En los llanos hasta los arboles son chachistas.
Cnel. Rivas, 1862

Esto no lo cuenta la historia.

Tras la derrota en Caucete bajo el fuego de las tropas unitarias, con sus montoneros diezmados por la furia oligárquica, el general Ángel Vicente Peñaloza, más conocido en la inmortalidad y por su pueblo, simplemente como “El Chacho”, se sentó a la sombra de un molle, un simple molle, a descansar después de tantos ardores y tanta muerte sin justicia. El molle le habló dulcemente:

‒Chacho, Chachito, querido: es hora de confiar que tu sangre no será derramada en vano…

El general Peñaloza se sorprendió: un molle, un simple y humilde molle de los llanos, le estaba hablando. Luego entendió y se entregó prisionero a las tropas de Irrazábal, lugarteniente de Paunero, el gran carnicero de gauchos, el hombre al cual los Mitre y los Sarmiento le ordenaron el genocidio. Fue un 12 de noviembre de 1863 en el pueblo riojano de Olta, corazón llanista.

Esto sí lo cuenta la historia: a pesar de que El Chacho no ofreció resistencia, Irrazábal, al verlo, lo atravesó con una lanza y no contento el miserable, en presencia de su esposa y un hijo, ordenó que lo decapitaran y pusieran su cabeza en una pica para ser exhibida en la plaza olteña.

Esto tampoco lo cuentan los libros. La noticia conmocionó a los llanos, a los montoneros sobrevivientes, a la cordillera, sus nieves, a los pumas solitarios que rugieron de dolor, a los guanacos. Algunos árboles antiguos no pudieron contener un ahogado llanto. Cuentan que el molle, ese simple, humilde y digno molle que había amparado al Chacho, cantó para sí esta baguala: Dicen que Peñaloza ha muerto,/ no sé si será verdad./ No se descuiden, salvajes,/ y vaya a resucitar.

Hay relámpagos que no tienen tumba. Hay ecos que no se apagan jamás. Hay árboles que nunca olvidan.