La duración hace alusión al transcurso de un fenómeno, a su desplazamiento en el tiempo, a su prolongación; quizás también al ciclo correspondiente, comprendiendo todas las etapas. Por otra parte, desde una interpretación filosófica y psicológica, la duración aparece como memoria; la memoria es el pasado que constantemente se actualiza. La duración, en política institucionalizada, connota variados significados; puede interpretarse como equilibrio, incluso como paz; pero, también, de manera opuesta, como dictadura, como imposición; es decir, como desequilibrio contenido por la violencia encubierta o abierta. Dependiendo de las circunstancias, condiciones, correlación de fuerzas, monopolio de las comunicaciones, distribución equitativa de representaciones o una aplastante representación dominante. Estas circunstancias no dependen del capricho o el deseo tanto del interpelado o del interpelante, tanto del gobernante o de la oposición. Depende del campo de fuerzas y sus formas institucionales, por lo tanto del alcance del sistema democrático, por así decirlo. Entonces, la descripción no depende tanto de lo que dicen los contrincantes, sino de lo que efectivamente ocurre con las fuerzas, las instituciones, las prácticas democráticas.

En todo caso, no es un buen procedimiento evaluar gestiones políticas por su duración. Pues la duración no dice mucho sobre la cualidad de la gestión; esto depende de otras consideraciones, que no son necesariamente de índole temporal. Si se trata de un gobierno liberal, la gestión tiene como parámetro jurídico a la ley, al orden institucional, los derechos civiles y políticos. Si se trata de un gobierno reformista, la gestión tiene como parámetro político el impacto social de las reformas. Si se trata de un gobierno revolucionario o pretendidamente “revolucionario”, la gestión tiene como parámetro esperado las transformaciones estructurales e institucionales.

Ahora bien, si una duración política viene acompañada por la corroboración de estos parámetros, por lo menos, en una proporción mayor, puede ponderarse la duración política positivamente, pues esto conlleva la acumulación ya sea institucional, en el sentido liberal, ya sea de impacto social, en el sentido reformista, ya sea de transformación, en el sentido revolucionario. ¿Qué pasa cuando esto no ocurre? Cuando el gobierno liberal no cumple con la institucionalidad, cuando el gobierno reformista no ocasiona impactos positivos sociales, cuando el gobierno revolucionario no transforma, no efectúa transformaciones estructurales e institucionales. En este caso, fuera de las consecuencias negativas, por así decirlo, en lo que respecta a la relación entre Estado y sociedad, la duración se convierte en una penuria, en una larga noche, que no acaba.

Festejar una duración prolongada política puede resultar un espectáculo caricaturesco, que forma parte del desgobierno, alterador de la institucionalidad, incumplidor de las reformas, impostor en cuanto a las pretensiones revolucionarias. Esto es lo que parece pasar en Bolivia, respecto al festejo de oficialistas, masa de llunk’us, dirigencias cooptadas. ¿Qué es lo que se festeja? ¿Un record en la historia política boliviana? Bueno, este es un acto más deportivo que un acto político, al estilo de Guinness World Records. ¿Se festeja el cumplimiento con la Constitución? Esto no sería posible pues las gestiones de gobierno, salvo una primera etapa, han vulnerado sistemáticamente la Constitución. ¿Se festeja las transformaciones institucionales y estructurales? Cuando éstas brillan por su ausencia. Las gestiones de gobierno han restaurado, extendido y consolidado el Estado-nación, no han puesto un solo ladrillo, una sola bolsa de cemento de los cientos, del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico. A no ser que se festeje el entierro del Estado plurinacional, establecido en la Constitución, no tiene mucho sentido este festejo.

