Si no surge alguna forma de acuerdo entre los sectores, el futuro no podría ser más oscuro.  Abstenciones 58%, votos 41.5%; muertes 10 solo este domingo 30. La oposición pide marchar contra instalación de Constituyente. Este órgano —compuesto por 545 asambleístas: 537 elegidos por voto popular y 8 indígenas que saldrán de tres asambleas generales— tendrá poderes ilimitados para reescribir la Carta Magna de 1999 y reformar el Estado. Con protestas que acabaron en la muerte de una decena de personas, muchos venezolanos le dieron la espalda este domingo a la elección de una polémica asamblea constituyente  que desató condenas desde América hasta Europa. Tras este resumen reproducimos el análisis twiteado por el autor. (Foto: Ecuavisa.com)

 

Pablo Stefanoni / Buenos Aires Herald

La crisis que golpea a Venezuela no parece ofrecer una salida fácil. Si Nicolás Maduro ganó estrechamente en 2013, su Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) sufrió una impresionante derrota. Una mayoría favorable de la Asamblea Nacional cayó en manos de la oposición, dando así lugar a un conflicto de poderes previsible. El movimiento creado por Hugo Chávez no puede soportar el poder compartido y la oposición buscó expulsar al presidente a través de un proceso de acusación sin ninguna base constitucional.

Pero es cierto que el referéndum revocatorio que posteriormente solicitó (un mecanismo que se puede encontrar en la Constitución) fue detenido por un Tribunal Supremo controlado por el gobierno.

Durante esos años, la oposición alternó entre los que trataban de desalojar el chavismo a través de la urna y aquellos que consideran que eso nunca se va a permitir que suceda y por lo tanto quieren salir a la calle. Ambos han sido probados en varios puntos. La ofensiva “La Salida”, que terminó con Leopoldo López condenado a más de 13 años de prisión, mostró los límites de la calle “guarimbas”.

Mientras tanto, el éxito electoral de 2015 mostró la ruta de la urna promovida por Henrique Capriles a estar dando fruto. Pero poco después, una Asamblea Legislativa desprovista de todo poder real restauró la calle como el principal campo de batalla. Y así llegamos a las protestas más recientes -en palabras del sociólogo Fabrice Andreani, la clase más masiva y trascendente y que continúa hasta ahora-.

A pesar de que todavía desconfían de los barrios de bajos ingresos, los resultados de 2015 y las protestas actuales muestran que la oposición – agrupada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD) – logró romper techos de vidrio que les han estado negando electorales Triunfos desde 1999.

El problema actual de Maduro es que carece de mayoría. Tener al “pueblo” de su lado es el último refugio de los gobiernos nacionales y populares – generalmente con poco tiempo para las reglas institucionales que les parecen límites conservadores en los profundos cambios que sus países necesitan. Pero un estilo de gobierno plebiscitario presupone la necesidad de ganar elecciones y que ahora está más allá de Maduro. Si no fuera así, sería suficiente ordenar un referéndum revocatorio y ganarlo.

Eso fue lo que hizo Chávez en 2004, tras el golpe de Estado de 2002 y la huelga petrolera de 2003. Y como Evo Morales también hizo en Bolivia en 2008 contra la oposición autonomista encabezada por la élite terrateniente de Santa Cruz. Pero hoy, Maduro estaría en la oreja y por eso ha bloqueado no sólo cualquier referendo revocatorio sino también elecciones regionales e incluso alguna votación sindical, como dentro de la petrolera estatal PDVSA.

Endógeno

Si bien el gobierno atribuye todos sus problemas a una “guerra económica”, es evidente que muchos de estos problemas son endógenos a su forma de administrar la economía. En un contexto crítico -con una inflación que superará el 700 por ciento este año y una fuerte recesión- Maduro debe buscar cada vez más apoyo de los militares, que controlan el estado en puntos estratégicos. También debe garantizar la impunidad de una corrupción institucionalizada aprovechando al máximo el tipo de cambio múltiple. Todo lo que necesita hacer es conseguir dólares al tipo de cambio oficial más barato (supuestamente reservado para la importación de artículos esenciales) a través de sobre facturación o facturación ficticia y cambiarlos en el mercado azul. Mientras que el tipo de cambio oficial más bajo es de 10 bolívares, el mercado paralelo demanda más de 9.000, superando hasta ahora una tasa oficial intermedia de 2.500. Una buena parte de las actividades empresariales de la “bolibourgeoisie” está vinculada a esta “ventana de oportunidad” para la corrupción, junto con otros acuerdos como el tráfico de petróleo a Colombia. Ahora la zona “bolibourgeois” está siendo unida por los “bolichicos”, quienes principalmente hicieron su fortuna fuera de los contratos del proyecto de electricidad del gobierno.

