Siempre fue, orgullosamente, qulla aymara, pues no se “quechuizó” como otras regiones de la Audiencia de Charcas.

Carlos Mamani Ramírez

Achacachi ha ocupado varias veces los titulares de los noticieros por su formidable lucha política o por la forma de ser de su población. La gente de la región se ha convertido en rebelde por factores históricos y políticos.

Los aymaras de Achacachi, de la provincia Omasuyus y de la región en general, son gente afable cuando la justicia más o menos está en su cauce, pero es gente muy brava cuando la injusticia se hace insoportable.

En el último tiempo esto es lo que pasó.

Ha vuelto a relucir el profundo sentimiento aymara de ser parte de una nación sin Estado. Los aymaras son un pueblo disperso que recorre toda Bolivia y el exterior del país con su comercio y su dinámica cultural. Su Estado fue destruido hace 485 años, con la invasión de los “Pizarros” y los “Almagros”. Es cierto que antes estuvo bajo la égida del estado Inca, aunque Achacachi siempre fue, orgullosamente, qulla aymara, pues no se “quechuizó” como otras regiones de la Audiencia de Charcas.

Conflicto en Achacachi

Achacachi siempre vivió el orgullo de ser y hablar aymara o, en un sentido mayor, ser qulla, esto es, sede de hombres y mujeres de sabiduría médica y espíritu guerrero.

El 7 de agosto pasado Achacachi ha estado en paro cívico y se ha enfrentado nuevamente al Estado boliviano como en 2000 y 2001. En febrero de este año explotó la fuerza rebelde achacacheña porque al alcalde de la población le solicitaron un informe y, como no lo hizo, se lo acusó de mal manejo de recursos económicos. Por ello se produjo la quema de la casa del dirigente vecinal y de la casa del alcalde, que pertenecen al partido de Gobierno. Las tiendas de abarrotes fueron saqueadas y la ciudad quedó alborotada. Y, como si no conociera el carácter del achacacheño, el Gobierno de turno procedió con acciones judiciales para detener a un dirigente y dos profesores acusados de haber organizado la quema de la casa del alcalde.

En torno a este punto se ha llegado nuevamente al conflicto con alto tono político entre el aymara y el Estado. Es como si el tiempo actuara por su propia cuenta. El 7 de agosto el Gobierno del MAS decidió organizar actos en la localidad de Achacachi. Es el día de las Fuerzas Armadas y se homenajea a Bolivia mediante un desfile cívico-militar. Aquí se atiza el nuevo crispamiento social y político.

Como en 2001, los achacacheños levantan la voz para decir: “Evo Morales no tiene pisada en Achacachi”. El Mallku, Felipe Quispe, vuelve a hacer noticia con esta frase. En ese escenario, pareciera que vivimos los tiempos de Sánchez de Lozada. Evo Morales se incomoda y frunce sus cejas para llamar inmediatamente a sus ministros, asesores y servicio de inteligencia para cerciorase de lo que pasa o no en esta región. Esto, en el contexto de un presidente cada vez más autoritario y ególatra.

 “Ejercicio de guerra popular”

Un día antes del mencionado desfile, el ministro de Defensa, Remy Ferreira, ha llamado al acto de parada militar “ejercicio de guerra popular”, un calificativo que juega un rol aunque no tenga sentido. Con éste y otros hechos, el Estado, ahora como ayer, se presenta como un Estado neocolonial.

El Ministro afirma que este no será un simple desfile, sino todo un nuevo acontecimiento: la demostración de una “guerra popular”. Una afirmación que habla de su relación con el maoísmo. El Ministro también dijo que en la ocasión participarían civiles armados con pertrechos de las Fuerzas Armadas, aunque eso no ocurrió.

Finalmente, dicho acto, como todo acto militar, dejó las pampas de , igual que el Dakar, casi destruidas: los pastos para el ganado han sido pisoteados o incendiados.

¿Bolivia tiene posibles guerras con países vecinos? No. Bolivia no tiene conflicto bélico con países vecinos, por lo que el acto es un acto de amenaza directa al movimiento aymara. ¿Esto es paradoja o tragedia?  El tiempo lo dirá.

Por otra parte, este acto parece un acto desesperado de quienes ostentan el poder eventual. Sostuvimos en un artículo anterior en este mismo medio que el poder lleva implícito, cuando es ilegítimo, el miedo. Esto es, el miedo de los caudillos a perder el privilegio de disfrutar el poder. Lo que se observó en Kajsani fue al parecer ese miedo en los niveles más íntimos.

Lo ocurrido en Kajsani es inédito y contradictorio para el Estado plurinacional. Desde allí   ha amenazado nuevamente a los aymaras, quienes dieron “nacimiento” al “nuevo” Estado.

El Estado no ha cambiado en su estructura organizativa ni en su sentido de percepción de la realidad social, que es colonial. Si esto es cierto, el Estado plurinacional es la máscara del Estado colonial, que ahora obedece a un nuevo-viejo tipo de dominación sobre el aymara o qulla, para seguir siendo parte de una larga historia de opresión y violencia.

El hecho es que ese 7 de agosto el Estado transmitió in situ una violencia simbólica y militar en contra del mundo aymara. Aquí estuvo expuesta una parafernalia militarista de viejo cuño.

Aunque paradójicamente esta demostración ha sido también una derrota para el Estado, porque inicialmente el acto estaba previsto en la misma localidad de Achacachi. Y no fue así. Tuvo que hacerse a cuatro kilómetros al sur de Achacachi.

De todos modos hay que poner ojo en el juego simbólico del poder para entender la sociología del Estado colonial, dado que en ella ésta se desvela. Y ahí la importancia de Achacachi, nuevamente. Y de los aymaras, en tanto una nación sin Estado.

(Tomado de Ideas/Página Siete)