Sin embargo, hay un papel que cumplen también los festejos de este tipo. Se trata de la ceremonialidad del poder. El poder requiere del espectáculo, requiere de lo que se llamaba, antes, en las monarquías, cortes, que les hagan la corte a los representantes del poder. El poder solo puede cumplir en el imaginario; pues la realidad, como sinónimo de complejidad, le es ajena. Solo se cumple en las representaciones oficiales, que pueden llegar incluso a institucionalizarse; es decir, la representación teatral política puede adquirir vigencia burocrática. Se dice que se cumple, por lo tanto, como lo dice la autoridad, se cumple; no hay discusión alguna, a pesar del contraste con lo ocurrido y lo que ocurre. Se dice que se han nacionalizado los hidrocarburos, cuando se han desnacionalizado efectivamente con los contratos de operaciones. Se dice que ya somos Estado plurinacional por decreto, cuando toda la arquitectura, institucionalidad homogénea y nacional, se mantiene edificada y operando. Se dice que han mejorado las condiciones de vida de las mayorías, cuando lo que ha pasado es que sectores sociales privilegiados entre los des-privilegiados han ingresado a las “clases medias”. Se dice que ha mejorado la salud, cuando no hubo inversiones de proporciones y a gran escala en la logística de salud. No se puede confundir las medidas asistenciales, aunque de impacto inmediato y coyuntural, como los bonos, con la conformación de una infraestructura y estructura de salud que atienda el perfil epidemiológico de la población. Se dice que se avanza a la independencia económica, cuando el gobierno no ha salido de la esfera de las políticas monetaristas impuestas por el FMI y el BM; sobre todo, en vez de comenzar a salir del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, lo ha ahondado y extendido. Cuando apuesta al extractivismo y ha consolidado el carácter de Estado rentista. Se dice que se encamina la descolonización, cuando lo único que se hace es jugar son símbolos, nombres, imágenes, barnizando el viejo aparataje institucional, jerárquico y colonial. Sin embargo, no se trata, ahora, de extender esta lista, que por cierto, podría ser muy larga, sino de comprender la relación extravagante del festejo político y la duración que celebra.

Puede ser que haya algo que festejar; por cierto, es el avance de la política reivindicativa boliviana, respecto al litoral arrebatado. Lo que ha hecho este gobierno populista es continuar la línea trazada por los gobiernos liberales, desde la firma del Tratado de 1904, solo que lo ha hecho mejor y de manera consecuente, con buenos equipos y una buena política de difusión internacional. Además de contar con la figura de un presidente indígena, que ciertamente tiene un valor moral en un mundo diplomático, en un mundo global, cuyo pasado es colonial; por lo tanto, la consciencia culpable pesa. Podría decirse que la coyuntura mundial ha favorecido al planteamiento boliviano, fuera, claro está, de las razones argumentadas, que tienen que ver con la guerra del Pacífico. Sin embargo, si la celebración adquiere sentido en este tema y en este tópico, ¿por qué mezclarla o confundirla o diseminarla con el agasajo de una duración política harto discutible?

Aunque el Estado es la razón de Estado, entonces racionalidad institucional, en el contexto de la racionalidad instrumental, quizás el sumun de esta racionalidad, como maquinaria fabulosa en la racionalización social, el ejercicio del poder, la práctica gubernamental, no parece manifestarse muchas veces racionalmente; mas bien, parece el curso caprichoso de irracionalidades singulares, que pueden parecer azarosas o, en su caso, condenas de pasiones, que arrastran a las conductas y los comportamientos al goce y la satisfacción inmediatas o privadas. Que haya una razón de Estado no quiere decir que la razón de Estado se materialice racionalmente, tal cual el modelo ideal postulado por la razón de Estado. En los campos de fuerzas donde interviene el Estado se encuentran condiciones, circunstancias, características, formas, singularidades, que no ha tomado en cuenta la razón de Estado. Entonces los gobernantes se desesperan, pues deben, como principio categórico, implementar la razón de Estado, en mudos plurales, alterativos, cuyos decursos y prácticas no son necesariamente reconocidos institucionalmente. Lo que hace el Estado es amoldar a la sociedad plural al molde del ideal de Estado. Esto solo se puede hacer con una gama extendida de formas de violencia, de toda clase, desde las simbólicas hasta las físicamente demoledoras.

