Volver a los 16. Viaje iniciático: Sierra de la Ventana. Una buena trepada a los cerros más cercanos a la ciudad de la furia, esos años de plomo, asolada por las juntas militares.

No recuerdo el viaje de ida. Recuerdo sí que estrenamos una carpa que era “propiedad” compartida con Fabián. ¡Nuestra primera tienda de campaña!: orgullo sincero te promovía. Recuerdo también unos disparos, bajando del Cerro de la Ventana, noche de claridad lunar, seguramente efectuados por algún terrateniente preocupado por la presencia de intrusos o subversivos, daba igual.

La cosa es que terminamos, también de noche, llegando al pueblo. Perdonen la repetición toponímica pero el pueblo también se llama así: Sierra de la Ventana. Allí se aferraba la estación de un ferrocarril que unía Bahía Blanca con Buenos Aires.

El pueblo vegetaba vacío. Recuerdo bien también esa soledad del oeste de la provincia de Buenos Aires esos años: nunca había nadie en Guaminí, en Pigüé, en Tornquist, en Trenque Lauquen. Esa desolación te inquietaba.

La estación de trenes de Sierra de la Ventana también estaba vacía, salvo por la estoica presencia del hombre que nos vendió los boletos y por un pálido fulgor que resistía a unos pasos de la boletaría: era la luz de un bar, un boliche, algo que desmentía el abandono, esa quietud perturbadora, esa acechanza de la muerte que rondaba por ahí, por todos lados.

Entramos. Era un local pequeño y tampoco había nadie, salvo el fantasma que atendía –y un afiche del Diego, de Maradona, jovencísimo, posando para la publicidad de alguna cosa, pegado en una pared desnuda.

El paisano, el bolichero, temiendo por nuestras trazas, desde el principio nos preguntó si teníamos dinero, además de las mochilas y la mugre que cargábamos. Algo poseíamos, alguna rupia, y la invertimos así: una inevitable milanesa con papas fritas para masticar algo que no fueran las sardinas de lata y las galletas que habíamos comido todos esos días que estuvimos metidos en la serranía y lo demás lo erogamos en el espíritu: vino blanco en vaso, cerveza Quilmes, alguna ginebra de garrón.

Las botellas se empezaron a sumar y naufragamos en el delicioso océano de la embriaguez entre amigos, carcajadas miles y vómitos juveniles incluidos.

El tren pasaba por Sierra de la Ventana a un horario de temer: cerca a la medianoche. El fantasma apagó las luces y cerró su boliche, el boletero también se fue a dormir: quedamos solos –éramos tres las almas-, atrincherados en una banca del andén, esperando que la locomotora diera señales de vida.

Cuando apareció, rara ave metalera tosiendo a ciegas, nos subimos al tren y la misma desolación lo invadía: tampoco había nadie adentro de sus vagones. Era la versión de la Argentina dictatorial del dichoso tren fantasma. Recuerdo que nos acomodamos cada uno de los cristianos en unos asientos largos como camas, tapizados de cuerina verde oscura, que estaban ahí, solitarios, esperándonos y, cómoda y plácidamente, nos pusimos a dormir.

Atrás, quedaban los cerros, las imágenes serenas y majestuosas de las montañas, el bautismo de la carpa. Atrás, quedaban los fantasmas y el poster con la figura del Diego (yo sentí que esa noche, nos amparaba). El tren fantasma traqueteaba por la llanura invisible. Adelante, estaba Buenos Aires. Adelante, estaba el resto de nuestras vidas.

 

“Resultaba evidente que en aquel tren de cercanías uno de nosotros no se dirigía a trabajar”, así empieza El viejo Expreso de la Patagonia de Paul Theroux. Muchos años después leí este libro del autor de una obra fundamental: La Costa de los Mosquitos.

“El viejo Expreso…” es una crónica de trenes y de cómo viajando en trenes, Theroux unió Medford, en las afueras de Boston, donde moraba, con la ciudad de Esquel, en el corazón de la Patagonia cordillerana y donde, según los mapas, en ese destino del sur del mundo, se acababan las vías.

”El frío paralizaba, la mañana era perfecta para partir rumbo a Sudamérica”, pensaba el yanqui mientras se apeaba a un vagón en Washington Circle. Acota: “Para algunos, aquel era el metro que llevaba a la Plaza Sullivan, la calle Milk o, como mucho, a Orient Heights; para mí, era el tren de la Patagonia”.

Sus desconocidos compañeros de viaje “tenían asuntos que atender en la ciudad: trabajo, compras, banco, el embarazoso momento ante el mostrador de las devoluciones. Dos sostenían voluminosos libros de texto sobre el regazo, y un lomo que estaba dirigido hacia mí rezaba: Introducción a la sociología general. (…) Una mujer le decía a su hija pequeña que dejara de dar patadas y de moverse en el asiento.”. El libro es monumentalmente tedioso: tiene cuatro páginas describiendo a sus ocasionales acompañantes.

Lo cito por esto: esa vez, de regreso de Sierra de la Ventana, a nosotros nos sucedió lo mismo pero al revés. Volvíamos de una aventura, y en alguna estación conurbana -¿Temperley? ¿Banfield? ¿Avellaneda?-, me desperté: debía ceder mi lecho a las personas que iban subiendo a nuestro vagón-dormitorio momentáneo. El tren fantasma de la noche profunda de la llanura invisible se había transformado en el “tren que tomaba la gente para ir a trabajar”.

Mis amigos habían quedado desparramados en el tumulto. Nos fuimos localizando mientras dejábamos a un lado la somnolencia. El tren seguía su marcha, las estaciones pululaban y las personas continuaban subiendo y subiendo. Sin darnos cuenta, mientras los edificios ya iban poblando el horizonte y la gran urbe tomaba cuerpo, forma, grito inusitado y empezaba a mostrar sus garras, llegamos a Constitución, la añeja estación ferroviaria del sur de la ciudad de Buenos Aires, destino final, inexorable, del tren que nos traía.

Constitución semeja una catedral pagana, un derroche de modernismo, algo que agotó su fervor: una idea. Enjambres de seres la atravesaban. Esa vorágine que no cesa, esa precipitación de presencias que, a la vez, se ausentaban. Las veías, yendo de aquí para allá, en esa atrabiliario frenesí de las urbes. Empecé a extrañar a los fantasmas de Sierra de la Ventana, esa luz mortecina del bar, el afiche del Diego amparándome.

No lo supe entonces pero ahora lo sé: ese viaje-sueño en el tren nocturno y ese despertar imposible en el tren matutino, el mismo tren por las mismas vías al fin y al cabo, había provocado que algo se rompa dentro mío, que ese algo –un significado, un sentido- ya no volvería a ser igual, ya dejaría de ser como antes. La vida seguiría andando por sus rieles y, de seguro, habría más trenes pero su rumbo había cambiado, se había alterado para siempre.

 

Río Abajo, 4 de agosto de 2017