Desde el pasado año 2015 y especialmente a partir de la decisión oficialista de realizar el referéndum modificatorio de la Constitución que perdieron, se ha acentuado muy patentemente en la generalidad de las autoridades y representantes del partido oficialista y de gobierno, aquel ya indisimulado culto a la personalidad, que rebasa con creces (y en forma hasta delirante), un razonable sentimiento de afecto, lealtad y reconocimiento.

No se trata de un hecho puntual o aislado y ni siquiera puede verse ya, dadas las circunstancias, como una manifestación del llunkerío (servil y sumiso), que la ciudadanía ya había percibido y criticado hace tiempo.

La exacerbación de este supuesto respaldo y defensa del Presidente (convertido en caudillo insustituible e imprescindible), llegó a los extremos de sostener que sin él no existía futuro ni ninguna otra alternativa y que, si no se lo apoyaba en el referéndum, “el sol se esconderá, la luna se escapará y todo será tristeza”. Es más, una vez conocida la derrota del “no” a la pretensión prorroguista, el vicepresidente volvió a ratificar públicamente que “quedaremos como huérfanos” y que “si se va Evo, ¿quién va a protegernos?”.

Más allá del indisimulable carácter colonial, paternalista y patriarcal de esas afirmaciones (que imaginan al ciudadano y especialmente a los pueblos indígenas como seres inferiores, incapaces y totalmente dependientes de lo que pueda hacer el primer servidor público –vaya paradoja!-), el asunto de fondo que se quiere resaltar, es el desplazamiento y sustitución del sujeto social y popular, por esta hegemonía mesiánica (entronizada en la imagen presidencial), que al margen de usurpar el protagonismo de aquel bloque popular que sustenta el gobierno, termina monarquizando, privatizando y concentrando el poder en una sola persona.

Desde esa perspectiva, lo que podría interpretarse como la expresión de un delirante (aunque inofensivo pero no desapercibido) llunkerío amarra huatos; en realidad expresa (sin ocultar), la pretensión de imponer y usurpar aquel protagonismo y hegemonía que le corresponde al bloque social y popular.

Por eso, lo que a la luz de una ingenua credulidad puede aparecer como la más grande lealtad y respaldo, en realidad traduce una sutil, pero no menos grave mutación, que además busca expresamente hacer carne en el imaginario popular.

Es claro que este desplazamiento no puede esperarse que se produzca en la práctica. Es más, no es conveniente en absoluto para esta lógica de reproducción del poder a como dé lugar, porque implicaría deshacerse del principal sujeto de sustento con que cuenta el gobierno. Lo que sucede es lo mismo que con el discurso y la ideología de izquierda que el gobierno y el oficialismo se han apropiado y pretenden privatizar (nunca mejor dicho), porque les permite (al margen de figurar y recibir réditos emergentes de las expectativas políticas que ha despertado internacionalmente), realizar un programa ajeno y antagónico al mandato constitucional y a los sectores populares que dice representar. Este es el verdadero drama.

Sin embargo, ello no es lo único. Cuánto más tienda a arraigarse esta especie de constructo hacia la concentración del poder en unas cuantas personas, más lejos estaremos de la posibilidad de ampliar los derechos, profundizar la democracia y favorecer la participación social y popular. Pero además, mayor será la intolerancia, la descalificación y hasta la represión o anulación de quienes osen criticar y/o (peor) ir en contra de los designios del poder, entronizado en la imagen presidencial.

De hecho una muestra de este afán por imponer la imagen de Evo Morales (y que al Presidente no parece disgustarle), es la divulgación amplia y generalizada en todo tipo de formato y medio de comunicación, que las obras son realizadas, entregadas y posibles, única y exclusivamente por la voluntad e iniciativa del Presidente. Es decir, no se trata del esfuerzo y la contribución del Estado y del pueblo por medio de sus impuestos, sino de la voluntad discrecional del Presidente.

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