¿Es de esperar que los gobernantes se comporten racionalmente en esta dislocación entre ideal de la razón de Estado y la proliferante plural diferenciación social afanosa? Un comportamiento racional vendría a ser que, una vez, develada esta disociación entre razón de Estado y bullente sociedad, se corrija el ideal de la razón de Estado, buscando adecuar esta maquinaria, mas bien, a la múltiple sociedad, a las dinámicas plurales sociales. Empero, esto es lo que precisamente no se hace; se procede, al contario, de manera opuesta; se musca amoldar la plural sociedad al ideal homogéneo y abstracto de la razón de Estado. Este, por ejemplo, es un comportamiento irracional, un comportamiento acorde a la creencia de que lo real está en el Estado y lo caótico está en la sociedad, caos considerado como irrealidad, desde el punto de vista de la razón de Estado.

La figura que acabamos de mostrar, respecto a la disonancia entre Estado y sociedad, es todavía genérica. Los comportamientos políticos, entendiendo político en sentido restringido, en sentido institucional, se dan en formas singulares, en contextos determinados y en coyunturas concretas. Los comportamientos políticos se definen en el juego de composiciones entre perfiles humanos, estructuras institucionales heredadas, prácticas convertidas en habitus, historias políticas singulares, problemáticas afrontadas, concurrencias discursivas y disputas de poder. La irracionalidad aparece elocuentemente cuando los gobernantes exigen el cumplimiento de las leyes, las normas, la Constitución, cuando ellos no las cumplen. Aquí, empero, hay que resaltar no tanto esto de que los gobernantes no cumplen, sino hay que hacer hincapié en una contrastante situación configurada entre una maquinaria abstracta de dispositivos institucionales, que obligan a reproducir el modelo ideal de la razón de Estado, y la sociedad efectiva, dinámica, mutante y plural. Sociedad que se mueve inventando las mismas prácticas, incluso las mismas rutinas, otorgándoles siempre una singularidad distinta; si es que la inventiva social no despliega nuevas prácticas y otros ámbitos de relaciones.

Esta segunda figura sigue siendo teórica, aunque abarcadora de un sinnúmero de formas concretas de lo que hemos llamado irracionalismo político. Convendría, ahora, tocar directamente las formas concretas donde aparecen los contrastes singulares que mencionamos. Por ejemplo, la imagen que de sí que tiene el gobierno populista contrasta notablemente con hechos, con las políticas ejecutadas, con las situaciones conformadas, a partir de una secuencia de conductas y comportamientos gubernamentales, que no pueden llamarse estrategia, aunque así lo crean los gobernantes, sus voceros y apologistas. La imagen que tiene de sí del gobierno es que, además de contar con el presidente de mayor duración continua en la gestión de gobierno, es un gobierno que ha realizado la “revolución democrática y cultural”, conformando, instituyendo y consolidando el Estado Plurinacional. ¿Cómo puede corroborar esta imagen enaltecida? Ciertamente no son datos de verificación la propaganda y la publicidad ampliamente exhibidas, menos los discursos autocomplacientes y pomposos de valorización exacerbada del “proceso de cambio”, por parte de los voceros. Tampoco son datos de verificación los discursos esforzadamente agresivos, descalificadores, del “ideólogo” del populismo del siglo XXI, que ocultan su propia vulnerabilidad y escasez argumentativa con la violencia verbal. La contrastación solo es posible con la descripción misma de los sucesos, eventos, secuencias de hechos políticos. Cuando se hace esto, es difícil, sino imposible, corroborar la magnífica imagen que se hace de sí mismo el gobierno. En el detalle, nos remitimos a lo escrito al respecto, desde Horizontes de la descolonización hasta El conservadurismo de los gobiernos progresistas, pasando por Acontecimiento político, Drama y retórica de un gobierno reformista, Las mallas del poder, Cartografías políticas y económicas del chantaje y A la sombra del caudillo[1]. Lo que haremos ahora, es tratar de explicarnos este dislocamiento entre ideal de la razón de Estado y sociedad efectiva.

El eterno retorno del poder

En Crítica de la economía política generalizada[2] hablamos de la bifurcación, diferenciación, separación, entonces dualización, de lo abstracto respecto de lo concreto. El fetichismo institucional, el fetichismo del poder, el fetichismo estatal, tienen que ver con la economía política generalizada, como formas particulares de esta economía política generalizada, acompañando al conocido fetichismo de la mercancía, también al fetichismo patriarcal y al fetichismo colonial. Esta dislocación entre Estado y sociedad tiene que ver con la economía política generalizada, con todos sus fetichismos inherentes, por lo tanto, con la “ideología” generalizada. Empero, lo que interesa abordar ahora son las formas singulares manifiestas de estos fetichismos en formas de gobierno singulares.

