René Zavaleta mercado proponía el método de conocimiento a través de la crisis; haciéndole caso tendríamos que especificar que se puede conocer la realidad social efectiva a través de los conflictos. No nos referimos a lo que se hace, la descripción de los conflictos, tampoco a lo que hacemos, análisis crítico de los conflictos, sino verlos como síntomas del acontecimiento político, signos de pre-narrativas, alumbrando sobre los entramados del presente[1]. Ciertamente, tocamos, desde hace un tiempo, los síntomas de la crisis, tratando de abordarlos desde una sintomatología[2]. Está bien, pero, ¿qué más nos ofrecen los conflictos, sobre todo, como signos de pre-narrativas?

Comencemos, tentativamente, por lo fácil; por los comportamientos en el conflicto. Por ejemplo, por los comportamientos del gobierno, mas bien, mejor dicho, de la gente de gobierno, las personas que gobiernan. Lo que llama la atención es que parecen, la primera impresión, del mismo patrón de comportamiento, a pesar de que se trata de distintos conflictos o, en su caso, del mismo conflicto, solo que repetido, de manera imperceptiblemente diferente. Respecto a muchos de los conflictos, sobre todo, cuando suben de tono y alcanzan intensidad mayor, los gobernantes y sus voceros dicen que se trata de la “conspiración” de la “derecha” y del “imperialismo”. Entonces, descalifican a las demandas y reivindicaciones exigidas. Lo que dice, entre líneas, esta interpretación es que el conflicto no se genera ni emerge en la realidad social y nacional, sino que es producto foráneo. Entonces, no es que hay problemas sociales o de índole política, tampoco económica, sino que el conflicto es ocasionado por la “conspiración”, en un país donde todo marcha bien y el gobierno cumple con su mandato y la Constitución.

Este comportamiento preponderante, respecto de los conflictos, de parte de los gobernantes, alumbra sobre su concepción efectiva sobre la sociedad, el pueblo, el país, la política y, en este caso el “proceso de cambio”. Esta concepción mira a la sociedad como pasiva, considera al pueblo como encandilado; la pasividad y el encandilamiento le muestran a los gobernantes que todo va bien y que es un “buen gobierno”, quizás el mejor de la historia política nacional. Cuando la sociedad deja de ser pasiva y cuando el pueblo no muestra entusiasmo por el gobierno, entonces, la deducción de esta concepción gubernamental es que no se trata de la sociedad y del pueblo, sino de “grupos de agitadores” y descontentos que caen en las redes de la “conspiración” de ocultos agentes foráneos o de la “derecha” resentida. Entonces, la sociedad y el pueblo no existen cuando se agitan, solo existen a los ojos del poder cuando están pasivos y encandilados por todo acto y discurso del gobierno, del presidente y de sus voceros.

Hemos escrito sobre la ideología autocomplaciente[3], que se mira al espejo y se enamora de sí misma, o se corrobora al verse y escucharse; en relación a esta concepción autocomplaciente de los gobernantes, que se manifiesta en los comportamientos de estos “representantes del pueblo”, de estos sacrificados administradores de lo público, particularmente del caudillo, que es el mesías que vino a redimir al pueblo oprimido, debemos descifrar los signos que expresan estos comportamientos.

Una primera hipótesis interpretativa  es la siguiente: En el fondo de esta concepción autocomplaciente, no vamos a decir inconsciente, porque no es adecuado, tampoco como metáfora ilustrativa, sino en el nucleó de esta concepción, que hace como médula de premisas ideológicas,  el mundo está ahí para rendir pleitesía a los gobernantes, el pueblo está para reconocer y agradecer el sacrificio de los gobernantes, la sociedad está como escenario histórico donde se revela la grandeza de los gobernantes. Si esta es la médula de la concepción autocomplaciente de los gobernantes, no deberíamos sorprendernos que actúen como actúan; descalificando a las movilizaciones de los conflictos, denunciando, hostigando, amedrentando y hasta encarcelando a sus dirigentes. Es pues un sacrilegio atentar contra el caudillo, contra el mejor gobierno de la historia, es como un  pecado que debe ser castigado. Antiguamente se consideraban ciertos atentados contra el orden establecido como regicidio y eran castigados con la muerte, de la manera más espantosa posible, mediando la tortura dilatada. Prácticamente, en otro contexto histórico, habríamos vuelto a lo mismo o algo parecido, solo que en versiones de la modernidad tardía.

