La Habana (PL).- Se registra en el Mediterráneo un incremento notable de las travesías de quienes buscan alcanzar Europa para huir de la guerra y la miseria en África y el Medio Oriente. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), ya son casi 200 mil los llegados, principalmente a Italia (92 mil) y Grecia (88 mil). Respecto a los países de procedencia, 44 mil personas arribaron desde Siria, 19 mil desde Eritrea y 18.300 lo hicieron desde Afganistán, aunque también los hay de Irak, Somalia, y otros.

Algunos expertos en migraciones africanas admiten la presencia muy marcada de un comportamiento horizontal en esos flujos, es decir desplazamientos en el interior del continente, aunque continúa predominando la tendencia a abandonarlo. Pese a que se ensayan fórmulas como el codesarrollo, que supone ventajas relativas tanto para los Estados de partida como para los de destino, está demostrado que el itinerario del emigrante porta un componente de peligro mortal, muchas veces relacionado con el tráfico ilícito de personas.

La inseguridad constituye una parte importante en el módulo de riesgo que acompaña a quienes -huyendo de guerras, hambrunas y sequías- se identifican con la idea de salvarse más allá de la frontera y con eso poder atenuar la miseria propia, de su núcleo familiar y de su parentela extendida. Según el máster Pablo Blanco, de la Universidad Nacional de Quilmes, en Argentina, se entendía que las migraciones masivas forzadas por conflictos disminuirían en la postguerra fría, pero en África se incrementaron en diversas regiones, con lo cual paralelamente aumentaron los riesgos propios de la experiencia migratoria.

Si se pretende comprender la realidad de las sociedades africanas contemporáneas, se requiere profundizar en los antecedentes y orígenes de sus desarrollos actuales, uno de ellos la dirección de los flujos migratorios, que se reorientaron desde el siglo XVI al XIX y posteriormente entre el XX y el XXI. Sobresalen los traslados de poblaciones para establecer asentamientos en el interior del continente, como fue el caso de las colectividades del tronco lingüístico bantú, que se movieron vertical y horizontalmente hacia zonas que posibilitaran el desarrollo de su modo de vida, enclaustrado en un nivel primitivo de sus fuerzas productivas.

“Muchos de ellos tienen mitos de origen que resaltan la llegada a un lugar nuevo y la incorporación o subordinación de los habitantes anteriores del territorio”, explica Eduard Gargallo, del Centre dâ€ÖEstudis Africans (CEA) de Barcelona, España, en referencia al comportamiento inicial del migrante bantú.

Con posterioridad, el sentido de los flujos lo definió la trata esclava con su triangulación África-Europa-América, cuyo soporte estructural fue el hecho colonial y cuya superación en el siglo XX arraigó algunas dinámicas y trasformó a otras como ocurrió con las reorientaciones vinculadas con la confrontación Este-Oeste.

La presencia de un polo político de izquierda, sin grandes idealizaciones, también varió las direcciones de las migraciones africanas, toda vez que ante ellas se abrían posibilidades o perspectivas de progreso no previstas en el modo -hasta entonces tradicional- de relaciones socioproductivas.

Ahora, si bien muchos integrantes de la élite africana se formaron o tuvieron contacto con el campo socialista, de igual forma sucedió con el Occidente, y la posterior pérdida de uno de esos platillos en la década de 1990 desequilibró la balanza migratoria; fue cuando se observaron estampidas hacia el oeste desde expaíses comunistas. Eso distorsionó el comportamiento de los flujos, y los africanos con menos calificación científica y tecnológica, en gran medida fueron relegados en el mercado laboral y así resultó gravoso participar en la carrera por la supervivencia en el ámbito de esos movimientos de personas, ya afectadas por prácticas xenófobas y/o vandálicas.

En cuanto a los emigrantes africanos, se repite la letanía de la ilusión asesinada por el desengaño y las añoranzas mueren en el borde del Mediterráneo.

