Es de esperar que el discurso, manifestación enunciativa del lenguaje, guarde sedimentos heredados en su arqueología discursiva. Sin embargo, hay discursos que lo hacen de manera desmesurada, cargando mucho peso de los anacronismos, herencias vernaculares, al emitir sus pronunciamientos discursivos. Uno de esos discursos es el discurso político. El discurso político tiende a hacer emerger los atavismos metafóricos vernaculares en el debate ideológico, la beligerancia del debate ideológico arrastra al discurso político a recurrir a las descalificaciones; para tal efecto son útiles los fantasmas del pasado. El discurso político puede hacer emerger esquematismos dualistas religiosos ateridos, donde el infiel aparece como endemoniado execrable, susceptible de aniquilación.

El discurso político es moderno, en tanto tal ha producido otro esquematismo dualista, que sustituye al esquematismo dualista religioso del fiel e infiel, es el esquematismo dualista del amigo y enemigo. El enemigo también aparece como abominable, en caso extremo, también susceptible de aniquilación. En sus capas menos profundas, menos vernaculares, el discurso político imita al análisis de las ciencias sociales; de las más usadas son referentes la ciencia política y la sociología, con menos asiduidad se usa el referente de la antropología. Con estas recurrencias el discurso político pretende objetividad, incluso puede recurrir, en su exposición, a los datos, para así mostrar la alusión a la incuestionable claridad de los números. Sin embargo, a diferencia de las ciencias sociales, que se basan en investigaciones, así como se mueven en paradigmas, manejados en su integridad, no fragmentariamente, el discurso político no se basa en investigaciones, sino en presuposiciones, en prejuicios; tampoco tiene exactamente un paradigma en el que se mueve, que maneja íntegramente, sino se inclina por el uso eclético de distintos paradigmas de las ciencias sociales, que los emplea fragmentariamente y hace como un collage interpretativo para abatir a los enemigos.

Tomemos un ejemplo, el discurso del vicepresidente, quien  en un artículo titulado La asonada de la clase media[1] hace gala de todas estas herramientas y recursos del discurso político. El artículo comienza con una exposición sobre el concepto de clase; le otorga al concepto sustancialidad, como si el concepto de clase no correspondiera a una taxonomía social, ciertamente institucionalizada. El concepto de clase es más antiguo que su elaboración marxista, deriva de la elaboración hecha por los fisiócratas. Extraña que alguien que se asume como marxista, defina la clase como “un conjunto grande de personas que estadísticamente tiene acceso a condiciones de vida más o menos parecidas, por ejemplo, ingresos económicos, propiedades, titulaciones, prestigios o vínculos sociales”, y no por su relación con el modo de producción. La definición dada por el expositor del artículo mencionado puede aproximarse a alguna de las definiciones de clase dadas por Pierre Bourdieu; sin embargo, Bourdieu lo hace teniendo en cuenta la diferencia de los campos sociales, que hacen a la composición del campo social, que supone la articulación y combinación de distintos campos. Bourdieu distingue campo político, campo económico, campo cultural, así como define otros campos más detallados, como el campo escolar o el campo relativo a las reglas del arte. El campo social puede ser mapeado por ubicaciones y por referencias de clasificación social institucionalizados, abordándolos como símbolos de prestigio social. De esta manera, el campo social puede ofrecernos mapas de residencia y de movilidad social.

Lo que  no se puede hacer, si se recurre a Bourdieu, es confundir los campos, mezclarlos, y hablar de clase indistintamente, como si se tratara de lo mismo, hablar de clase en el campo social, en sentido sociológico, y hablar de clase en el campo económico, así como hablar de clase en el campo político; lo mismo podríamos decir respecto al campo cultural. No es lo  mismo; las clasificaciones, es decir, la taxonomía social, adquieren distintas connotaciones, dependiendo de los campos. Si bien, como dijimos, los campos se entrelazan e inciden, esto no implica que la diversidad de campos se aplane, se reduzca a un solo campo. Lo que exige esta complejidad es comprender el juego de composiciones y combinaciones  de las distintas clasificaciones en los diferentes campos articulados y su incidencia en los comportamientos sociales.

