La Habana (PL).- Marina se llama así porque nació en el mar, no en un yate o crucero, sino en un barco patrullero italiano rodeada de más de 600 personas que intentaban llegar a Europa, y su madre era uno de esos migrantes.

El navío Bettica rescató a 654 viajeros en el mar Mediterráneo que se trasladaban en cuatro embarcaciones de muy precarias condiciones, pero llegó a tierra firme con 655, pues pese a las adversas circunstancias del parto, madre e hija lograron sobrevivir.

La mujer forma parte de los miles de personas que se lanzan al mar a una aventura que puede terminar con la muerte -así lo muestran los 10 cadáveres encontrados en la misma operación de rescate-, sin embargo, en su caso todo terminó con un rayo de vida.

Esta historia es, de cualquier forma, inusual en el fenómeno migratorio desde África y Medio Oriente hacia Europa, que este año ha experimentado un aumento exponencial y alcanza las 120 mil personas llegadas en solo cinco meses.

Quienes abandonan sus países y ponen sus vidas en las manos de contrabandistas se arriesgan, en primer lugar, a morir sepultados en las aguas mediterráneas, bautizadas en las últimas semanas como el cementerio de los migrantes. Así pasarían a convertirse en un número más dentro de una

estadística, como los alrededor de dos mil que han fallecido en lo que va de año, o simplemente a la desaparición sin huellas de los que pierden la vida en tragedias desconocidas.

En caso de sobrevivir, la perspectiva tampoco es muy atractiva: permanecer recluidos en hacinados e insalubres centros de acogida y cumplimentar rigurosos procesos legales para solicitar el refugio, o aventurarse al inestable destino de ser un inmigrante ilegal.

Si se solicita el refugio, en el horizonte aparecen meses de espera por una respuesta que casi siempre resulta ser negativa e implica el retorno forzoso al lugar al cual no se quiere regresar.

La cuestión fundamental en este fenómeno no es que los migrantes viajen a Europa “buscando a” sino que van “huyendo de” las guerras, el hambre, la extrema pobreza. Por eso asumen tantos riesgos con el sueño de convertirse en uno más de esos cientos que hacen una fila interminable en las instituciones de acogida, para someterse a los exámenes médicos de rigor antes de ser admitidos.

Así se les ve a las puertas de un centro en Lampedusa o Sicilia, apretados uno al lado del otro, con la poca ropa que trajeron consigo, casi todos de piel oscura y con ojos cristalinos, como si una lágrima estuviera a punto de saltar.

REACCIÓN EUROPEA DESOYE PREVENCIÓN

El masivo arribo de migrantes a Europa disparó las alarmas en el viejo continente ante una tendencia que apunta a crecer en los próximos meses, con la mejora de las condiciones climáticas a partir de la llegada del verano.

Tras un naufragio en abril en el que murieron 800 personas, la mayor tragedia de los últimos tiempos, el Consejo Europeo decidió fortalecer la vigilancia fronteriza, aumentar su presupuesto, e involucrar en la misión a buques de países miembros del bloque.

Aunque el propósito de esta flota no es rescatar personas sino proteger las fronteras -pese a los muchos reclamos de activistas que pidieron cambiar el objetivo-, los navíos están autorizados a acudir en ayuda de las embarcaciones en peligro.

Otra medida para enfrentar el flujo migratorio es desplegar una misión naval en el Mediterráneo dirigida a desarticular las mafias de tráfico de personas, lo que incluiría destruir naves empleadas para ello y necesitaría una autorización del Consejo de Seguridad de ONU.

Ambas acciones fueron blanco de numerosas críticas que las consideran incapaces de solucionar la crisis humanitaria vivida por los migrantes, así como medidas de fuerza destinadas a evitar la llegada de foráneos al viejo continente.

Incluso el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, expresó sus reticencias sobre la maniobra naval al aseverar que “las operaciones militares tienen una eficacia limitada, y lo principal es encarar el problema de manera amplia”.

De acuerdo con Ban, “está claro que necesitamos leyes contra las mafias, pero también necesitamos alternativas seguras contra esos canales tan peligrosos”, aseguró, y puso el ejemplo de las posibilidades de reunificación familiar o los permisos de trabajo.