EL “GEN” DE LA DERROTA

Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), desde el comienzo de 2015 se reportó que 300 mil inmigrantes cruzaron el Mediterráneo para llegar a Europa, lo que significó un incremento sustancial respecto a 2014, cuando hubo 219 mil. Tras un naufragio en marzo de 2014, esa agencia de la ONU demandó a la comunidad internacional adoptar medidas que redujeran o evitaran los viajes peligrosos de migrantes, pero no hubo reacción seria sobre eso. Embarcaciones inadecuadas y regulaciones punitivas ahora integran un sínodo que dispara las estadísticas. La invalidez política ante el incremento del fenómeno evidencia la complejidad del sistema impuesto, el cual no solo es aupado por una ideología de mercado incapaz de ayudar a revertir las direcciones de los flujos, sino que potencia aprovecharse de la debilidad del inmigrante, quien mayormente se instala en áreas periféricas del proceso productivo global.

Una opción que parece seducir en la Unión Europea es arreciar, desde el punto de vista del rigor judicial, la selección de “aceptables” y “desechables” para que procediendo de África esos peregrinos puedan acceder al supuesto paraíso y dejar atrás el hambre, el desasosiego, la inseguridad y la desesperanza cíclica sufrida.

Es visible el drama humanitario en el asunto migratorio africano, pero existen condicionantes que podrían redirigir los flujos; una de esas sería la aplicación equitativa de un orden justo en las relaciones con el continente, lo que beneficiaría más que la limosna de la siempre incumplida ayuda para el desarrollo.

Sin embargo, hay demasiados intereses por medio -económicos, geopolíticos, estratégicos e ideológicos- para que los países centrales asuman con honestidad el tema, más simple es proceder con medidas coercitivas, mientras se amontonan los cadáveres en las costas libias o de Lampedusa.

Hace décadas el equilibrio mundial se perdió. Su desaparición arrastró lo que fue la versión más cercana de la solidaridad humana integral, que al menos durante un buen tiempo de la era postcolonial actuó sin camuflaje con respecto al continente, pero los tiempos cambiaron tan rápido como lo hizo la dirección del viento.

Las amargas experiencias son incontables entre quienes fueron a la caza de un sueño y se desencantaron como opinó el senegalés Mamadou Dia: “La emigración me decepcionó, pero a la vez me enseñó muchas cosas. He descubierto, por ejemplo, hasta qué punto Occidente nos ha colonizado la cabeza”.

Europa y la hipocresía migratoria

La Unión Europea (UE) busca una balanza en su política migratoria en respuesta a las tragedias en aumento en el mar Mediterráneo de cientos de inmigrantes fallecidos, mientras arrecia el control de sus fronteras. A diferencia de políticas migratorias aplicadas por más de una década, la UE debió buscar una mejora de su imagen pública con propuestas para evitar tragedias humanas, aunque ello constituye una corriente contra natura de su propio funcionamiento.

Desde la puesta en práctica de la Estrategia de Lisboa, a principios del siglo XXI, la entidad comunitaria buscó liberalizar al máximo sus movimientos internos, pero a la par selló cada vez con más fuerza sus límites exteriores. Lo hizo sin miramientos ni temor de violar principios de derechos humanos internacionalmente establecidos como ocurrió en junio de 2008, cuando puso en práctica la llamada Directiva de Retorno, a raíz de un ingreso masivo desde Marruecos a la zona autónoma española de Ceuta.

Tal directiva comprendía la detención de indocumentados hasta 18 meses, la prohibición para regresar en cinco años en caso de resistencia o ser una amenaza, y la espera de solución de casos en centros especiales de detención con asistencia legal gratuita. Pero el 3 de octubre de 2013 obligó a la UE a plantearse nuevas metas en su política migratoria, un tema escabroso, sobre todo, en los últimos tiempos, incluso al interior del propio bloque.

El trágico naufragio cerca de las costas de la isla italiana de Lampedusa, con 366 muertos, llevó a Roma a poner en práctica la operación Mare Nostrum que, con un gasto de 14 millones de euros, estuvo dirigida a prestar auxilio a náufragos en alta mar. Pero en noviembre de 2014, pasada la campaña mediática que acompañó a los 366 muertos de Lampedusa, el gobierno de Matteo Renzi anunció que su país carecía de los recursos suficientes, sin el apoyo claro del resto de los 28 miembros de la UE.

