Gonzalo Mendieta

Fernando Molina observaba con hipérbole, acidez y cierta razón, que la oposición festeja igual a Norma Piérola, al ecologismo, y, con tal de que el MAS sucumba, al indianismo si hace falta. Ese indianismo de Felipe Quispe, templado por la experiencia que lo hizo señor del altiplano el año 2000, a costa de ahuyentar a las clases medias y endosarlas a Evo Morales.

La historia ayuda, empero, a atenuar el asombro por las alianzas extravagantes. En Bolivia nadie sabe quién le tocará al lado en la siguiente ronda. Víctor Paz y Mario Gutiérrez no sospecharon antes su foto de 1971, ni Banzer y Paz Zamora la suya, de 1989. Tampoco García Linera, devoto del Mallku y detractor de la ortodoxia marxista, auguró que gobernaría sin Felipe y con una colección de comunistas, maoístas, extrotskos, exelenos y hasta exmiristas conversos a tiempo.

La oposición aplica pues la máxima pedestre de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. No sirve para edificar el país que remplazará al que Evo armó a imagen de sus (malos) humores, pero en este caso es útil para detectar cuán importantes son aún la calle, los símbolos y el número, factores que el Gobierno difama cuando no controla.
Vivimos todavía el ciclo nacido entre 2000 y 2005, a cuyas leyes (?) de fuerza social estamos sujetos. Al punto que el Gobierno no ha usado un gas lacrimógeno en las ciudades por el TIPNIS, bandera de las clases medias. Mientras, las marchistas de Achacachi -movilizadas con sentido icónico y político- fueron gasificadas en La Paz. Una alegoría de dónde residen los nervios del Gobierno y dónde los golpes que lo impactan.
De esos nervios es ejemplo el Vice, desprovisto de frases certeras (como el “punto de bifurcación” en la revuelta de la “media luna”). Porque tildar de fascista al Mallku es puro mal genio o gris conato de empujarlo fuera de la legitimidad. Esa receta fue eficaz en otros casos, pero no significa que la descalificación sea la piedra filosofal de la política. De ser así, ningún político se tomaría ya el trabajo de ponderar si conviene ser mesurado, astuto o fiero; todo se reduciría a disparar el ultraje más sonoro.

Por su parte, el Mallku no es arquetipo del parlamentarismo, pero le sobra la ilustración que le falta a Evo. Quispe no va a remplazarlo, pero no por eso se han de ignorar sus condiciones. A diferencia de otros opositores, Felipe no se monta en la noticia del día, alegando obviedades sobre el TIPNIS, la corrupción o la demanda en La Haya. Quispe posee además una alevosa ironía, como en su satírica comparación de Evo con los presidentes militares duros. Es una caricatura que, no obstante, encuentra un ángulo. El MAS ha hecho del azote verbal y político su medicina. En eso se parece a los gobiernos de fuerza.

Paradójicamente, el retorno de Quispe se debe más a las consistencias de su biografía que a lo que el Realpolitik del choripán pregona como quintaesencia de la política: la mañudería sin ideas. Aunque parte de la lírica del Vice achunta cuando afirma que en Achacachi el Mallku representa hoy más a la población urbana que a la rural, eso no supone que a ese lado estén los héroes y al otro los villanos. Para el elástico discurso oficial, en el TIPNIS la urbanización y el siglo XXI son la panacea, pero en Achacachi los aymaras ya urbanos son extrañamente despojados de gloria. Esas piruetas son para preguntarse si el Gobierno piensa sólo en batallas de Alasita, combatidas con el afán de un Rommel en África, ignorando los trances del país real.

Quizá es verdad que hay sobre todo alaridos opositores a la caza de lo que haga el Mallku o cualquier otro. Todos aguardando el ajuste de cuentas, sin programa, “comando ni refuerzo”, unidos por el látigo. Ése que el Gobierno usa para sembrar bronca -incluso cuando no hace falta- en muchos clanes del fragmentado país.
Es que en el MAS no creen que la prudencia sea diosa de este mundo. Eso sostenía el conservador británico Edmund Burke, el antijacobino por antonomasia. Curiosamente, Burke murió vencedor y en su cama; los jacobinos, no tanto.