Encuentro en el lugar de siempre cambiante

Sebastiano Monada

Escucho de Rachmaninoff el Concerto No. 2 para piano; cuando sus notas me embriagan y me invaden; recuerdo que me regalaste el disco de vinilo del concierto. El mejor obsequio para un adolescente inquieto. Supuse que fue compuesto o tocado, una vez que fue compuesto con dilatada antelación, en pleno bombardeo de Varsovia. El concierto, desde las primeras notas, asombra, por su pausado comienzo, puntual, como iniciando una convocatoria solitaria, que es respondida por otra soledad, cuya tecla desata la vibración enaltecida, que se expande en la tonalidad de onda grave y subida. Después de este juego dual de llamadas y respuestas, de la oscuridad, donde se ocultan, emana la composición angustiada de desbordantes notas, que acompasan tanto la llegada galopante de la nostalgia, acompañada de tristeza, pero compensadas por el recuerdo de alegrías hundidas en el espesor de la memoria.

Por eso, llegas con la melodía del concierto, compartiendo la narrativa musical que nos gusta. Entonces comprendo que no existe el tiempo, no hay pasado, presente ni futuro; que el tiempo es una construcción imaginaria mediante la instrumentalidad de la medida, que conmensura la distancia, que se recorre en el espacio, que tampoco existe, salvo como a priori. Lo que se mide es el acontecimiento, que escapa a toda representación; para medirlo se lo disocia, se lo fragmenta y separa, se define una dimensión como tiempo y otra como espacio. Entonces, como no hay tiempo ni espacio, sino tejido del espacio-tiempo, articulados e integrados, no te has ido; sino que resides en la constancia del cambio donde te quedas mutando.

El concierto es el lugar del encuentro, donde pertenecemos mientras dure la melodía. El concierto se convierte en el territorio provisional de la sinfonía, donde ingresamos como oídos y emociones, como sensaciones, que aletean y viajan al universo creado por notas asociadas, armonizadas en un juego de danzas acústicas. Es cuando sabemos que lo que llamamos realidad, la institucionalizada, incluso la del sentido común, es apenas una barcaza perdida en la tormenta. En la cual intentamos sostenernos, confiando en su madera trabajada, convertida en embarcación a la nada. Empero, la realidad efectiva es el acontecimiento, cuya complejidad conecta lo diverso, la variedad diferencial, los ritmos proliferantes de las vibraciones que viajan sin retorno, pero curvándose hasta volverse a encontrar. Es en el acontecimiento donde nos encontramos, en uno de sus nudos del tejido mutante.

No conocemos el multiverso, en sus distintas escalas. Solo pretendemos conocerlo, mediante interpretaciones rigurosas, que reúnen eventos controlados y medidos por nuestros instrumentos provisionales. Se trata de aproximaciones, que no dejan de ser valiosas, en este viaje a lo desconocido. Si bien estas aproximaciones ayudan, es indispensable abrirse a la percepción de lo que no se controla, ni, por lo tanto, se lo ha medido; abrirse a lo que se desconoce. Esta exploración de lo desconocido es aventura; nos entregamos a ella con intrepidez. Es menester hacerlo, pues no es conveniente encaracolarse en esa ilusión que llamamos realidad, institucionalizada; esta actitud conservadora nos limita e inhibe, nos encierra en la habitación donde creemos que enseñoreamos. Sería un suicidio, encubierto con manuales de cautelas.

La paradoja es la siguiente: cuando estábamos comprobadamente juntos, cercanos, relacionados, compartiendo una charla o un almuerzo, gustábamos del momento; empero, no develamos la plenitud de la existencia singular. Solo cuando perdemos al ser que nos acompañó en esos momentos, descubrimos tardíamente otras dimensiones del momento. Parafraseando a Marcel Proust, recuperamos el tiempo perdido cuando lo hemos perdido, cuando lo vivido habita la memoria, en su esplendorosa forma mutante. A pesar que amamos a los seres que perdemos, solo logramos compenetrarnos de lo que se pierde cuando no están, cuando dejan un vacío inconmensurable.

No es aconsejable llenar este vacío con llantos, menos con arrepentimientos por lo que se pudo hacer, pues el vació no se llena con nada. Es, mas bien, la oportunidad de entender que no hay vacío, sino materia y energía oscura, que no es luminosa, por lo tanto que no se ve, a simple vista o con aparatos inadecuados para hacerlo. Que la materia y la energía oscuras son claves para comprender, entender y conocer las dinámicas complejas del multiverso. En consecuencia, que, exactamente, no hemos perdido un ser querido, sino que hemos ganado la oportunidad de adentrarnos a lo desconocido.

Volviendo a la melodía del concierto, es la oportunidad de volver a estar contigo, precisamente en algo que nos gusta, en esta composición maravillosa, que expresa musicalmente las preguntas que nos aquejan; ¿por qué?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?, buscando el sentido inmanente. La cuestión es que las respuestas están antes que las preguntas se propaguen; se hacen preguntas cuando no se ve lo que nos cobija y contiene, el Oikos, el multiverso, la existencia, la vida. La vida no se circunscribe a las trayectorias individuales, la vida contiene a todas las trayectorias individuales, las absorbe en el acontecimiento de la memoria sensible y del programa que aprende. Las individualidades forman parte de la complejidad dinámica e integral de la sincronización del multiverso mutante, en sus distintas escalas. La vida de la que formamos parte nos contiene y nos continúa; participamos e incidimos en ella, dejamos huella y somos como inscripciones del registro complejo de la existencia. La vida no desaparece cuando un ser querido se nos va, sino que continúa, no como desaparición sino como huella hendida en la memoria corporal, en la memoria familiar, en la memoria colectiva, en la memoria social. El amor al ser querido, que se ha ausentado, exige asumirlo en su ausencia, percibirlo en su falta, compartir con él cuando no está. Esto equivale a vivir y experimentar la intensidad de las situaciones plenamente. Estar con el ser amado cuando no está con nosotros.

Esta manera de estar nos sitúa en el profundis de la existencia, en la potencia de la vida. Recuperar al ser querido y perdido es extender sus gestos, sus enseñanzas, su pedagogía, su manera de ser.