Extraño celaje el que acabo de presenciar. La luz era tan pero tan amarilla, tan pero tan conmovedora, tan pero tan amable que uno no podía evitar sentir que andaba a la búsqueda de enviar un mensaje. Acaso estaba buscando reparar algo, algo roto, algo que pudo romperse o está a punto de hacerlo. Y esa luz acudía a repararlo. Esa luz venía a sanarlo. Esa luz venía, acaso, a perdonarlo.

Los cerros reflejaron esa luz de una forma inusual, cargada de esplendor: como si la montaña estuviese bebiendo de esa luz, como si la estuviese dejando penetrar en sus entrañas, como si la sintiese como un reflejo de su propio interior y, en un salvaje y apacible juego de espejos, la majestad del momento lo volvía eterno en su sencillez, en su inagotable e imperturbable sencillez.

El espacio entero se cubrió de un velo de ámbares. Podías acariciarlo, podías tocarlo con tus manos. Podías envolverte en él, buscar su amparo. Eso fue así hasta que la luz cesó y se llevó su magia hacia otros confines, otras montañas, otras huellas.

La noche cayó y unos rayos de temer se derraman por el sur, allí donde la playa del río se ensancha y lame las laderas del Gran Protector de Todos Nosotros, allí donde el coloso eleva sus moles de piedra cubiertas de hielo y nieve. Creo ver su blancura cuando la oscuridad se quiebra bajo ese resplandor invencible. El viento ha empezado a soplar. Crujen las puertas. Se oyen los truenos. El gato corre y se cobija. Ha comenzado a llover. La extraña belleza del celaje era su manera de anunciarse.