Italia recibió unos 500 millones de euros de la entidad comunitaria para contener la inmigración, cuya mayoría llega a Europa por esa nación. En sustitución de Mare Nostrum se creó la misión Tritón, que cuenta con 21 barcos, cuatro aviones, un helicóptero y 65 oficiales, así como un presupuesto de tres millones de euros. Sin embargo, Tritón posee funciones más bien de vigilancia de fronteras y no precisamente de asistencia, por lo que cambia no solo la esencia de esa misión, sino la verdadera intención, con ella, de las naciones europeas.

En los primeros meses de 2015 se hicieron más frecuentes los casos en que un carguero era abandonado en alta mar por su tripulación para dejar a cientos de extranjeros a la deriva, antes de ser hallados por guardacostas. Pocos se atreven a negar que se trate de una acción deliberada de traficantes humanos que cobran miles de dólares por cada pasajero, para luego dejarlos a su suerte.

De acuerdo con Europress, a finales de 2014, el carguero Blue Sky M, con bandera moldava, fue encontrado por buques de la operación Tritón con unos 900 inmigrantes a bordo, en su gran mayoría procedentes de Siria y Libia, incluidos 35 niños. En 2014, siempre según ese medio, llegaron a las costas italianas unos 166 mil inmigrantes, mientras que el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur) informó que tres mil perecieron al cruzar el mar Mediterráneo en ese mismo año.

Además, en los últimos 15 años, 23 mil inmigrantes murieron ahogados al tratar de cruzar el Mediterráneo, de acuerdo con la misma fuente, Italia, la principal puerta de entrada a Europa desde África del Norte, recibió en 2014 más inmigrantes que en los tres años anteriores de conjunto, incluidos los 43 mil que arribaron a las costas italianas en 2013, el mismo año de tragedia de Lampedusa. Al año siguiente, entre enero y agosto llegaron a Italia 76 mil foráneos, mientras en lo que va de 2015 la cifra se acerca a los 116 mil, en su mayoría procedentes de Libia, Egipto, Túnez, Somalia y Siria. Sin embargo, la operación Tritón, que llevó a tierra desde su puesta en funcionamiento a unas 100 mil personas, más bien busca reforzar el control fronterizo, diferente a Mare Nostrum, en la cual el gobierno italiano gastó 300 mil euros diarios, con apoyo de nueve naciones.

Tritón vigila por mar, aire y tierra los límites exteriores europeos, sobre todo, a Italia y Grecia, donde en los últimos tiempos se incrementó notablemente el arribo de inmigrantes a su archipiélago de mil 500 islas. En este año, Grecia acogió a 20 mil foráneos, en su gran mayoría sirios procedentes de Turquía, cuyo Gobierno reconoció que busca el derrocamiento del presidente sirio, Bashar Al Assad, y es acusado por éste de financiar y pertrechar a grupos armados opositores.

LA HIPOCRESIA EUROPEA

Aunque Europa realiza ingentes esfuerzos para parar la llegada de extranjeros a su predio, en realidad está necesitada de fuerza laboral procedente de naciones del sur. De hecho, algunas directivas aprobadas por la UE en política migratoria establecen una selección especializada, para alentar el robo de cerebro, pese a que el bloque se declara favorable a aplicar medidas para alentar el desarrollo de países del sur.

El Programa de Asistencia Financiera y Técnica a Terceros Países para Migración y Asilo (Aereas), estipula el financiamiento para la cooperación al desarrollo de naciones emisoras de inmigrantes con el anunciado objetivo de atacar las causas de ese problema. Entre los factores de impulso a la inmigración se nombra la desigualdad económica, baja educación y salarios, condiciones de vida de pobreza y subdesarrollo.

