La policía, abrazo armado y disuasivo, además de represivo, del gobierno clientelar y corrupto, al servicio de la máquina del chantaje y la economía política del chantaje, además respondiendo al lado oscuro del poder, está cometiendo delitos constitucionales e institucionales al no responder a sus funciones, al no cumplirlas, volviéndose en brazo de choque del despotismo y la tiranía a la que han caído los gobernantes y la masa elocuente de llunk’us. Estos delitos son sancionables, no solo con destituciones y sanciones correspondientes, sino incluso con cárcel. En perspectiva inmediata, cuando se recupere el ejercicio de la democracia, incluso con el cierre de esta institución, servil, sumisa, corroída e indigna.

Estamos ante un escenario descalabrado, donde las instituciones del Estado no cumplen sus funciones ni respetan la Constitución, mas bien, la vulneran, ejerciendo poder sin legalidad ni legitimidad, aboliendo la democracia y avasallando al pueblo, a la soberanía popular. Un Estado que ha llegado a esta situación de diseminación institucional ha dejado de ser útil a la sociedad, mas bien, es una amenaza social; un peligro para la vida y una conculcación flagrante de las libertades.

Los gobernantes han llegado al extremo de exponerse abiertamente con la violencia descarnada, la inconstitucionalidad evidente, la patética corrupción de la casta política gobernante, la confesión fáctica del uso del terrorismo de Estado. Un Estado que ha llegado a esta degradación institucional y a semejante decadencia no debe existir. Es el momento de salir del círculo vicioso del poder con el autogobierno del pueblo, la democracia radical, la democracia en pleno sentido de la palabra.

La caída del caudillo

Gabriel García Márquez escribió El otoño del patriarca, la masa elocuente de llunk’us no escribe, pero inscribe su paso triste por la historia política boliviana proclamando contra la voluntad del pueblo, contra la Constitución, aboliendo la democracia y poniendo en suspenso los derechos, al caudillo caído de su pedestal, que, como un ángel caído sin alas, pretende volar alzado en brazos por sus clientelas. Esto solo puede ocurrir en el teatro político de la crueldad y en el espectáculo sin imaginación de un populismo desgarbado.

En un esfuerzo supremo, moviendo los recursos del Estado, al alcance de la mano, la estructura de poder palaciega busca escapar a su caída abismal, mediante el espectáculo de proclamaciones insólitas; apadrinadas por el erario del Tesoro General e insufladas por una burocracia gris y una dirigencia puesta a dedo, sin representación legitima. Cuando los dados están lanzados, nadie escapa al número del azar, que cae en la mesa del destino. El número fatídico, que sintetiza el juego, en este caso el juego del poder, es que el poder, como estructura de las dominaciones, ya no los necesita, estorban en la propia reproducción del círculo vicioso del poder. Tampoco el pueblo cree en el caudillo sin carisma, en las promesas del ángel caído, ha descubierto que en el rostro del caudillo reaparecen los rostros de los antiguos amos.

El síndrome de la ceguez política

Un dicho popular dice en la luna de Paita, según Carlos Arrizabalaga, que escribe sobre lengua y literatura, especialmente de Piura y del español americano, dice que la expresión “estar en la luna de Paita” significa estar embobado, extasiado, distraído”. Bueno pues, al parecer el Ministro de la Presidencia está en la luna de Paita; dice, en su declaración, que “hoy no ha habido ningún paro cívico nacional”. Esta actitud es el colmo del fetichismo del poder; creer que la realidad social se mueve por decretos o según las “leyes” del imaginario delirante de los gobernantes. Partir de la premisa de que “un paro es la paralización forzada de las actividades productivas, comerciales y de servicio, y deducir que, por lo tanto, tal paro no se ha dado lugar, es como tener un manual del funcionario público que norma los hechos, los sucesos, los eventos y los procesos reales. Si no ocurre como dice el manual del funcionario, entonces eso, que esta ante los ojos no existe. Seguramente es un invento encantado de la “conspiración” de la “derecha” o del “imperialismo”. Esta gente, en el extremo de la enajenación a la que llevan las burbujas del poder, ha perdido la percepción, por lo tanto, las sensaciones; no mira ni siente como la gente común, como el resto de los mortales, pues está conectada con otro mundo, con la realidad inventada por el imaginario político.

Tampoco se darán cuenta lo que pasa cuando la masa impoluta saque del palacio quemado a la casta gobernante. Esto ha ocurrido en la dramática historia de Bolivia. Dirán que es una turba azuzada por agentes oficiosos de la “derecha” y de los servicios secretos del “imperialismo”. Parece que el adherirse al poder como garrapatas ocasiona un síndrome, el de la ceguez política y perder el principio básico de realidad.

Responsabilidad del pueblo combatiente

El mayor golpe que se le puede dar al pueblo, al pueblo combatiente, es que una casta de impostores simulen ser sus compañeros, peor aún, que pretendan estos impostores conducir al pueblo, que los llevó al poder. Esta simulación y suplantación de la constelación armónica de las voluntades singulares populares, termina castrando las capacidades combatientes del pueblo, termina anulando su potencia social; entonces, sirviendo a las dominaciones históricas que sometieron al pueblo, haciendo creer que los nuevos amos son los “libertadores”, cuando son otra versión, tramposa, de los antiguos amos.

Por eso, el pueblo combativo tiene que aprender de las duras lecciones de la historia. No confiar en nadie salvo en su propia colectiva voluntad. En su saberes ancestrales y presentes, en sus capacidades y facultades sociales de autogobierno. Cuando se aprende esta lección, entonces las multitudes, que llamamos pueblo, abre nuevos horizontes civilizatorios para dar cabida a otros mundos posibles. Después del desencanto de la promesa demagógica populista, lo grave sería caer al retorno a las tradicionales formas de dominación; las gestadas a lo largo de la historia con las formas institucionalizadas y formalizadas de representaciones liberales.

La responsabilidad del pueblo, es crear alterativamente las alternativas vitales de otros mundos y otras civilizaciones. No retroceder de la demagogia populista a la propuesta conocida de una simulación democrática, que encubre la explotación, el extractivismo, la dependencia y el colonialismo. Ir más allá de la “izquierda” y la “derecha”, más allá del amigo y enemigo, más allá del bien y el mal; encontrarse con la potencia de la humanidad entrelazada con la potencia de los ciclos vitales del planeta.