Crisis de la máquina política
Raúl Prada Alcoreza

La metáfora de la máquina ha ayudado a elaborar interpretaciones maquínicas del funcionamiento del poder; por eso, ha sido apropiado hablar de máquinas de poder, también de máquinas de guerra, así como de máquinas económicas, también hablamos de máquinas extractivistas. En los ámbitos del denominado lado oscuro del poder, hablamos de máquina del chantaje1 . La interpretación maquínica permite escapar al esquematismo dualista de la política, que se configura en la contradicción del amigo y enemigo, también, como hemos venido apuntando, al esquematismo religioso subyacente del fiel y el infiel; por lo tanto, al esquematismo moralista del bien y el mal. La metáfora maquínica se concentra en el funcionamiento de las máquinas; evita caer en el acto de juzgar, recuperando el juicio, en sentido kantiano, es decir, en el sentido instrumental, que adecua los medios a los fines. Entonces, convirtiendo al juicio en un rizoma que articula, compone y combina las facultades de la experiencia, las facultades del entendimiento, mediadas por las facultades de la imaginación. Por lo tanto, se trata de comprender el funcionamiento de las máquinas sociales, sobre todo, cuando se convierten en máquinas de poder. En este sentido hablaremos de máquina política.

La máquina política funciona como máquina de convocatoria y de legitimación, máquina de gobierno y de administración, máquina operativa y de acción. De entre las máquinas de poder, es la máquina que realiza al Estado, de la manera más efectiva posible, recurriendo a la heurística institucional. El ejercicio del poder cuando se realiza como ejercicio político adquiere el carácter de compromiso social e institucionalización del contrato social. La máquina política no se reduce a ser máquina ideológica, tampoco, en su generalidad, a ser máquina de poder. El poder se puede ejercer de múltiples maneras, recurriendo a plurales formas, desde las más sutiles hasta las más violentas; pero, cuando se ejerce de manera política, cuando aparece como máquina política, no solo que el ejercicio del poder aparece como práctica legítima, sino que es parte de los habitus sociales.

En la compleja heurística del poder, en el complejo entramado maquínico del poder, la máquina política es el núcleo del funcionamiento de esta heurística, respecto a las combinaciones y composiciones maquínicas que realizan el Estado. La heurística del poder no solo tiene esta finalidad, la de la realización del Estado; tiene también otras finalidades inherentes. Dependiendo de estas finalidades, las composiciones y combinaciones maquínicas cambian, por lo tanto, también, varían lo que podemos identificar como núcleos de esta heurística compleja del poder. Cuando las finalidades tienen que ver con el cumplimiento de formas de dominación más descarnadas, entonces la máquina política deja de ser el núcleo heurístico; en otros casos, los núcleos pueden ser dispuestos ya sea en la máquina del chantaje o en la máquina de guerra.

Concentrémonos en la máquina política, en los diseños de sus funcionamientos. Un diseño abstracto, que tiene que ver con la apariencia de legitimación, tiene que ver con el cumplimiento de la Constitución, con el funcionamiento del sistema jurídico-político, con el funcionamiento de la malla institucional del Estado. Pero, este diseño, por ser abstracto, no es del todo cumplible o susceptible de corroboración. Por eso, la máquina política requiere de otros diseños menos abstractos, más operativos. Otro diseño es el relativo al sistema político, propiamente dicho, que incluye lo que podemos llamar el sistema de representaciones, también sistema de partidos. En este caso, la apariencia es “democrática”; el ejercicio de la política se realiza como “ejercicio democrático”, en los marcos de la democracia institucionalizada, formal, circunscrita. La máquina política se retroalimenta en el juego democrático, básicamente electoral; los ciudadanos están comprometidos en esta reproducción política. Hasta ahí ciertas características compartidas por los Estado-nación, donde funciona la democracia institucionalizada. Empero, de acuerdo a los contextos diferenciales y singulares de estos Estados, no funciona todo esto como regularidades establecidas; se dan, más bien, paralelismos y diferencias, dependiendo de las problemáticas políticas de los países. Se dan contextos nacionales, en coyunturas determinadas, donde no es suficiente el sistema de representaciones restringido a los partidos políticos, sino que se requiere incorporar a la construcción de representaciones políticas a sindicatos, corporaciones o movimientos que se institucionalizan. En este caso, el juego político como que se amplia, por lo menos, el espectro donde se irradia. Sin embargo, estas amplificaciones de los referentes de la representación no son estables, por lo tanto, duraderos, en el largo plazo; después de un tiempo, manifiestan patentemente las inconsistencias del sistema de representaciones. No se crea que esto ocurre porque se ha ido más allá del sistema de partidos, como creen los liberales; de manera sorprendente, mas bien, muestra las falencias ocultadas de la representación circunscrita del juego democrático formal. Si se llega a la situación donde el acontecimiento político hace emerger otros actores políticos es porque el sistema de partidos, en el marco liberal, ya entró en crisis; ya no representa o ya no puede sostener la representación diferida y delegada del pueblo. En consecuencia, se pone de manifiesto la crisis política en el plano de intensidad de las representaciones políticas, ya sean las circunscritas al marco liberal o las ampliadas al marco populista.