Pero un estudio del especialista James Patras, del Instituto Universitario de Estudios Europeos (IUEE), indica que entre el 35 y el 55 por ciento del personal más calificado de naciones africanas como Mozambique, Angola, Burundi, Ghana, Kenya, Marruecos y Tanzania, vive en naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

De hecho, en 2006 los 15 países que entonces integraban la UE necesitaban 47,6 millones de inmigrantes para una compensación demográfica en un plazo de 50 años, mientras que otros 67,4 millones deberán llegar al Viejo Continente para mejorar la relación entre activos y retirados. Según datos aportados por la Universidad de Computtense, Europa podría ver reducida su población en 34 millones de personas en un plazo de 25 años y necesitará 159 millones de trabajadores en ese lapso.

Ello deberá reducir la desproporción actual, cuando cuatro o cinco personas pagan la jubilación de una. En 40 años ello podría llegar a dos activos por cada pensionado. Sin embargo, la UE aprobó desde julio de 2000 el llamado Tratado de Amsterdam, el cual incluye las principales líneas de la política migratoria europea.

Ello prevé el control fronterizo, una política común de visados, medidas contra la inmigración ilegal, la gestión de flujos migratorios, en especial, los laborales, y la integración de inmigrantes al bloque. De acuerdo con la Escuela Universitaria de Trabajo Social de Cuencas (Castilla, España), las naciones europeas están interesadas en reforzar las restricciones al ingreso de extranjeros para contar con una legión de dispuestos a trabajar por bajos salarios.

En muchas ocasiones, se produce el fenómeno del desperdicio de cerebros, cuando muchos inmigrantes con alta calificación solo encuentran empleo de baja remuneración y alejados de su especialidad, mientras que dejan de ejercer en sus países de origen. Por otro lado, crecen las corrientes en Europa que buscan mantener la “pureza” frente a personas con diferentes culturas y razas, en medio de claras manifestaciones racistas y xenófobas.

En estos momentos, Europa cuenta con un ejército de unos 20 millones de inmigrantes, los cuales disfrutaron en las últimas décadas de políticas de integración respetuosa en sustitución de la asimilación tradicional. De acuerdo con el IUEE, tal integración es un proceso de doble dirección que exige de una condición esencial: la igualdad. Pero los movimientos ultranacionalistas surgidos en los últimos años en Europa intentan eliminar esa política por completo. Los gobiernos europeos, aunque proclaman públicamente intenciones humanistas, también hacen lo suyo para preservar la “pureza”.

Organizaciones de defensa de derechos civiles denunciaron que la UE gastó casi dos mil millones de dólares entre 2007 y 2013 solo para asegurar sus fronteras, frente a los 700 millones dedicados a mejorar la situación de refugiados y solicitantes de asilo. Cerca de la mitad de los foráneos llegados a Europa proviene de naciones en conflicto como Siria, Somalia, Libia, Afganistán y Eritrea.

Europa habla de ayuda, pero en realidad sus propuestas toman aire hipócrita cuando en el fondo emerge una fuerte tendencia al control fronterizo y la restricción para al ingreso al espacio comunitario

Calais, una válvula de escape ante la presión migratoria en Europa

La presión migratoria sobre Europa no para de aumentar y algún lugar tenía que funcionar como válvula de escape: en la ciudad francesa de Calais miles de indocumentados causan caos al intentar cruzar el eurotúnel hacia el Reino Unido. Unos tres mil extranjeros, en su mayoría eritreos, etíopes, sudaneses y afganos, permanecen en la urbe costera a la espera de una oportunidad para ingresar al eurotúnel y llegar a suelo británico mediante ese paso submarino que cruza el canal de la Mancha.

Principalmente en las noches, grandes cantidades de migrantes han tratado de entrar por la fuerza, lo que ha generado enfrentamientos violentos con los agentes de seguridad así como serias interrupciones en el transporte. En las últimas semanas se contabilizan nueve muertos, mientras las empresas reportan pérdidas millonarias por los retrasos en el movimiento de mercancías.

Los gobiernos de Londres y París se apresuran a actuar frente al hecho con medidas como la decisión francesa de enviar 120 policías adicionales y el anuncio británico de que levantará una valla para reforzar la seguridad.

“Todo está claro: poner fin a esta situación es una prioridad absoluta. Nuestros dos gobiernos están decididos a lograrlo con un esfuerzo conjunto”, indicaron en un comunicado los ministros de Interior de ambas naciones, la británica Theresa May y el francés Bernard Cazeneuve.