El denominado “socialismo del siglo XXI” nunca funcionó muy bien, pero años de ganancias petroleras pudieron documentar las dificultades para “sembrar” el petróleo y construir un sistema productivo capaz de abastecer al mercado interno con sus necesidades más inmediatas. El primer Chávez combinó una especie de economía de “tercera vía” con una especie de política Nasser-cum-Perón, invocando la democracia participativa. A partir del frustrado golpe de 2002, evolucionó hacia el “socialismo”, pero a lo largo de líneas generales su movimiento encarnó formas de “democratización paradójica” propias del populismo, quitando el poder a las élites y provocando tensiones con las instituciones acompañadas de caóticos experimentos económicos. La Constitución que Maduro ahora quiere sustituir corresponde a la fase pre-socialista – fue aprobada en 1999.

Llamar a una Asamblea Constituyente parece una maniobra para erradicar la oposición. Es cierto que el gobierno podría aprovechar una Asamblea Constituyente con poderes por encima del orden establecido para rediseñar el sistema político y convertirlo, por ejemplo, en una especie de “democracia comunal”. En efecto, los delegados de la asamblea serán elegidos por un cuestionable Liberal / comunal / corporativista no previsto en la Constitución de 1999. Pero no está claro si Maduro hoy es lo suficientemente fuerte como para hacer cambios muy radicales. Ya lo hemos visto retroceder cuando la Corte Suprema trató de despojar a la Asamblea Nacional de todos los poderes.

Por supuesto, siempre podría dar un salto a la oscuridad, pero eso conduciría a una enorme incertidumbre y posiblemente conflictos civiles.

Una ruta de normalización

La salida ideal sería aceptar la normalización democrática, organizar las elecciones vencidas, aislar tanto a los elementos golpistas de la oposición como a los más aventureros partidarios chavistas y limitar la sed de recuperación de la oposición (que no es un problema menor), dando forma a un plan económico mínimo para proteger los derechos sociales y restaurar la producción y distribución de bienes esenciales. Tal vez otros gobiernos latinoamericanos podrían contribuir a eso en lugar de unirse a la histeria generalizada con respecto a Venezuela. Desafortunadamente, esa perspectiva es hoy muy débil – figuras como el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) Luis Almagro han sobrepasado su alineamiento con la oposición y han abandonado el lenguaje diplomático que su posición debe imponer.

De la misma manera, gran parte de la izquierda -especialmente las corrientes populistas y ex comunistas- se han alineado militantemente detrás del gobierno venezolano, repitiendo a menudo clichés vacíos y concentrando toda su retórica en el carácter reaccionario de la oposición o interferencia imperialista. Sin lugar a dudas, parte de la oposición representa un derecho reaccionario, incluso vinculado a figuras siniestras como el ex presidente colombiano Álvaro Uribe, pero eso no las cubre todas. Hay un descontento legítimo en gran parte de la población, hay sectores centristas -siempre que se enfrentan a un gobierno que se presenta como autoritario pero caótico- que se expresa de una manera muy decadente cuando se compara con lo que la revolución bolivariana significó para la sociedad popular o las clases populares.

Y así hay un atascamiento catastrófico. Los bancos de la oposición en las divisiones que aparecen dentro de las Fuerzas Armadas -“lo único que hay que negociar es la salida de Maduro”, repiten- mientras el gobierno intensifica la represión e introduce un estado policial. Por ahora solo un pequeño sector identificado como “chavismo crítico” aboga por este camino intermedio. Pero es probable que más negociaciones sigan bajo la mesa de lo que sabemos, como vimos con la transferencia de Leopoldo López a arresto domiciliario.

Si alguna forma de acuerdo no prospera, respetando la representación popular de cada sector, el futuro no podría ser más oscuro. (Traducción libre. Pablo Stefanoni es el redactor jefe de la revista Nueva Sociedad).