Ahora bien, los fetichismos singulares, es decir, las “ideologías” en actividad, no parecen funcionar de manera compacta, como si quien la efectúa, la realiza, se encuentra atravesado por la “ideología”, estuviera, de manera inmediata, al alcance de todo el armazón de la “ideología”, tuviera a mano toda la estructura “ideológica”; no ocurre esto. Usando un concepto discutible, para ilustrar, se puede decir que ese quién no es necesariamente consciente del uso “ideológico”, así como del uso fragmentario de la “ideología”. Ese quien, generalmente, considera que su imaginario, su versión del mundo, sus discursos y prácticas, su posicionamiento, responden a la certeza que tiene del mundo; responde a la experiencia que tienen del mundo; por lo tanto, responde, de alguna manera, a cierta objetividad. No se cuestiona ni su imaginario, ni sus discursos, ni sus concepciones del mundo y sus tópicos, tampoco se cuestiona sus prácticas ni sus posicionamientos; las asume como certezas y en consecuencia actúa. Difícil sostener la hipótesis de este libre albedrío. No se viene al mundo desnudo, por así decirlo, aunque si corporalmente se venga desnudo a la vida. El mundo, que es tanto acontecimiento como representación, se encarga de transmitir la herencia de los fantasmas mundanos, que se nombran en las transmisiones culturales, lingüísticas, sobre todo institucionales. Para decirlo metafóricamente, el mundo, en cuanto representación, carga con el peso del pasado en la espalda del recién nacido. Ciertamente, el mundo en cuanto acontecimiento está en constante devenir; sin embargo, el mundo como representación, como imaginario, se afinca, se detiene, ancla, en un momento o lapso perdido, queriendo retenerlo y convertirlo en eterno. Esto solo puede ocurrir como recuerdo; por eso, es menester que las instituciones, que, en principio, son dispositivos de sobrevivencia, se conviertan también en las moradas de estos fantasmas mundanos, ungiéndolos en dueños y señores de estas moradas, donde también habitamos, por lo menos, en el espacio y el tiempo en que parte de nuestras fuerzas está capturada por las instituciones. Nos convertimos entonces en deudores de estos fantasmas. La inscripción de la deuda es la inscripción misma del nacimiento de la genealogía de las dominaciones.

El desfase entre mundo como representación y mundo como acontecimiento aparece como si fuera la previa bifurcación, anterior a la genealogía y arqueología de la economía política generalizada, anterior a la génesis, proliferación y articulación de las bifurcaciones que genera esta economía política generalizada. ¿Es este el arje del esquematismo dualista de la economía política generalizada? Es muy arriesgado afirmar esta hipótesis, contenida en la pregunta. En todo caso, habría que también aclarar por qué sucede esto, por qué el mundo como representación se separa, se afinca, se ancla, incluso se estanca, respecto al mundo como acontecimiento, en constante devenir. Afirmar la hipótesis mencionada sería como sugerir, aunque sea como posibilidad, que la disonancia entre mundo como representación y mundo como acontecimiento se encuentra en la capacidad imaginativa del ser humano, en su capacidad imaginaria; entonces, esto aparecería como la tesis de una condena: el ser humano estaría condenado a vivir imaginariamente en el mundo como representación o, si se quiere, vive en el mundo como acontecimiento, pero, lo asume imaginariamente en el mundo como representación.

Descartamos semejante hipótesis fatalista. La imaginación, como capacidad humana, es facultad corporal, como todas las facultades corporales, para la sobrevivencia, para la reproducción de la vida, para la creación vital. No podría esta facultad estar destinada a disociar el mundo como representación y el mundo como acontecimiento; pues en esta bifurcación, en este estancamiento de las representaciones, se encamina a las sociedades, no solamente al rezago representativo, no solamente a la “ideología”, sino a su propio aislamiento del mundo como acontecimiento, por lo tanto, aislamiento paradójico de la vida. En consecuencia, las sociedades se encaminarían en rumbo a su propia exposición vulnerable.

