En un viaje a la isla de Copacabana, el señor que nos llevaba sugirió que lleváramos pan dar a los chicos y chicas que se ponían en la carretera. Yo pensé que era algo parecido a una especie de muestra de algo interesante.

Era mi primera visita a La Paz, tenía 9 años. Todo era nuevo: las luces de los anuncios en la calle Comercio, la señorita que escribía a máquina anunciando las virtudes de la Olivetti, los colores, los olores de la gran urbe, para un cochabambino, desde los ojos míos, esto era un paraíso. Un alimento distinto, una constatación de que la noche tenía belleza.

La Paz encendía sus luces y los puestos de hamburguesas, de api y empanadas, los anticuchos, los sándwiches de pierna de chancho, abrían el apetito de solo transitar por sus calles.

Al día siguiente iríamos al lago y luego a la isla  ver a la mamita de Copacabana.

Todo listo y las bolsitas de pan en su lugar. Una camioneta WV de doble cabina era el transporte moderno.

El estrecho de Tiquina, cruzarlo, como en película, en una barca con camioneta y todo. Ni Nueva York tenía esa belleza. Cielo azul al alcance de la mano.

Sentir que el sol de la mañana no solo daba los buenos días, empezaba a calentar el aire y la tierra y a hacía revivir la flora y la fauna. Deleites ópticos de colores de tierra y mar, el Titicaca era un mar azul con barcazas de totora, con pescadores estirando redes. Todo era hermoso y nuevo y frío y caluroso.

La camioneta empezó a trepar por ese cerro amarillo y verde. Al llegar a una planicie, el señor que conducía nos dice, por aquí ya veremos a los niños.

Efectivamente, a lo largo de la carretera a intervalos de unos 50 metros se veían niño como yo con la manita extendida, una sonrisa de oreja a oreja y sus ponchos o aguayos, con chulus multicolores. Aquí las bolsitas, de pan abierta la ventana y zas una bolsa fuera, los niños corriendo detrás de ella, otra mas allá y asi sucesivamente. Pregunto a mi padre por que no parábamos, yo seguro que algo tendrían que hacer los niños para que fueran tan famosos.

Mi padre dijo al conductor que parara, paramos. Un grupo de unos 8 niños y niñas rodearon la camioneta. Bajamos con las bolsas y mi padre me dio tres, las distribuí y la cara de alegría de esos chitis me conmovió hasta las lágrimas.

Hoy, veo que el tema sigue vivo 56 años después, 56 años ¿¡qué ha pasado!? Seguimos con hambre de pan en las calles, en los caminos, seguimos sin resolver lo básico de la defensa de los derechos de los niños y las niñas.

La Constitución  Política es un texto muerto, se murió de inanición, se murió de pena y se murió porque se la quiere matar a golpe de interpretación sesgada.

Todo esto es un grito de desesperación de aquellos que no dicen nada mas que; ¡esta boca tiene hambre!

Los niños de la carretera, la vergüenza del fracaso de todas las políticas de desarrollo, la vergüenza de la constatación de que algo se ha hecho mal, muy mal.

Hay un niño en la calle.