De acuerdo con el texto, las medidas “van en un mismo sentido y envían una señal fuerte: nuestras fronteras son seguras, y los traficantes cometen un acto criminal cuando traen migrantes a Calais pese a saber que no podrán ir más lejos”.

El comunicado repite el tono radical usado por el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, quien aseguró que su país no será paraíso seguro para los migrantes y arremetió contra la “plaga de personas que llegan a Europa a través del mar Mediterráneo en busca de una vida mejor”.

Los cuestionamientos a tal postura no se hicieron esperar, desde dentro y fuera del país. La miembro del opositor Partido Laborista Harriet Harman llamó al jefe de Gobierno a “recordar que está hablando de personas, no de insectos”. Mientras, el ministro sueco de Justicia y Migración, Morgan Johansson, calificó de irresponsables y poco constructivas las políticas anti-inmigrantes del Ejecutivo de Cameron.

En declaraciones a la cadena de noticias BBC, el titular estimó que los culpables de la situación en Calais son precisamente Londres y París, por no asumir la responsabilidad de aceptar a los demandantes de asilo. De acuerdo con Johansson, Reino Unido debería acoger a más solicitantes de refugio, sin embargo mantiene una política reacia a colaborar en este sentido.

Suecia recibe a todas las personas que llegan procedentes de Siria y en 2014 dio asilo a 30 mil foráneos, mientras Londres solo lo otorgó a 10 mil, comparó. Ante el incremento este año del flujo migratorio hacia el denominado viejo continente, la Comisión Europea presentó una propuesta para ubicar a miles de foráneos en los 28 países del bloque, pero varias naciones se niegan y entre ellas sobresale el Reino Unido.

El conflicto migratorio de Calais no es aislado, sino que se inserta en un panorama complejo que tiene su escenario principal en el Mediterráneo, donde se registra un incremento notable de las travesías de quienes buscan alcanzar Europa para huir de la guerra y la miseria en África y el Medio Oriente.

De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), ya son casi 200 mil los llegados, principalmente a Italia (92 mil) y Grecia (88 mil). Respecto a los países de procedencia, 44 mil personas arribaron desde Siria, 19 mil desde Eritrea y 18 mil 300 lo hicieron desde Afganistán, aunque también los hay de Iraq, Somalia, y otros.

Lo peor es que no siempre consiguen tocar tierra con vida y este año ya son más de dos mil los fallecidos durante los viajes. Ante el fenómeno, la Unión Europea ha tomado medidas muy cuestionadas y consideradas incapaces de solucionar la crisis, como impulsar una misión naval contra el tráfico de personas.

Sin embargo, el bloque no se pronuncia por ampliar canales legales de migración, algo demandado por activistas y organizaciones de derechos humanos en tanto sería una contribución a aliviar los flujos irregulares. Uno de los reclamos principales es actuar en las causas del conflicto, lo que implica volver la vista a países devastados en África y el Medio Oriente.

El presidente de la República Checa, Milos Zeman, fue directo al aseverar que “la actual ola de inmigración ha surgido a causa de la idea loca de Estados Unidos de invadir Iraq, donde supuestamente se almacenaban grandes armas de destrucción masiva, pero donde al final no se encontró nada”.

En entrevista con el diario Blesk, el mandatario consideró que también influyó “la idea loca de restaurar el orden en Libia y luego en Siria”. Así se refirió a la cadena de intervenciones militares protagonizadas por Washington en los últimos años: Afganistán en 2001, Iraq en 2003 y Libia en 2011, así como la promoción de una guerra en Siria desde 2011.

Zeman argumentó que tras las operaciones militares, en esos territorios la situación se agravó al punto de reinar el caos, lo que ha empujado a miles de personas a aventurarse al mar en un flujo descontrolado. Para el jefe de Estado, la culpa de todo recae en Estados Unidos, pero también en las naciones europeas que han participado en las invasiones.

* Julio Morejón es jefe de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina, Antonio Rondón es jefe de Redacción Europa y Luisa María González, periodista de la Redacción Europa.