Tuvimos la experiencia pero olvidamos el sentido,

Acercarnos al sentido, restaura la experiencia.

T.S. Eliot

 

A Facundo Firmenich

 

 

Nuevos peregrinajes: nuevos mensajes.

En agosto, la tierra se despierta, se abre, respira (hay más viento), espera su recompensa y tu agradecimiento.

La recompensa de la tierra es que la ames. No puede esperar ninguna otra cosa. Vos te irás y ella seguirá aquí. La efímera amistad que entablas –tu vida es un milímetro de distancia dentro de la inmensidad del cosmos- es nutritiva sólo para vos.

La tierra es tan antigua como los dedos de dios que la amasaron. Por eso, la tierra, no puede esperar sino otra cosa que ese amor incondicional que sólo es así si también se lo padece. Porque amar, amar profundamente, es también rendirse. Rendirse a ese amor, rendirse a ese padecimiento.

Ese padecimiento, está claro, embellece al ser humano, ilumina la conciencia, agita el alma, energiza los sentimientos. Piensa en Jesús, piensa en San Juan de la Cruz, piensa en los guerrilleros. Ese padecer –ese enfrentarse al horror- neutraliza a los insomnes que creen que la vida es sólo bienestar, es sólo dicha, es sólo esa plástica e indecorosa felicidad que suponen merecida. La tierra ha luchado contra todo para ser ella, para brindarse, para estar. La vida es lo mismo: quien no sufre sus contingencias, no sabe nada, no sabe nada de nada. Y no puede mirarse al espejo. Y menos, puede ser feliz.

Piensa en el estupor y la zozobra experimentada cuando colisionaron las estrellas o cuando el planeta se desgajó en continentes o se elevaron las montañas: siente, así sea un segundo, semejante choque, semejante desgarro.

¿Hubieras soportado ese caos primigenio y fundante de las suaves praderas que crees merecer, de las playas donde el sol viene a yacer, de toda la belleza que hoy atesora el mundo? Nada, en este mundo, se compara a ese dolor, a ese padecimiento.

Por eso, decimos: la verdad padece pero no perece. Por eso, hay que caminar la tierra, mirándola a lo lejos –sentir el horizonte- y dejándola penetrar hacia adentro.

La tierra se está, se estará siempre, ya libró sus combates. Nosotros, los humanos, si la amamos, podremos comprender aquello de que las circunstancias pueden destruirnos pero no vencernos. Si el amor por la tierra nos nutre, nada ni nadie podrán abolirnos y no habrá hostilidad si habitamos la derrota.

¿Por qué –y este un mensaje clave de las piedras- cuál es el temor a la derrota? Si la vida plena es también padecerla, padecerla en el amor, padecerla con toda la hondura que ese amor reclama, ¿cuál es el miedo que nos amarra el alma?

Enfrentar al miedo es parte de ese padecer por vivirla a la vida. Volverlo ceniza es parte de la tarea de vivir. Y no atizas, si ya comprendes. Lo dejas ahí, congelado y estéril. Vivir con miedo es vivir en el desamor de no vivir a plenitud, de no saberse uno con la tierra, uno con el destino de uno y de esa misma tierra, que son lo mismo.

Todo lo demás es aleatorio, todo lo demás es no aceptar la majestad del mundo, la soberanía de la tierra, la dignidad que nace de ahí y que es la única dignidad que nos merecemos por el simple hecho de haber nacido.

Si vas a vivir tu vida girando como un trompo en el vacío, escucha, escucha el mensaje de las piedras: huye de esa desdicha.

Huye de las amputaciones que te procuran los necios que se apiñan, como dagas o espuma, en las ciudades, déjalos que no sepan padecer lo que hay que verdaderamente padecer.

Déjalos con sus ideas, con sus libros, con sus números, con sus estadísticas que son nada, ni siquiera un grano de arena, gloriosa arena, a los ojos de los Apus.

Ya te le dije mil veces y te lo volvería a decir mil veces más: toda la sabiduría del mundo, toda la belleza del mundo, todos los secretos de la vida, están allí. Nieve y maravilla. Están adentro. Son una piedra.

Paciencia, paciencia, paciencia: mensaje final de las piedras.

 

Río Abajo, 13 de agosto de 2017