Precisamente una de las alternativas sugeridas para afrontar el fenómeno es ampliar y viabilizar los canales legales de migración, con lo que menos personas se verían obligadas a optar por peligrosos trayectos irregulares. Sin embargo, la respuesta a esta opción ha sido, en varios casos, el silencio, en otros las dudas, y en muchos, la negación.

La misma Comisión Europea presentó la propuesta de redistribuir 40 mil refugiados entre los estados del bloque, la cual generó una ola de rechazos por parte de varios jefes de Estado y Gobierno.

Naciones como Reino Unido y Hungría se declaran abiertamente opuestas a recibir refugiados, una actitud compartida por otras y reflejada en el hecho de que solo cinco países, de los 28 de la UE, reciben al 75 por ciento de los asilados.

Dadas las circunstancias, todo parece indicar que en los próximos meses continuarán las partidas masivas en frágiles embarcaciones, los ya habituales rescates reseñados en la prensa, y las largas filas de migrantes sedientos y hambrientos que buscan una oportunidad de vivir.

Caso único, o poco habitual, seguirá siendo el de Marina, nacida a bordo de un patrullero italiano, condición que quizás otorgue cierta ventaja a la madre para luchar por esta nacionalidad para la niña, y así poder permanecer en suelo europeo.

Refugiados: El drama de los olvidados en tierra ajena

Víctimas de las guerras, el terror o las calamidades naturales, cada minuto ocho personas demandan refugio, pero con demasiada frecuencia el drama solo cambia de escenario. A más de 50 millones asciende el número de desplazados y refugiados en todo el mundo, según las últimas cifras divulgadas por organismos internacionales.

Miles padecen y mueren cada día como consecuencia de las terribles condiciones que enfrentan en los cada vez más numerosos y poblados campamentos. En los últimos años unos cuatro millones de sirios tuvieron que abandonar sus hogares como consecuencia de la guerra desatada contra ese país y el 95 por ciento vive actualmente en improvisados asentamientos, principalmente en Turquía y El Líbano.

África subsahariana alberga a más de tres millones de víctimas de la violencia generada por sangrientos conflictos en países como Nigeria, Sudán del Sur, República Centroafricana y Somalia, conforme datos divulgados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Más de mil 800 personas murieron en los primeros cinco meses de 2015 cuando trataban de llegar desde el norte de África a Europa cruzando el Mediterráneo en precarias embarcaciones. En 2014 fueron rescatadas en esas aguas 166 mil desplazados, indicó el Acnur en un reciente reporte.

Hace 15 años la Asamblea General de la ONU aprobó el 20 de junio como Día Mundial del Refugiado, una fecha en la cual la comunidad internacional debe reflexionar sobre las causas que llevan al agravamiento del problema y los escasos recursos destinados para enfrentarlo.

El Acnur opera como principal encargado de garantizar la protección de los refugiados y desplazados pero dada la gravedad, magnitud y diversidad del problema, la ONU creó un Comité Permanente entre Organismos (IASC) para coordinar la actuación conjunta.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) se encarga de la gestión de los campamentos y, en materia de refugios de emergencia, participa la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

También se vinculan con esa gestión grupos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), así como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Se prevé además la participación de otras instancias como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCH), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

LA AMENAZA DEL DESALOJO: EL CASO DADAAB

Pero la acción de esas y otras muchas entidades resulta aún insuficiente, como muestra en los últimos días el dilema que enfrentan los habitantes del mayor campamento de refugiados del mundo ubicado en Dadaab, en Kenya.

En ese inhóspito paraje al oeste de Kenya, casi 400 mil refugiados somalíes sufren las calamidades del exilio forzoso, y enfrentan la amenaza de ser desalojados por sus recelosos anfitriones.

El 11 de abril último el vicepresidente keniano, William Ruto, lanzó un ultimátum a las Naciones Unidas para exigir la reubicación en tres meses de los habitantes de ese asentamiento.

Ruto presentó esa demanda entre las medidas acordadas por su gobierno en interés de fortalecer la seguridad interna y amenazó con que si la ONU no acataba tal emplazamiento, “los recolocaremos nosotros mismos”.