Podemos conjeturar, mas bien, que esto ocurre, la disociación, cuando la capacidad imaginativa, la facultad imaginaria, es capturada, atrapada, retenida, disminuida, inhibida y puesta al servicio, no de la sobrevivencia ni de la vida, ni de sus ciclos vitales y de su potencia creativa, sino del poder. Sin embargo, al respecto, el poder no aparece, en principio, como tal, como estructura, cartografía y diagrama de fuerzas instituido. Seguramente era, en un principio, incierta su presencia, ambigua y nebulosa, apenas posibilidad. Si nos circunscribimos a la figura de poder como relación de fuerzas, donde unas fuerzas dominan y otras son el objeto y la materia de la dominación, entonces, habría que sugerir la hipótesis interpretativa de que, siendo las sociedades campos, planos y espesores de fuerzas entrelazadas, vinculadas, asociadas y en composición, que establecen relaciones, es en los ámbitos de las relaciones mismas, en un conjunto de relaciones, donde las estas relaciones se convierten de relaciones de cohesión social en relaciones de dominación. ¿Qué es lo que hace que un conjunto de relaciones sufra esta conversión?

No vamos a recurrir a las hipótesis deterministas como las conocidas hipótesis económicas, intérpretes de la historia, que presuponen lo que se tiene que explicar, la existencia de una economía o algo parecido. Economía ya formada, que vendría a ser algo así como la lucha por el control de la caza y de la recolección; después, de los bienes agrícolas; esta querella de los bienes se resume como la lucha por el excedente. Alguna de estas hipótesis económicas, interpretadas antropológicamente, sugiere que se trata de la lucha por el control de la descendencia, básicamente por el control de las mujeres y sus circulaciones. Estas hipótesis no solo suponen la economía sino el patriarcado, cuando estas conformaciones históricas hay que explicarlas en su genealogía. Estas hipótesis forman parte de la episteme linelista de la historia, además de formar parte de lo que hemos denominado el ámbito paradigmático de los esquematismos dualistas, dados en la episteme moderna. Preferimos optar por hipótesis interpretativas complejas, que sugieren entramados, entrelazamientos, de campos, planos y espesores sociales, distintos ámbitos de relaciones que se afectan. En algunos de los casos, de estas intersecciones, articulaciones o nudos, se ocasiona la emergencia del fenómeno de la dominación. Los mandos rotativos, las jefaturas, se convierten en mandos fijos. Las funciones de distribución, de redistribución, las funciones de transmisión de saberes, de conocimientos, de técnicas, las funciones de responsabilidad, se convierten en funciones de control, en funciones privilegiadas, en funciones de monopolio de saberes y técnicas; las funciones de responsabilidad se convierten en funciones jerárquicas, funciones de autoridad, que obliga obediencias.

Cuando se conforman y consolidad estas funciones, que conjunto hacen a las dominaciones, cuando se cristalizan en estructuras y, después, en instituciones, es cuando se puede hablar de la presencia del poder en el ordenamiento y organización social. Es cuando, recién, se codifican las cosas como objetos de apetencia, susceptibles de almacenamiento y acumulación; se les atribuye culturalmente valor. Cando se busca controlar tierras y expandir el dominio sobre ellas; también es cuando, bajo estas iniciales mallas institucionales, las mujeres se convierten en riqueza, en valor, en símbolo de prestigio; por lo tanto, cuando se puede hablar, si se quiere, de una economía política de la circulación y el monopolio de las mujeres. Esto supone que estas mallas institucionales inaugurales adquieren el perfil patriarcal. Los decursos que toman las historias singulares de las sociedades, de la mayoría de ellas, es éste, la de una matriz institucional patriarcal. Como hemos dicho en otros escritos[3], las genealogías del poder, desde entonces, no han salido del horizonte patriarcal; es más, la modernidad lo ha ahondado y extendido, dándole formas variantes, incluso aparentemente flexibles.