De todas maneras, si bien el expositor mentado, no recurre, como marxista, a definir la clase por su relación con el modo de producción, sin embargo, asume el presupuesto simple del determinismo; escribe: “Cuando las estrategias económicas que se despliegan, las oportunidades laborales se les presentan, las maneras generales de enfrentar el porvenir y la forma de apreciar y valorar las cosas del mundo son relativamente convergentes a un espacio común, significa que pertenecen a una misma clase social”. No solamente el determinismo se hace elocuente, sino que la clase se ha vuelto una sustancia, como materia de la realidad; ha dejado de ser una clasificación taxonómica, útil para el análisis, ha dejado de ser un instrumento en el método de estudio de las sociedades; es como un organismo social existente y que se reproduce por sí solo.

Un marxista crítico, historiador británico, como  Edward Palmer Thompson, ya decía que las clases sociales no existen como tales, sino que se conforman y constituyen en la lucha de clases. Por más paradójico que parezca, Thompson da en el clavo; las clases sociales no son sustancias, sino que resultan de la lucha de clases, cuando los involucrados se asumen, en su autorreferencias y su heterorreferencias, se identifican y distinguen en la lucha en la que se encuentran embarcados. Se asumen, por ejemplo, como proletarios y se diferencian de los burgueses, que los explotan. Para que se den estas autorreferencias y heterorreferencias median ideologías, también organizaciones, basadas en la experiencia y memoria social.

El problema para las ciencias sociales ha sido definir la “clase media”. Antes de seguir hay que aclarar que lo de la “clase media” supone una jerarquía simple, que define una “clase alta”, en contraposición, una “clase baja”. No responde a una clasificación marxista. En los apuros, ciertos marxistas la llamaron pequeñoburguesa, aludiendo a escalas menores de la formación de la clase burguesa; pero, como la “clase media” es muy variada, cuando los estratos de clase se aproximan a los perfiles de la clase proletaria e incluso más abajo, se la suele nombrarla como lumpen; es decir, una pobreza indefinida, tendiente al vandalismo.

El expositor del artículo mencionado reconoce la complejidad de la “clase media”, empero, la sigue encajonando en esa pirámide simple de la sencilla jerarquía social; la sitúa entre los de “arriba” y los de “abajo”. ¿No sería mejor replantearse y deconstruir el término tan ambiguo como “clase media”? No se trata de hacer clasificaciones del mismo estilo, más puntillosas, ampliar el cuadro de las clases sociales, definir una amplia gama de estratos de “clase media”; mucho menos distinguir “clase media nueva” de la “clase media tradicional”, diferenciándolas por el contenido popular de la “clase media nueva”. Por ahí también va esa distinción entre “clase media de abolengo” y la “clase media con rasgos indígenas”. Esto último es menos serio que lo anterior. Se trata de repensar el sentido de las clasificaciones taxonómicas sociales; sobre todo, de repensar qué es la sociedad.

La sociedad, el gran socius territorial, se conforma por múltiples y plurales asociaciones, que se constituyen sobre la base de filiaciones y alianzas. Es el imperio el que irrumpe con las clasificaciones institucionalizadas, atravesando el mapa social con estratificaciones burocráticas y sacerdotales. Los llamados reinos, de alguna manera repiten, a su modo, esta transversal funcionaria al mapa social; es decir, las clasificaciones sociales son estatales; fijan prestigios, mandos, jefaturas y dominaciones.

La modernidad pone en suspenso valores tradicionales, demuele instituciones antiguas, desata en las sociedades procesos fluidos en la vertiginosidad apabullante con la que lo envuelve todo; se da lugar un desclasamiento generalizado, así como un re-enclasamiento; se conforman otras clases sociales. Las antiguas castas, como la nobleza y los clérigos, experimentan reubicaciones en la nueva estructura social. La burguesía emerge de lo popular y de parte de la nobleza, la parte que convierte sus posesiones y propiedades en capital, la parte que se vuelve empresaria. La “clase” que se conforma por el desclasamiento generalizados, la “clase” que no es clase, el proletariado, es la que se forma en la pluralidad de desarraigos. El denominativo de proletariado es, en principio, un nombre atribuido por el Estado, señalando esta proliferación de los que dejaron sus tierras y vinieron a trabajar a las ciudades industriales. El proletariado, entonces, corresponde a una clasificación estatal, se trata de una calificación que señala el caos social ocasionado por los que venden su fuerza de trabajo, por no decir, su cuerpo, las capacidades de su cuerpo.

