Salgo a la lluvia, salgo a que me llueva, me llueva, y la lluvia caiga sobre mí y me limpie de toda la maldad que puedo portar, soportar, me limpie de toda la maldad que ande por ahí, acosándome

Salgo a la lluvia, salgo en búsqueda de su beso hostil, de su caricia de latigazos –cuando llueve, llueven aguijones, llueven astillas, llueven dagas, en estos valles abruptos de los Andes

Llueven ilusiones que se lavan o se aferran a la lluvia en estos indómitos valles de los Andes

Llueve la lluvia y yo salgo a incitarla sobre mí, quiero que me lave las penas, quiero que enjuague cada una de mis lágrimas, quiero que mis lágrimas, la lluvia, los ríos donde todo confluye, sean cauces invencibles de un dolor que sólo puede desembocar en alboradas, una lucha y una consecuencia –consecuencia de la lluvia- que sólo puede terminar de acabar con las injusticias, y volver todas las aguas

Todas las lágrimas

Toda la lluvia

Todos los ríos, los arroyos, las vertientes, las nieves que se desaguan, los hielos que se licuan, las gotas de mi copa que se derraman, que toda el agua, las aguas que suben, las aguas que bajan, se vuelvan

Un mar profundo, un océano irreversible de justicia

Un delirante mundo feliz, abonado de justicia, de la justicia de todas las aguas

Esas que junto en mi cuerpo, esas que ansío en mi alma, esas que me mojan cuando salgo a la lluvia, salgo a buscarla.