Hay Constitución, hay un sistema jurídico de leyes, hay una malla institucional, pero, de acuerdo a los códigos de la concepción autocomplaciente, están al servicio de los gobernantes, al servicio del caudillo, al servicio de un “proceso de cambio”, que, a su vez, está al servicio del caudillo.  La médula de la concepción autocomplaciente de los gobernantes es ya no solamente autocomplaciente sino endiosante;   se diviniza al caudillo, al patriarca que ha venido a liberar al pueblo oprimido. La médula de la concepción autocomplaciente corresponde a sedimentos más antiguos del imaginario institucional del poder. Las genealogías del poder contienen como una arqueología imaginaria, que no actualiza exactamente, como dice Michel Foucault respecto a la relación poder-saber, sino que, mas bien, al contrario des-actualiza, pues unge al poder de sus más vernaculares mitos.

Entonces, el comportamiento de los gobernantes como que tiene dos motivaciones; una, la visible, la que no se desentiende del todo del principio de realidad – usando este enunciado del psicoanálisis metafóricamente – actúa según las motivaciones o si se quiere impulsos auto- complacientes. La segunda, la no visible, pero que se puede desentrañar, siguiendo los signos del comportamiento, la que se desentiende del todo del principio de realidad, la que se embarca o se deja llevar plenamente por el principio del placer – siguiendo con otro enunciado del psicoanálisis, también metafóricamente – actúa según el deseo más recóndito, el del gozo más extremo, el correspondiente, siguiendo con las metáforas, con el instinto tanático, el instinto de muerte.

Observando los comportamientos de los gobernantes frente a los conflictos, pareciera que no pueden escapar a lo que hemos llamado ideología autocomplaciente, es más, específicamente, a la concepción autocomplaciente de gobernar, y lo más dramático es que no pueden escapar a la herencia vernacular de los mitos institucionales más antiguos del poder.  Es como una tragedia, en el sentido que le da la literatura; se cumple con la profecía o, mejor dicho, la profecía de la profecía; el mesías ha llagado para redimir, pero también para realizar el apocalipsis. El caudillo redime y destruye al pueblo, el gobierno del caudillo consuela a la sociedad angustiada y la pulveriza.

El ejercer el poder parece que despierta los más recónditos miedos, que estaban como encapsulados,  en los substratos profundos del sujeto desgarrado, de la consciencia desdichada; no solamente se trata del espíritu de venganza, como mencionaba Friedrich Nietzsche, ni solo del espíritu del resentimiento, sino del desenvolvimiento del instinto o pulsión de muerte, que aparece, de forma mutante, como impulso de destrucción, no solamente de los entornos, del país, de la región y el mundo, sino de uno mismo.

Ciertamente, esto no concurre de manera consciente – otra vez recurriendo a la metáfora -, por así decirlo,  sino, si se quiere, de una manera inconsciente. Puede interpretarse estos comportamientos desde distintas perspectivas; pueden ser políticas y hasta críticas, incluso se han llegado a dar interpretaciones psicológicas;  sin embargo, no parece encontrarse ahí toda la explicación de los comportamientos enajenados. Las sociedades no han resuelto problemas pendientes con sus memorias acumuladas, memorias sociales que han preferido sumergir en estratos y sedimentos profundos estos problemas heredados. Es indispensable que lo hagan, pues si  no lo hacen, los pueblos seguirán embarcándose en otras versiones de lo mismo; la tragedia del poder. Esto lo decimos, pues el comportamiento de los gobernantes tiene su correlato en los comportamientos de los gobernados. Lo que llamó Wilhem Reich el deseo del amo, que también puede nombrarse como el deseo del mesías,  ha sido reiterativo en las dramáticas historias políticas de la modernidad. Se rompe este correlato cuando los pueblos desechan este deseo y liberan las pulsaciones creativas de la vida.

[1] Ver Gramatología del acontecimiento. También Paradigma mexicano y acontecimiento Brasil.  

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/gramatolog__a_del_acontecimiento_7ccae05cdb47fe.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradigma_mexicano_y_acontecimiento.

[2] Ver Crepúsculo del sistema mundo y alteridad.   https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/crep__sculo_del_sistema_mundo_y_alt.

[3] Ver Crítica de la ideología, I y II.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_ideolog__a_i.

https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/cr__tica_de_la_ideolog__a_ii_de57ea240bb751.