Apenas sentí tu hechizo

Supe que me ampararías

Con tus labios de volcanes

Con tus senos de fértiles yaretas

Con tu vientre de oquedades

Vientos, amables desgarros

 

Nunca te temí. Tu voz

Tu canto de antiguas soledades

Pobladas de pukaras y vicuñas

Era más fuerte, atesoraba más soles

Que todas las palabras

Que jamás me animé a pronunciar

Tu voz era más luminosa

Que todos mis silencios

 

Siempre confié en vos

Siempre me acunaste

Elegí escuchar tus latidos

Esos que agasajabas en arenas ausentes

Que volvieron a retumbar

En el mar lejano y sin fin de los salares

 

Por allí, andaba el Germán, ese tu eco

Que clamaba y clamaba en medio de la noche

La más hostil, la más desdichada

 

Él, el centinela, el guardián, me enseñó a danzar

A elevarme, como los cerros

De toda esa miseria que busca

Demonios, domarnos, dormirnos, volvernos sin fasto

Sentirnos crueles, dejar de soñar

 

El, me enseñó del ajayu, desde su ajayu, tu ajayu

Del alma de las soledades, los silencios

El me contó de ese toro negro, bravo, ciego

Que en medio de lo blanco, de todo lo blanco

Del salar, arremete, busca sangre, enceguece

 

El me enseñó cómo enfrentarlo

Si vas a sufrir, sufre, me dijo, pero sufre hasta el final

Si vas a querer, quiere, pero quiere igual

 

Los que padecen a medias

Nunca saben que la desdicha

Es peor que morir, duele más que matar

 

Los que aman por la mitad

Nunca saben que el dolor

Si se empeña, si se atiza

Jamás se despeña. Te puede acabar.

 

 

Río Abajo, 18 de enero de 2018