Las autoridades de Kenya justificaron tal posición con el argumento de una supuesta relación entre la existencia de ese campamento y la sangrienta masacre ocurrida en una universidad de la cercana ciudad de Garissa, donde un comando del grupo islámico somalí Al Shabab fue responsable del asesinato de 148 personas.

Sin embargo, investigaciones hechas al respecto mostraron que ninguno de los asaltantes eran somalíes ni procedían de campos de refugiados. Se trataba de kenianos y entre los mismos estaba incluso el hijo de un alto funcionario de la zona.

La demanda de Kenya no era nueva. Desde diciembre de 2014 el Acnur opera un plan piloto para la repatriación gradual hacia Somalia de los refugiados de Dadaab. Se calcula que poco más de dos mil personas se acogieron a ese esquema hasta la fecha, al 73 por ciento le reubicaron en Kismayo, el 25 por ciento en Baidoa y el dos por ciento en Luuq.

Pero son muchos más los que arribaron en los últimos meses y, de acuerdo con recientes sondeos, el 97,4 por ciento de los refugiados no tiene intención de regresar a su país en los próximos dos años.

La decisión del gobierno de Kenya fue muy criticada por la comunidad internacional debido a que violaba todas las obligaciones internacionales de asilo y refugio.

El pasado 5 de mayo, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, António Guterres, anunció tras una reunión con el presidente Uhuru Kenyatta que no se pondría fecha al cierre del campamento de Dadaab.

Pocos días después, el 11 de junio, el gobierno de Kenya anunció finalmente que se acordó repatriar de manera voluntaria a 100 mil refugiados somalíes en 2015.

Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, indicó en 2014 -al conmemorarse el Día Mundial del Refugiado- que en la actualidad el 86 por ciento de las víctimas recibe amparo en países en vías de desarrollo.

Esos Estados, expresó, mantienen sus puertas abiertas “mostrando una generosidad que supera sus posibilidades” e hizo un llamamiento a todos para que hagan “lo posible por apoyar a las naciones y comunidades que han acogido en su seno a las personas desplazadas por la fuerza”.

El problema, como evidencia el caso Dadaab, sigue siendo grave y complejo tanto para los refugiados como para aquellas naciones que los acogen, por lo que ese llamado de Ban Ki-moon mantiene plena vigencia.

Migración en el Mediterráneo: más allá de acciones minimalistas

Las medidas del Consejo Europeo para resolver la crisis migratoria en el Mediterráneo hicieron honor a las consideraciones de altos funcionarios de Naciones Unidas, quienes antes de la cita calificaron el plan previsto de antemano con una palabra: minimalista.

Poco antes de la reunión de jefes de Estado y Gobierno, expertos de la ONU instaron al bloque europeo a priorizar la vida y los derechos humanos de los migrantes, así como a dar una respuesta más profunda que las acciones propuestas, consideradas minimalistas.

Necesitamos un enfoque integral centrado en la protección y los derechos de las personas, mediante el trabajo coordinado con las naciones de origen y el análisis de los factores que llevan a tan desesperados viajes marítimos, resaltaron.

El texto insistió que el combate frontal, por sí solo, no resolverá la crisis, y podría aumentar los riesgos y abusos que suelen sufrir los migrantes. Sin embargo, las conclusiones de los líderes mantuvieron la misma línea prefijada en la propuesta de la Comisión Europea para combatir el creciente flujo de migrantes en el mar Mediterráneo.

La reacción del viejo continente llegó luego de un naufragio en que murieron 800 personas, hecho considerado la mayor tragedia de los últimos años.

Según la Organización Internacional para las Migraciones y el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, más de mil 600 seres humanos fallecieron en el Mediterráneo en lo que va de año mientras intentaban llegar a las costas europeas. Esta cifra contrasta con las de solo 46 víctimas fatales registradas en igual periodo de 2014.

Como si la situación no fuese ya compleja, se espera que en los próximos meses el panorama se agrave, pues se acerca la primavera y el verano, cuando las condiciones climatológicas son menos duras y muchas más personas deciden aventurarse al mar.

Para hacer frente a la problemática, la decisión de los líderes reunidos en Bruselas fue reforzar los equipos de vigilancia fronteriza en las aguas y específicamente triplicar el presupuesto de la operación Tritón, que hasta ahora funcionaba con 2,9 millones de euros mensuales.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, precisó que los estados miembro se comprometieron a proporcionar no solo más dinero, sino también más aviones, buques y expertos para consolidar las misiones de patrullaje.