Que el denominativo adquiera, con el tiempo, una connotación positiva, de afirmación, de identificación de la prole que trabaja, tiene que ver con la inversión de sentido, si se quiere, la transvaloración de los valores; pasa de la descalificación a ser de autoafirmación y de autodeterminación. Aquí concurren varios procesos constitutivos; uno de ellos es ideológico; la formación discursiva histórico-política interpela al Estado y a las instituciones como instituidas por la guerra de conquista; por lo tanto, son ilegitimas. Esta formación discursiva histórico-política genera discursos anarquistas, socialistas, comunistas, que señalan al Estado como instrumento de la dominación y dispositivo que coadyuva a la explotación de clase. En esta formación discursiva y en estos discursos histórico-políticos modernos el proletariado se convierte en protagonista histórico, es la vanguardia de la liberación de la clase explotada y de las clases subordinadas por la dominación y hegemonía capitalista. Las narrativas proletarias son de convocatoria y de lucha.

El marxismo, uno de los discursos de la formación discursiva histórico-política, elabora una teoría, la de la lucha de clases, donde el proletariado, además de ser el protagonista de la historia es la consciencia histórica, el sujeto social de conocimiento de la historia. La corriente militante del marxismo va a institucionalizar esta consciencia de clase en la organización proletaria, el partido. Es cuando la clase explotada, el proletariado, es representada y expresada por el partido. Es aquí donde queríamos llegar; precisamente el partido del proletariado es una organización hegemonizada por intelectuales, militantes profesionales de la revolución, intelectuales que proceden de la “clase media”. Aunque el partido tenga sus bases en los sindicatos obreros, incluso dirigentes obreros, que son militantes del partido y ocupan cargos en el partido, lo cierto es que el partido lo conforman, sobre todo, en la cúpula, en el llamado comité central, intelectuales de “clase media”. Esta es una notable paradoja de las revoluciones socialistas. Entonces, ¿de qué hablamos?, ¿basta la representación de la clase para sostener que es la clase proletaria la que actúa como clase en sí y clase para sí? Estos temas de la representación y de la vanguardia los discutimos en notros ensayos[2]; lo que ahora interesa es cuestionar este denominativo y manejo arbitrario de la clasificación de “clase media”.

Las sociedades modernas institucionalizadas, ante la vertiginosidad donde todo lo solido se desvanece en el aire, optan por contener las avalanchas y transformaciones fluidas. Lo hacen restaurando el Estado. El Estado detiene los flujos incontrolables, los flujos in-codificados, restablece las codificaciones y las clasificaciones. Renacen las clases, en el ejercicio ideológico, político y estatal. Se establece una estructura de clases moderna. Entonces, la burguesía adquiere símbolos otorgados por la legitimación estatal; es la clase que habla a nombre del pueblo y lo emancipa de las cadenas feudales o monárquicas. Es la clase del “progreso”, del “desarrollo”,  la clase conductora de la producción y la industrialización. La burguesía es hegemónica en la sociedad de clases moderna, hegemoniza ideológicamente. Este discurso liberal correspondiente a la narrativa burguesa, es transferido a las colonias, donde las burguesías portuarias entran en competencia con los funcionarios coloniales. Sin embargo, como sabemos, se trata de contextos diferentes, el europeo y el del continente llamado América. La principal diferencia consiste en que se trata de colonias europeas. La mayor parte de la población es de origen nativo, incluyendo a los mestizos. Las clasificaciones estatales, en este caso, de la Corona y los Virreinatos, también de las Capitanías y las Audiencias, adquieren una semántica racial. Indio, negro, mulato, pardo y otros denominativos más detallados, según localismos y regionalismos, son clasificaciones administrativas de las visitas y revisitas, es decir, de las enumeraciones poblacionales virreinales. Así como las clasificaciones de originario y forastero, son clasificaciones administrativas, cuyo objetivo es el tributo indigenal. Estas clasificaciones las hereda la república, con alguna que otra modificación. Es decir, la clasificación de la primera república, por así decirlo, es racial; entonces, la taxonomía de clasificación social republicana sigue siendo colonial. La dominación es una dominación de clase y una dominación racial, de los que se reclaman “blancos”, herederos de los conquistadores. Esta clasificación colonial sufre una trastrocamiento con la revolución nacional-popular; esta revolución vincula   rebeliones obreras, sobre todo, mineras, y de sectores urbano populares, con intelectuales de izquierda; otra vez la “clase media”. ¿Qué es entonces la “clase media”? ¿Se puede seguir hablando de “clase media”?

