en dos niveles. El primero expresa la voluntad de reemplazar un sistema multilateral basado en reglas e instituciones por un juego internacional basado en la búsqueda exclusiva de resultados tangibles para los Estados Unidos. En otras palabras, independientemente del cumplimiento formal de las reglas internacionales […] La segunda novedad introducida por Trump concierne a la manera con que quiere redefinir el concepto de alianza. Estados Unidos no parte de la idea de que tiene aliados con quienes comparte valores e intereses de los que resultan una serie de opciones. Suponen que son sus socios quienes deben demostrar que merecen la calidad de aliados. De lo contrario, se ven como cargas voluminosas. El resultado es una especie de puesta a prueba que pasa por las concesiones comerciales o un aumento del gasto militar dentro de la OTAN.

Y concluye categórico: “Para Trump, salir del multilateralismo tiene un significado preciso. Permite la extracción deliberada de concesiones comerciales a cambio de protección estratégica. Un enfoque que está perjudicando a Alemania en Europa” [2].

El retorno de las rivalidades imperialistas

El trumpismo y su salto en la agresividad imperialista frente a competidores y aliados rediseña abruptamente las reglas del juego y deja desguarnecidas a las potencias que, como Alemania, más dependían del paraguas geopolítico estadounidense, más allá de las contradicciones a veces fuertes que tenían con el mismo, como fue el caso en la guerra de Irak en 2003 o más recientemente, la crisis aún abierta en Ucrania. La crisis no solo política sino casi existencial que abre en algunos de ellos es de proporciones:

Para nosotros, los alemanes, dice un alto funcionario de Berlín, bebiendo té en el hermoso lugar de Gendarmenmarkt, la casa en la que vivimos es América. Fueron los estadounidenses quienes la diseñaron, fueron ellos quienes la construyeron. Y es una casa tan cómoda… Lo que está pasando es un desafío mental para nosotros, muy profundo. Alemania ha prosperado tan bien en este orden liberal que no puede imaginar nada más. Nuestro sistema inmunológico está aniquilado [3].

Con estos golpes habilidosos que han agarrado por sorpresa a los principales líderes de las potencias imperialistas (incluso al mismo Xi Jinping, a pesar de todos los signos oscuros que se venían acumulando en la relación con China), Trump busca recomponer el dominio norteamericano. Tácticamente su capacidad de daño es fuerte, pero estratégicamente sus riesgos son enormes. Es que si no quieren caer en un nuevo vasallaje frente a la nueva diplomacia del “Big Stick” norteamericano típica del siglo XIX o más precisamente de una potencia en decadencia, están obligadas a rearmarse y dotarse de una nueva ambición geopolítica partiendo en algunos casos de un nivel de “pigmeo”. Es esto lo que explica que países que incluso en la crisis de 2008/9 y sus postrimerías fueron polos de estabilidad como Alemania de repente se hayan convertido en lo contrario: el fin de la era Merkel abre un periodo de inestabilidad e incertidumbre política en el corazón de Europa con consecuencias para todo el mundo. Síntoma en última instancia de las dificultades de Alemania en erigirse en líder de Europa, incapaz de lograr un consenso interno sobre los sacrificios necesarios para tal empresa capaz de contrarrestar la actual ofensiva norteamericana en distintos planos.

Si bien no ha habido un colapso del conjunto del orden liberal y sus instituciones como la OTAN o la misma OMC –donde por ahora Trump no ha salido de la cláusula de nación más favorecida que ordena el conjunto del comercio mundial– se mantienen aunque en crisis o paralizadas, estamos en presencia del retorno en todos los planos de las rivalidades imperialistas o entre grandes potencias, como es el caso de China. En relación con esta última, mientras tanto europeos como norteamericanos están de acuerdo en imponer una nueva relación de fuerzas al dragón asiático, divergen en el método, ya que EE. UU. rechaza hacer un frente común con la UE, lo que hace temer a estos últimos que en caso de eventuales acuerdos con Pekín, los mismos no beneficien a todos los occidentales, sino a las empresas norteamericanas contra las europeas.

De esta manera, los viejos fantasmas –la lucha por materias primas, mercados y zonas de influencia típicas de la época imperialista, que fueron atenuadas durante el periodo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy debido a los atributos del orden liberal y la hegemonía norteamericana–, en su decadencia comienzan a reaparecer. Como reseña alarmado el antiguo primer ministro sueco, Carl Bildt, en un reciente discurso en Berlín:

Un mundo de Estados soberanos comprometidos en una feroz competencia, apenas ligado por reglas u orden comunes –dijo– es algo que Europa ha intentado en su historia, siempre con el mismo resultado catastrófico. Para nosotros, no parece el camino de la paz. Parece el camino de la guerra [4].

Mismo si aún estamos lejos del estallido de una guerra, el fin de la “globalización armónica” abre una transición en donde las características clásicas del imperialismo, las crisis, las guerras, las revoluciones y las contrarrevoluciones serán de mayor actualidad para las próximas generaciones. Es esencial que comencemos a prepararnos para estos tiempos históricos.

Este artículo es una versión reducida, con algunas modificaciones del autor, del original publicado en francés en Révolution Permanente Dimanche el 18/11/2018

NOTAS AL PIE

[1] Kagan, Robert, The Jungle Grows Back: America and our imperiled world, New York, Alfred A. Knopf, 2018.

[2] Zaki Laïdi, “Comment la multipolarité déconstruit le multilatéralisme”, Le Débat 2018/4 (n° 201).

[3] Kauffmann, Sylvie, “Europe-Etats-Unis: la stratégie du cavalier seul”, Le Monde, 11/11/2018.

[4] Kauffmann, Sylvie, “Le divorce Europe-Etats-Unis : la famille occidentale sous tension”, Le Monde, 9/11/2018.

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