De modo diferente, en vez de ampliarse el panorama de los actores del juego democrático, puede, mas bien, reducirse más acá de la circunscripción liberal; puede ocurrir que un solo partido, que se convierte en partido-Estado, sea el que monopolice la representación institucionalizada del pueblo. En este caso, la crisis política del sistema de representaciones se busca resolver por el repliegue a una sola forma organizada de representación. En este caso, la crisis se hace institucional, de manera patente y estructurada; el monopolio de un solo partido significa que el Estado ya no puede soportar el juego ambivalente de las representaciones; entonces, congela la representación del pueblo a una sola forma de organización. Esto quiere decir, de manera clara, que ya no hay representación, sino la institucionalización de una forma de Estado, de una forma de gobierno, sin representación, sino con la narrativa ideológica de que la representación del pueblo se ha logrado plenamente. Por lo tanto, ya no se requiere la construcción de la representación; es el fin de la historia política.

Estas son las tres formas de la crisis política de representación; la estrictamente liberal, la populista y la socialista-real. El substrato de la crisis política de representación se encuentra en la construcción misma de la representación. La voluntad general, siguiendo el discurso rousseauniano, es suplantada por la voluntad operativa de los partidos, después por la voluntad operativa de sindicatos y corporaciones, o, en el tercer caso, por la voluntad operativa centralizada de un solo partido. En términos democráticos, no formales, ni institucionales, sino efectivos, participativos, la representación es dinámica; en consecuencia, la construcción de la representación no puede ser sino dinámica, fluida, abierta a las contingencias, a las correlaciones de fuerzas, a las coyunturas, a los contextos y a las problemáticas en cuestión. Cuando la crisis de representación llega a fondo, es cuando se ha tocado los límites de la máquina política; cuando se ha ido más allá de lo que puede. Entonces es como llegar al fin de la política, cuando se pasa a los agenciamientos de otra máquina de poder. Diremos, exagerando un poco, empero, a su vez, ilustrando, que la máquina política queda inutilizada o saturada, por lo tanto, se vuelve ineficaz y se desplaza el núcleo del poder a otra máquina de poder. En el caso del populismo exacerbado, después de su periodo de convocatoria, se pasa a la máquina del chantaje; en el caso del socialismo-real, después del periodo revolucionario, se pasa a la máquina de guerra.

 

Los círculos viciosos de la crisis de representación política

Cuando la crisis le toca al sistema liberal, el proyecto populista se considera a sí mismo como la superación de la crisis; habría logrado una representación más genuina del pueblo. Cuando el sistema liberal u otro sistema de poder, por ejemplo, monárquico o de dictadura militar, entra en crisis y, dadas las circunstancias y condiciones de posibilidad histórico-políticas, el proyecto socialista emerge de la revolución social, este proyecto no solo se considera como superación de la crisis de representación, sino que considera que el mismo pueblo trabajador se encuentra en el poder; en consecuencia, ya no hay necesidad del juego democrático, de la construcción de representaciones. La política se habría realizado con la dictadura del proletariado, por lo tanto, ya no se requiere de la construcción de la representación. Las tres formas son formas de la crisis política; se trata de la suspensión de la política, en el sentido pleno de la palabra, política como suspensión de los mecanismos de dominación. Como dice Jacques Rancière, no se trata de política sino de policía; los dos términos provienen de polis. El ejercicio del orden, es decir, del orden policial, se da de manera mediada, por mediación del Estado de derecho, en el caso liberal. El ejercicio policial se da como desplazamiento del orden hacia innovaciones populistas, es decir, un orden difuso, empero, efectivo, por lo menos en una primera etapa, en cuanto al logro de la legitimación. En cambio, en el caso del socialismo-real, la sustitución plena de la política por lo policial se da de manera absoluta, el Estado-nación se convierte en un Estado policial.

La ilusión liberal de salir de la crisis política consiste en creer, una vez que se manifiesta la crisis de legitimidad de la forma de gubernamentalidad clientelar del populismo, que con el retorno a la condición liberal del marco de las representaciones se resuelve el problema. No ve, no puede ver, debido a la ideología, que lo que pretende no es otra cosa que salir de una forma de la crisis política para volver a la forma matricial de la crisis política. Otra manera de la ilusión liberal se expresa con la creencia de que, dada la crisis del socialismo-real, se supera esta crisis retornando a las formas de la democracia liberal; no ve, no puede ver, que lo que se propone es salir de la forma de la crisis del Estado policial para ingresar a la crisis del ejercicio de la política restringida al orden policial, mediada por los recursos jurídico-políticos e institucionales liberales. No hay forma de salir de la crisis política moviéndose en el círculo vicioso de la crisis de las representaciones políticas. Salir efectivamente de la crisis política es volver a las dinámicas efectivas y fluidas de las representaciones, devolver la construcción participativa de las representaciones a la potencia social. Se trata de autorepresentaciones de los autogobiernos de los pueblos.

 

Notas

1.- Ver Subalternidad y máquinas del sistema-mundohttps://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/subalternidad_y_m__quinas_del_siste_8f9c2bc7a950e0.