Volvamos a lo del socius territorial. Las asociaciones múltiples y plurales se conforman sobre prácticas, actividades, oficios, por su relación con la tierra, sobre todo, en tanto tierra cultivable y cultivada. Se conforman concentraciones poblacionales en las intersecciones de los circuitos de intercambio. Las asociaciones pueden llegar a conformar interpretaciones y controles de sus descendencias por filiaciones, pueden también conformar controles territoriales regionales a través de alianzas. Pueden entonces constituir Confederaciones. Hasta ahí asociaciones que se nombran por filiaciones, clanes, o por alianzas, Confederaciones. Asociaciones diferenciadas por tipo de actividad, oficio, localidad, región; también, obviamente, por lenguas. En cuanto a lo que podemos llamar representaciones, de manera provisional, que son, mas bien, simbólicas, las jefaturas y los señoríos definen y configuran controles territoriales.

La discusión sobre la estratificación ancestral y antigua, se da cuando esta constelación de asociaciones es cruzada por las clasificaciones estructuradas por funcionarios y sacerdotes; clasificaciones burocráticas que toman como centralidad a la dinastía, que vendría a ser algo así como el clan supremo. Una hipótesis interpretativa, entre otras, es la que conjetura la ruptura de las alianzas territoriales, la usurpación de la Confederación, por un clan supremo, que logra imponerse sobre las alianzas. Sin discutir aquí las otras hipótesis interpretativas – lo hicimos en otros ensayos[3] -, nos interesa señalar esta transversal de clasificaciones burocráticas y funcionarias al mapa complejo de las asociaciones. Desde nuestro punto de vista, llamamos a este acontecimiento instauración de un poder estructurado, institucionalizado, legitimado por mitos, ritos, ceremonias y alegorías. Es decir, legitimado por el imaginario simbólico. Una consecuencia de esta hipótesis interpretativa es que la clasificación taxonómica social es conformada por el aparato burocrático y por el aparato sacerdotal.

Ahora bien, ¿qué es esta casta burocrática y qué es esta casta sacerdotal? ¿”Clase media”, abusando del término con fines comparativos? Si bien podemos aproximarlos al clan supremo; aproximar a los funcionarios de mayor rango y a los sacerdotes de mayor prestigio y control, la mayoría de los funcionarios y sacerdotes están, mas bien, distantes del clan supremo. Volvemos al problema de definir estratos sociales que cumplen funciones mediadoras, que  no es lo mismo que decir que se sitúan en medio de una pirámide social abstracta.

En la teoría del modo de producción capitalista, vale decir, en lo que se expone en el primer tomo de El capital, no hay “clase media” ni “clases medias”; hay solo dos clases, el proletariado la burguesía. Lo demás es como reminiscencias sociales de estructuras sociales del pasado o se encuentran en camino de formar parte del proletariado o de formar parte de la burguesía. Las otras clases aparecen en el tercer tomo de El capital, dedicando atención al campesinado  y a los terratenientes, así como a oros estratos que aparecen de manera más difusa. No tocaremos los denominativos que usa Karl Marx en sus escritos histórico-políticos, pues las clasificaciones usadas son recogidas de los discursos colindantes o de las narrativas políticas de su tiempo. No interesa tanto definir las clases sino interesa comprender la lucha de clases en sus especificidades y singularidades. El análisis crítico efectuado es a la hermenéutica y heurística política de su tiempo. Sin embargo, vuelve a aparecer, en estos escritos, esa difusa composición social, que otros identifican como “clase media”.