Volviendo al tema de la dislocación entre razón de Estado y sociedad, buscando describir y explicar las formas singulares de esta dislocación, formas efectuadas por los gobiernos singulares, en sus prácticas, políticas, comportamientos y conductas, observamos, como dijimos antes, la recurrencia de la misma trama del poder, aunque cambien los momentos, las coyunturas, los contextos, las formaciones políticas, los guiones cambiantes y personajes distintos. Hay personajes que ocupan el lugar, la ubicación, la función, el papel, de la autoridad; que se encuentra ungida por el simbolismo de legitimidad. Otros personajes, más numerosos, son los que hacen la corte a la autoridad, la engalanan, la celebran, también, obviamente, apoyan en todo el menesteroso trabajo de la administración, así como hacen de consejeros. Otros personajes, que obedecen a los segundos, son los encargados de las tareas sucias; castigar, reprimir, amenazar, someter. Estos personajes están especializados en distintas formas de violencia simbólicas, solapadas, y cuando es necesario, son especialistas en las formas de violencia descarnadas. Acompañando a éstos, como complementando tareas, se encuentran los que narran las glorias del poder, de los símbolos del poder, de las autoridades. Los que se colocan en la verdad del poder, por lo tanto, descalifican a todos los que aparecen, según sus interpretaciones, como amenazas del poder. Estos desprenden discursos lapidarios, acusadores, descalificadores, denigrantes, convirtiendo a las amenazas en monstruos que hay que combatir y liquidar. Quizás la masa más numerosa es la de la muchedumbre de personajes que hacen de público, cuando son convertidos en interlocutores de las autoridades, también hacen de aprobación masiva y conformista de este círculo vicioso del poder.

Sin querer complicar este cuadro, que por cierto es sencillo, lo que queremos es ilustrar de que esta estructura estructurante de la trama del poder no cambia, lo que cambia son los guiones, los personajes, las sociedades singulares, las formas concretas de poder. Se reclamen unos de defensores de las santas escrituras y cometan crímenes atroces contra los que consideran paganos o herejes, incluso endemoniados; se reclamen otros portadores de las libertades democráticas, invadiendo, a nombre de ellas, a pueblos, a sus territorios, despojándolos de sus recursos naturales; se reclamen los terceros como protagonistas “revolucionarios” de la historia, como encarnando las leyes de la historia o la astucia de la razón, razón por la que creen justificada la instalación un Estado policial en sus países, anulando la democracia, aunque esta sea solo formal, sin profundizar, mas bien, el ejercicio de la democracia, en su forma participativa, justificando represiones y ocupaciones a nombre de la “revolución”, masacrando a las vanguardias de la misma; se reclamen los cuartos como los representantes de las víctimas, de los pueblos indígenas o de todos los pueblos de color, a nombre de esta colonización, reducida a su sola presencia autóctona en el lugar que ocupaba el blanco, restauran la colonialidad con rostro indígena o de color, y repiten las mismas polimorfas dominaciones de antes y sus corrosiones institucionales, solo que otorgándole un matiz folclórico. Todos estos personajes, que parecen distintos, desde los discursos, desde las interpretaciones “ideológicas”, desde los guiones singulares, cumplen, en realidad, el recurrente papel que les otorga la reproducción del círculo vicioso del poder. Aunque los pretendidos “revolucionarios”, que no se sabe por qué los son, en esas condiciones, se asuman, imaginariamente, como los “héroes” de la novela de la “revolución”, y descarguen sus furias en los no creyentes, en las críticas, a pesar de sus discursos, más retóricos, que de contenido argumentativo, que mas bien, escasea, estos personajes engreídos y esforzadamente demostrativos, no hacen otra cosa que el papel de guaruras del orden establecido, que no es otro que el eterno retorno del poder pretendido.

NOTAS

[1] Se pueden encontrar y descargar los libros citados de Raúl Prada Alcoreza en Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/. También en Amazon: https://kdp.amazon.com/bookshelf. Así como en Issuu: http://issuu.com/raulpradaalcoreza.

[2] Ver de Raul Prada Alcoreza Crítica de la economía política generalizada. Dinámicas moleculares; La Paz 2014-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada-/.

[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza Antiproducción, también Diseminaciones, así como El mundo como espectáculo. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/antiproduccion/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/diseminaciones/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-mundo-como-espectaculo/.