Un incendio en la antigua Real Biblioteca de Macao hubiera sido olvidado si un navegante de apellido Canabrava, portugués pero al servicio de la también y otrora real bandera brasileña, no lo hubiera registrado en su bitácora de navegación por los mares de la China meridional. El fechó la catástrofe el 4 de octubre de 1886.

La anotación, aunque escueta, es reveladora. Dice que un monje de un templo dedicado a Buda inició la tragedia, derramando aceite sobre una añeja estantería del edificio, y que cuando las llamas abrasaban el espacio y eran tan altas como elefantes, se lanzó a las mismas, a lo bonzo. Nadie pudo detenerlo y menos apagar el fuego que devastó la añosa biblioteca. De ella, sólo quedaron cenizas y un bibliotecario tan noble que impedido de soportar semejante desgracia, acudió hasta uno de los muelles del puerto, se lanzó a las aguas y tuvo tan mala fortuna que en vez de morir ahogado fue devorado por unos escualos que habían invadido la bahía.

El infortunado guardián de los libros dejó una nota de suicidio en el cuarto del Hotel Edén, donde moraba. Era más escueta aún que las informaciones anotadas por el marino pero eran, a la vez, aún más reveladoras. La nota, simplemente, decía: Los diarios secretos de Ma Sanbao se han quemado. El tesoro ha desaparecido. Mi tristeza me arrasa, mi tristeza no tiene fin. Acabó su escrito con un adiós y firmó su despedida con un Tavares.

Ma Sanbao es otro de los nombres con el que fue conocido Zheng He o Cheng Ho para los sinólogos clásicos, el gran almirante de todas las Chinas y uno de los más celebrados navegantes de toda la historia del orbe. Su figura fue rescatada  en Occidente a partir de la publicación de un libro titulado 1421: El año en que China descubrió el mundo y cuyo autor es otro marino, también militar, pero de origen inglés: Gavin Menzies. En la propia China, para preservar su aislamiento del resto del planeta, los confucionistas escamotearon la memoria y el legado de Ma Sanbao por siglos.

El libro de navegación del capitán Mario Caetano Canabrava puede encontrarse en la sala de libros raros y manuscritos de la Biblioteca Nacional do Brasil, situada en su pasada capital, Río de Janeiro.

Los interrogantes mayores que surge de esta crónica son: ¿qué habrá sido lo que los ojos de Tavares leyeron? ¿El monje fue a quemar expresamente esos folios? ¿Qué verdades humearon cuando ardieron esos testimonios ocultos del gran Cheng Ho? ¿Es dable tanto dolor, es dable morir por ellos? Sólo Tavares lo supo y esos secretos y sus padecimientos fueron a parar al fondo de la rada, fueron a perecer entre los dientes de unos tiburones sin piedad. Escribí a la actual Biblioteca Pública de Macau y nadie supo referirme nada ni del incendio ni menos de su malogrado y tan digno cuidador. Hay historias que terminan apenas comienzan. La historia de Tavares, el bibliotecario Tavares, el fiel Tavares, es una de ellas.