Una primera impresión; el término de “clase media” más parece ser una clasificación auxiliar para nombrar lo que no se conoce, pretendiendo este conocimiento con tan solo nombrar. Esta aseveración que se expresa como conjetura nos lleva a algo más grave: ¿Se conoce a la sociedad, al funcionamiento social, a sus dinámicas moleculares y molares? Los devaneos del expositor mentado, en el discurso político emitido, sobre la “clase media”, incluso, adjuntando, las interpretaciones esquemáticas de las ciencias sociales, nos muestra los grandes vacíos de los saberes modernos sobre la sociedad.

Después de lo dicho, podemos sugerir otra hipótesis interpretativa: No hay clases sociales sino a través de las clasificaciones taxonómicas sociales, hechas por el poder; clasificaciones institucionalizadas, que fijan las diferencias, que institucionalizan las diferencias. Hay lucha de clases, que corresponde a la rebelión y a la subversión contra la dominación imperante y la explotación vigente. Hay conflicto entre sociedad, como matriz y substrato de las dinámicas sociales, que tiende a la fluidez y a la movilidad, a la transformación y al devenir. Es el Estado el que contiene la fluidez y la movilidad, las congela, estratificando clases sociales en tanto diferencias jerarquizadas permanentes, capturando fuerzas sociales, coadyuvando a la repetición de esquemas de comportamientos y prácticas, que reproducen institucionalmente a las clases sociales.

Volviendo al conflicto social en cuestión, que no solamente es médico, sino de la sociedad movilizada contra el Código Penal y la abolición de la democracia, no es sostenible la hipótesis ideológica de la “asonada de la clase media”. Su utilidad no es analítica, sino como enunciación política que procede a la descalificación ideológica de la movilización social desatada, que aglutina a varias regiones y a distintos sectores sociales, incluyendo a la clase trabajadora, a los obreros. Esta amplitud social no es abarcable con un concepto tan ambiguo y difuso como el de “clase media”.

Volviendo al discurso del expositor del artículo mencionado, el incremento de la “clase media”, corroborado por datos, por los porcentajes estadísticos, señalados en el artículo, se ha producido en distintos países, tanto de “gobiernos progresistas” como de gobiernos neoliberales. Si es cierto que estadísticamente impacta la magnitud del incremento porcentual, referido al crecimiento de la “clase media” de los países de “gobiernos progresistas”, hay, de todas maneras, variables compartidas con el incremento de la “clase media” en países de gobiernos neoliberales. En contra lo esperado por Marx, no se ha incrementado el proletariado, sino, mas bien, las “clases medias”, en lo que viene del desarrollo capitalista. No es pues este fenómeno de explosión de la “clase media”, con la incorporación de la “clase media popular”,  algo de lo que hay que vanagloriarse; ocurre en todas partes.

Ofrecer como ejemplo de “revolución” lo mismo, como si se tratara, tal como dice la canción, de que cambie todo para que no cambie nada, no es algo destacable como cambio, menos como transformación. Ofrecer como “revolucionario” la misma estructura social, jerárquica y diferenciada, solo con cambios de élites y cambios en la composición de la “clase media”, es confesar la decadencia inherente a la forma de gubernamentalidad clientelar. Ofrecer como “izquierda” esta mimesis de lo mismo con otros discursos, es devaluar la referencia de izquierda y banalizar su trayectoria heroica y consecuente del pasado inmediato. Ofrecer como “socialismo” esta banalidad política, a diferencia de lo que postulaba el socialismo clásico, una sociedad sin clases, es confesar la propia inutilidad histórica.

NOTAS

[1] Ver de Álvaro García Linera La sonada de la clase media. Animal político; la Razón; La Paz 14 de enero. 

[2] Ver  Paradojas de la revolución.   https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradojas_de_la_revoluci__n.

[3] Ver Cuadernos activistas. https://issuu.com/raulpradaalcoreza/stacks/715dbb6b8faf4b70bef012832f796319.