Hay muchas anécdotas de la Revolución Rusa pero la que anotaré es una de las mejores.  Sepan disculpar el tono pero así la vuelvo más simpática.

Dicen que estaban Lenin y Trotsky conversando. Un vaso de vodka cada uno, y dale, puede ser. La cosa es que Lenin le dice. Mirá, León, creo que vos serías un buen canciller para el gobierno de los Soviets. Trotsky lo mira a Lenin y le responde: mirá, Vladimir, con los quilombos que tenemos acá en Rusia, nos van a atacar por todos lados, tenemos que construir el socialismo que todavía no sabemos bien de qué se trata y vos encima querés ponerme a mí, a un judío, de ministro de relaciones exteriores… eso va a traer más quilombo, querido camarada.

Lenin no se convence, contraataca: ¡Ay, León! ¡Hermano querido! Ahora resulta que hemos hecho la revolución para tener que prestarle atención a los prejuicios y a la idiotez que puedan existir porque nombremos a un ministro judío… ¿acaso no hicimos la revolución para acabar precisamente con eso?

A lo que Trotsky le responde: Mira, Vladi, con la revolución podemos acabar con muchas cosas pero con la estupidez humana, estoy seguro que no.

Lenin le empuja un sorbo bravo al vaso de vodka y la remata diciendo: ¡carajo, viejo! Y si no podemos terminar con la estupidez, ¿qué es la revolución y para qué la hicimos?

Por si acaso, la historia es real y está contada en Mi vida, las memorias autobiográficas de Lev Davídovich Bronstein, más conocido como León Trotsky.