La resolución recibió duras críticas en tanto se considera insuficiente elevar el presupuesto sin cambiar la misión fundamental de Tritón, la cual debería dirigirse, principalmente, a rescatar embarcaciones en peligro y salvar vidas.

Grupos defensores de derechos humanos protestaron en las calles de Bruselas para reclamar que si el objetivo se reduce a vigilar las fronteras, los navíos permanecerán en las aguas limítrofes y no en alta mar, lo que reduce la capacidad de respuesta rápida ante cualquier emergencia lejos de las costas.

Sobre el asunto, Tusk justificó que el cambio no fue necesario en tanto “se trata de gestionar la frontera y de que en caso de una catástrofe, están obligados a actuar si es necesario”.

Otro punto que centró la atención de los jefes de Estado y Gobierno fue lo relacionado con detener a los traficantes de personas, a los contrabandistas y en general el fenómeno de la inmigración ilegal.

Ante la cuestión, encargaron a la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, preparar una misión civil, con un componente militar, encaminada a destruir embarcaciones empleadas por traficantes para trasladar los migrantes.

Al respecto, analistas y activistas alertaron que se trata de una medida de fuerza que, como advirtió la ONU, podría tener consecuencias contraproducentes.

Más allá de evitar tragedias, con ello más bien se busca evitar el arribo de los migrantes a las costas europeas, denunciaron.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, estimó que destruir las naves no es la solución, y ello podría afectar al sector pesquero libio, pues son las mismas embarcaciones usadas para esta actividad.

“Acabar con los barcos no es la solución, hay que encontrar otras formas para acabar con los traficantes. La pesca en Libia es un recurso muy importante y si destruimos las barcas podríamos provocar un daño enorme a la economía”, sostuvo recientemente.

ACCESO AL REFUGIO, CUESTIÓN DE DERECHOS HUMANOS

El Consejo Europeo decidió además desarrollar un programa de reubicación de los refugiados en Europa, en tanto los que no tienen la protección del asilo serán objeto de una política de retorno.

Todo parece indicar que poca resonancia tuvieron los pronunciamientos del presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, quien llamó a aumentar la cantidad de refugiados a acoger por el bloque cada año.

En 2014 hubo 600 mil solicitudes de asilo y solo la mitad fueron reconocidos, detalló, y agregó que las peticiones pudieron tener una respuesta mayormente positiva, pues la cifra es viable teniendo en cuenta que el continente está habitado por 500 millones de personas.

Schulz puso el ejemplo del Líbano, que con una población de cinco millones acoge a un millón de refugiados sirios. “Si se miran las cifras de Líbano y se aplican a Francia, sería 12 millones de refugiados sólo en Francia”, comentó.

También abogó por establecer un sistema de cuotas justo para repartir los refugiados en los diferentes estados miembro y fomentar así la migración legal. “Necesitamos inmigración legal a Europa. Esto significa que los Estados miembro deben acordar entre ellos un sistema de cuotas justo”, sostuvo.

Al explicar el desequilibrio en la distribución actual, mencionó que cinco países -de los 28 de la UE- reciben al 75 por ciento de los refugiados, en tanto nueve acogen al 95 por ciento. Esa situación es insostenible, consideró, pese a lo cual los mandatarios callaron sobre la propuesta que podría, en cierta medida, ayudar a las personas a encontrar caminos seguros para la movilidad, sin la necesidad de arrojarse al mar en condiciones de extrema precariedad.

Solo hubo unos pocos pronunciamientos como los del primer ministro británico, David Cameron, quien ofreció barcos y helicópteros para reforzar las misiones de patrullaje en fronteras, siempre que los rescatados no sean trasladados al Reino Unido.

Otro tema poco tratado -y casi eludido- fue el trabajo coordinado con las naciones de origen para actuar sobre las problemáticas que empujan a las personas a aventurarse al mar, entre ellas, las guerras y las crisis humanitarias registradas allí.

*Luisa María González es periodista de la redacción Europa de Prensa Latina y Oscar Toledo periodista de la redacción África y Medio Oriente.