El retorno del conservadurismo recalcitrante

Raúl Prada Alcoreza

Publicado el: 25 noviembre, 2018 8 min. + - Imprimir

El retorno del conservadurismo recalcitrante

Raúl Prada Alcoreza

Otra vez la ideología; es decir, la máquina de la fetichización. Esta vez hablaremos del retorno a los medios de comunicación, sobre todo, a las redes sociales, de la ideología del conservadurismo recalcitrante, que hemos llamado asociado a la ideología gamonal criolla latinoamericana, si es que podemos usar en este caso el concepto de ideología. Lo decimos, puesto que la ideología es una narrativa elaborada; en cambio la concepción del mundo conservadora y recalcitrante no se ha dado al trabajo de construir una narrativa. Solamente corresponde a una aglomeración de los prejuicios de la casta gamonal, heredera imaginaria de la estirpe española o portuguesa de los conquistadores. Lo que ya es un boceto de narrativa. La historia efectiva va por otros lados. El gamonalismo latinoamericano se conforma con historias singulares de castas enriquecidas en el trafago económico del mercadeo de tierras y la apuesta en la explotación de minerales, sobre todo, su comercialización. No todos los miembros de esta casta provienen exactamente de donde dicen provenir, de la “nobleza española” o “portuguesa”. Ni la llamada “nobleza española” de las indias occidentales tiene su procedencia en la nobleza española, que es obviamente otro imaginario. Sencillamente, para no alargar, se trata de gente enriquecida a costa de la explotación de los “indios”. Sin embargo, estos aventureros económicos, estos audaces hombres, que aprovecharon la efervescencia de la vorágine capitalista, a escala mundial, requerían un mito, aunque sea improvisadamente construido; entonces, se imaginaron descendientes de las “noblezas” europeas conquistadoras.

Podemos llamar a este mito construido, en la premura de la formación de las repúblicas criollas, el discurso de alcurnia de una casta casi sin historia, que requería desesperadamente una explicación de su situación dominante. No es exactamente de legitimación, pues los discursos de legitimación se pretenden democráticos. En este caso, se trata de un discurso de diferenciación marcada, incluso, tempranamente racial. Por eso, no es que exactamente este discurso correspondiente a una ideología, aunque si a un imaginario vernácular del periodo álgido del desorden de la conquista y la colonización; peor aún, cuando se trataba de ungir a las nacientes repúblicas, sobre todo, a sus castas dominantes, de halos explicativos del por qué estaban donde estaban; dominaban, eran privilegiadas y ricas.

El gamonalismo latinoamericano se ve ante la tarea imperiosa de justificarse ante la mayoritaria población indígena y, en algunos casos, esclava, traída por el comercio perverso de esclavos, capitalista y moderno. A falta de imaginación, lo que encuentra es repetir el cuento de hadas de la “nobleza” europea. Paradójicamente, la historia de las repúblicas latinoamericanas comienza con un discurso que busca la justificación del gamonalismo en la herencia colonial. Ahora bien, es este comienzo “narrativo” semi-ideológico de las castas dominantes criollas el que va a persistir en los decursos de la historia de naciones que no se encuentran a sí mismas, salvo en el laberinto de sus soledades, donde la consciencia culpable del malinchismo azota su pretendida seguridad.

En plena crisis política de los llamados “gobiernos progresistas”, que se reclaman del “socialismo del siglo XXI” o, en un caso, del “socialismo comunitario”, resurge, en los medios de comunicación, en las redes sociales, incluso retorna al ejercicio de gobierno, la concepción del mundo recalcitrantemente conservadora. ¿Qué significan estos hechos? Obviamente, no solo lo que dijimos, la decadencia del neopopulismo de los llamados “gobiernos progresistas” de Sud América, incluso de Centro América, sino mucho más, que tiene que ver con lo que es la ideología. La ideología, siendo la maquinaria de la fetichización, se envuelve, se repliega, en los rollos más extravagantemente conservadores, en plena crisis ecológica, cuando la civilización moderna muestra sus atroces límites, en plena crisis no solamente del socialismo real y después, del neopopulismo. Este repliegue ideológico recurre al discurso menos ideológico, menos legitimador, recurriendo a la evangelización religiosa más superficial, que hace gala de la estruendosa proclama del martirio de los culpables insólitos del “pecado original”. Esto quiere decir, en primer lugar, que cuando no hay argumentos, se opta por los fantasmagóricos miedos, azuzados contra un pueblo considerado “temeroso” e “ignorante”. En segundo lugar, que ante el fracaso de la política, se recurre a la chabacana convocatoria protestante, que anuncia el fin del mundo y proclama la llegada del mesías; esta vez, en la versión triste de un gris perfil gamonal.

El discurso recalcitrantemente conservador es evidente a todas luces. Lo primero que sobresale es su declarado “anticomunismo”. Valga saber qué se entiende por “comunismo”. Se trata de sus miedos atroces y sus fantasmas más pavorosos. Están muy lejos de la información sobre la historia del comunismo; prefieren pensarlo como la abominable política endemoniada, que se apropia de los bienes privados, incluso de la vida propia. No buscan, de lejos aprender, menos comprender lo que es lo que mencionan, cuáles son los referentes. Solo quieren defenderse de la tormentosa y perversa endemoniada acción “comunista”. Se santifican al hablar de algo tan espantoso para sus consciencias culpables.

Otra cosa que sobresale, en este retorno del conservadurismo recalcitrante, es que se proclaman los adalides de la moral; por lo tanto, se ungen en jueces del desborde caótico de la ignominia. Se trata de jueces aterrados, sin recurso para efectuar juicios, en sentido kantiano. Se trata de prejuicios y miedos ateridos. Sin embargo, estas trivialidades, si las comparamos con el gran logro del iluminismo, en determinadas situaciones cunden socialmente. No se puede negar la conexión con la concepción milenarista popular, que, ciertamente, también la tiene el populismo, incluso el socialismo real. Cuando estas versiones ideológicas, más elaboradas, fracasan, mostrando desvergonzadamente la decadencia y la recurrencia en el círculo vicioso del poder, entonces, la desesperación lleva a las masas a escuchar a los “evangelistas”. Es cuando el conservadurismo recalcitrante se siembra en almas desoladas y desconsoladas, que buscan desesperadamente volver a encontrar la promesa de salvación.

Si nos atreviéramos a improvisar, momentáneamente, provisionalmente, un balance, diríamos, como hipótesis interpretativa de aproximación, que las ideologías neopopulistas, las ideologías del “socialismo del siglo XXI”, comparten la exigüidad argumentativa con esta ideología evangelizadora de los últimos tiempos; aunque la más pobre narrativa se encuentre en el discurso del conservadurismo recalcitrante.

Entonces, podemos concluir, que la caída al discurso más oscuro, más próximo a la inquisición medieval, forma parte de la decadencia ideológica de la modernidad, donde los discursos modernos, el liberal, el socialista, el populista, ya no tienen mucho que decir, en sus actualizaciones neoliberales, neopopulistas y del “socialismo del siglo XXI”. Es, ciertamente, el discurso más pobre, que se fortalece ante el vaciamiento ideológico de los otros discursos. Entonces es un síntoma de la desolación y desesperación existencial a la que ha llegado la modernidad tardía.

No vamos, aquí, a recurrir a una reflexión erudita, ni decir que el comunismo, como tal, como ideología, como imaginario, tiene sus antecedentes en el cristianismo primitivo; es decir, en la rebelión y herejía cristiana, bajo la dominación el imperio romano. Lo que patentiza la ignorancia de esta concepción gamonal del mundo. Para esto, recurrimos no solamente a algunos de nuestros ensayos sino a investigaciones de la historia de la religión exhaustivas. Sino que queremos señalar que el conservadurismo recalcitrante es nada más ni nada menos que el síntoma más patente de la decadencia de la civilización moderna. Que comienza con la muerte de Dios, sigue con la muerte del hombre y ahora continua con la muerte de la humanidad y de la historia, que tiene como esencia el humanismo renacentista y el iluminismo.

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